POPULISMOS EN EUROPA: ANATOMÍA PARCIAL DE UN FENÓMENO ASCENDENTE

junio 11, 2014

Pues pudiera ser que bajo
esa capa de postilustración
no se oculte otra cosa que complicidad
con una ya vieja e incluso venerable tradición
de contrailustración
Jürgen Habermas

El avance de las fuerzas denominadas populistas en las pasadas elecciones europeas del 25 de mayo ha provocado una catarata de reacciones de todo signo y condición. De modo muy mayoritario se tiende a la descalificación, en ocasiones burda, de estos movimientos, tildándolos de meros fenómenos antisistema, que siempre han existido pero que repuntan cíclicamente en los momentos de fuerte regresión económica.
Se debe advertir, en primer término, que el abordaje de esta cuestión es necesariamente complejo, paradójico y no concluyente en sus resultados, como por otra parte sucede siempre que se pretende analizar un fenómeno que amalgama opciones sociopolíticas sensiblemente dispares. Unas provienen de la izquierda extrema y otras son identificadas con la extrema derecha, y entre sí son disímiles también, en cuanto a que el contenido de lo que en ocasiones proponen las unas está en las antípodas de lo que proponen los otras. No obstante, en todas ellas se repiten algunos rasgos comunes que trataremos de agrupar para su mejor comprensión, a saber, la crítica severa a lo que suelen denominar partidocracia, el desprecio a la clase dirigente, una suerte de antieuropeísmo difuso, así como el no reconocimiento de mérito alguno a las bondades del sistema democrático representativo, al cual tienden a denominar burgués o formal, y que por lo demás es el que posibilita su participación en política con garantías contrastadas. Estas son algunas de las características más destacadas que definen la obsesión negadora de los populismos europeos. Desde luego hay muchas otras, algunas de ellas muy peligrosas, como a continuación pasaremos a examinar.
Así, y pese a que la irrupción de estos partidos que hemos convenido en denominar populistas se produce en casi toda Europa, en el norte es la extrema derecha la que consigue una mayor prédica, mientras que en el sur son las opciones más escoradas a la izquierda que podríamos convenir en calificar como rupturista las que concitan un mayor seguimiento.
Nosotros nos detendremos a analizar tres de estos movimientos políticos, cuyo indiscutible éxito electoral expresa a la perfección la sacudida populista sufrida en el viejo continente: el UKIP en el Reino Unido, el Frente Nacional de Marine le Pen en Francia y el singular caso de Podemos en España, al que dedicaremos una reflexión algo más pormenorizada.
Sin duda ha habido otros resultados que merecen también una atención especial, como el caso de la izquierdista Syriza de Alexis Tsipras, que en una Grecia desahuciada por los recortes, la troika y la estafa en la gestión de sus dirigentes tradicionales ha conseguido prácticamente hacer desaparecer al en otro tiempo todopoderoso PASOK. Tenemos también los extraordinarios guarismos conseguidos por los movimientos xenófobos del norte de Europa, Dinamarca y Finlandia, fundamentalmente. Además, contamos con lo acaecido en la muy próspera Austria o con lo que ha ocurrido en la siempre imprevisible Hungría. No obstante y debido a lo acotado de este espacio y sobre todo a la capital significación de Reino Unido, Francia y España para la construcción europea, los tres fenómenos que vamos a repasar se antojan lo suficientemente representativos, como para por nuestra parte dedicarles este primer tiempo de reflexión postelectoral.
El caso de Matteo Renzi en Italia, a nuestro juicio, no pertenece a la misma naturaleza que los que aquí vamos a tratar, pese a que hay quien ha querido ver en su propuesta marcadamente de izquierdas una secuencia más del paquidérmico carrusel populista. Por el contrario, el movimiento Cinco estrellas de Beppe Grillo que tampoco trataremos en este análisis sí es susceptible de ser identificado como un movimiento nítidamente populista, que afortunadamente para los italianos parece ir retrocediendo posiciones.
