AMOR Y LIBERTAD

junio 11, 2019

ZIGOR PERALES HERNÁNDEZ
Una de las primeras cosas que constatamos cuando reflexionamos sobre la vida de la conciencia es que aquello que tratamos de comprender intelectualmente se presta siempre a juegos de polaridades, a diferentes principios más o menos antagónicos, desde los cuales o a través de los cuales, todo fenómeno puede ser abordado. Así es como las dualidades sujeto / objeto, sensibilidad / entendimiento, naturaleza / cultura, entre otras, han ocupado buena parte del ejercicio del pensar en la historia de la filosofía. Cualquier tema o fenómeno, puede ser visto a la luz de una categoría, que en su propio enunciarse tiende a revelarse insuficiente y nos invita a contemplar su alteridad, la sombra de esa luz. Conciliar tales tensiones, accediendo a una anhelada síntesis en la que las seculares querellas dejen de representar una amenaza de unilateralidad, representa uno de los deseos más característicos del ser humano como ser autoconsciente. Ahora bien, aunque contemplemos nuestra condición existencial como constante búsqueda del equilibrio entre perspectivas opuestas, cabe suponer que la perfecta conciliación sea una utopía, ya que es a través de ese dinamismo inacabado como nos experimentamos humanamente vivos. Sin embargo, la posibilidad de avanzar creadoramente por dicho camino depende de cierta concepción teleológica funcionando a modo de ideal regulativo que orienta la acción.
Valores en conflicto
Ser conscientes de nuestra finitud implica interiorizar la idea de que cualquier afirmación de uno u otro aspecto de la existencia, o de la realidad, conlleva algún tipo de escisión, una reducción que hace de eso, que es emprendido o conocido, una llamada al movimiento por el que lo manifestado busca ser trascendido y completado. En el caso de la filosofía práctica, este fenómeno se traduce en la percepción de un universo de valores atravesado por ejes axiológicos en relativa disputa, esto es, un universo de valores en conflicto. De manera que, aunque cada uno de ellos merezca una atención y un reconocimiento propios, constatamos que la única forma de rendir tributo a la complejidad de la existencia es contrastar cada valor con aquello que, limitándolo y combatiendo con él, nos mueve a conocerlo mejor. Entender la cuestión moral como terreno de tensiones vitales, nacidas de un ser finito que, al reconocerse como tal, toma conciencia del carácter dramático y en cierto modo trágico de su acción, supone acoger un pensamiento que descubre y se enfrenta con perplejidades, dudas y cuestiones, a medida que ahonda en su tarea. Así, si bien la vida como fenómeno biológico entraña ya un ejercicio permanente de compensación o equilibrio homeostático, gracias al cual subsisten los individuos y ecosistemas, donde los problemas relativos a carencias y excesos son resueltos mediante aptitudes y leyes asentadas en la evolución natural de los seres, la aparición de las sociedades humanas, con sus normas y costumbres, supone por su parte que las pautas que otorgan estabilidad y equilibrio a la vida individual y colectiva se ven cada vez más sujetas al examen crítico. De manera que aquello que durante tiempo inmemorial ha venido siendo asumido como práctica natural y loable puede llegar a ser considerado como indigno, una vez que la conciencia se abre a nuevos horizontes. Llevando esta última cuestión hacia su aspecto más global, es el propio equilibrio entre tradición e innovación el que muda de configuración con la llegada de la modernidad. La autoridad del pasado como fuente normativa ha ido dejando paso a la preeminencia del futuro como promesa de un mundo más acorde con las potencialidades humanas. Ello no obsta para que ambas visiones coexistan rivalizando entre sí, a nivel colectivo e individual, de forma que, dependiendo del tema tratado, nos adhiramos a posiciones más o menos conservadoras o progresistas. En otros términos, si la tendencia de la época es la de ampliar el espacio de libertad individual en la interpretación de las normas y valores últimos de la existencia, la concepción según la cual hay una serie de fundamentos naturales y culturales que hacen que determinadas prescripciones sean inapelables sigue gozando de autoridad y vigencia. Así como tradicionalmente se consideraba que nada nuevo nace bajo el sol y que la forma de afrontar los retos de la vida es retomar las prácticas y criterios legados por nuestros ancestros, es algo propio de nuestra época considerar que el camino para dar cuenta de los problemas y ampliar los horizontes consiste en cuestionar lo aprendido, indagar y experimentar diferentes hipótesis, para acceder a inéditas posibilidades de acción y conocimiento. Se trata de tendencias obviamente contrapuestas que, al mismo tiempo, interactúan, se completan y estimulan mutuamente. La cosmovisión bíblica se refiere a un pasado edénico y a una revelación que enseña el camino para volver a él, de modo que el futuro es visto como aliado en tanto que posibilidad de redención y regreso a la inocencia inicial, mientras que el planteamiento evolutivo que pone el acento en el progreso hacia el conocimiento y el bien se apoya por su parte en la experiencia y el corpus de conocimientos adquiridos en el pasado: el avance aventurado hacia el porvenir enraiza en un presente habitado por la memoria. Es más que probable que la dualidad tradición / modernidad, como las anteriormente mencionadas (sujeto / objeto, sensibilidad / entendimiento, naturaleza / cultura), respondan a una conflictividad relativa y no absoluta. Acabamos de ver que pasado y futuro siempre aparecen como dimensiones que hay que saber integrar en nuestro presente, por lo que la posible primacía de una de ellas consiste en una cuestión de acento más que de exclusividad. De esta misma forma, aunque un valor pueda de algún modo oponerse a otro o presentarse como contrapuesto en algún sentido a otro, la cuestión aparecer como dominante, pero sin abolir al resto, ya que precisamente es ante la presencia de ese otro valor relativamente antagonista como consigue afirmarse a sí mismo.
