FRENTE ABERTZALE. HISTORIA DE UNA TENTACIÓN SECTARIA

noviembre 27, 2020

frente abertzale

ANTONIO RIVERA
GAIZKA FERNÁNDEZ SOLDEVILLA

Introducción
En el nacionalismo vasco pueden distinguirse
tres grandes ramas. La moderada, tradicionalmente
aplicada al gradualismo y a
la vía institucional, ha estado encarnada por
el PNV; la vertiente heterodoxa, intermitente
y de menor relevancia política, por Acción
Nacionalista Vasca y Euskadiko Ezkerra; la
tercera corriente fue iniciada por el propio
Sabino Arana, el primer abertzale radical,
especialmente hasta 1898. Continuaron su
senda el sector independentista jeltzale (con
mayor o menor peso en la dirección, pero
presente hasta nuestros días), Aberri en la
década de 1920, Jagi-Jagi durante la II
República y la Guerra Civil, ciertos grupúsculos
de exiliados, ETA a partir de 1958 y,
más adelante, la autodenominada izquierda
abertzale.
La rama ultranacionalista se siente expresión
de la voluntad del pueblo vasco. Es
partidaria de un secesionismo a ultranza,
desestimando un eventual estatuto de autonomía
o federación, del irredentismo, al
reclamar la anexión de los territorios limítrofes
a Euskadi, y de un discurso maniqueo,
antiespañolista, con una narrativa centrada
en un secular “conflicto” entre vascos y españoles.
Además, desprecia la democracia
parlamentaria, prefiriendo tácticas como la
resistencia civil o, incluso, la violencia.
El nacionalismo vasco radical habitualmente
se ha mostrado favorable a un frente
abertzale: una alianza estratégica entre todas
las fuerzas nacionalistas. Desde el punto
de vista de sus promotores, se trata de excluir
a los partidos vascos no nacionalistas, alejar
a la rama moderada de la vía institucional
y del autonomismo, recuperar la unidad
perdida del movimiento –pues es sólo uno
el pueblo vasco–, acumular fuerzas frente al
enemigo español y lograr la independencia.
Además, los radicales esperan arrebatar a
los moderados la posición hegemónica dentro
del campo abertzale.
Exceptuando el caso de Estella, el proyecto
nunca ha superado la fase de discusión.
Su reiterado fracaso se debe a su incompatibilidad
con la estrategia tradicional del PNV,
la prudencia de algunos de sus dirigentes
históricos y el rechazo jeltzale a compartir
o ceder el liderazgo del nacionalismo y, por
extensión, poner en peligro su poder autonómico
y su influencia en la política española.

El otro gran obstáculo fue la apuesta de ETA
por el terrorismo.
Lejos de ser un “debate entre abertzales”,
su resolución a cada momento condiciona o
determina al conjunto de la sociedad vasca.
Más allá de sus aspectos tácticos o estratégicos
de parte, encierra una concepción beligerante
contra la composición plural de ésta,
al pretender obviar, anular o invisibilizar a
las fuerzas políticas vascas –y con ello a la
parte de la sociedad que se expresa a través
de ellas– que no son nacionalistas. En
los momentos en que el PNV ha ejercido el
dominio (exilio) o detentado la hegemonía
(actual periodo democrático), la estrategia
de unidad abertzale o de Frente Nacional
Vasco se ha constituido en un auténtico problema
político y de ruptura social.
El primer tercio del siglo XX
Tras la muerte de su fundador, el PNV
experimentó en los tres primeros lustros del
siglo XX cierta moderación, inasumible para
los más fieles al dogma aranista. Después del
retroceso electoral y el fiasco de la campaña
autonomista de Comunión Nacionalista Vasca,
sufrió una crisis interna. Una polémica
periodística hizo que la cúpula del partido
expulsara a buena parte de sus radicalizadas
juventudes; la unidad del nacionalismo
se había roto. Capitaneados por Eli Gallastegui
(Gudari), los exaltados recuperaron
las históricas siglas del PNV (1921-1930),
aunque también fue conocida esa facción
como Aberri por la cabecera de su órgano
de prensa, dirigido por Manuel Eguileor
(Ikasle). En 1922 se les unió una exigua escisión
anterior liderada por Luis Arana, quien
fue nombrado presidente del PNV-Aberri.
Esta formación adoptó la versión más ortodoxa
del aranismo. Tomando como modelo
al Sinn Féin (“Nosotros mismos”), rechazó
participar en las instituciones y dio gran importancia
a la violencia, el autosacrificio y el
culto a presos y mártires. Pese a la firma de
una “Triple Alianza” contra el “Estado español”
con formaciones nacionalistas radicales
de Cataluña y Galicia, sus pronunciamientos
a favor de la violencia durante la dictadura
de Miguel Primo de Rivera nunca se hicieron
realidad.
