CRISIS E IZQUIERDA REACTIVA

junio 11, 2014
Laberinto de la izquierda

FÉLIX OVEJERO

Cuando comenzó la crisis económica en la que todavía andamos, no faltaron voces que proclamaron el fin del capitalismo. No era la primera vez, aunque en esta ocasión las voces resultaron ser particularmente numerosas. Y diversas, porque, a su manera, también lo dijeron no pocos conservadores, como Sarkozy con aquello de que “la autorregulación para resolver todos los problemas, se acabó; “le laissez faire, c’est fini”, y que había que “refundar el capitalismo sobre bases éticas, las del esfuerzo y el trabajo, las de la responsabilidad”. Las acusaciones apuntaron tanto al sistema como a sus gestores o, para decirlo con un léxico más aséptico y mejor ajustado, al diseño institucional y al perverso sistema de incentivos. Si el primero había desencadenado unos enormes costurones en el bienestar, el segundo había alentado conductas indecentes y, además, allanado el camino a que unos miserables acumularan fortunas con la codicia y el egoísmo como fuentes de actuación, y la mentira y la temeridad irresponsable como pautas de comportamiento.
Ahora sí, se dijeron no pocos pensadores de izquierdas, es la nuestra.
Pero no, no parece que llegue la hora de la izquierda. Más bien, al contrario. Si una tendencia de fondo se puede reconocer en las recientes elecciones europeas –y no es sencillo, dada su naturaleza– es, antes que otra cosa, la revitalización de partidos de extrema derecha que, en envases diferentes, apuestan por defender unas recreadas identidades nacionales como fundamento de las fronteras políticas. Las propuestas políticas de izquierda o, simplemente, críticas con la gestión de la crisis, no han conquistado mayorías sociales relevantes. En España alcanzaron un 20%, y el resultado más significativo, Syriza en Grecia, no se puede sobredimensionar, que Grecia, en peso democrático, es lo que es: un millón y medio de votos (el éxito en Italia de Renzi, por diversas razones, poco tiene que ver con un giro a la izquierda). Movimientos como el 15-M o el Occupy Wall Street, cuando se echan las cuentas reales, antes que otra cosa, han mostrado la disposición de la izquierda a encontrar brotes verdes a la menor ocasión. Fotos ha habido muchas, han dado vueltas al mundo y asomado por bastantes portadas; pero, si lo tasamos con unidades de medida clásicas de la acción colectiva (huelgas generales, movilizaciones sostenidas en el tiempo) o de cristalización política (resultados electorales de partidos con programas anticapitalistas), el saldo está lejos de justificar entusiasmos. Basta con comparar nuestro presente con cualquier década del pasado siglo (corto, en la acepción de Hobsbawm), el que arrancó con los potentes partidos socialdemócratas centroeuropeos y la revolución rusa y se remató con partidos comunistas crecidos, en torno a aquel vaporoso concepto de eurocomunismo y el programa común de la izquierda francesa. Había gentes y había proyectos nada tibios. Proyectos políticos que hoy no defiende ni la izquierda más radical conseguían el aval de mayorías políticas hasta alcanzar el poder, o su vecindad. Pero no hay que confundir la realidad con los deseos. Como ha confirmado la ávida recepción de Capital in the Twenty-First Century, el solvente libro de Thomas Pikkety, son tantas las ganas de mayo, que bastan cuatro gotas para que se anticipen las mayores tormentas.
¿Cómo es posible que la crisis del capitalismo sea también la crisis de la izquierda? O, con otra pregunta: ¿Por qué la izquierda ha ido extinguiéndose como proyecto político capaz de interesar a los ciudadanos? Las respuestas, naturalmente, no faltan. Algunas apelan a circunstancias históricas de largo recorrido, aunque bien precisas, en particular, a la caída del muro y la crisis del socialismo real. Es posible, aunque esa tesis se enfrenta a la indiscutible evidencia de la irrelevancia política de los partidos que simpatizaban con aquel modelo de socialismo. La izquierda que triunfaba poco tenía que ver con el socialismo real y, en ese sentido, es difícil relacionar la crisis de la primera con la crisis del segundo. Salvo, tal vez, para los Cambridge Five, el socialismo real, para bien o para mal, ya estaba amortizado.