Más allá de la libertad
En este orden de cosas, vamos a ver cómo el valor de la libertad se abre camino en tensa coexistencia con otros valores. Siendo la libertad una de las palabras más emblemáticas de nuestra filosofía moral occidental, esta noción recubre una gran diversidad de acepciones o interpretaciones. Desde la libertad como simple negación del obstáculo que impide la acción, hasta la libertad entendida como autoconocimiento que aleja al sujeto de ideas equivocadas o impulsos irracionales que lo arrastren a una vida indigna. Más o menos interior o exterior en su comprensión, este valor apunta en todo caso a la capacidad humana de realización de proyectos que superan la situación dada, explorando el ámbito de lo posible. La naturaleza humana se descubre bajo su impulso como realidad dinámica, nunca del todo definible. Pero, aunque la adhesión a este valor tienda a ser universal, existen divergencias interpretativas que conciernen a dicho dinamismo, pues no es lo mismo entenderlo como invención permanente de su ser que como despliegue razonable de una esencia preexistente. La libertad se ha visto confrontada en los tiempos modernos con la igualdad, aunque este último valor pretende justamente extenderla mediante derechos formales y materiales. Se trata de referirse al terreno de la realidad concreta con el fin de que la libertad de determinado sujeto deje de implicar en ocasiones la sumisión de otro. La igualdad ante la ley y la justicia redistributiva, por la que se trata de aminorar las diferencias en las condiciones de vida van en este sentido. Sin que ello evite el recurrente debate sobre los límites de uno y otro principio o valor, ya que la síntesis ideal depende de diferentes puntos de vista, ideologías e intereses. Así es como se ha podido afirmar que la fraternidad, por su parte, constituye ese otro valor gracias al cual, entre otras cosas, resulta posible buscar el buen equilibrio entre aquellos dos. La fraternidad remite en efecto a la necesidad y pertinencia de un vínculo entre las personas que trascienda la condición singular en que se ven envueltas, pues si algo caracteriza al ser humano es su facultad para imaginarse en el lugar del otro, gracias a su capacidad comunicativa. De esta forma, el punto de vista del semejante sobre tal o cual aspecto de la libertad o de la igualdad puede ser ,sino asumido , sí comprendido y respetado; y la libertad, concretamente, puede ser entendida como oportunidad para el crecimiento en humanidad y no únicamente en tanto que disposición arbitraria para la concepción y ejecución de ideas y acciones. Porque el límite intrínseco a cierta forma de comprender la libertad es el de ver en ella la simple afirmación del deseo de un sujeto de tipo monádico.