En enero de 1930 se reactivó el nacionalismo
vasco y se acercaron las dos facciones
en las que estaba dividido. En noviembre, en
la Asamblea de Vergara, CNV y PNV-Aberri
se reunificaron, dando lugar a un PNV
que mantuvo la tradicional doctrina aranista
y nombró presidente a Luis Arana en 1932.
Aquella fusión produjo un nuevo cisma: los
nacionalistas liberales crearon ANV, que se
acercó a las izquierdas vascas, justo al contrario
que el refundado PNV, aliado a la ultraderecha
carlista. A partir de 1933 la vieja
guardia del PNV fue sustituida por jóvenes
diputados como José Antonio Aguirre y Manuel
Irujo, partidarios del pragmatismo y de
una evolución que acabaría desembocando
en la democracia cristiana. La aprobación
de un estatuto de autonomía se convirtió en
el objetivo del PNV y se reprodujo la crisis
interna. El ala extremista, representada esta
vez por los mendigoxales, se erigió en guardiana
de las esencias aranistas, encabezada
de nuevo por Gudari. Se trataba de una organización
juvenil paramilitar, que editaba
el semanario Jagi-Jagi y llegó a contar con
unos 5.000 miembros uniformados, muchos
de ellos armados. Gallastegui y Luis Arana
abandonaron sus cargos orgánicos y Jagi-
Jagi se dedicó a criticar a los parlamen–
tarios jeltzales, mientras iniciaba una campaña
a favor de un frente independentista
entre el PNV y ANV para las elecciones de
1933. Acusados de indisciplina, la dirección
jeltzale intentó controlar la revista y entre diciembre
de 1933 y mayo de 1934 se produjo
la escisión que dio lugar a Jagi-Jagi,
rebautizado como Euzkadi Mendigoxale
Batza (EMB), un grupúsculo marginal.
Al igual que en 1933, los mendigoxales
propusieron un frente nacionalista para
las elecciones de 1936. Con un programa
secesionista, la candidatura conjunta de las
fuerzas abertzales debía comprometerse a
no acudir al Parlamento español y no acatar
la Constitución. No consiguieron convencer
ni a ANV, que se incorporó al Frente Popular,
ni al PNV, que, pese a contar entre sus
filas con partidarios del frentismo, como el
exaberriano Eguileor, se estaba acercando
estratégicamente a las izquierdas. Al final,
los mendigoxales llamaron a la abstención.
La Guerra Civil
Durante la contienda, los jagi-jagis no
sólo no se integraron en el Gobierno Vasco
provisional y de concentración (PNV,
PSOE, PCE, republicanos y ANV) emanado
del Estatuto aprobado por las Cortes, sino
que desafiaron su autoridad. El día de su
constitución, el 7 de octubre de 1936, los
mendigoxales reunidos en Guernica dieron
gritos a favor de la independencia ante el recién
elegido lehendakari Aguirre. La guerra
era para ellos una ocasión propicia. Trifón
Echebarria (Etarte) sugirió a Aguirre que los
mendigoxales se apoderasen de la primera
partida de armas antes de que pudiera ser
descargada. Así se asegurarían la hegemonía
militar y luego la independencia.
A decir de Etarte, “Aguirre se mostró horrorizado.
‘Eso sería traicionar al Frente Popular’.
Yo, que tenía sólo 25 años, repliqué:
‘La única traición que conozco es la traición
a mi país’”.
Sus publicaciones insistieron en una
alianza abertzale en pro de la secesión. En
mayo de 1937, tras una iniciativa similar
de Solidaridad de Trabajadores Vascos, los
jagi-jagis presentaron un proyecto de frente
independentista para “romper toda colaboración
con el extraño”. Los batallones
nacionalistas evitarían “su participación en
la actual lucha antifascista, entre otras muchas
razones para ahorrar vidas”, mientras
se adquiría “material de guerra”. Estas tropas
se lanzarían “conjuntamente a la lucha
independentista”, lo que inevitablemente los
llevaría a enfrentarse con los milicianos del
Frente Popular.
El final de la II Guerra Mundial y la esperanza
de que los Aliados interviniesen para
acabar con la dictadura franquista hicieron
que EMB diese un giro posibilista. El 31 de
marzo de 1945, Cándido Arregui firmó el
Pacto de Bayona junto a representantes del
PNV, el PSOE, el PCE, Izquierda Republicana,
el Partido Republicano Federal, ANV, la
UGT, STV y la CNT. El documento suponía
un apoyo explícito al “Gobierno de Euzkadi
(constituido) de acuerdo con el Estatuto votado
por las Cortes Republicanas”.
Fue una muestra de fugaz oportunismo,
porque EMB mantuvo sus objetivos maximalistas
y su estrategia frentista, lo que implicaba
acabar con el Gobierno Vasco. Lo habían
propuesto en octubre de 1938, en Bayona,
los mendigoxales Antonio Goenechea y Ángel
Aguirreche, junto a militantes de otras
fuerzas nacionalistas. Ocho años después,
Frente abertzale. Historia de una tentación sectaria
en 1946, a iniciativa de Euzko Gaztedi,
dependiente del PNV, delegados de los organismos
juveniles jeltzales, de ANV y mendigoxales
se reunieron con las juventudes socialistas,
comunistas, anarquistas y republicanas.
