CORTAFUEGOS FRENTE AL ODIO Y LA PUREZA:LOS DERECHOS CULTURALES DE LAS MUJERES

junio 11, 2019

ESTEFANÍA RODERO SANZ
“Esto es una llamada de advertencia para nuestros tiempos. Nos enfrentamos a una avalancha de odio mundial que avanza en múltiples direcciones, a la que debemos dar una respuesta mundial urgente.” ”Los derechos culturales de las mujeres no son un complemento de la lucha contra el fundamentalismo y el extremismo; son un factor decisivo, sin el cual esta lucha no puede tener éxito.” Conclusiones del Informe A/HRC/34/56 sobre el fundamentalismo y el extremismo de la relatora especial de derechos culturales de Naciones Unidas
Aprovechando la reciente celebración del Día Mundial de la Diversidad Cultural y la campaña de difusión por parte de la Relatora Especial de la ONU en materia de derechos culturales, Karima Bennoune, de su “Informe sobre el impacto del fundamentalismo y el extremismo sobre los derechos culturales de las mujeres”, me gustaría compartir de modo secuencial algunos de los interesantes trabajos internacionales realizados en los últimos años en esta dirección y que están marcando el rumbo de actuación para el diseño de políticas públicas culturales desde una perspectiva de respeto a los derechos humanos. Sin duda, el documento marco inicial es el “Informe sobre los derechos culturales de las mujeres” elaborado por la anterior Relatora, Farida Shaheed, que supuso un cambio de paradigma, clave en el modo en el que, hasta la fecha, se contemplaba la cultura en el trabajo a favor de la igualdad. Shaheed rompió con la tendencia por la que se abordaba la dimensión cultural como un obstáculo que se interponía en el empoderamiento de las mujeres y las niñas, virando el discurso hacia la exigencia de garantías de igualdad en el disfrute de los derechos culturales como elemento de protección de su dignidad. Dichos derechos incluirían tanto el acceso como la participación y la promoción de la creación de las mujeres y su contribución al desarrollo cultural de los pueblos. Entre los aspectos estratégicos recogidos por Shaheed destacaron tanto el papel de las mujeres en la identificación e interpretación del patrimonio cultural, así como su protagonismo, a la hora de decidir qué tradiciones, valores y prácticas culturales deberían mantenerse, modificarse o abandonarse definitivamente. De hecho, frente a los peligros de la fijación cultural disecada y esencializada, incorporó una profunda reflexión sobre la cultura como campo de poder en disputa permanente. Como se recogía en este primer Informe: ”Los derechos culturales deben verse como derechos que también guardan relación con qué miembros de la comunidad están facultados para definir la identidad cultural de esta. La realidad de la diversidad dentro de las comunidades hace imperativo garantizar que se escuchen todas las voces de una comunidad”. Se volvía a poner así ante el foco de atención internacional el riesgo que supone el hecho de considerar las identidades colectivas como abarcadoras de todas las características de los individuos, instando a seguir generando políticas públicas sensibles al papel que desempeñan las identidades en los procesos de exclusión social de las mujeres. ”La identidad colectiva entraña poner en tela de juicio significados y definiciones y está siempre vinculada a las estructuras y dinámicas de poder subyacentes en relación con el acceso y el control de los recursos económicos, políticos y culturales (…) Reconocer y proteger la multiplicidad de identidades ayuda a resistir y superar aquellas fuerzas políticas, en particular las políticas de identidad, que pretenden anular toda posibilidad de pluralismo en la persona y en la sociedad, así como la igualdad entre los géneros” .