De la fraternidad al amor
Si la libertad es pues ese valor típicamente moderno que se va abriendo paso a través de la historia de nuestras sociedades, pode.mos preguntarnos sobre su relación con ese otro principio o valor que, en un plano no ya colectivo, como la igualdad y la fraternidad, sino ante todo existencial, se le opone y complementa, esto es, el amor. El amor es una noción que asimismo comprende una gran cantidad de referentes, desde el amor erótico al amor a la patria o a una religión, pasando por el amor a los amigos, a la familia, a la naturaleza, etc. Sin embargo, conlleva en todos los casos una nota de cercanía, de deseo de relación fuerte y permanente con ese sujeto u objeto amado. Se trata del deseo de convivir con ese sujeto o esa actividad, porque en su proximidad nos reconocemos como lo que somos y queremos ser. La libertad entendida como búsqueda permanente de nuevas posibilidades corre el peligro de olvidar el componente “sagrado” de determinados bienes, la idea de que aquello que nos permite vivir es precisamente la dedicación por la que unos y otros nos ofrecemos atención y cuidado. La multiplicación ilimitada de vivencias se estrella asimismo contra la idea de una profundidad de la experiencia por la que la relación con un sujeto o actividad determinados puede ganar en intensidad y en sentido a través del tiempo. De manera que lo que hasta cierto punto es susceptible de garantizar el despliegue del potencial de una determinada relación es el sacrificio de otras posibilidades juzgadas como inferiores en valor o pertinencia. Si la libertad explora la existencia, desde el punto de vista de una búsqueda permanente de la alteridad en objetos y sujetos exteriores, desconocidos, atractivos por su dimensión sorprendente e imprevisible, el amor incide en el valor de la fidelidad a una única y singular matriz de posibilidades comprendida desde la perspectiva de su infinito interno. Se hace evidente que la mencionada acepción de la libertad entendida como realización de la esencia interna de un ser, esto es, como expresión esclarecida de su íntima cuestión del amor, por cuanto, en ambos casos, se trata de la persistencia en una orientación vital considerada superior al culto a la pluralidad de opciones. De manera que cuando nos referimos a la polaridad libertad / amor estamos aludiendo generalmente a la concepción de la libertad entendida como capacidad de distancia crítica, de apertura permanente a diferentes posibilidades; la libertad en su aspecto ligado a la experiencia de la bœsqueda de nuevos caminos frente a la profundización en una dirección concreta y singular de la existencia. Esta concepción de la libertad supone un cuestionamiento implícito con relación a cualquier contenido vital que pretenda limi. arla. Se trata de la pregunta por el criterio gracias al cual una determinación práctica puede representar un valor frente al que lo sacrificado no ha de volver para reivindicar sus derechos, de forma que la apuesta por un ser o un bien amado sea merecedora de ese tiempo y energía sustraídos al resto de posibles. Al tiempo que la perspectiva del amor dirige a la libertad, como multiplicación indefinida, una interrogación relativa a la posible carencia o vacío interno intrínsecos a un movimiento constante de distanciamiento de toda encarnación del bien. Ambos principios se sorprenden mutuamente limitados en su forma de aproximarse a la vocación infinita de la experiencia.
El amor como llamada
Uno de los rasgos característicos de la experiencia del amor es su dimensión vocacional, esto es, el hecho de que el sujeto de tal experiencia se sienta llamado a vivir y actuar a la luz de su intensa relación con el bien o la persona en cuestión. El sujeto del amor se halla interpelado, nombrado y en cierta forma “bautizado”por ese encuentro permanentemente renovado por el que su ser es invitado a darse en cuerpo y alma. Así como el concepto de libertad supone el dominio por el que el sujeto soberano es capaz de tomar o descartar tal opción, en el caso del amor nos encontramos con una dinámica en la que el sujeto se experimenta sujeto a la experiencia que hace de su persona un ser determinado en su singularidad. Más que de elegir, en su caso podemos incluso hablar de su ser elegido por el sujeto-objeto que suscita su amor. El amor conlleva pues una dimensión de fatalidad que ha venido siendo ilustrada desde las antiguas tragedias hasta las creaciones románticas de tiempos más modernos. Una fatalidad que, en el caso de Antígona, por ejemplo, se manifiesta a través de su fidelidad absoluta a la memoria del hermano, a pesar de que no faltaran razones para poner en cuestión la legitimidad del ritual funerario clásico, de manera que las autoridades de la ciudad decidieran saltarse la costumbre. Aquí la fatalidad viene asociada a la muerte de la heroína, pero la cuestión fundamental se encuentra en esa percepción de la realidad de un valor que trasciende cualquier razonamiento crítico y su eventual toma de distancia; como si los lazos del amor implicaran una determinación previa a toda idea de libre y racional deliberación. Este aspecto