Los delegados de EMB se negaron a
reconocer la legitimidad del Gobierno Vasco
y demandaron en vano un frente nacionalista.
Tampoco progresó la enésima tentativa
de Arregui cuando, a principios de 1948,
invitó al PNV a dialogar sobre las “cosas
que nos separan”. En sus publicaciones de
los años siguientes no ahorraban críticas al
Gobierno Vasco y al PNV por su entente con
las izquierdas y su estrategia de “unión vasca”.
“Nuestra causa es la independencia nacional
vasca, y no otra. Vamos a ella directamente,
sin rodeos, y sin escalonar nuestras
conquistas en etapas políticas”. Así, en 1958
y en 1967, los mendigoxales retomaron la
“campaña patriótica por la constitución de
un Frente Nacional Vasco pro-Independencia
de Euzkadi”.
Su discurso fue reproducido por los grupúsculos
ultranacionalistas del exilio. El principal,
radicado en Caracas, estaba abanderado
por Manuel Fernández Etxeberria
(Matxari), un periodista e impresor expulsado
del PNV en 1960 que dirigió tres revistas
marcadas por un aranismo fanático y frentista:
Irrintzi (1957-1962), Frente Nacional
Vasco (1960/1964-1968) y Sabindarra
(1970-1974). A partir de 1964 el colectivo
se presentó como la delegación venezolana
del Frente Nacional Vasco.
La política nacional vasca
del lehendakari Aguirre

Pero, a pesar de la radicalidad de estas
expresiones, eran minoritarias incluso en el
seno del nacionalismo vasco e irrelevantes
en la sociedad y la política del país. Lo determinante
es lo que tuviera que ver con las
estrategias del PNV, convertido en la Guerra
Civil en hegemónico, al aprovechar el control
casi total del recién estrenado ejecutivo
vasco. Durante ese año que va hasta junio
de 1937 –e incluso durante el epílogo catalán,
con el gobierno trasladado a Barcelona–,
se impuso, no sin tensiones, la unión
de todos los partidos en torno a su gabinete.
Fue al terminar la guerra, en abril de
1939, cuando el órgano máximo del PNV y
Aguirre se sintieron libres de los compromisos
asumidos hasta entonces: la Constitución
republicana y el Estatuto de 1936. El vacío
de poder y la confusión reinante animaron
a ese partido a una estrategia denominada
de “obediencia vasca”. Suponía el reconocimiento
de la nacionalidad vasca por todas
las formaciones y la ruptura con sus respectivas
organizaciones (“una declaración de
principios proclamando su filiación nacional
vasca y su independencia de orientación respecto
a los organismos españoles”). Lo que
se buscaba, reconocido por el propio Aguirre,
no era sino la confrontación de “Euzkadi
contra España”. El turbulento escenario
internacional propiciaba una oportunidad
para que otro nacionalismo –el vasco, en
nuestro caso– se colara por algún intersticio
de la historia. Especulaban con ello desde
la crisis de los Sudetes, en 1938, y no dejarían
de intentarlo hasta acabar la contienda,
acudiendo a todo tipo de contactos, sobre
todo los Aliados, pero sin excluir a nazis y
fascistas italianos.
La iniciativa generó seis años de inestabilidad
dentro del gobierno en el exilio, hasta
llegar a que los socialistas se consideraran
fuera de él o lo tomasen por extinguido.
La crisis de los socialistas vascos enfrentó
al consejero Santiago Aznar con Indalecio
Prieto, dando lugar a una escisión. El poder
de atracción de Aguirre había subsumido al
resto de consejeros en su política –traducida
en casi todos los casos en expulsión por parte
de sus respectivos partidos: Astigarrabía,
Aldasoro y, con serias tensiones, Nárdiz–;
sólo faltaban los socialistas y estos resistieron
gracias a la tenacidad de Prieto.
En el año y medio en que Aguirre desapareció
en su rocambolesco periplo entre
“la bolsa de Dunkerque” y su llegada final a
Nueva York se confirmó que aquel gobierno
era sólo de nacionalistas y sus satélites. Manuel
Irujo lo llevó al estrambote con un Consejo
Nacional Vasco con sede en Londres que
hacía plena la estrategia de Frente Nacional
Vasco al prescindir del resto de fuerzas no
nacionalistas. Elaboró un anteproyecto de
Constitución para una hipotética República
Vasca que abarcaba una “Gran Vasconia”
de dimensiones inauditas (aunque recuperada
después por Krutwig). La “obediencia
vasca” llevada al paroxismo suscitó incluso
la reacción de Aguirre al reaparecer: Irujo
habría actuado por su cuenta. Pero ello no
menguó la pulsión endogámica de Aguirre:
éste se embarcó en una gira americana para
fijar al exilio vasco a su “línea nacional”, a
su propia persona, a la ajenidad a las instituciones
republicanas españolas y a la identificación
con los intereses de las potencias
aliadas contra el fascismo. En esos meses,
más si cabe que nunca, el gobierno fue él
solo (y sus delegados de Buenos Aires, México
y otras localidades). Entonces Prieto, viendo
amenazada la legitimidad republicana,
su españolidad y la continuidad orgánica de
su propio partido, reaccionó contra Aguirre.
