LAS REDES SOCIALES COMO CAMPO DE BATALLA

abril 16, 2019

LAURA TERUEL RODRÍGUEZ

La inesperada victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses o el Brexit no tienen una explicación sencilla. El voto de castigo de la corriente anti-establishment, el sistema electoral americano, o la incapacidad de Hillary Clinton de sintonizar con sus votantes potenciales, en el primer caso, y las fracturas geográficas y generacionales entre la población rural y urbana o el carisma de los líderes favorables a abandonar la UE en Inglaterra son algunos de los argumentos que, sin duda, influyeron. Pero existen dos factores que exceden las fronteras de estos países y que tuvieron un peso crucial en ambos acontecimientos: las noticias falsas y el uso de las redes sociales como creadoras de climas de opinión. Ambas fueron determinantes entonces y lo serán, a partir de ahora, en todos los eventos internacionales con naturaleza polarizada.
Por ello, en estas páginas se pretende analizar el estado de la cuestión a partir de estos procesos electorales y ofrecer algunas claves para interpretar la relevancia y las consecuencias de estos actores digitales en la escena política de ahora en adelante.

Las redes sociales lo saben todo sobre nosotros porque se
lo hemos contado

Según los datos del Pew Research Center, el 44% de los adultos estadounidenses afirmó haberse informado preferentemente de la campaña electoral de 2016 a través de los medios sociales. Ese mismo estudio advertía, además, de que las redes eran también la primera fuente a la que recurrían quienes buscaban noticias sobre los candidatos, antes que a los medios tradicionales. Ese centro de estudios ha desarrollado en 2018 una encuesta en ocho países europeos, que concluía que, en seis de ellos, más de la mitad de los encuestados leía las noticias políticas a través de las redes sociales. En la misma línea, en España, el último informe trimestral de la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (Encuesta AIMC a usuarios de Internet enero- marzo 2018) se confirmaba que el uso más extendido de las redes sociales tenía que ver con las relaciones de amistad (72,6%) pero “estar informado” (56%) se consolidaba en segundo lugar.
Estos indicadores cuantitativos avanzan la importancia adquirida por Twitter y Facebook como fuentes de información política, trascendiendo el concepto de red de amigos con el que inicialmente se crearon. Los partidos y las empresas fueron conscientes de ello hace tiempo, mucho antes que la ciudadanía, que seguía pensando que disfrutaba de unas aplicaciones gratuitas que le permitían estar informada y contactar con sus conocidos sin pedirle nada a cambio.Sin embargo, un “me gusta” en un comentario de un político, nuestro círculo de amigos, la búsqueda de un perfil, el clic en una noticia de un determinado medio, bloquear a ciertos usuarios…; el rastro de lo que hacemos en las redes -aunque pensamos que nadie lo ve- va trazando una definición bastante precisa de nuestras preferencias ideológicas. Gracias a lo que visitamos diariamente, frente a la pantalla, estas empresas obtienen datos personales, de manera masiva, de cada internauta, y esa información es poder, pues puede ser instrumentalizada con fines políticos o comerciales.
El reciente escándalo protagonizado por Cambrigde Analytica y la compañía de Mark Zuckerberg, destapado por The Guardian yThe New York Times, permitió al gran público concienciarse sobre el negocio que se escondía detrás de estas aplicaciones y el papel que habían jugado tanto en los comicios estadounidenses como en el Brexit. La empresa londinense accedió a información privada del 15% de la población de Estados Unidos a través de Facebook, a pesar de que, según su política de confidencialidad, los datos recopilados en su plataforma sólo pueden ser usados para propósitos de la misma aplicación y no pueden ser vendidos. A partir de esa información, Cambridge Analytica diseñó estrategias para interferir según los perfiles ideológicos de los ciudadanos y desarrolló noticias falsas para crear intencionadamente un clima de opinión favorable a Trump. Esta capacidad técnica de construir productos informativos nocivos tan sumamente personalizados e inocularlos en cada elector revitaliza una suerte de teoría de la aguja hipodérmica 3.0 en la que los medios se aprovecharían de las herramientas más precisas para persuadir a cada persona. En el caso inglés cabe recordar que el referéndum se ganó por menos del 2% de los votos, que el presupuesto de Vote Leave (partidarios del Brexit) en publicidad excedió los límites del gasto electoral y que se gestionó en base a la estrategia personalizada de Cambridge Analytica.
Las noticias falsas no son nuevas; lo que sí es inédito es la capacidad de la tecnología de diseñarlas de manera tan efectiva y hacérnoslas llegar con tanta intensidad. No cabe duda, por tanto, de que convivimos con unas redes que nos facilitan la vida en muchos aspectos y de que, a cambio de ello, nos cobran el peaje de comerciar con nuestros datos. El ejemplo anterior permite delimitar claramente los dos ejes en los que el potencial de las redes sociales para nutrir el espacio público es determinante: su vertiente política y el factor comercial.