relativo al sentimiento de una fuerza que compele al sujeto amoroso nos invita a pensar en una esencia arcaica de indomable espontaneidad por la que sería ajeno a la conciencia entendida como capacidad reflexiva. Sin embargo, hay que tener en cuenta la dimensión cultural que hace que tal naturalidad venga siempre impulsada y filtrada por un contexto de normas y costumbres, de forma que lo que parece ser la pura expresión del deseo más íntimo es también en realidad el reflejo de una historia inmemorial. En el caso de la citada Antígona su defensa numantina del ancestral derecho de su hermano a ser enterrado viene mediada por la tradición que hace del ritual en cuestión una marca esencial de reconocimiento. El ímpetu sentimental de la heroína está pues ligado a una realidad socio- cultural que encuadra e inspira el sentimiento de deber familiar de la hermana. Si la libertad establece una distancia respecto a toda norma o criterio exterior al propio determinarse, en el caso del amor el impulso viene ya orientado por la fuerza de atracción de su objeto, aunque en tal fuerza seguramente se transluzca una realidad que va más allá del aspecto manifiesto de la relación y del sujeto-objeto en cuestión. Se trata de la presencia latente de un universo de condicionamientos que hace que la propia pasión sea también la respuesta a una constelación de posibilidades que precede a la determinación amorosa. El sujeto corresponde a una interpelación que le llega desde diversas fuentes vitales, biológicas, culturales, de modo que su iniciativa puede ser puesta en cuestión desde el principio de la libre y total autodeterminación, a la luz del cual la energía desplegada por aquel aparece como el resultado de leyes que, consciente o inconscientemente, le superan y predeterminan. La libertad como posibilidad infinita
Frente a esta referencia más o menos implícita a un universo que llama, interpela y orienta al sujeto de la experiencia amorosa, la libertad pretende refundar siempre la vida abriendo el abanico de actividades y representaciones. De forma que, aunque la existencia humana se encuentra siempre relativamente situada entre determinadas condiciones, el sujeto moral mantiene y cultiva la perspectiva de una apertura incesante del horizonte explorable, como si nada de lo alcanzado y vivido pudiera satisfacer la curiosidad de un sujeto que tiende a preferir el intervalo que va de lo conocido a lo desconocido antes que la identidad. La libertad, como multiplicidad, se caracteriza pues por hacer del movimiento hacia la alteridad su razón de ser; pero no la alteridad entendida como dimensión, que antecediendo al sujeto le hace desear permanecer en su presencia, expuesto a su llamada y correspondiéndole con su generosa disponibilidad; sino una alteridad hacia la que se dirige con la intención de vivirla desde la distancia de quien desea conservar su soberana disponibilidad. Una alteridad que, al fin y al cabo, tiene mucho de pretendido alejamiento de lo que es experimentado como finitud: es el propio abrirse del horizonte lo que llama la atención como promesa de una conquista permanente, donde lo alcanzado es siempre puntual y efímero. El sujeto no aspira a identificarse ni a sacrificarse por ningún bien absoluto, sino a consagrarse al propio proceso de bœsqueda mediante el que su existencia se experimenta a sí misma. Aunque su criterio es el de la acumulación de experiencias provenientes de diferentes fuentes, también podríamos pensar que procura alcanzar la construcción de un sí mismo cada vez más pleno y consciente de sí mediante ese proceso. Sin embargo, tal propósito implicaría, al menos, cierta idea unitaria de su propia persona y de la vida humana en general, para lo cual debe contar con vectores existenciales capaces de ofrecer una orientación a su aventura vital, pues de lo contrario la apertura es sinónimo de agitación puramente aleatoria. Sobre todo, cabe imaginar que tal criterio unificador debe tener que ver con la relación con los otros, por cuanto es ahí donde el sujeto moral consigue configurar un sí mismo humanamente constituido por la comunicación y el lenguaje. Su libertad experimentadora es deudora de la trama de relaciones que hacen del mundo vivido un espacio de reconocimiento, capaz de dar sentido a lo que en caso contrario sólo sería una suma fragmentaria de instantes. En tal movimiento de apertura guiada por cierta idea de la existencia la libertad se descubre necesitada de un criterio exterior a su propio despliegue autocentrado. Ya mediante la palabra dada y recibida, su experiencia se ve atravesada por la dimensión de la intersubjetividad, y ello significa que el sujeto libre se encuentra emplazado a la responsabilidad con relación al otro, a su semejante. Así, por mucho que la posibilidad como pasión reclame una búsqueda permanente de la novedad, lo cierto es que tal aventurarse requiere igualmente de una experiencia de comprensión de uno mismo y de los semejantes, gracias a la cual el sujeto moral accede a trazar un camino sin dejar de reconocerse a sí mismo como sujeto unitario capaz de dar y darse cuenta de su identidad en devenir.