La amistad de los dos grandes políticos vascos
no oculta su profunda discrepancia en
lo fundamental. El socialismo vasco, siempre
prietista, puso pie en pared frente a la intentona
de Aguirre de convertirlos a ellos también
en subordinados a su estrategia. No se
trataba ahora de frente abertzale –el único
nacionalismo relevante era el del PNV–, sino
de doblegar al resto a la “obediencia vasca”,
subordinarlos a la mirada que sobre el
país tenían los nacionalistas. La pluralidad
vasca, dentro y fuera entonces de sus límites
geográficos, volvía a ser puesta en cuestión.
Aguirre lo siguió intentando hasta que no
pudo más. Entre 1943 y 1945 intensificó su
presión sobre los socialistas vascos con Aznar
como ariete (y aprovechando la debilidad
doctrinal de ese partido en este asunto
territorial, donde habían ido a remolque de
las situaciones). Fue la pertinacia de Prieto,
su claridad de ideas, y el final de la Segunda
Guerra Mundial, que reforzaba la posición
de las instituciones republicanas, lo que dobló
el brazo de Aguirre y de su estrategia de
Frente Nacional Vasco. El Pacto de Bayona
aseguró en 1945 para los próximos treinta
años la adhesión de todos al Gobierno
de Aguirre (y luego de Leizaola) a cambio
de que la “línea nacional” quedara limitada
al reconocimiento de “los deseos del Pueblo
Vasco”, expuestos una vez restablecida la
democracia en España. Los socialistas regresaron
al ejecutivo y por un tiempo no se
volvió a hablar en serio de frente abertzale.
El final de la dictadura
Las críticas de los sectores independentistas
radicales como los que habían encabezado
Gudari y Matxari no hicieron mella en
Frente abertzale. Historia de una tentación sectaria
el PNV, pero su legado neoaranista y frentista
lo recogió una nueva organización aparecida
entre finales de 1958 y 1959: ETA. La
primera vez que defendió una alianza estratégica
abertzale fue en 1962, en un encuentro
auspiciado por Manuel de Irujo. Entonces
se reunió la “Tabla redonda abertzale”, un
“coloquio de tipo ecumenista” que tenía por
objeto “evitar que se agríen las relaciones
y se distancien los ‘hermanos separados’”.
Los delegados de ETA plantearon inútilmente
la creación de un “Comité Conjunto de las
fuerzas patrióticas” para destruir la “unión
vasca”, es decir, la alianza entre PNV, PSOE,
ANV y los republicanos, forjada durante la
Guerra Civil y encarnada en el Gobierno
Vasco en exilio.
En 1964 ETA realizó un nuevo llamamiento
para crear un frente contra “el opresor extranjero”.
Respondieron los más extremistas,
incluyendo a EMB, lo mismo que en 1965,
pero no los moderados. Juan Ajuriaguerra,
el burukide por excelencia en este tiempo de
clandestinidad, formuló los argumentos de la
ejecutiva del PNV de Vizcaya para rechazar
a los etarras. Eran contundentes: dignidad,
disciplina, confianza y eficacia.
“Dignidad: a) son unos calumniadores;
b) son unos mentirosos; c) emplean procedimientos
repugnantes. En resumen, son unos
sinvergüenzas (…). Hay que tener en cuenta
que son los ‘falangistas’ de Euskadi, tanto en
la acción como en la ideología”.
Irujo dijo que “ETA es un cáncer que, si
no lo extirpamos, alcanzará todo nuestro
cuerpo político”. La percepción de esos dirigentes
era clara: ETA trató desde los inicios
de dar el sorpasso a su partido, y la política
de frente abertzale resultaba el instrumento
para ello.
En 1967 ETA puso en marcha otra campaña
frentista con el lema BAI, Batasuna, Askatasuna,
Indarra. Prueba de la transmisión
intergeneracional del proyecto es que la organización
utilizó las publicaciones venezolanas
del Frente Nacional Vasco. No sirvió
de nada. De hecho, el primero que consiguió
que las fuerzas abertzales se reuniesen
para debatir por fin la cuestión fue uno de
los fundadores de ETA, pero que ya se había
alejado de ella, José Luis Álvarez Enparantza,
Txillardegi. El encuentro tuvo lugar tras el
proceso de Burgos, en 1971. Fue un fiasco.