No entraré aquí a explorar las explicaciones circunstanciales. Más bien dibujaré un marco de explicaciones posibles. Inevitablemente, las respuestas al porqué de esa crisis se perfilan en el perímetro enmarcado por la realidad y la voluntad, por cambios en el mundo y cambios en las gentes. Unas apelan a la responsabilidad de los partidos (crisis de principios, proyectos, programas) y otras a las sociedades (cambios sociales, marcos políticos institucionales, nuevas tecnologías). No hay más opciones, aunque se pueda poner el acento en unas cosas u otras, como, por cierto, asumía implícitamente el propio Marx en 1856, un 14 de abril, cuando sostenía, a cuenta de 1848, que “el vapor, la electricidad y el telar mecánico eran unos revolucionarios mucho más peligrosos que los ciudadanos Barbés, Raspail y Blanqui”. Vale la pena, sin ánimo de exhaustividad, mencionar y valorar algunas de las explicaciones más comunes y, siquiera brevemente, sopesarlas. Su exploración detallada quedará para mejor ocasión.
1. Los principios. La tesis, de mucho curso en los medios de comunicación, se puede resumir en la fórmula: “nuevos tiempos requieren nuevos valores”. La tesis resulta directamente inconsistente cuando se inserta en argumentaciones que, bajo nuevos formatos multiculturales, nacionalistas o identitarios, no hacen más que reclamar la sustitución de los principios acuñados en la ilustración y las revoluciones democráticas por otros más comunes de las sociedades precapitalistas, muy apreciados por tradiciones románticas o directamente antiilustradas y reaccionarias. De todos modos, las dificultades de la tesis son de principio: carece de sentido la idea de caducidad de los valores. Nuestras teorías empíricas y hasta nuestras tecnologías, de distinta manera, caducan. Pero la igualdad entre los ciudadanos no es el telégrafo ni la teoría geocéntrica. Ningún cambio en el mundo ni en nuestra información sobre cómo es el mundo nos llevará a abandonar la defensa de la igualdad. Si acaso, los cambios en el mundo nos llevarán a modificar el modo de aplicar el principio y defender su prioridad sobre cualquier otro principio.
2. La institucionalización. Los ideales, según como sean las realidades en las que se intentan materializar las personas que los llevarán a cabo y nuestros conocimientos sobre esas realidades, cuajarán en distintas propuestas institucionales. Si las personas son egoístas, habrá que establecer sistemas de incentivos o de competencia; si los recursos son escasos, habrá que atender a (igualar) las necesidades básicas, antes que a la satisfacción de los deseos; si nuestras teorías nos muestran que hay problemas informativos (de coordinación, de asimetrías, de competencia cognitiva, de sesgos), habrá que apostar por instituciones (de control, competencia, transparencia) que aseguren la buena realización de los principios. En ese terreno, con distinto grado de precisión y radicalidad, existen propuestas que afectan a los procesos económicos y distributivos (socialismo de mercado, economía del bien común, renta básica) o de toma de decisiones (distintos modelos de democracias deliberativas y participativas). Tampoco muchas, que todo hay que decir.
3. El poder. Una cosa es tener las ideas claras (los principios y las instituciones); y otra, estar en condiciones de realizarlas. En un marco democrático es importante disponer de los suficientes votos, pero no basta. También hay que disponer de poder suficiente para llevar a cabo los proyectos. Si las instituciones políticas son endebles, carecen de competencias o simplemente no se asientan sobre fuerzas sociales y económicas, las grandes palabras de nada servirán. La famosa pregunta de Stalin, “¿y cuántas divisiones dice usted que tiene el Papa?”, sigue resultando pertinente. Un presidente de una comunidad autónoma poco puede hacer para modificar las grandes coordenadas económicas (fiscales, monetarias, ambientales) de sus ciudadanos. No ya porque no dispone de competencia legal, sino porque, incluso en el caso de disponer y de hacer uso, ahuyentará a empresarios e inversores. Dada la forma en que ha cuajado el proceso de globalización más reciente, esa misma circunstancia vale para buena parte de los Estados, debilitados como instrumentos de justicia y con dificultades para apostar por diseños institucionales trasnacionales que gobiernen los procesos y penalicen free-riders.