Para centrar la cuestión, y debido a la banalización por el uso abusivo que el término ha padecido de un tiempo a esta parte, parece imprescindible empezar aclarando lo que nosotros entendemos por populismo en tanto que concepto político; a saber, populismo sería todo movimiento de masas que rechaza a los partidos políticos tradicionales y que por tanto se muestra tanto en la praxis como en el discurso combativo con la manera de hacer política de las viejas élites.
El populismo para trasladar su propuesta de cambio y contrapoder apela incesantemente como fuente de legitimidad al auténtico pueblo (que estaría básicamente compuesto por todos los damnificados del sistema) y basa sus ataques en lo que entiende que es la usurpación por parte de una casta de privilegiados de la riqueza que corresponde a los suyos (los nacionales, los autóctonos, pero también los excluidos del estado del bienestar que por cierto fue construido por otros, aunque ahora son ellos los que parecen defender en primera línea aquello que en el pasado criticaban por socialista, insuficiente o burgués según los casos). El populismo, en última instancia viene a proponernos una suerte de simplista redención de los desposeídos en versión extrema y su apropiación reiterada y demagógica de abstracciones en forma de nobles ideales, constituye una de sus principales imposturas políticas. Así, Justicia, Libertad, Pueblo, Patria, Futuro, dignidad pisoteada, la gente quiere, son algunos de los mantras más repetitivos de su maniquea y efectista puesta en escena.
Matices aparte, todo populismo por definición se alimenta básicamente del descontento social, y cuando una crisis, no sólo de quiebra de modelo productivo sino que también de sistema como la que estamos padeciendo, golpea con especial virulencia a las clases humildes, pero también de modo muy particular a las clases medias, el populismo pasa de ser una propuesta irrelevante políticamente a ser percibido por sectores muy heterogéneos de la población como la alternativa salvífica que estaban esperando para remediar su justificado malestar.
También, debemos insistir en ello, queremos acometer la crítica política de la cuestión sin incurrir en facilonas descalificaciones a priori, que lo único que logran es enrocar aún más las posiciones de los aludidos y en última instancia nos impiden asomarnos con garantías de éxito intelectual a la complejidad con la que este preocupante tema debe ser tratado, si lo que verdaderamente se pretende es entender los mecanismos por los que en la vieja Europa de principios del siglo XXI se produce este nueva oleada de populismo en forma de tsunami electoral. Naturalmente, esto no es óbice para que se deba dejar de denunciar la naturaleza irresponsable y peligrosa que se embosca detrás de todos estos grupos a los que llamamos populistas.
Nigel Farag, el UKIP y la defensa
excluyente de lo propio
Para comprender la avasalladora irrupción del partido para la independencia del Reino Unido (UKIP), ganador de las elecciones europeas en su país, hay que destacar en primer lugar la extraordinaria pérdida de credibilidad que las tres formaciones tradicionales del parlamentarismo británico han sufrido en los últimos tiempos, debido no sólo a los escándalos de corrupción de todo tipo que han salpicado transversalmente a toda la clase política, sino fundamentalmente a la posición errante de torys, liberales y laboristas, con respecto a los criterios a seguir en torno a la siempre bajo sospecha construcción europea. ¿Pero de dónde proviene este partido que parece una auténtica caricatura british y que, pese a haber sido vilipendiado e incluso ridiculizado por todos los medios de comunicación respetables del Reino Unido, ha conseguido relegar a posiciones gregarias a las fuerzas políticas que vienen alternándose en el poder desde tiempos inmemoriales?
El UKIP fue fundado en 1993 por Alan Asked y otros miembros de la liga antifederalista y del ala euro-escéptica del partido conservador británico. Si atendemos a lo que aparece en el programa fundacional de esta formación, nos encontramos con una propuesta de corte populista clásica donde sucintamente se defiende la máxima libertad de los ciudadanos y se plantean recetas que todo el mundo matizadamente puede hacer suyas: reducción drástica de impuestos, mayor inversión en los servicios públicos, mejorar el funcionamiento de las bibliotecas, relanzamiento del sistema sanitario público, servicios sociales para la juventud… Como es de suponer, al lado de todo este decálogo de intenciones del perfecto samaritano anglosajón podemos encontrar otras propuestas, como las relativas a la eliminación de los permisos de residencia a los inmigrantes no provenientes de la Commonwealth o la disminución del papel de los gobiernos y de la propia política en la vida de los ciudadanos, que por sí mismas constituyen un preocupante torpedo en la línea de flotación de los principios básicos sobre los que está edificada la democracia, y más concretamente la democracia representativa que los populistas cuestionan alegre e irresponsablemente; eso sí con una astucia extraordinaria y por descontado digna de mejor causa.