El PNV “se opuso firmemente a la pretensión
de constituir un frente abertzale ‘a velocidad
de vértigo’”, que pusiese en riesgo su
patrimonio político, y a “diluir sus señas de
identidad en una sopa de siglas”. Pero ETA
sacó algo positivo: un importante sector de
las juventudes de ese partido, EGI-Batasuna,
se unió a la banda en 1972.
La Transición democrática
La Transición estuvo plagada de incertidumbres.
Hasta que se celebraron las primeras
elecciones, el 15 de junio de 1977,
nadie estaba seguro de su respaldo popular.
Era el clima propicio para la reaparición del
proyecto frentista en un universo abertzale
en expansión, pero muy atomizado. En la
convocatoria electoral se presentaron diversas
iniciativas. La primera fue ESB, Euskal
Sozialista Biltzarrea (Partido Socialista
Vasco), una formación de centroizquierda,
ultranacionalista y xenófoba liderada por
Iñaki Aldekoa y por Txillardegi. Pidió la
“unidad de las fuerzas políticas y sindicales
vascas”, que “solamente puede ser realizada
por las organizaciones abertzales”. Se
trataba de formar una coalición con los otros
partidos nacionalistas, pero ETA político-militar
vio su proyecto como “muy peligroso ya
que nos puede llevar a situaciones similares
a la irlandesa”. La influencia de los polimilis
en KAS hizo que la coordinadora acusase a
ESB de intentar “dividir a la clase obrera de
Euskadi entre abertzale y sucursalista”. Paralelamente,
un grupo de “independientes”
navarros planteó una candidatura unitaria
abertzale para esa provincia. Hubo varias
reuniones, pero no llegó a cuajar. Al final
hubo tres alianzas, aunque sólo la última fue
propiamente abertzale: el Frente Autonómico
para el Senado entre el PNV, el PSE-PSOE
y ESEI; la candidatura UNAI, de la que formaban
parte EIA y la extrema izquierda; y la
Unión Autonomista de Navarra, constituida
por el PNV, ANV y ESB. Volveremos después
sobre la primera.
Marc Légasse, un escritor vascofrancés,
pidió que las fuerzas abertzales presentasen
como candidatos a presos de ETA, exiliados
y madres de fusilados en una lista única denominada
“Presoak Cortes-etara”. Su amigo
Telesforo Monzón, histórico dirigente del
PNV, ahora en la órbita de ETA militar, invitó
a los nacionalistas a confeccionar una lista
similar. Sin embargo, para Monzón dicha
candidatura era sólo parte de un plan más
ambicioso. Para él, sólo había dos fuerzas
vascas: PNV y ETA, “los gudaris de ayer” y
“los gudaris de hoy”. Su misión era unirlos
para ir a “Madrid” con un “programa de
pueblo”. La primera fase del plan consistía
en una reunión entre ambas. A partir de ahí
se ampliaría a todos los partidos nacionalistas
para construir un frente que concertase
“conjuntamente su acción con destino a la
independencia de Euskadi”. La candidatura
se presentaría a las elecciones, pero sus diputados,
en vez de acudir a las Cortes, irían
a Pamplona, donde formarían la “Asamblea
de Euskadi” que elegiría un nuevo Gobierno
Vasco (consideraba ilegítimo el que Leizaola
presidía por incluir a los socialistas, pero no
a ETA). Ese ejecutivo negociaría “con Madrid”
para “poder firmar el armisticio a cambio
de que se cumplan las reclamaciones
vascas”; esto es, el fuero y “la soberanía”.
“Si nos unimos”, declaró Monzón, “el Estado
de Euskadi Sur puede hallarse en trance
de nacer. Si nos disgregamos y enfrentamos,
podemos hallarnos en vísperas de una nueva
guerra civil entre vascos”.
ETA militar apoyó la iniciativa, pero seguía
su propia agenda. La banda utilizó los
encuentros organizados por Monzón para
tratar de imponer al resto del nacionalismo
vasco la abstención a las elecciones, que
consideraba una trampa para la “lucha
armada”, la pureza del independentismo y
su caudillaje pretoriano. “Si arrastramos al
PNV por el camino de la lucha y fuera de
las vías parlamentarias, entraría en nuestra
dinámica y caería bajo nuestra égida”.
La “Cumbre Vasca” auspiciada por Monzón
tuvo lugar entre abril y mayo de 1977
en el hotel Chiberta (Anglet, cerca de Bayona).
Se convocó a algunas personalidades y
a todas las organizaciones nacionalistas, ya
fueran formaciones políticas (PNV, ESB, EIA,
EHAS, LAIA, ESEI y ANV) o bandas terroristas
(ETA militar, ETA político-militar y su escisión,
los berezis). Con la anecdótica excepción
del Partido Carlista de Euskadi, se prescindió
de las fuerzas no abertzales, incluso
de las de mayor pedigrí antifranquista. Pero
pese a las presiones de ETA militar, algunas
interpretadas por los jeltzales como amenazas,
Chiberta fue un fracaso por la firmeza
Frente abertzale. Historia de una tentación sectaria
de la mayoría de los partidos nacionalistas
–sobre todo del PNV–, que ya se habían
decantado por la vía institucional y defendían
un estatuto de autonomía para Euskadi.