4. La base social. Para entender los cambios en la correlación de fuerzas, dicho sea como en otros tiempos, hay que abordar los cambios en las condiciones materiales, productivas y económicas y sus efectos sobre las clases sociales. No es lo mismo una situación de pleno empleo, con procesos productivos que propician la socialización de los trabajadores, con alta sindicación y tramas sociales compartidas que allanan el camino a la acción colectiva, que otra de dispersión, precariedad y desarticulación de las vías tradicionales de coordinación de intereses. Los trabajadores en contacto permanente de una fábrica, que viven en el mismo barrio y pueden encontrar trabajo –o unos ingresos sostenidos– si los despiden, disponen de mucha fuerza negociadora. Y, en esa situación, el ciclo se retroalimenta. Sobre el paisaje laboral tradicional podía prosperar políticamente la tesis keynesiana clásica –que durante bastantes décadas proporcionó un relato a la izquierda–, según la cual, el mejor modo de alentar el crecimiento es redistribuir en favor de los trabajadores y clases medias, dada su elevada propensión al consumo. Pero ese mundo se ha visto minado en los últimos treinta años, entre otras razones, como consecuencia de cambios en los escenarios sociales y económicos. El resultado, antes que una polarización social –como la que podemos encontrar en muchos países de América Latina–, es una multiplicación de las líneas de demarcación y la consiguiente fragmentación social. Un terreno poco propicio para programas de izquierda que ponen el acento en las clases sociales. No es que éstas dejen de existir, sino que les resulta complicado organizarse como tales.
5. El mecanismo político. El sufragio universal, que asociamos a la democracia moderna, fue una conquista de la izquierda. Otra cosa es que las particulares formas que adoptó la democracia tal y como la conocemos, como un juego de competencia entre partidos políticos, dada la particular configuración de las clases sociales, no facilitó la realización de los proyectos emancipadores. Si hay un rico y cientos de pobres, no hay problema en apostar por un programa radical. Cuando las clases están menos polarizadas y se multiplican las líneas de fragmentación, las cosas se complican. La dinámica de la competencia electoral, la búsqueda del máximo número de votos, favorecen la apuesta por programas políticos diluidos, desprovistos de carga ideológica, que no molesten a nadie, centrados (el teorema del votante medio) a fuerza de emborronar sus aristas. No sólo eso, los retos importantes, los que atañen a las propias condiciones de existencia de las comunidades políticas, que requieren mirar más allá del horizonte electoral, no son bien recibidos por unos ciudadanos que siempre encontrarán a alguien dispuesto a decirles que no hay problemas, o que se pueden aplazar (a las futuras generaciones). Un político que anticipe dificultades y reclame modificaciones serias en los modos de vida de los actuales votantes tiene pocas probabilidades de llegar al poder. Y algo parecido sucede dentro de los partidos, en los que esa misma dinámica favorece la consolidación de oligarquías profesionalizadas, que vinculan su supervivencia personal a los triunfos inmediatos de los partidos (“la ley de hierro de los partidos”, de Michels). Así las cosas, una propuesta igualitaria, la más cabal en el horizonte de los problemas ecológicos y de escasez a los que nos vamos a enfrentar, muy probablemente tendrá dificultades para prosperar en el juego de una competencia política en la que nadie sobrevive hoy con los votos de los que nacerán mañana.