Quién decide qué: patrimonio, identidad y derechos culturales de las mujeres
Reflexionando también sobre la pauta de invisibilización de las aportaciones y funciones de las mujeres en el campo cultural, el Informe inicial, frente a la tendencia al estudio del papel ejercido por las mujeres en la perpetuación de determinados valores culturales o como guardianas de la reproducción de la cultura dominante de su comunidad, se atrevía a apuntar tímidamente una línea de trabajo que nos tocará recorrer en los próximos años: el papel histórico de las mujeres en la impugnación de las normas y los valores culturales dominantes. En esta visión de los derechos culturales como derechos empoderadores, lógicamente liga.dos al disfrute de otros derechos (muy interesante la línea de estudio creciente sobre las tradiciones culturales de derecho a la tierra de las mujeres y cómo estos elementos tradicionales sí se han visto debilitados y rechazados), se pone un especial énfasis en la participación de las mujeres en la adopción de decisiones: ”La partiónicos y las normas culturales impuestas ofrece a las mujeres, así como a otros grupos e individuos marginados, posibilidades cruciales para dar nueva forma a los significa.dos (…) ¿Quiénes son la voz legítima dentro de la comunidad?”. Al hilo de las propuestas recogidas en el Informe de Shaheed, meses más tarde la UNESCO publicó el interesante estudio “Igualdad de género, patrimonio y creatividad”, en el que se ponía de manifiesto el hecho de que el patrimonio y su salvaguarda son un reflejo de las estructuras de poder, no sólo relacionadas con la participación en los procesos de toma de decisiones. Teniendo en cuenta que “ninguna comunidad se esforzaría por preservar o transmitir aquello que no valora” y constatando que “las mujeres son invisibles y subestimadas en la forma en que son retratadas a través del patrimonio de una nación” implementaba en formato de guía un enfoque de igualdad de género sobre el patrimonio que tuviese en cuenta las diferentes formas en que se ven afectados los géneros por las estructuras de poder dentro de una comunidad y sus familias. ¿Quién define qué es patrimonio y su importancia? ¿Quién decide la identidad colectiva? ¿Quién tiene la palabra? ¿Quién es escuchado? ¿Quién se beneficia y quién se ve perjudicado? ¿Quién puede acceder al patrimonio y disfrutar de él? ¿Quién decide las limitaciones al patrimonio? ¿Quién tiene el poder de tomar decisiones sobre los recursos de las personas y de la comunidad? ¿Quién decide qué expresiones del patrimonio merecen ser protegidas?
Tiempos de urgencia para los derechos culturales: austeridad, banalización y fundamentalismos
Pero junto a los retos anteriores, se sumó la urgencia internacional. Ante la acuciante necesidad de articular una respuesta transnacional frente al aumento alarmante de las prácticas y discursos de odio en todo el globo que recogiera las vulneraciones más recientes a los mismos (el Brexit, la victoria de Trump, las nuevas leyes antigitanas en Eslovaquia o Hungría, la persecución a los refugiados, el auge del neofascismo en toda Europa, el más reciente giro discursivo antimigración en Italia…) el 16 de enero de 2017 se publicaba el Informe urgente de la nueva Relatora Especial de derechos culturales, Karima Bennoune, sobre las repercusiones del fundamentalismo y el extremismo para la protección de los derechos culturales en el nuevo y exigente escenario mundial. Más allá del esfuerzo por la clarificación terminológica tanto en el texto como en el entorno de Naciones Unidas entre fundamentalismo (“movimientos políticos de extrema derecha que, en el contexto de la globalización manipulan la religión, la cultura o la etnicidad, para conseguir objetivos políticos” Marieme Hélie-Lucas, “se trata, esencialmente, de una manera de pensar basada en la intolerancia respecto de lo diferente, con un gran protagonismo de los intentos de destrucción y borrado de la cultura de los demás y el carácter sincrético de la cultura y la religión, acabando con la diversidad cultural”) y extremismo, entendido como un concepto más amplio, impreciso y dinámico que el primero, desde España, por motivos de actualidad política, centramos nuestra atención en uno de los primeros ejes de alerta recogidos en el Informe sobre el ón y expresión y de la protección de las libertades fundamentales en la lucha contra el terrorismo, ante la creciente banalización tanto de las definiciones en las leyes nacionales como de las acusaciones de extremismo que están sirviendo en el marco internacional para perseguir la disidencia política, sofocar el activismo y coartar la libertad artística y de expresión. La alarma ante la irresponsabilidad de dicha banalización se produce por el socavamiento de la lucha contra el extremismo real que produce. Si ya Farida Shaheed en el Informe inicial sobre los derechos culturales de las mujeres se centró en el derecho a la libertad de expresión artística en la que