Además, algunos participaron en coaliciones
con formaciones no abertzales. Lo más
hiriente para los milis fue la de Euskadiko
Ezkerra, formada por la extrema izquierda
no nacionalista (el Movimiento Comunista) y
EIA, vinculada a ETA político-militar. Por su
parte, el PNV reeditó la “unión vasca” del
exilio yendo al Senado con los socialistas
y un pequeño partido creado poco antes
(ESEI). La victoria del Frente Autonómico en
las tres demarcaciones vascongadas (y el escaño
navarro por la minoría) ahuyentó dos
temores de las formaciones históricas: el del
PNV, expresado por Ajuriaguerra, de repetir
el error de no acudir al Pacto de San Sebastián
del verano de 1930 y quedar desplazado
de la política española a la hora
de fraguar un acuerdo para el Estatuto; y el
de los socialistas, de evitarles la tentación
del Frente Nacional, desactivar a un posible
opositor, ESB, y reforzar la vertiente vasquista
de su partido. La fórmula no se repitió,
pero marcó para el futuro la vía institucional
sobre la que se articularía la construcción de
la “Euskadi política” en el marco de la democracia
española.
Una elección, sin embargo, más influida
por el pragmatismo y la memoria de burukides
como Ajuriaguerra que por el doctrinarismo
ratificado en su Asamblea Nacional
de Pamplona, de marzo de 1977, que marcó
las líneas a seguir por el PNV en esos años.
En una mezcla de ambas cosas, éste se mostraba
“consciente de que en el ámbito vasco
existen otros partidos” y optaba por convenir
“su propia acción con ellos en la medida
que tal concertación favorezca la causa de
la nación vasca y la creación de estructuras
democráticas a todos los niveles”. A tal
efecto, hablaba de un “frente autonómico”,
pero continuaba con la lengua del pasado
al distinguir entre “aquellas fuerzas de obediencia
vasca y aquellas otras que, siendo
de obediencia no vasca, tengan arraigo en
Euzkadi, sean autónomas en todas las decisiones
que afecten a nuestro país, autonomía
que ostentará como signo externo mínimo la
existencia de Asambleas y Ejecutivo propios,
y cuya estructura orgánica se extienda a las
cuatro regiones de Euskadi peninsular. En el
seno de este frente autonómico tendrá relaciones
preferentes con las fuerzas nacionalistas
vascas”.
El arranque del proceso democratizador
favoreció a los dos partidos históricos, nacionalista
y socialista, y dejó muy tocada la
estrategia rupturista del sector dependiente
de ETA militar. Poco después los milis cambiaron
de estrategia. Por un lado, apadrinaron
y tomaron el control de su brazo político,
Herri Batasuna; por otro, ETAm se dedicó a
asesinar a guardias civiles, policías y militares
con el objetivo de soliviantar a sus mandos,
esperando que, ante la eventualidad de
un golpe de Estado, el Gobierno accediese
a sus demandas. No ocurrió así, como demostró
el 23-F.
La construcción de la democracia
y del autogobierno

Los años siguientes vivieron al margen
de este asunto del frente abertzale. Herri
Batasuna y Euskadiko Ezkerra resultaron
dos fuerzas nacionalistas cada vez más enfrentadas.
Por su parte, el PNV, con una HB
apartada voluntariamente de las institucio–
nes al rechazar de partida el proceso democratizador
español (y también el de autogobierno
vasco), gozó de años de dominio a
la hora de construir las bases del Gobierno
Vasco y asentó parte de su hegemonía posterior
en el control institucional subsiguiente.
Si acaso, siempre quedará la sospecha
de una colaboración abertzale establecida
de manera indirecta: aquella contenida en
el aserto de “las nueces que caen del árbol
agitado”. Javier Corcuera lo llamó el “argumento
carlista”, que derivaba beneficios del
Estado hacia el territorio vasco a mediados
del siglo XIX, usufructuados por los fueristas,
al manejar estos con pericia la amenaza de
una nueva insurrección tradicionalista. En
todo caso, cierto o no, Garaikoetxea se mostró
diestro en rentabilizar tanto institucional
como partidariamente unas calles vascas
que, a diferencia de las españolas, tardaron
años en pacificarse.