Para Nigel Farage, Europa tiene la culpa de casi todo. Desde luego, como político excéntrico y singular donde los haya carece de comparación posible respecto, por ejemplo, a otros líderes populistas que hemos conocido y que hayan sido capaces de ganar unas elecciones. Es un antieuropeo convencido, pero adora Francia y la vida provinciana de la campiña inglesa. Defiende la legalización de las drogas y la prostitución (aunque detesta ambas), se opone al matrimonio gay pero se ufana de tener buenos amigos homosexuales. Presume de beber cerveza, pero no vino, porque la primera es genuinamente inglesa, y no pierde ocasión de arremeter contra rumanos y niggers porque roban el trabajo a los británicos. Todo ello, eso sí, en un docto y envidiable inglés de niño bien metido a mamporrero.
Por lo demás, nuestro hombre es jovial, alegre y perfecto para pasar una tarde divertida en el pub bebiendo pintas, mientras él sin pudor alguno exhala incesantemente humo de los selectos puros que gusta consumir. Nigel Farage tiene un discurso incendiario sobre la casta política, pero a diferencia del Nacional Front británico, que nunca tuvo seguidores mas que entre hooligans y lo más bajo de la work class inglesa, ha conseguido simbiotizarse con una importante franja del electorado británico, cansada de lo de siempre y que exige cambios rápidos y fáciles, que naturalmente sólo vendrán de la mano de alguien al que identifican como uno de los suyos. Nada de intelectuales desclasados que les salven; uno de los suyos es mucho más de fiar. Porque Farage, en última instancia, es el que dice lo que muchos piensan en privado, pero sólo él tiene las agallas necesarias para decirlo públicamente.
“No me gustaría tener a diez rumanos como vecinos”, dijo recientemente Farage, haciéndose eco de lo que piensa un número nada desdeñable de sus conciudadanos. El mesianismo de siempre, disfrazado esta vez de fanfarronería chester, premier ligue y Bombin como enemigo íntimo de la democracia en afortunada expresión de Tzvetan Todorov.
Marine le Pen y el nuevo
Frente Nacional
Al igual que en el Reino Unido, el rotundo vencedor de las pasadas elecciones en Francia ha sido otro movimiento populista al que se suele denominar de extrema derecha, aunque a nuestro juicio ya va siendo hora, de que en rigor y no sólo atendiendo a su sociología electoral, superemos esa definición restringida que nos impide una aproximación al fenómeno que diseccione desprejuiciadamente su caleidoscópica complejidad.
En efecto, para dimensionar correctamente lo que el FN representa a día de hoy, conviene recordar algunos datos. Marine le Pen, con el 24,8 por ciento del voto y con más de 4,6 millones de sufragios, se impuso en 71 de los 101 departamentos que conforman el Hexágono. Sólo París y los territorios de ultramar parecen resistirse al éxito imparable del partido de la nueva doncella de Orleáns. Como sucede en el Reino Unido, en Francia la UMP y el PSF también son arrollados por el torbellino Le Pen, ¿pero qué tipo de partido es en realidad el Frente Nacional y a quién representa?
Desde luego, su fuerza, una vez de haber sustituido al otrora poderoso PCF como el partido de las clases obreras (eso ya sucedió hace más de una década), estriba en haberse convertido en la opción con la que las desconcertadas clase medias francesas mejor se identifican (le voten o no). Y eso en sí mismo constituye una derrota en toda regla para el espíritu abierto y liberal en el que se inspiró la instauración de la quinta república. Este empuje de la formación de la señora Le Pen, tal y como apuntan algunos analistas franceses, se produce básicamente como consecuencia de la crisis, sí, pero particularmente de la crisis de identidad que sufren los franceses tras la cesión de soberanía por parte de los estados miembros a una UE triste y desnortada (no olvidemos el resultado del referéndum sobre la constitución europea en Francia). Este descontento hace que muchos franceses sientan una profunda desafección por la UE y sus instituciones, muy fundamentalmente representadas por la Comisión y el Banco Central, y vean en la nostalgia de lo que en el pasado fueron algunas de sus nucleares señas de identidad, verbigracia, el franco, el símbolo de la perdida del orgullo francés que Marine Le Pen tan eficazmente ha sabido explotar.