El amor a la libertad y la libertad del amor
El sujeto moral se adentra en la dimensión que podemos caracterizar como terreno fértil para el amor, al experimentar y reconocer la raíz intersubjetiva de la libertad. Se trata del universo de la comunicación a través del cual el ser simbólico y hablante participa de una comunidad de semejantes gracias a la cual trasciende su singularidad entendida como experiencia monádica de su ser. Se comprende que más de un pensador haya establecido el vínculo existente entre la propia libertad individual y el reconocimient o mutuo de los seres libres, bien sea a través de un despliegue dialéctico de la autoconciencia o de una reflexión empírica, si no introspectiva. Sin embargo, la necesidad de integración en el mundo social es susceptible de inspirar una utilización meramente est ratégica de la experiencia comunicativa, lo que hace pertinente ahondar en la relación entre la intersubjetividad y el amor. El sujeto libre accede a la experiencia amorosa gracias a la comunicación, ya que es mediante la palabra y los signos como se experimenta a sí mismo en tanto que ipseidad ,esto es,conciencia de sí capaz de dar testimonio de su propia vida en transformación como unidad continuada en el tiempo. En efecto, caracterizándose emblemáticamente por el esfuerzo en la conservación y cuidado de su objeto, el amor irá desvelándose en el transcurso de un movimiento por el que el ser humano custodia la llama originaria que alumbra su esencia. Aunque el libre deseo implique siempre la alteridad, su impulso conlleva igualmente la salvaguarda de un sí mismo sin el que tal alteridad no llegaría a ser ni a manifestarse. Resulta tan necesario avanzar hacia lo desconocido como la afirmación del valor de los sujetos que se aventuran en tal descubrimiento. Y el elemento fundamental por el que cualquier persona es estimada en su condición de tal es su potencial lingüístico-comunicativo, su capacidad para concebir el mundo de la vida desde su posición recreadora de signos y símbolos, gracias a los cuales se lo representa, imagina, interpreta y piensa como un campo de posibles con vocación de totalidad dialógica y abierta, nunca completamente clausurada. El sujeto libre desea multiplicar sus perspectivas vitales, sus experiencias y conocimientos ,sin dejar de reconocerse a sí mismo a través de los demás y del lenguaje. Aunque se proyecte siempre de algún modo hacia lo nuevo y diferente, su conciencia se sabe deudora de una naturaleza humana compartida cuya profundidad y amplitud trasciende cualquiera de sus elecciones. Aquello que en su caminar actualiza y recrea con relación a su condición humana equivale a un despliegue singular de la misma, al tiempo que su acción se encuentra siempre conectada con el fondo de conocimientos y aspiraciones individuales y compartidas gracias a los cuales emerge como posibilidad. Así, la conciencia de tal pertenencia le hace tomar cuenta de eso que en su vida se encuentra como don de la existencia humana, desde las lenguas que lo habitan, hasta los mitos, concepciones y prácticas de la sociedad y la cultura en las que vive. Aquello que más arriba veíamos que el espíritu de la libertad tiende a criticar libertad siempre situada. En el camino de afirmación de su ser libre, la acción moral se encuentra como vemos con una esencia humana, y una determinación de la misma, que aunque abierta a su iniciativa se ve llamada a ser respetada y amada. ¿De qué le sirve al hombre “ganar el mundo y perder su alma? La pregunta evangélica apuntaba a la necesidad de que la conciencia libre salvaguarde aquello que la humaniza: la humanidad por la que la libertad individual se sabe inmersa en un tejido de relaciones que la hacen posible y que además le dan profundidad y sentido. Se trata de reconocerse como autoconciencia unitaria en el tiempo sin dispersarse en un uso aleatorio de la libertad, e igualmente de que la alteridad del otro signifique algo más que facilidad u obstáculo para la consecución de los propios objetivos. Si el sí mismo puede verse traicionado, cuando la acción y su deseo aspiran a bienes exteriores, olvidándose de su esencia humana, el ser coherente y unitario que debe ser conservado pasa por la relación con el otro como palabra dada, escuchada, compartida. De lo contrario nos hallaríamos ante la configuración criticable de una libertad autosuficiente que en su monádica soberanía se pierde y disgrega en mil y una ambiciones para mejor afirmar su aislada y fragmentaria realidad. El sí mismo que ha de ser honrado durante la realización de la libertad no es pues el sujeto comprendido como soberano absoluto, que se proyecta en una miríada de aventuras para mejor volver a su indiferente autonomía. Guardar la memoria del propio ser, evitando una vivencia de la libertad entendida como proyecto exclusivamente individual, entraña dialogar con quien en uno mismo y en otros nos conmina a la celebración de la vida humana como interrelación. Precisamente porque aspiramos a una libertad moral enraizada, esto es, porque deseamos que dure y se afirme en el tiempo, por amor de la libertad sabremos abrirnos al significado de esa otra libertad que emana del amor. En efecto, del mismo modo que la multiplicación de experiencias promete y otorga una pluralidad de contenidos vitales susceptible de enriquecer el acervo y horizonte existencial del sujeto moral, este es capaz de valorar la importancia de una concepción de sí mismo y de sus semejantes por la que tal pluralidad es una oportunidad para evolucionar en su conocimiento y comprensión de la vida humana, de manera que vuelve su atención hacia aquello que a través de una existencia en devenir se perfila como universal y eterno, al menos como búsqueda permanente del sentido. Si el amor es interés íntimo en la proximidad y la relación con su objeto, aunque su concreción parezca reducir en cierto modo el campo de lo posible, al mismo tiempo permite profundizar en el sentido de tal relación. Conocer y conocerse significa dar testimonio de la trayectoria por la que cada sujeto se abre camino en la aventura de la existencia, la forma por la que afronta la finitud y aspira a la vida inmortal. Porque cabe pensar que el ser humano visualiza en cada gesto, acción y palabra la posibilidad de una experiencia simbólica gracias a la cual trasciende su finitud, siendo el amor en todas sus formas una invitación a la reunión de los sujetos libres en su encaminarse hacia el sentido existencial.