La ruptura del PNV en 1986 fue más por
diferencias sobre cómo organizar el país
que por la relación con España. Aunque el
nuevo partido, Eusko Alkartasuna, proclamó
“el derecho del Pueblo Vasco a ejercer su libre
determinación para constituir un Estado
Vasco, reunificado (sic) e independiente”, no
iba a ir todavía por ahí la política vasca. Al
contrario, la crisis del nacionalismo regresó
a la convivencia gubernamental entre PNV
y PSE. Un decenio en el que, puestas ya las
bases de la nueva “Euskadi política”, se establecieron
ahora las del “Estado de bienestar
vasco” con los gobiernos de coalición de
Ardanza. De que entonces el frente abertzale
era asunto irrelevante, condicionado por
la virulencia terrorista de ETA, da cuenta el
contenido del pacto de Ajuria Enea, suscrito
por todos los partidos (menos HB) en enero
de 1988. Derivaba de una resolución adoptada
por el Parlamento Vasco el 14 de marzo
de 1985 y del Pacto de Madrid de 1987, y
era “hijo de Txiki Benegas”, que desde 1978
trató por todos los medios de llegar a él. Lo
principal del documento tenía que ver con
el diagnóstico: ETA no era consecuencia de
un conflicto histórico, sino expresión de una
apuesta fanática ultranacionalista, opuesta
en medios y fines al camino institucional elegido
por la sociedad.
Se entiende así una paradoja que no
es tal: entonces el voto nacionalista llegó a
su máximo histórico –un 68% en la Cámara
Vasca–, con la mayor diversidad de opciones
de ese signo –cuatro candidaturas–,
conviviendo con el instante de mayor y más
eficaz pluralismo gubernamental –la coalición
PNV-PSE– y sin posibilidad de frente
abertzale por la centralidad de la violencia
etarra y el acompañamiento que hacía de
ella HB, y por la competencia establecida
entre las fuerzas nacionalistas. Son los
años del “discurso del Arriaga” de Xabier
Arzalluz (enero de 1988), autocrítico con la
deriva patrimonial y con la asimilación de
vasco a nacionalista del último decenio. Un
nacionalismo no excluyente que vio en los
noventa la “resurrección” del pluralismo de
la sociedad vasca al emerger una derecha
españolista invisibilizada a tiros y mediante
el apartamiento social y político, e incluso
una reacción al empacho nacionalista en el
territorio más sensible (Unidad Alavesa).
Así que nadie tomó por frente abertzale
aquel gobierno de PNV, EA y Euskadiko
Ezkerra en 1991, que sólo duró seis meses
y que, tras su rápido fracaso, devolvió la situación
al maridaje PNV-PSE. La justificación
final para la ruptura fueron las mociones au-
Frente abertzale. Historia de una tentación sectaria
todeterministas propuestas en ayuntamientos
por EA y HB, lo que podría indicar una deriva
hacia el Frente Nacional Vasco. Nada
era tan sencillo: la irrupción del conflicto de
la autovía de Leizarán invirtió los papeles y
colocó a la Eusko Alkartasuna guipuzcoana
e institucional enfrente de ETA, y al PNV
de ese territorio negociando con Lurraldea
el cambio de trazado. Lo complejo del momento
acabó llevando a un Gobierno Vasco
entre aquellos tres partidos: PNV, PSE y EA,
en el momento en que los votos nacionalistas
autonómicos habían caído al 55%, y con
peores resultados en elecciones a Cortes. A
partir de ahí, todo pasó a ser distinto.
El pacto de Estella y
el Plan Ibarretxe

Es difícil afirmar qué factor pesó más
para que el PNV rompiera la tradición que
había iniciado en 1977 y adoptara la estrategia
soberanista y de Frente Nacional
Vasco en la secuencia Pacto de Estella, Udalbiltza,
Plan Ibarretxe y Ley de Consulta, que
dominó la política vasca entre 1998 y 2008.
Agotamiento de la agenda jeltzale, emulación
del proceso norirlandés (culminado en
los Acuerdos de Viernes Santo, 1998), temor
por la victoria conservadora en España
(1996) y por su avance en el País Vasco, impacto
de diferentes atentados en esos años
que podían forzar una búsqueda desesperada
del final de ETA, fracaso del Plan Ardanza
como reactualización del de Ajuria
Enea (enero 1998), puesta en práctica de la
especulación encargada a Juan Mª Ollora
por la dirección del PNV (1995), relevo en
la Lehendakaritza de Ardanza por Ibarretxe
(enero 1999) y reacción a la amenaza
a la hegemonía nacionalista que supuso la
respuesta al secuestro y asesinato de Miguel
Ángel Blanco (julio 1997) son algunas de las
diferentes explicaciones. De su combinación
y jerarquía resultan diagnósticos diferenciados.
Interesan aquí más la intención y el efecto.