A mi parecer, con distinta intensidad y dispar cadencia temporal, las circunstancias mencionadas, entre otras, están en el origen del desconcierto de una izquierda que, a tientas y sin mucha meditación, anda buscando santos a quienes encomendarse. En mitad de su marasmo intelectual, se ha ido agarrando a distintos clavos ardiendo, sin despreciar las apuestas puramente pirotécnicas, más o menos efectistas. En ese desorden, el único proceso de decantación ideológica reconocible es la apuesta “culturalista”, que incluye desde razonables defensas de las minorías hasta más que discutibles compromisos multiculturales y comunitarios, ajenos a –incluso antagónicos– con la tradición ilustrada. Con todo, esas apuestas tampoco le han servido para dotarse de una identidad propia, para encontrar una línea de demarcación franca que la distinga de derechas liberales en excelentes condiciones (en nombre de la libertad negativa y la “privacidad”) para vertebrar intelectualmente las defensas de la minorías (o, lo que es peor, de la derecha reaccionaria, ese magma común que acerca a Bildu y las CUP a Le Pen: la ciudadanía vinculada a la identidad étnica).
Así las cosas, con frecuencia la izquierda, a contrapelo de buena parte de su historia, en la que adoptaba una fe incondicional en el progreso y la razón, parece andar buscando su perfil propio en una suerte de proyecto puramente reactivo: decir “no” sin muchas razones. El resultado final es una mirada cargada de prejuicios, desconfiada, propicia a las teorías conspirativas, un “de entrada, no”, que, en el mejor de los casos, se queda en un “virgencita, virgencita, que me quede como estoy” y, en el más común y peor, conduce a suscribir cualquier causa que entiende como crítica con “el sistema”, sin sopesar su trasfondo ideológico, olvidando que el carlismo y la tradición, también eran anticapitalistas. La cobardía para pensar ha contaminado programas que unos acaban por defender por simple cerrilismo (a veces hasta anticientífico) y otros, más listos y descreídos, por hipocresía, como el San Bueno unamuniano. Quisiera ejemplificar esa disposición reactiva con algunas tesis que no cuesta encontrar aquí y allá en los últimos tiempos, no siempre con los mismos portavoces:
1. Reacción antiilustrada. A partir del justo reconocimiento de que vivimos en sociedades en las que conviven gentes de distinta procedencia cultural, apelando a veces a una idea de tolerancia apenas elaborada que todo lo iguala, en los últimos tiempos una parte de la izquierda parece haber apostado por sustituir el discurso de la igualdad y las clases por el de la diferencias y las identidades. La universalidad de jacobinos y, en general, revolucionarios, aquella de la razón, se ha mudado en un delirio localista –a veces decorado con una retórica de “autogobierno”, que sencillamente está fuera de lugar: el caciquismo clientelar es local, y el autogobierno requiere gobierno, poder efectivo para que lo decidido cuaje–, orientado al cultivo de fronteras interiores destinadas a proteger “culturas”, identidades y hasta tradiciones. Una trama de mutuos vetos, tabúes y prohibiciones, en aras de “no provocar”, erosiona la cultura democrática, que reclama el debate y el respeto por las explicaciones recíprocas. Las identidades se defienden, con independencia de “en qué consisten las identidades”, como si merecieran respeto por serlo. Las críticas, descritas como provocaciones o agresiones, son objeto de censura, invocando viejas tesis románticas recicladas: “la protección de nuestra particular identidad compartida”. Y esa derrota intelectual es el primer paso de otras más reales y más graves: la compartimentación identitaria propicia verdaderos polvorines sociales entre los trabajadores y desprotegidos que no se reconocen en hábitos comunes, que se “descubren” con profundas diferencias y sin patrones compartidos para resolver sus discrepancias. Simplemente, no se sienten conciudadanos.
Nos hallamos bien lejos de los ideales ilustrado y cosmopolita, para los que la ley y el debate democrático constituían el fundamento de la comunidad política, y donde los ciudadanos, expuestos a otras opiniones, informaciones o modos de vida, formaban sus ideas, sin que en ningún momento apareciera el temor de poner en juego la comunidad política. En lugar de combatir las circunstancias, en origen de los problemas (la desigualdad, una cultura discriminatoria en el caso de muchas “minorías”), se establecen excepciones a la aplicación de principios generales de justicia, en nombre de “derechos especiales”. Las consecuencias ya se dejan ver: erosión de la convivencia democrática, impotencia intelectual para levantar un proyecto emancipador (que requiere un compromiso incondicional con ciertas ideas, siquiera sean de procedimiento, de racionalidad), y, sobre todo, distracción de lo que importa: el reconocimiento de que para entender la vida de las gentes, esto es, sus modos de reproducción, actividades, o su salud, resultan más importantes las diferencias de clase que las (discutibles) diferencias “culturales”, y que el mejor modo de abordar “los problemas de la diferencia” es profundizar en los caminos de la igualdad. Si lo que nos importa es que los individuos se enfrenten al reto de la convivencia de distintas culturas o concepciones del bien, no parece mal punto de partida recordar que la conquista de la emancipación tiene una obligada estación de tránsito en la creación de las correctas condiciones de elección, en la redistribución igualitaria. La autonomía económica permite decir que no, y sólo si existe esa posibilidad real se puede decir que los planes de vida han sido elegidos debidamente.