Espiral de la reconciliación simbólica
Aunque el valor de la libertad conlleva como hemos visto un impulso de experimentación con la alteridad que tiende a disgreg ar al sujeto, su conciencia relacional y simbólica lo invita siempre a recentrarse en su humana raíz. La temporalidad finita le mueve a aspirar a la diferencia y la identidad, a abrir el campo de lo posible sin dejar de ahondar en su ser unitario. Su voluntad de infinito se sabe enraizada en una condición finita por la que aquello que realiza en el sentido de la apertura de su horizonte existencial satisface su deseo desde la perspectiva de la experiencia simbólica, en la que la vivencia singular se articula con su proyección hacia una totalidad abierta. De manera que ya no es la multiplicación de acciones y modo lúcido al auténtico ideal de libertad sino la comprensión del valor único de cada instante y cada persona amada, disponible para abrirse desde su propia singularidad hacia el reconocimiento del misterio de la vida y del otro. Una vez que el sujeto moral se reconoce como sujeto llamado a ser lo que es a través de su relación de ida y vuelta con la alteridad, ve en cada experiencia una oportunidad para ahondar en el sentido de su presente y a la libertad por la que se abre a nuevas interrogaciones y perspectivas. Su afirmación del amor y de la libertad puede ser más o menos armoniosa, pero sabe que la tarea de vivir consiste en atender a ambas exigencias, desde el deseo ético, estético y metafísico de una reconciliación entre ambos valores, en la forma de una trayectoria espiral ascendente por la que cada polo alimenta al otro en un dinamismo vital y creativo. Esta imagen nos sirve de ejemplo para simbolizar una actitud que comprende el significado de la propia existencia como profundización y aventura, donde cada movimiento de expansión de la conciencia y de la libertad se ve urgido a volver hacia un centro vital que le otorga raíz y orientación. El amor conduce al sujeto a recordar y volver siempre, como Ulises a Ítaca, a ese origen existencial gracias al cual se sabe vivo y consciente de su dinámica identidad, para nuevamente navegar hacia la exploración de nuevas posibilidades, en un ritmo de repliegue y despliegue constituyente de uno de los principales ejes del arte de vivir. Se trata como vemos de un movimiento de doble sentido, de un exilio y éxodo que constituye el fundamento de una vida consciente que experimenta y aprende, abriéndose a nuevas posibilidades desde el deseo de seguir siendo ella misma. Un movimiento que por encarnarse en la finitud se sabe destinado a procurar su reconciliación mediante un proceso simbólico que reúna lo que aparece como separado. En este sentido podemos recordar que el término símbolo, derivado del griego syn-balein, lanzar o proyectar juntos dos fragmentos de un objeto previamente quebrado, alude a esa conjunción de lo distante en el reconocimiento de su mutua pertenencia. Hace pues referencia a una unión, precedida de una trayectoria de división, que trata de prever el reencuentro entre los portadores de ambos fragmentos del objeto simbólico. Así podemos comprender la conjunción deseable del amor y la libertad como un fenómeno de caractersticas simbólicas en la medida en que tal reconciliación es siempre una propuesta que, al igual que acontece en la actividad simbólica, parte de una realidad sensible para apuntar a una dimensión espiritual; invita a una interpretación abierta de la actitud existencial, acción y/o representación objeto del pensamiento; y finalmente presupone la idea de un movimiento infinito de aproximación al sentido último de la misma. La necesidad de reconciliar el amor y la libertad deriva del hecho de que toda acción se encarna en un aspecto delimitado de la experiencia, esto es, adolece de su dimensión finita. Querer que lo realizado tenga en cuenta lo no realizado representa esa ambición por la que el sujeto moral piensa en su existencia como en un todo abierto: una vida que se conoce a sí misma como tal, en su unidad interna, al tiempo que evoluciona y crece. Así, en la contradicción relativa entre el amor y la libertad veíamos que el sujeto ético sabe que la insistencia en el cuidado del valor amado utiliza el tiempo que podría dedicar a nuevas experiencias y conocimientos, mientras que la exploración de nuevos horizontes lo aleja potencialmente de la profundización en el sentido de su relación con tal bien. La reunión simbólica de ambas dimensiones se cifra, por el contrario, en la visión y experimentación del amor en tanto que libertad y viceversa.
