ÉTICA DE CONVENIENCIA. LA RELATIVIZACIîN DEL TERRORISMO

junio 11, 2019

MANUEL MONTERO
“Algunos vivían cómodamente alrededor del terrorismo”. “En Madrid se vivía mejor con ETA”. “Aquí algunos vivían con cierta comodidad política en otros escenarios y no tiene agenda para el escenario de la paz”. Los tardofranquistas, inmovilistas, se resisten a la paz…Expresiones de este tenor suelen oÍrse en el PaÍs Vasco del posterrorismo. En esta inversión de valores los amenazados se sentían a gusto cuando actuaba el terror. Tales asertos categóricos, de aire conspiranoico -del tipo “nos quieren ocultar que deseaban aquella tensión-, ahorran explicaciones y llevan implícitas varias insidias: a) quienes no admiten un final del terrorismo con premio añoran la violencia porque la rentabilizaban políticamente; b) son incapaces de superar “el ciclo de la violencia”; c) los que se dicen víctimas o próximos a las víctimas se agarran al conflicto, mientras los practicantes de la “lucha armada” buscan la paz; d) ¿quién fue entonces el culpable del conflicto? e) el relato “sin vencedores ni vencidos” pondrá a cada uno en su sitio, por lo que no lo quieren. Conclusiones: ellos (“inmovilistas”) son “los enemigos de la paz”. “No me parece normal que haya gente que siga en la cárcel tras abandonar ETA la lucha armada”. “Vosotros fascistas sois los terroristas”; no nosotros, no los nuestros. La secuencia descrita no es una caricatura. Reproduce la secuencia argumental de la izquierda abertzale. En distintos grados de intensidad, planteamientos parecidos los encontramos en el nacionalismo que se sintió ajeno a una presunta guerra entre ETA y el Estado –“como Cristo entre dos ladrones”-, así como quienes prefirieron mirar hacia otro lado, convirtiendo en un principio moral la tortícolis que se derivaba. Desde esta perspectiva, tiene sus ventajas culpabilizar al entorno de las víctimas: en el medio está la virtud, podríamos decir, aunque cuesta imaginar un punto intermedio entre las víctimas y el agresor, por mucha “violencia estructural” que se fabulen, “nunca han tenido el arrojo suficiente para estrechar la mano tendida por ETA”. Incluso compartió parte de este esquema una izquierda no nacionalista, cuando quiso negociar con el terror o para asentar su hostilidad a la derecha, tachada así de inmovilista. A veces el axioma “debemos avanzar” se presenta como el colmo del progresismo, incluso si se ignora el destino del avance. El movimiento se justifica andando, ya se verá hacia dónde. Hoy mismo se oye: debemos “reconocer” “el sufrimiento de todas las víctimas de todas las violencias” “para avanzar en la superación del conflicto que las ha originado”: todos en el mismo saco, todos hemos sido víctimas, también el asesino. La inversión ética no es novedad. Acompañó desde sus orígenes a la historia del terror. Las decisiones de matar prescindieron de la dimensión moral de la vida en sociedad, sustituyéndola por simplismos basados en la ficción de un conflicto vasco cuyas raíces se hundirían en la noche de los tiempos. “Se trata de un conflicto histórico entre pueblos vecinos, en el que el más poderoso intenta engullir y asimilar al menos poderoso”, aseguró el terrorismo en su día. En esta versión el conflicto no había empezado con ETA, con la represión franquista o con el bombardeo de Gernika: era secular, por tanto, histórico, entiéndase ahistórico, pues nos trasciende. Alguna vez ETA se atrevió a hablar de ética. Un ejemplo: diciembre de 1997, cuando algunas organizaciones que sentía próximas -LAB, ELA, Elkarri- suspendieron una manifestación contra la detención de dirigentes de HB, tras el asesinato de un concejal del PP. Habían actuado “guiados por una ética humana errónea y parcial”, era un “error político” , “falta de madurez”. El antónimo: “En los momentos más crudos… hay que demostrar la dignidad y los verdaderos deseos de paz”. El desquiciamiento ético como norma. En tales términos el ataque al enemigo pasaba a ser deseable. El ámbito de lo que se consideró enemigo fue ampliándose, desde fuerzas del orden, militares, franquistas, colaboradores, confidentes, familiares de policías, traidores, arrepentidos, discrepantes, españolistas, enemigos de Euskal Herria…En este discurso paranoico el asesinato quedaba legitimado a posteriori por la propia acción de ETA: el “algo habrá hecho” sentenciaba como enemigo a la víctima y amenazaba a un ámbito más o menos difuso, del que sólo quedaban fuera los próximos ideológicamente, a no ser como efecto colateral o por acusaciones de traidor, de “txibato” o de resistir a la extorsión, ennoblecida como “impuesto revolucionario”. Con todo, la esfera nacionalista tendía a sentirse segura. De ahí la indignación del ocasional “pero si era uno de los nuestros”, frente al silencio o la indignación rutinaria del comunicado para los que no eran de los nuestros. Un efecto del terror en la sociedad vasca fue el desvanecimiento de la ética. Está entre los estragos que produjo en el País Vasco, del que se sigue resintiendo, habida cuenta las pretensiones actuales de imponer un relato