Ya sabíamos que muchas de las personas que votan al frente nacional se postulan de izquierdas, y desde luego si atendemos a su programa económico con su posicionamiento favorable a la nacionalización de los sectores estratégicos, defensa a ultranza de lo público e implantación de una fiscalidad progresiva, podríamos decir que si no es una propuesta de izquierdas se le parece mucho.
Pero es que hay más mitos en torno a lo que se pensaba venía siendo el FN que se han derrumbado tras estas elecciones europeas. Así por ejemplo sucede con respecto a la inmigración, pues aunque el FN sigue teniendo la misma postura contraria a la misma, su xenofobia, eso sí, se presenta más maquillada que en el pasado; habría que decir que esta contienda electoral ha ratificado que, pese a que muchos franceses siguen teniendo auténtico pavor a que los inmigrantes les roben el trabajo, lo cierto es, y este sí que es un fenómeno nuevo, que los inmigrantes han perdido el miedo al Frente Nacional y, contra todo pronóstico, ahora le confían su voto de un modo nada desdeñable.
Así ha sucedido en la banlieue de las grande ciudades de Francia, por ejemplo en Clychy-sous-Bois, localidad que en 2005 fue escenario de graves disturbios interraciales y donde el FN también consigue imponerse en la pasada cita electoral, eso sí, todo hay que decirlo, con una abstención de escándalo de más de un 70 por ciento. Lo triste es que la izquierda hace tiempo que ya no hace campaña en estos periféricos barrios a los que sólo se acerca el Frente nacional, para preocuparse de los buenos franceses que subsisten sin esperanza alguna de que alguien se acuerde de ellos; y tal y como en la desahuciada Grecia hacen las escuadras neonazis de Amanecer Dorado, repartiendo ropa y bolsas de comida entre los desamparados ciudadanos griegos, también en Francia el FN disputa con éxito a la izquierda la bandera de la solidaridad para con los damnificados por el sistema. El estado ruinoso de estos barrios que están a tan sólo diez kilómetros de la torre Eiffel representa una metáfora perfecta de la nuda vida a la que se ven avocados muchos franceses, obligados, por la abdicación del estado, a coquetear con la indigencia. La imagen de los edificios en los que habitan estos ciudadanos nos recuerda mucho más a las demolidas ciudades de Grozny o Bagdad que a la patria de Voltaire.
Si, como se ha confirmado hay ya africanos y árabes que también votan al Frente Nacional, la interpretación de este fenómeno populista que amenaza con desestabilizar no sólo Francia, sino todo el viejo continente, se complica sobremanera. Finalmente, cabe apuntar que lo más lacerante de este peligroso panorama no es ya que madame Le Pen tenga sus ideas sobre la UE, inmigración e identidad, sino que por ejemplo La UMP lleva años copiándoselas de tal suerte que el discurso de N. Sarkozy se asemejaba en ocasiones al de los Le Pen. Ahora para demostrar que todo es susceptible de empeorar, es el estirado M. Valls quien retoma ese infamante vocabulario abrazando de facto las tesis originales del Frente Nacional.
Si a todo esto añadimos que la socialdemocracia del señor F. Hollande ha renunciado a sus principios y por ejemplo ha defendido como nadie el llamado tratado Merkozy (pacto de estabilidad europea), nos encontramos con un panorama francamente descorazonador en Francia, donde la izquierda se pliega a los postulados de la derecha, que a su vez asume el discurso de la extrema derecha, y ésta última programáticamente se parece, en un cruel sarcasmo de la historia, demasiado a la extrema izquierda.