Es claro que se trató de la experiencia de
frente abertzale más lograda de la historia:
acogió a todas las fuerzas políticas, sindicales
y sociales nacionalistas; sentó en la mesa
y unió en la rúbrica al partido del gobierno
y a una organización terrorista; fundió
la capacidad del poder político institucional
con una parte de la sociedad movilizada y
alineada en su estrategia (el documento sindical
abertzale de 1995 declarando “muerto”
el Estatuto de Gernika o el activismo de
Elkarri y el identificado como “tercer espacio”
fueron fundamentales); y se formuló
con plena voluntad de invisibilización de las
fuerzas políticas y de la parte de la sociedad
vasca no nacionalista. La demanda de ETA
en ese sentido –“EA y EAJ-PNV se comprometen
a romper los acuerdos que mantienen
con los partidos que tienen como objetivo la
construcción de España y la destrucción de
Euskal Herria (sic) (PP y PSOE)”– no encontró
suficiente respuesta democrática en la contrapropuesta
de aquellos dos partidos: “Si la
participación de otras fuerzas resulta necesaria
para poder conseguir la gobernabilidad
y la estabilidad de las instituciones de cada
ámbito, desde el punto de vista de defensa
de la Nación Vasca, intentaremos encontrar
las fórmulas de gobierno más adecuadas”.
La política es una convención, no una
ciencia. Si no fuera así, se podría aceptar
que se tratara de alcanzar positivamente la
paz a cualquier precio, incluido el de la exclusión.
Como no es el caso, se asumió un
riesgo sin fundamento, como se demostró
después –el final de la tregua condicionada
nos devolvió a otro ciclo de terror a comienzos
del siglo XXI–, soportado sobre la más
completa amoralidad política: la exclusión
de la realidad social y política no nacionalista,
con la consecuencia previsible y confirmada
de una escisión en la sociedad vasca
que llegó hasta lo más cercano a los ciudadanos.
La experiencia del frente abertzale
no se pudo saldar con mayor coste social
y con mayor despropósito político. Incluso,
mirado desde el interés nacionalista, fue otro
factor que explica su salida del gobierno entre
2009 y 2012, así como, antes, de muchas
instituciones políticas de menor rango y
de otras privadas o semipúblicas.
La eterna tentación frentista
¿Cómo se pudo pasar en sólo unos meses
de la afirmación de que el terrorismo no
era una confrontación Euskadi-España tanto
como otra interna vasca, resultado de la
estrategia brutal que había elegido uno de
sus agentes políticos (ETA y su entorno), al
frente abertzale con todos sus ingredientes y
consecuencias? Ardanza se hartó de repetir
aquel aserto: lo hizo ante la Fundación Sabino
Arana (16 de diciembre de 1992), en la
declaración institucional tras el asesinato de
Miguel Ángel Blanco (julio 1997) y en el plan
de paz que llevó su nombre (enero 1998).
La contradicción entre aquella convicción y
lo que ocurrió a continuación durante una
década ilustra sobre las posibilidades –aquí
letales– de la iniciativa política. ¿Quién se
acordaba de aquella letanía, por ejemplo,
en la tarde en que las manifestaciones divididas
homenajeaban en Vitoria a los asesinados
Buesa y Díez? Habían pasado sólo dos,
tres años. La realidad se había transformado
por completo y el frame, como se dice ahora,
el encuadre para analizarla, era totalmente
distinto. Y desde esa novedad la realidad se
iba recreando incontroladamente.
El final del terrorismo –que no ha tenido
nada que ver con aquella pretensión de “paz
por patria”– invitaría a fundamentar la futura
sociedad vasca en la protección del argumento
que con más saña se atacó: la realidad
plural de su ciudadanía, la necesidad
de encontrar un lugar cómodo e intermedio
entre las demandas hasta ahora encontradas
de pluralismo y nacionalidad. Quienes
de manera grandilocuente y errada hablan
de “la derrota del vencedor” se basan en
que la no desaparición de la pulsión nacionalista
vasca a hacer una sociedad exclusiva
y excluyente es la prueba de que el triunfo
sobre ETA no lo ha sido sobre sus argumentos.
Una vuelta al frente abertzale en forma
de revisión del Estatuto de Gernika (Nuevo
Estatus), reiterando las ideas-fuerza de la
Propuesta de Estatuto Político de la Comunidad
de Euskadi de 25 de octubre de 2003
(Plan Ibarretxe), supondría la confirmación
de esa tesis pesimista. Sería el triunfo de los
terroristas, pero por las vías no terroristas,
las que devienen de la mayoría política en
un momento dado.
Benjamin Constant nos explicó hace ahora
dos siglos las ventajas de nuestro concepto
de libertad sobre el que tenían los antiguos
clásicos. La principal es que la minoría en un
momento dado no puede ser condenada al
ostracismo –o al exilio interior, a la ciudadanía
de segunda– por el peso de la mayoría,
sino que nuestras sociedades liberales se
soportan en límites (constitucionales) que no
se pueden cruzar, porque el objetivo princi-
Frente abertzale. Historia de una tentación sectaria
pal de la organización social no es otro que
proteger al individuo, no a la colectividad.
Que esa lectura no es precisamente libro de
cabecera de nuestros políticos nacionalistas
institucionales es evidente. Que la hegemonía
que ejercen por diversos motivos tenga
que tener permanentemente a la sociedad
vasca sometida a la espada de Damocles de
su voluntad, ora institucional e integradora,
ora ultranacionalista y excluyente, es un problema
estructural de gran calado en nuestro
país.

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