2. Conservacionismo bienestarista. El Estado del bienestar, considerado durante mucho tiempo con un trampantojo sin otra función que la de apaciguar y escamotear los conflictos de clase y, por ese camino, preservar el capitalismo, ahora se reescribe como una irrenunciable conquista revolucionaria, como la estación final de una meditada planificación estratégica. Y no. Como tantas otras instituciones, el Estado del bienestar no es más que el imprevisible resultado de complejos conflictos de intereses, de luchas y renuncias. Sin embargo, a fuerza de recrear la historia, se ha acabado por defenderlo sin matices ni reservas, como si todo fuera defendible, descuidando que muchas de sus intervenciones tienen poco que ver con la justicia o la eficacia, que buena parte de las ayudas a empresas, bancos o empeños culturales lo único que confirman es la existencia de poderosos grupos de opinión, bien organizados y con fácil acceso a los medios de comunicación o a tramas sociales de influencia, cuando no de gobernantes y burocracias entregados a asegurarse la preservación corporativa, su lugar en el mundo, mediante cajas de propaganda patrióticas engrasadas con dinero público. Las intervenciones del Estado, en estos casos, no responden a argumentos bien justificados, sino a dinámicas patológicas de la competencia política o a un poder negociador que, por lo general, está vedado a los más pobres. Pero no es eso lo peor, sino que la recreación del Estado del bienestar como una obra de ingeniería, una vez que se hacen evidentes sus disfunciones y miserias, lleva a muchos a descalificar toda intervención social y, ya en la pendiente, a condenar la mejor idea de política, como acción racional orientada a modificar el mundo. Cualquier intento de política social o de planificación colectiva se describe como un despropósito. La resistencia a mirar limpiamente cómo han sido realmente las cosas conduce a defensas empecinadas de despropósitos e incoherencias y, a medio plano, cuando se confirma que no hay orden ni concierto en los remiendos y se confirma la ruina del edificio, al desprestigio de cualquier propuesta igualitaria.
3. Programas reactivos. Entre algunos segmentos de la izquierda llamada alternativa o radical hay una notable incapacidad para discriminar entre las distintas críticas al “sistema”. Sucedió destacadamente con el movimiento antiglobalizador, donde convivían agricultores europeos proteccionistas con altermundistas partidarios de abrir los mercados a la producción de los países pobres, nacionalistas identitarios con internacionalistas convencidos, ambientalistas con desarrollistas, militantes del comercio justos con defensores del comercio de proximidad. Al final, la falta de claridad intelectual impide establecer prioridades y perfilar proyectos. Se reacciona “contra el sistema” porque es el sistema, sin criterio, sin deslindar el trigo de la paja, lo que vale de lo que no, sin reparar en que, en el camino, se minan desde los procedimientos democráticos hasta la racionalidad. Como si la suma de los NO perfilarán un SÍ. Los debates, nunca acotados, se dispersan en infinitos problemas y propuestas irreconciliables que nunca se acaban de reconocerse como tales. Antes al contrario, se acude a un léxico vaporoso que evita afrontar las dificultades y escamotea los análisis. Fórmulas retóricas, acaso justificadas en el ruido político de los días (el sistema, los de abajo, la casta, la oligarquía), se acaban por consolidar también en el momento de los análisis y el estudio. Las maneras metafóricas y urgentes (la casuística, las comparaciones improcedentes, las estadísticas falaces) del periodismo se presentan como herramientas analíticas. Cuando han querido cuajar en propuestas políticas, derivan en partidos atrapalotodo, como ha sucedido llamativamente con Podemos, en donde, a la vez que se suscriben tesis –nada irrelevantes– de exclusión de la comunidad ciudadana (el derecho a decidir), o clásicamente ecologistas, se presentan en puestos prioritarios candidatos cuyo perfil político incluye la crítica al derecho a decidir (Villarejo) o el uso de transgénicos, la experimentación animal y la energía nuclear (Echenique).