En Francia, el porvenir que se vislumbra resulta ser tremendamente endiablado, puesto que con este andamiaje político lo único que parece seguro es que el populismo se hace trasversal; y naturalmente, en esa tesitura, el auge de los extremos es un escenario más que posible para tiempos de zozobra e incertidumbre como los que atraviesa Europa, una Europa que ya padeció en el pasado experiencias negativas que tuvieron como protagonistas a fenómenos populistas que devinieron en regímenes totalitarios cuyo ascenso fue posible porque la debilidad y la inoperancia de la democracia permitió que se instalaran en la sociedad modos y maneras que cercenaron de raíz, primero la libertad y luego la vida de millones de seres humanos. No obstante, y en esto debemos ser claros, el nuevo populismo, ni en Francia ni en Europa, será ya el resurgimiento tal cual de las utopías de ayer, sino que éstas aparecerán, como el caso del FN viene a confirmar, hábilmente reformuladas por sus defensores de un modo completamente diferente. Conviene, pues, que nosotros también aprendamos a manejarnos con lucidez en categorías aggiornadas a las nuevas circunstancias, para ser eficaces en la denuncia de estas imprevisibles mixtificaciones.
Podemos y el populismo de
izquierda en el Estado Español
El gran resultado cosechado por Podemos en las pasadas elecciones europeas del 25 de mayo también ha hecho correr ríos de tinta, tras los que se vislumbra el interés de querer entender, por parte de todos los desconcertados analistas políticos, los motivos principales por los que un movimiento de bisoña creación ha podido recavar en un lapso de tiempo tan breve la friolera de un millón doscientos cincuenta mil papeletas.
A estas alturas, estamos en disposición de poder afirmar que el fenómeno Podemos ha fascinado por igual a detractores de derecha que a admiradores de izquierda, los unos preocupados porque ven en la mencionada opción política la vuelta de la extrema izquierda revolucionaria a la vida pública, y los otros porque consideran que la fórmula Podemos concita la adhesión entusiasta de una parte de lo que creen su electorado natural, que a diferencia de lo que ha sucedido con sus formaciones, sí ha sido capaz de conectar con la gente.
En general lo que se ha echado de menos en todo este ditirambo informativo en torno a este grupo ha sido un enfoque menos visceral sobre la cuestión que posibilite una disección más a fondo de lo que Podemos es realmente y lo que su irrupción viene a representar en el actual panorama político del Estado Español. En este sentido, y en la medida en la que un movimiento de tan reciente creación lo permite, intentaremos con este texto aportar nuevos elementos de análisis que puedan resultar de interés en el ingobernable maremágnum de elucubraciones que el caso Podemos sigue suscitando.
En primer lugar, llama la atención que la izquierda, desde el PSOE (no todos) a Izquierda Unida, hayan saludado la aparición de este fenómeno populista haciendo gala de un indisimulado y poco edificante oportunismo político (otro de los ingredientes del populismo que salpica también a formaciones que no lo son pero que a veces en sus modos lo parecen), consistente en alabar a Podemos no tanto por las virtudes que en realidad observan en dicha formación, sino más bien porque en su éxito ven reflejada la imagen de su clamoroso fracaso.
De hecho, estos partidos, llamémosles de la izquierda tradicional, entre otras cosas no comparten la metodología de trabajo que esta plataforma ha impulsado (asamblearia) y que candorosamente los ciudadanos han premiado. Dicha metodología, en principio, se nos muestra como tendente a combatir de raíz las prácticas opacas, herméticas y poco edificantes para la democracia que practican a diestra y siniestra los aparatos de los partidos, pero cabe objetar que su implantación mas bien abunda en la irresponsabilidad que lleva aparejada la idea por parte de los asamblearios de poder votar cualquier cosa sin la necesidad de dar la necesaria cuenta y razón que, por ejemplo, se le solicita al comisionado de la democracia delegada o representativa. Estas experiencias asamblearias, las más de las veces y paradójicamente a lo que es su pretensión original, suelen terminar con prácticas abiertamente antidemocráticas, e incluso tienden a derivar, por la propia inoperancia del modelo, hacia posturas de matriz autoritaria.