Entre la aventura y la peregrinación
En nuestra época de creciente interconexión el sujeto ético tiende a vivir en un ir y venir entre la afirmación identitaria de sus raíces y la apertura cosmopolita que lo lleva a conocer otros horizontes culturales en los que crecer como persona. En ausencia de tal movimiento complejo y ambivalente, lo que para unos asume los rasgos de una identificación acrítica y monolítica con el origen, para otros puede llevar a una pérdida de toda referencia y la disolución en una plasticidad existencial carente de profundidad y sentido. Podemos ver esta cuestión como una declinación de esa misma polaridad axiológica que hemos caracterizado con los términos de amor y libertad. El conflicto entre identidad y apertura nos remite asimismo a ese anhelo que trata de encontrar su reconciliación a través de una actividad simbólica desde la que reunir lo que tiende a presentarse como separado. La capacidad humana para abrirse a la alteridad, para experimentarse en relación con ella, lleva implícita la conciencia de una pertenencia inicial gracias a la cual valoramos aquello que nos interpela, y viceversa, somos conscientes de aquello en lo que habitamos y creemos cuando lo vemos desde la perspectiva de una realidad diferente. De este modo, nuestra libre apertura a lo diferente conlleva el desplegarse de una singularidad que se busca a sí misma y aquello que de sí afirma viene sustentado por la relación con su diferencia. Este juego de reciprocidades proviene de la actividad simbólica por la que comprendemos lo que se nos presenta desde lo que ya sabemos, a la vez que ese mismo saber va emergiendo gracias al contacto con aquello que en tanto que acontecimiento nos marca y constituye como sujetos. El propio camino de la experiencia, con sus viajes, encuentros, aprendizajes, remite a ese origen y ese destino gracias a los cuales se entiende como tal. Sin embargo, el devenir de toda trayectoria vital se ve tensionado por ambos horizontes y es a cada instante llamado a recrear su significado. El sugerente verso machadiano “caminante no hay camino, se hace camino al andar” apunta a esa dimensión por la que reinterpretamos a cada instante el origen y el destino, es decir el sentido de nuestros pasos. No se trata de partir del amado origen hacia la ansiada libertad o a la inversa y sin más, sino de reinterpretar ese origen y ese libre destino a la luz de ese mismo caminar, porque es en el seno de ese movimiento vital donde se revelan las fortalezas y debilidades de cada valor en la propia vida. El sujeto ético va descubriendo la profundidad de lo que le da fundamento vital y afectivo, así como la fuerza dinámica de lo que le llama a explorar nuevas posibilidades, en el transcurso de su propia existencia. La reconciliación entre los polos del amor y la libertad, como entre los de la identidad y la apertura supone el reconocimiento de un conflicto interno a cada valor. Una identidad reiteración y la dureza frágil de lo que no tiene recursos para confrontar la diferencia y enriquecerse con ella. En sentido contrario, la celebración permanente de la alteridad mismo, de ignorar el propio origen y los límites que conforman inicialmente la propia experiencia. El sujeto ético puede ver ambos valores como oportunidades para ser él mismo a través de su trayectoria vital, ese viaje que acoge la profundización en las propias convicciones de un peregrinaje y la apertura a la multiplicidad de experiencias de la aventura existencial. Al fin y al cabo, hay en el peregrinaje un tiempo para la sorpresa, el encuentro con lo inesperado, mientras que la exploración implica unas afinidades que de uno u otro modo la orientan. El camino de la vida va tomando forma a través de una dimensión finalista y una improvisadora.