tenía un papel clave la protección de las enseñanzas artísticas, en el Informe urgente sobre el fundamentalismo y el extremismo cobró protagonismo la necesaria consolidación de una educación para la ciudadanía mundial que hiciese de contrapeso a “la crisis de humanismo que tenemos delante”, poniendo el foco sobre la evidencia de que la articulación de políticas culturales desde el enfoque de los derechos humanos son centrales en la lucha contra el fundamentalismo: ”El arte, la educación, la ciencia y la cultura son algunas de las mejores maneras de combatir el fundamentalismo y el extremismo. No son lujos sino instrumentos básicos para generar alternativas, crear espacio para la oposición pacífica, promover la inclusión y proteger a los jóvenes de la radicalización”. Así, Karima Bennoune, denunció los efectos colaterales de los recortes en materia cultural replicados durante la crisis y que han tenido un evidente efecto boomerang en todo el globo “las medidas de austeridad a menudo propician que los campos de la cultura y la educación, entre otros, queden en manos de terceros, en particular de quienes persiguen objetivos fundamentalistas”, recordando la recomendación que ya realizó la UNESCO en su momento para que los Gobiernos destinasen un 1% de su presupuesto anual para la cultura. Especialmente interesantes desde un punto de vista “iberoamericano” son también, frente a la sobrerrepresentación mediática internacional de los fundamentalismos islámicos, las consideraciones recogidas en este Informe respecto al auge de los fundamentalismos judíos y cristianos, tanto ortodoxos como evangélicos y su efecto principalmente sobre los derechos humanos de las mujeres, que tanto impacto están teniendo en Centroamérica. Como ya nos demostraron también los recientes resultados electorales en Europa, en los que el voto de las mujeres resultó un cortafuegos decisivo frente al auge de las propuestas neofascistas, Bennoune se detiene también sobre el papel fundamental que juegan las organizaciones y los liderazgos internacionales de mujeres en la defensa de los derechos culturales en todo el planeta. Que en el Informe se subrayen los ejemplos de las organizaciones Para la Libertad de las Mujeres en Iraq, Católicas por el Derecho a Decidir o Mujeres del Muro, así como se pongan en el centro de la alerta mundial los asesinatos a manos del fundamentalismo de la gestora cultural paquistaní, Sabeen Mahmud o la diputada inglesa Jo Cox, reafirma una de las conclusiones del trabajo: el hecho de que el aumento de la vio.encia hacia las mujeres es, entre otras cuestiones, una señal incuestionable de alerta ante el progresivo avance del fundamentalismo que “ha sido a menudo ignorado en aras de la unidad nacional y religiosa”. Muy relevantes por el campo de trabajo que abren son los apuntes de este Informe referidos a la trazabilidad de la financiación de las organizaciones en relación con el auge del fundamentalismo y la persecución de los derechos culturales. Así se detalla, frente a distorsiones mediáticas, y en relación al auge del fundamentalismo cristiano en EEUU el hecho de que “grupos y líderes cristianos fundamentalistas de los EEUU han apoyado una campaña contra las personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero en Uganda, mediante discursos y financiamiento”. Asistiríamos así a un nuevo fenómeno de financiación transnacional del odio enfocado en la persecución de minorías. En esta misma dirección, aunque atendiendo a criterios de coherencia inter-políticas y fricciones entre acciones culturales y respeto a los derechos humanos en la política exterior de la Unión Europea, apuntaría por ejemplo a la incompatibilidad del hecho de otorgar el Premio Sajarov 2016 a las comunámico, a la vez que se mantienen relaciones comerciales y diplomáticas con uno de los principales países financiadores de ese mismo Estado Islámico que persigue a la minoría yazidí, Arabia Saudí. Por último, se recoge también la alerta sobre los crecientes usos discursivos por los que, bajo el empleo de nuevos lenguajes cercanos a la terminología de los derechos humanos y en base a la presentación de los propios extremismos o ultra-nacionalismos como víctimas de amenazas, (como están ejemplificando Trump o Marine Le Pen frente a refugiados y migrantes y como ya desmontó Judith Butler en su conferencia internacional “Vulnerabilidad y resistencia revisitadas”), se buscan recortar las libertades ajenas. Por ello se recuerda: ”Los derechos culturales no son lo mismo que el relativismo cultural. No son una excusa para vulnerar otros derechos humanos ni pueden usarse para justificar la violencia o la discriminación, y no habilitan a nadie a imponer identidades o prácticas a los demás, o a excluirlos de estas, en contravención del derecho internacional (…) La universalidad es uno de los instrumentos más importantes en la lucha contra los efectos destructivos del fundamentalismo y el extremismo, y debe ser defendida”.