Por otro lado, y también en contra de lo que viene apuntándose, queremos señalar que Podemos no es susceptible de ser identificado exclusivamente como una propuesta fresca y de nuevo cuño, tal y como por ejemplo reivindican sus entusiastas patrocinadores, aunque igualmente nos parece que tampoco se puede descalificar sin más, identificando a esta agrupación como la vieja extrema izquierda paleomarxista que vuelve al ataque. Este ensamblaje tiene, sin duda, elementos que apuntan contradictoriamente en las dos direcciones; y su devenir tanto organizativo como de discurso es una incógnita para cualquiera, más aún en estos momentos en los que los promotores de la formación organizada en círculos se plantean dar un paso adelante y presentarse a las próximas elecciones municipales del año 2015.
De momento, lo que sí podemos afirmar sobre Podemos es que ha sabido conectar mejor que nadie con la parte de la sociedad que más rechazo siente por los privilegios de lo que, simplificando ellos, denominan la casta, entre los cuales incluyen a las élites políticas que no representarían ya a los ciudadanos, la banca, el FMI, la troika y en su caso los burócratas de Bruselas. Sus votantes, en absoluto, son antisistema, sino que lo que no les gusta es en lo que ha derivado el que tenemos, y, también muy al contrario de lo que habitualmente se comenta, la mayor parte de quienes les han votado son gente formada, perteneciente en buen número a esa clase media resentida, con quienes, con la excusa de la crisis económica, han desmantelado el estado del bienestar en España.
Sin embargo, a diferencia de sus votantes, el núcleo duro de Podemos, compuesto por un grupo de profesores de ciencias políticas de la Universidad Complutense, como Juan Carlos Monedero promotor del socialismo del siglo XXI, Iñigo Errejón (responsable de campaña) y sobre todo el mediático y locuaz Pablo Iglesias, sí que es un núcleo altamente ideologizado, que como es conocido hace una defensa incondicional de Hugo Chávez, el bolivarianismo, la vía campesina brasileña, Fidel Castro o Evo Morales. Además, hemos de decirlo, los dirigentes de Podemos, por ejemplo, hacen, sin pudor alguno, una lectura absolutamente acrítica y no moral de la tradición comunista, responsable en China y la URSS de dos de los tres genocidios más salvajes que la historia de la humanidad haya conocido jamás.
A nuestro juicio, esta inadecuación que detectamos entre unos votantes, muchos procedentes del partido socialista, que antes que a IU han preferido votar a Podemos, por su atractivo discurso propulsor de la regeneración democrática y un buró político mucho más radicalizado, se antoja una insoslayable paradoja que, no parece aventurado vaticinar, será fuente de controversia severa y desencuentros dispares en el seno de la joven formación izquierdista.
Las ideas de las que el núcleo dirigente de esta formación se alimenta muy principalmente no son siempre conocidas por todos, y lo primero que cabe decir de ellas es que conforman un oscuro cóctel de peculiares y en ocasiones fracasadas recetas políticas: Chantal Mouffe y su pluralismo agonal, Naomi Klein y la conspiranoica doctrina del shock, Toni Negri (la multitud, Imperio), Ernesto Laclau y su posmarxismo libidinal y, sobresaliendo entre todas ellas, la tesis de la conquista de la hegemonía política cuyo humus arrancan de un sorprendentemente recuperado Antonio Gramsci y su propuesta de configuración de un bloque histórico-crítico. Como no puede ser de otro modo, todo este híbrido político es presentado por Podemos debidamente actualizado para que resulte operativo en el ágora política occidental. Así, en estos tiempos de aguda crisis económica y descrédito de las viejas elites, la organización Podemos ejercería según este crisol de teorías de corte marxista no dogmático, de intelectual orgánico colectivo que conecta con el sentido común de la época, para expulsar a la oligarquía y posibilitar con su estrategia el advenimiento de un contrapoder popular.
Esta filosofía de la praxis que postula el hiperideologizado ordenador pensante de Podemos es en realidad una vuelta revisada al imposible revolucionario de siempre, que se nos presenta ahora, eso sí, en términos posmodernos.