no democrático de los años del terror, sin que reciban una negativa drástica. ¿Cabe la suma de todos los relatos y la renuncia a distinguir entre el agresor y el agredido? ¿Ambos resultan víctimas de un conflicto sacrosanto? Sólo desde el dislate moral es posible tal planteamiento. Las distorsiones éticas las encontramos en toda la historia del terrorismo y de sus entornos. Sucede así en los orígenes de ETA y en los debates que llevaron a la violencia, lo mismo que entre los grupos nacionalistas que se habían radicalizado antes o que lo harían por entonces. Sólo discutieron sobre la conveniencia política de la “lucha armada” o la opción por una vía revolucionaria. No se le contrapusieron valores que tuvieran en cuenta la pluralidad de la sociedad vasca y la legitimidad de opciones distintas a la independencia revolucionaria. No vale alegar el contexto dictatorial, porque tampoco contó la vía de la apuesta por la democracia como alternativa a la coacción violenta, el camino que en general recorrió la oposición antifranquista. Sorprende una circunstancia que a la larga resultó fatal: el nacionalismo moderado no expresó su crítica al terrorismo en términos democráticos y éticos. Entendió que la “lucha armada”, concepto que asumió, no resultaba conveniente, por la imposibilidad de vencer al Estado y porque podía perjudicar a los vascos, no porque fuera en sí misma moralmente rechazable. En su momento, también discrepó tajantemente del planteamiento revolucionario, marxista leninista, pero aún así entendió que “la lucha armada” -que quería disputarle la hegemonía política- procedía de la comunidad nacionalista y expresaba una proximidad afectiva de caracteres patológicos, aunque tras la formación de la autonomía no le dio el cobijo de las postrimerías del franquismo. Un buen ejemplo lo constituye la crítica del PNV a ETA en 1995, contradictoria. Denostaba “la bomba ciega” o “el tiro en la nuca” -no se engañaba sobre la brutalidad de la “lucha armada”- para concluir, refiriéndose a los terroristas: “pero son vascos y están entre nosotros, aunque no compartamos sus puntos de vista y rechacemos la práctica sangrienta”. El nosotros, los nuestros, la proximidad, los vínculos comunitarios restaban contundencia a su rechazo a “la práctica sangrienta”. La condena es otra cosa, requiere repudios más categóricos, no esa regañina de aire paternalista. El mensaje implíito: estos descarriados al final son de los nuestros, no lo olvidemos. Expresaba una proximidad mayor que con los vascos que estaban siendo atacados pero que no eran “de los nuestros”. A la altura de 1995 no podía alegarse ignorancia, pues no la había, ni bastaba la explicación de cariz político. La ambigüedad frente al terrorismo escondía alguna indulgencia y era una opción ética, pero una moral sectaria no es moral sino coartada. El escapismo también puede enmascararse como inocencia. Recuérdese el tono de ingenuidad que a veces adoptaron las reacciones al terrorismo, como de virtud ultrajada por quienes no comprendían la autenticidad del pueblo vasco, concebido como pueblo pacífico. Se producía una paradoja. El nacionalismo moderado afirmaba su creencia en los acendrados valores éticos de los vascos, “un pueblo modelo de virtudes”. Lo asociaba a la integridad, rectitud de costumbres y moralidad -ya en sus orígenes sabinianos se afirmaba como una defensa de la religiosidad vasca frente a la descristianización que traía España-. El PNV lo explicaba en 1977 en los siguientes términos, quizás entonces tan difíciles de entender como hoy: “A base de esfuerzo, de acumulación de experiencias y sacrificios comunes, de colaboración y de trabajo” el pueblo vasco había conseguido “establecer un código de conducta, una escala de valores para discernir lo justo de lo injusto, unas reglas de juego para asegurar la convivencia y una jerarquía de objetivos”. Era un pueblo de nociones éticas reciamente asentadas, pero afirmaba una moralidad privativa, una ética comunitaria, no universal. La creencia en una ética segmentada, según la proximidad ideológica o identitaria, nació del imaginario de una comunidad vasca agredida por España y por los no nacionalistas, en funciones de caballo de Troya. Tuvo efectos perversos durante décadas. Llevó a relativizar el crimen, que no lo sería o lo sería menos según la proximidad de su autor, al que le dotaba de cierta legitimidad. Alentó el fárrago de planes de paz que buscaban réditos políticos al terror. Y, sobre todo, gestó una democracia condicionada, en la que el poder local creía en una noción asimétrica de la sociedad, con distintas varas de medir, y una ética que se diseñara a conveniencia. La cuestión sigue siendo crucial. El debate sobre la memoria del terrorismo es también una cuestión ética. Si se opta por el sectarismo moral, por mantener la ambigüedad o por idealizarla -no digamos si subsiste algún enaltecimiento del terror- seguiremos teniendo una democracia condicionada, incapaz de hacer frente al terrorismo incluso tras su desaparición.



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