LA PRIMERA VÍCTIMA

junio 20, 2019

SARA HIDALGO GARCÍA DE ORELLÁN
FERNÁNDEZ SOLDEVILLA, Gaizka y DOMINGUEZ IRIBARREN ,Florencio:
Pardines, cuando ETA empezó a matar.Madrid, Tecnos, 2018

El terrorismo de ETA está generando una profusa bibliografía, especialmente los últi.mos años. Ahora bien, nunca hasta ahora se había dedicado un monográfico a la primera víctima de la banda, el guardia civil José Antonio Pardines, personaje olvidado por la historia y rescatado en este libro: Pardines, cuando ETA empezó a matar. Se trata de un trabajo colectivo, coordinado por Florencio Domínguez, director del Memorial de Víctimas del Terrorismo, y Gaizka Fernández Soldevilla, historiador de la misma institución, y prologado por el escritor Fernando Aramburu. El libro, tomando como pretexto ese asesinato, hace una reconstrucción del tiempo, de las motivaciones, del simbolismo y de la memoria que se construyó en torno a aquel acto fundacional, así como de la espiral de violencia en la que se sumió Euskadi y las víctimas que generó los primeros años.
El 7 de junio de 1968, José Antonio Pardines Arcay, un guardia civil que se encontraba regulando el tráfico en las obras de una carretera a la altura de Aduna, en Gipuzkoa, fue asesinado por un joven que iba dentro de un vehículo al que previamente había dado el alto. El joven en cuestión era Txabi Etxebarrieta, miembro de una organización que se movía entre las difusas fronteras del antifranquismo y que había nacido unos años antes: ETA. Este acontecimiento fundacional inició la espiral de violencia que ETA mantuvo hasta 2011. Además supuso el inicio de una larga etapa en la que las víctimas de la violencia etarra fueron olvidadas mientras que los etarras eran elevados a los altares como mártires de la causa por la que creían luchar, la liberación del País Vasco.
El año en que ocurre esto no es baladí, 1968, cuando la llamada “tercera oleada del terrorismo” (siguiendo la formulación de C. Rapoport) había echado a andar a nivel mundial, a la que se enganchó un grupo de jóvenes vascos que unos años antes habían fundado ETA. Juan Avilés contextualiza el nacimiento de esta banda en un contexto internacional en el que la glorificación a los líderes del llamado Tercer Mundo y el recurso a la violencia fueron los referentes para numerosos grupos de oposición a un determinado statu quo.
Unos años 60 cuyos contrastes en el País Vasco pone sobre la mesa el historiador Santiago de Pablo. Para ello, usa como ejemplo ilustrativo las imágenes del documental Basker, en que unos guardias civiles aparecen divirtiéndose con los locales en Aya (Gipuzkoa), en un ambiente popular y euskaldun.
Contrasta esta imagen con la que ETA creó para justificar sus acciones, la de una Euskadi oprimida y represaliada por la dictadura. No siendo esto último falso, lo cierto es que “el segundo franquismo aparece como una etapa contradictoria” (p. 42), en la que se dio por ejemplo el despertar de la cultura vasquista y euskaldun. El asesinato de Pardines no fue la primera acción de ETA. Desde inicios de los 60, esta organización venía protagonizando sabotajes, algunas palizas -incluida a unos guardias civiles dejando a éstos inconscientesÐ-y pintadas. Hacia mediados de la década ETA adoptó la estrategia de acción-reacción, que acabó dando paso a un nuevo tiempo que se inauguró con el asesinato de Pardines, un hecho minuciosamente diseccionado y reconstruido por Gaizka Fernández a partir del expediente policial.
¿Qué pasó después del asesinato, cómo fue conceptualizado, cuál fue su memoria? El análisis bibliométrico que hace Raúl López arroja una luz que ya es conocida en otros campos: que las víctimas del terrorismo estuvieron fuera del espacio público durante mucho tiempo, también del espacio social e intelectual. Como dato significativo, al asesino de Pardines, Txabi Etxebarrieta, se le dedica su primer monográfico en 1993, su víctima ha de esperar hasta 2018.
Además de la memoria, se crea toda una simbología en torno al asesinato. ETA afirmó que Etxebarrieta había actuado en defensa propia, y le presentó como un mártir por la liberación del País Vasco, muerto a manos de una institución represora, la Guardia Civil. Los capítulos de José Antonio Pérez y Javier Gómez y el de Javier Casquete abordan elementos relacionados con esta cuestión. Los primeros ponen sobre la mesa cómo el relato que construye ETA presenta una secuencia de hechos que tiene como consecuencia la justificación de la violencia de ETA, una dinámica que llega hasta nuestros días y que además ha abierto “una zanja entre la política y la moral” en Euskadi (p. 157). Por su parte Casquete reconstruye cómo la figura de Etxebarrieta fue dando paso al mártir cuya leyenda y trayectoria prototípica se fue construyendo por parte de su comunidad de memoria, la del nacionalismo vasco radical. Esta construcción del mártir fue un elemento fundamental para cimentar no solamente la popularidad de la banda, sino su aureola de “libertadores de Euskadi”. Su primera acción además inaugura lo que él llama “años huligánicos”.
En 1968 se abrió un nuevo tiempo en el País Vasco, en el que la violencia obligó a redefinir estrategias. Para Oscar Jaime Jiménez, la lógica buscada por ETA de acción-represión-acción no hizo sino yugular a la banda, que quedó prisionera de su propia violencia. Asimismo, Jiménez, que hace un recorrido por la relación entre estructura policial vigente durante la dictadura y las primeras acciones violentas de ETA, pone de relieve la no acertada gestión que los últimos gobiernos de la dictadura hicieron del fenómeno, reflexionando si quizás éste podría haberse abordado desde otros prismas.
Precisamente la lucha policial contra ETA en diferentes momentos es abordada por Roncesvalles Labiano y Javier Marrodán. El infiltrar a personas en la banda resultó una estrategia bastante efectiva, a pesar de las dificultades para encontrar perfiles, máxime cuando la banda comenzó a ser una organización cada vez más preocupante para la Policía. Se detalla aquí cómo se gestó la “operación Lobo”, una de las infiltraciones más exitosas, y los posibles asesinatos que pudo impedir. Además, se resaltan algunos momentos de tensión, como el Proceso de Burgos, y la estrategia del gobierno desplegada durante el mismo, que resultó en gran medida ineficaz, y de hecho llevó a la paradoja de que inició “una de las etapas más pujantes -y crueles- de la historia de ETA” (p. 248).
Pardines fue el primero de una larga lista de víctimas, cuya reconstrucción hace María Jiménez, quien recoge las historias de algunas de las primeras víctimas hasta 1975, mapeando los asesinatos por provincias y municipios y elaborando los perfiles de las mismas -aquí arroja la conclusión de que la mayoría de los asesinatos fueron miembros de los CFSE-.
El capítulo final corre a cargo de José María Ruiz, quien hace un balance sobre el terrorismo, reflexionando y poniendo sobre la mesa la responsabilidad del nacionalismo vasco radical -no encarnado en un partido político concreto sino entendido como un movimiento, un ideario compartido- en las acciones terroristas de ETA, tanto en su génesis como en su primer desarrollo.
En definitiva, estamos ante un trabajo rigurosamente abordado, que arroja luz sobre un hecho trascendental en la historia reciente vasca, y que trata de poner sobre la mesa interrogantes y respuestas sobre el cómo y el por qué del terrorismo de ETA.



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