Construyendo el cortafuegos: derechos culturales de las mujeres contra el odio
Es en una ampliación posterior de Bennoune a su Informe sobre las repercusiones del fundamentalismo y el extremismo sobre los derechos culturales de las mujeres, en la que, junto a un detallado análisis terminológico y del marco legal internacional, se nos alerta: ”ésta es una llamada de advertencia para nuestros tiempos. Nos enfrentamos a una avalancha de misoginia mundial que avanza en múltiples direcciones”. Denunciando la extrema violencia que en todo el globo está impidiendo la protección del derecho a participar en la vida cultural, la libertad de la expresión artística, la libertad científica y el derecho a la educación de las mujeres, Karima Bennoune es tajante, ”los derechos culturales de las mujeres no son un complemento de la lucha contra el fundamentalismo y el extremismo; son un factor decisivo, sin el cual esta lucha no puede tener éxito”. Haciendo hincapié una vez más, en la línea de los Informes anteriores de las dos Relatoras, sobre el hecho de que el recorte en los derechos de las mujeres supone siempre una señal de alarma del avance social del extremismo y el fundamentalismo, hace por primera vez un llamamiento a la “desarticulación de los procesos de ingeniería cultural sobre los que se asientan”. La reconfiguración de las culturas sobre cosmovisiones unívocas y rígidas, centradas en cualquier idea de pureza, la distorsión creciente del otro y la superioridad cultural y moral se identifican como ejes comunes sobre los que está avanzando el extremismo a nivel internacional. Particularmente interesante (dado que hasta la fecha no se había dado una referencia explícita) es la denuncia que se realiza en este último Informe específico, aún tímida pero importante, sobre los aspectos negativos de los modelos económicos dominantes sobre los derechos culturales de las mujeres, y el peligroso efecto que las medidas de austeridad han tenido sobre los derechos humanos de las mujeres, especialmente en el derecho a la educación de las niñas. Los recortes en políticas culturales y educativas han alentado la proliferación de instituciones educativas privadas en todo el mundo, financiadas por movimientos fundamentalistas y extremismos religiosos, contrarias al avance de democracias culturales que fomenten la igualdad de género. Igualmente interesante, al hilo de la vulneración del derecho a la educación y la protección de los derechos sexuales y reproductivos, es su análisis sobre la permisividad social creciente de los extremismos religiosos no violentos que “se están extendiendo en la corriente de pensamiento mayoritaria”, y que ilustra de modo inequívoco con la persecución que sufren las defensoras de los derechos reproductivos a manos del extremismo religioso cristiano en América Latina. Invitando al debate sobre la discriminación que sufren las mujeres a nivel internacional para ejercer sus derechos religiosos especialmente asociados al acceso al liderazgo religioso o espiritual, se comparten también experiencias feministas muy interesantes para el avance del laicismo como medida de protección de mujeres y minorías, como es el caso de Secularism is a Women’s Issue. En la imposición de purezas que acompaña a todo extremismo, se llama la atención sobre un punto ante el que existe una permisividad social alarmante. Es el hecho de invisibilizar la aportación cultural de las mujeres: “los fundamentalistas culturales a menudo tratan de eliminar la cultura de las mujeres y el carácter sincrético de la cultura y la religión, y acabar con la diversidad cultural”. El grado extremo que suponen los asesinatos a mujeres artistas en la esfera internacional (especialmente en el campo de las artes escénicas) no debería relajarnos ante procesos de violencia de menor intensidad basados en la invisibilización, apropiación y deslegitimación de las aportaciones culturales de las mujeres presentes en nuestro día a día. La aportación que en este Informe supone la conceptualización de la “cultura de la vergüenza” y el análisis de sus procesos de construcción social desde los extremismos, marca una interesante hoja de ruta pón, ridículo, ostracismo e impulso de policía moral que acompañan el auge de todo extremismo. Por todo ello, tras este breve repaso secuencial de las recientes líneas de trabajo internacional en materia de protección de los derechos culturales de las mujeres, nos sumamos a la llamada lanzada por Karima Bennoune tanto al sector profesional de las pol’ticas culturales como a la sociedad civil en su conjunto para hacerse eco de sus conclusiones y recomendaciones que buscan la articulación en red de un cortafuegos frente a la “avalancha de odio mundial” sabiendo que ”los derechos culturales, integrados plenamente en el sistema de los derechos humanos son contrapesos decisivos para el fundamentalismo y el extremismo; hacerlos efectivos exige la libre determinación de las personas, el respeto de la diversidad cultural, la universalidad y la igualdad.”



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