Conclusión: amor y libertad en tensión creativa
Llegamos al punto en el que libremente aceptamos la fidelidad al amor y amorosamente nos aventuramos en la exploración del mundo y sus posibles. La reconciliación entre ambas exigencias es empero una suerte de ideal que sólo puede llevarse a cabo de forma provisional. Y sin embargo, su carácter transitorio, deudor de la propia vitalidad que como tal implica movimiento, es acaso la marca misma de su autenticidad. El sujeto moral viaja hasta los confines de su ámbito conocido y más allá, pero a menos que se pierda absolutamente a sí mismo, recuerda de dónde viene para saber hacia dónde va. Al mismo tiempo desea ese viaje de la experiencia porque gracias a él retoma su origen y lo orienta bajo la luz de la posibilidad, para comprenderlo desde la libertad de quien elije, critica y evoluciona. El amor a las raíces, a la propia identidad, es válido y necesario en la medida en que no sea impuesto como límite que se adiciona al límite natural de la finitud. La finitud antropológica puede tentar a una visión según la cual el individuo se sumerge completamente en una etnia, religión o ideología que daría sentido inmortal a su trayectoria vital, pero tal promesa responde a una concepción que limita la libertad del sujeto y su singularidad. La llamada crisis del sentido de la época contemporánea, la disolución de las certezas absolutas que en cierto modo se corresponde con el proceso de secularización, puede ser confrontada desde la asunción de la libertad como valor inalienable gracias al cual somos capaces de revivir el amor a la vida, lo sagrado y los ideales desde la convicción personal antes que la presión del entorno o el miedo a las preguntas y la libre discusión. El valor de la libertad implica asimismo el reconocimiento positivo de aquello con lo que podemos relacionarnos libremente, la singularidad de cada situación en que se manifiesta ese ser uno mismo en que se dan cita el bien o las bondades de la vida que amamos y la búsqueda de lo que trasciende lo ya conocido y vivido. Frente a la simple y llana negación de toda identidad y pertenencia cabe asumir dicha relación con lo que nos une al prójimo y al mundo como espacio abierto a la interpretación personal y libre, de forma que lo que nos estructura sea una vida en que el amor sea un valor que acepte ser recreado desde la libertad. El Dios o los dioses que nos guían saben que lo que da sentido es el movimiento que va de lo inmediato a lo elegido y de lo elegido a lo inmediato. Nos demandan participar en el descubrimiento y la formulación de lo sagrado, recordando al individuo que lo que le hace persona es su relación con quien le precede y trasciende (prójimo, ideales, cultura, lengua, etc.) y al mismo tiempo su libre y singular aportación a tal constelación que desde un comienzo lo acoge e inspira. Así pues, más que un retorno acrítico a los valores tradicionales y su versión de lo sagrado, que garantizaría un sentido con el que encauzar nuestra existencia, la reflexión sobre la relación conflictiva y dinámica del amor y la libertad nos anima a considerar nuestro tiempo presente como ocasión para la escucha de lo existente y el diálogo en la bœsqueda de una interpretación creativa que convierta lo que nos ha sido dado en un nuevo comienzo. El ser y la diferencia, el amor y la libertad, nos invitan a una conciencia lúcida de la necesaria tensión creativa entre ambos valores vitales, donde la conciencia de su mutua necesidad conduce a la reflexión de cada valor a la luz de lo que lo contradice, interpela y complementa. El sujeto moral siente las disyuntivas asociadas a esta tensión axiológica sabiendo que su solución es tan urgente como aproximada, de manera que la exigencia interior de la meditación ética refleja y se ve reflejada también en su atención a la democracia como espacio público, donde a su vez se desarrolla el conflicto fecundo entre la libertad y la igualdad, la identidad y la pluralidad. Las preguntas y perplejidades filosóficas más radicales admiten una respuesta problemática, por cuanto la vida humana y su conciencia se ve sujeta a una expresión de la finitud. Si la vocación de nuestro pensar y de nuestro deseo es infinita, nuestra situación existencial es finita, y seguramente esta contradicción metafísica posibilita la aparición de dualidades como la tratada en estas páginas. Con el fin de que el amor no se encierre en sí mismo y la libertad no se pierda en el vacío, el sujeto moral tratará de cuidar el valor de la apertura y el de la lealtad, y al hacerlo aprenderá a transformar el conflicto en creatividad. Al fin y al cabo, es en el momento presente donde se decide siempre la interpretación más pertinente de ese simbolismo existencial por el que se procura reunir lo que estaba separado, la revelación de la visión que reúne lo fragmentado en un ideal integrador. Llegando en cada caso a actualizar el significado práctico de esa sabiduría, según la cual el amor verdadero finalmente nos hace libres y la libertad consecuente nos hace amar con mayor conciencia las condiciones de nuestra singular humanidad.



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