Por supuesto, y como hemos comprobado entre sus referentes intelectuales, hay mucho politólogo (palabro atroz donde los haya) y poca filosofía política, lo que en sí mismo es un síntoma más que confirma la tremenda intoxicación ideológica que se ha producido, en latitudes diferentes, en los departamentos de ciencias políticas de muchas universidades públicas. Desgraciadamente, entre sus lecturas no se encuentran ni J. Rawls, ni Isaiah Berlin, ni Raiymond Aron y tampoco J. Habermas. Por el contrario, sí que aparecen hasta el hartazgo la French Theory al completo (Derrida, Foucault y sobre todo Deleuze y Guattari), Judith Butler y Slavoj Zizek con su particular apropiación hermenéutica de las ideas reinventadas de Louis Althusser, el inclasificable Lacan y un Karl Marx, que lo mismo vale para un roto que para un descosido. También, no conviene olvidarlo, el ideario de Podemos se nutre de las aportaciones libertarias y de las experiencias de autogestión del movimiento autónomo, así como de las ideas que incorporan muchos otros grupos como las que puedan defender los militantes que conforman los restos del naufragio trotskista, agrupados en torno a Izquierda Anticapitalista, que inasequibles al desaliento siguen a lo suyo, fieles al entrismo que consagró la cuarta internacional comunista de la que provienen. En fin, todo un polvorín de ideas retro y sobre todo pos (poshistóricas, posmarxistas, posestructuralistas, posfreudianas…) cuyas señas de identidad más identificables son las de la peligrosa negación ideológica del sistema garantista de libertades que les ampara por considerarlo patriarcal, caduco, burgués y paradójicamente poco democrático.
En cualquier caso, para hablar con alguna propiedad de Podemos, debemos referirnos necesariamente al fenómeno mediático que apuntala su éxito y que, sin duda, está encarnado en la figura de Pablo Iglesias. Este hombre constituye en sí mismo un caso paradigmático de lo que viene a ser la construcción de un liderazgo con un discurso populista (decir lo que la gente quiere oír es un recurso muy peligroso, que se está extendiendo por todos los partidos políticos que lo consideran ya la única receta electoralmente rentable). Todo este singular y potente constructo de mercadotecnia realizado desde parámetros que Antonio Elorza define acertadamente como videocráticos, es lo que convierte a Iglesias y su formación en un caso emblemático de creación ex nihilo de un capataz alicatado a una pro-activa opción política como la que finalmente ha resultado ser Podemos. Cabría decir que, en esta estrategia creacionista, Silvio Berlusconi fue un incómodo precursor de la cosa populista; pero lo cierto es que no existe comparación posible entre ambos, puesto que todos sabemos que el líder de Forzza Italia era, además del hombre más rico del país, el dueño de gran parte de los medios de comunicación, mientras que Pablo Iglesias tan sólo es un profesor universitario.
En todo caso, el portavoz de Podemos es, no lo olvidemos, un individuo extraordinariamente directo, con una oratoria notable cuya retórica irredentista comenzó a ser conocida en el canal popular televallekas; de allí pasó a organizar el programa de debate y análisis político la Tuerka. Iglesias ha demostrado con creces ser un hábil conductor de tertulias, hecho este que luego ha ratificado en otro foro de debate llamado Fort Apache, que el impulsor de Podemos manejó también con audacia e indudable capacidad de desenvoltura en el medio. El salto definitivo al olimpo de la fama se produjo cuando el propio Iglesias consiguió, tras insistir tenazmente, ser invitado a las cadenas privadas generalistas (la Sexta, Cuatro televisión, pero sobre todo Intereconomía y 13TV) que fueron las que le catapultaron definitivamente al estrellato mediático.
Pablo Iglesias ha construido su referencialidad, para buena parte de la izquierda, en exhibir su intransigencia frente a la derecha casposa y reaccionaria que copa los platós televisivos a los que es invitado. Sabe desenvolverse con solvencia entre avezados adversarios dialécticos y, allá donde va, consigue elevar con impecable maestría la temperatura del debate político. También con sus estelares apariciones aumenta los niveles de audiencia de los programas en los que participa, sobre todo por su capacidad para enervar sin complejos a la impúdica y muy desacostumbrada caverna mediática española.