4. Democracia contra propuestas. Para salir de los berenjenales programáticos, en lugar de pensar, se acude a conjuros democráticos: apelar a lo que diga el pueblo evita tener que decir lo que uno piensa. La razonable tesis de que, al final, todo lo (que nos afecta a todos) lo decidamos entre todos, atañe al cómo decidir, no a la valoración de las propuestas a discutir. Cuando a un partido le preguntan que piensa sobre X, no puede decir “votemos”. Un partido no es un parlamento. Una organización política gravita –y convoca– en torno a unas ideas y propuestas y, más tarde, cuando los militantes saben por qué están allí, eligen, del mejor modo, estrategias y protagonistas. Nadie convoca para “hacer algo”, sino para jugar a futbol o cenar. Según a qué se convoque, acudirán unos u otros y, ya a sabiendas de qué va la cosa, se deciden el menú o las tácticas. Cuando eso no se entiende, se puede acabar en lo peor. Por lo pronto, se confunden propuestas con procedimientos, la democracia con las ideas, cómo se decide con qué se decide. Si no se deslindan unas cosas de otras, se desatan dinámicas bien conocidas por la teoría social (ley de polarización de grupos, votaciones inacabables que derivan en inconsistencias), que pocas veces conducen al triunfo de las mejores ideas. Además, la superposición de unas cosas y otras acaban por degradar la propia democracia. Las cuestiones clásicas de la democracia, cuántos, quiénes y cómo se decide, son algo más que formalismos. De otro modo, no hay otra ley que “el que resiste gana”; el último que se queda, en pleno acuerdo consigo mismo, acaba por hablar en nombre de todos, del “pueblo”. O todavía peor, si cabe, la confusión entre democracia y propuestas propicia un adanismo que lleva a discutirlo todo desde el principio, incluyendo asuntos sobre los que no faltan resultados procedentes de la investigación empírica, no susceptibles de abordarse mediante la participación democrática, o de la experiencia acumulada de unos sistemas democráticos, que se han enfrentado a ellos en más de una ocasión. Y quien dice resultados de la teoría de la democracia dice resultados de la teoría económica y hasta de la termodinámica.
5. Elogio moral de la marginación. En el trasfondo de ciertos activismos parece existir una suerte de disposición nihilista, que da en no creer en nada, para decirlo machadianamente, y que poco tiene que ver con las tradiciones emancipatorias, críticas con los relativismos, defensoras de la instrucción (incluida la científica) de los trabajadores y de la integración social de los marginados y hasta de los puritanismos y moralismos. Se está en contra del orden burgués por subsunción, porque se está en contra de cualquier orden, incluido un orden justo. No se condena desde otros valores, sino desde ninguna parte, desde la negación de cualquier ideal. Si los socialistas de otra época creían en un ideal emancipador, esa otra izquierda apuesta por una suerte de pasotismo (“un de qué se habla, que me opongo”) y, en sus versiones más radicales, llegará a dignificar cualquier comportamiento excluido y marginal, sin atender que, en muchos casos, los marginados y excluidos, antes que críticos del capitalismo son la manifestación más consumada de sus patologías y degradaciones, su externalidad más negativa, la confirmación del mucho daño que “el sistema” puede causar en la dignidad de las personas. Una banda urbana entregada al crimen, la violencia, la intimidación, el sexismo, el autoritarismo y la cerrazón comunitaria no es el germen de ninguna sociedad decente, sino, si acaso, una anticipación de la sociedad postcapitalista, el mundo natural del Estado mínimo de Mad Max.



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