El líder de Podemos maneja datos y se desenvuelve con soltura en el medio televisivo, utilizando el sarcasmo y la falsa evidencia en apariencia incontrovertible, pero generalmente poco ajustada al principio de realidad, como cuando reivindica una auditoria de la deuda pública para determinar la cuota ilegítima de la misma. Por el contrario, otras de sus ideas como la de poner coto a las puertas giratorias entre los consejos de ministros y los consejos de administración de las grandes empresas parece una propuesta de higiene regeneradora de la actividad pública, muy recomendable para enmendar en alguna medida la maltrecha salud democrática del país y que, tal y como era de esperar, ha encandilado entusiastamente a innumerables electores que han acabado por depositar su confianza en Podemos.
Empero, lo que sí que resulta menos amable de Pablo Iglesias es su incapacidad (consustancial a su discurso irredentista) para dejarse persuadir, al menos en alguna ocasión por otros argumentos que no sean los suyos o los oficiales de la izquierda ortodoxa, como por ejemplo sucede cuando se debaten cuestiones derivadas de lo que fue y significó la Guerra Civil española, o como cuando Iglesias nos lanza soflamas sobre la maldad intrínseca del capitalismo, al que identifica de un modo ramplón y falto de profundidad con el neoliberalismo más salvaje. Al líder de Podemos sólo le convence lo que él piensa de las cosas, y su incapacidad para contemplar otras miradas es lo que hace de el un hombre instalado sin remisión en la ideología y, por tanto, aunque la afirmación pueda sorprender, en un individuo muy poco político stricto sensu.
Iglesias se presenta en todas sus pautadas apariciones públicas como un producto narcisista y demagógico que, de un modo irritante, se muestra inmune al argumentario de los otros. Este infantilismo izquierdista que con nitidez se evidencia, por ejemplo, en las propuestas que aparecen en su programa económico es preci­samente el punto más débil de su cuidado irredentismo academicista. Paradójicamente este esquematismo de parvulario sobre cuestiones económicas es el que más réditos le ha proporcionado en un país donde por ejemplo los desmanes cometidos por una parte nada irrelevante de la banca ha dejado literalmente sin casa a muchos ciudadanos honrados.
Por último, el utopismo retro-progre de la visión de la historia que Podemos defiende y que apela constantemente a la restitución al pueblo de los derechos que las élites (políticas y económicas) le han usurpado, hace que junto a todo lo comentado anteriormente debamos calificar a Pablo Iglesias como lo que en realidad es, un líder populista de nuestro tiempo. En cualquier caso e independientemente del grado de simpatía o animadversión que su controvertida figura concite, Pablo Iglesias ha venido para quedarse y nos atrevemos a vaticinar que la atención que a día de hoy su carismática figura suscita no ha hecho más que comenzar.
Para concluir, merece la pena destacar que el populismo, como el ser en Aristóteles, se dice de muchas maneras, y, pese a que es preceptivo advertir sobre el riesgo que entraña sucumbir a sus cantos de sirena, también es justo señalar que a diferencia de lo que algunos han querido dibujar, no estamos en Weimar ni tampoco en Bolivia. El mayor activo del sentimentalismo populista estriba en la facilidad con que una gran parte de la ciudadanía está dispuesta a aceptar respuestas simples a problemas complejos. Ese y no otro es el caldo de cultivo por el que el populismo va extendiendo su esquemática tinta en este mar de dudas que a todos nos asalta ante un mundo globalizado y plagado de incertidumbres.
No obstante, todavía estamos a tiempo de recordar que la vieja Europa tiene aún una valio­sa herencia que reivindicar ante sus ciudadanos, porque si bien es cierto que el irracionalismo y los totalitarismos son fenómenos de corte eminentemente europeo, no es menos cierto que la ilustración, la universalidad de la razón y el respeto a los derechos humanos también lo son, y sin duda estos últimos deben ser las dignas e innegociables bases sobre las que ha de edificarse la convivencia y la libertad en el mestizo mundo del siglo XXI.

 

AITOR AURREKOETXEA



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