Fake news a medida para controlar a la opinión pública

Poca gente duda actualmente de la exitosa estrategia de Donald Trump en Twitter, aunque se tratará de una comunicación incendiaria, polarizante, y que pocos asesores habrían recomendado usar en cualquier otro momento político. A pesar de que el entonces candidato estadounidense tenía un gran presupuesto para invertir en publicidad (se estima que unos 56 millones de dólares en Facebook), la campaña le salió ciertamente barata: dinamitaba las redes sociales con comentarios populistas, demagogos y agresivos, de tal forma que obtenía eco en todos los medios.
Hay quien ha reprochado a la prensa de referencia en EEUU su puerilidad al caer en el juego de Trump, dando eco a sus proclamas. Sin lugar a dudas, no se trata de un debate periodístico sencillo. Siempre que se recogía un tuit deliberadamente falso, aunque fuera para intentar desmontarlo, se estaba ampliando la cobertura del mensaje. .Era su estrategia para dominar la agenda con declaraciones frente a hechos. En 140 caracteres es más sencillo lanzar un titular estruendoso que refrendarlo con datos, a pesar del esfuerzo de portales como Buzzfeed dedicados al fact-checking o verificación sobre cada una de las inciertas afirmaciones del político. El problema para los grandes medios tradicionales es que, a pesar de la intensa labor de investigación desarrollada en campaña sobre las mentiras de Trump -el New York Times destapó que no había pagado impuestos durante 18 años, sacó a la luz sus machistas declaraciones sobre las mujeres e, incluso, recopiló las 282 personas, lugares y cosas a las que había insultado durante su campaña- y su importante implantación en la opinión pública norteamericana, los ciudadanos se decantaban por canales menos periodísticos para informarse en campaña, las redes sociales, como se ha expuesto anteriormente, y en ellas estos tuits incendiarios volaban sin cortafuegos.
La elección de los temas y el tono de los tuits de Trump no era improvisada, sino que obedecía a una estrategia de marketing político. Recientemente, el estudio de Soroush Vosoughi y sus colegas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés) publicado en Science ha demostrado que las noticias falsas tienen un 70% más de posibilidades que la información veraz de viralizarse, de ser retuitedas y alcanzar a más público. Un fake, una noticia falsa creada para inclinar a la opinión pública hacia un lado del espectro político, y que, por tanto, no tiene que atenerse a la verdad, inspira más temor, disgusto o sorpresa que las historias reales; esos factores convierten a las paparruchas -en su traducción más correcta al castellano- en el arsenal idóneo para alimentar a ciertas ideologías porque apelan directamente al intelecto de los lectores, pero, sobre todo, a sus sentimientos. Y, con esta munición diseñada a medida, disparó el candidato norteamericano y sus medios afines desde las redes a la conciencia, los miedos, los odios y las pasiones de los norteamericanos.
En EEUU, de 300 millones de habitantes, 200 entran usualmente a Facebook, y el perfil de cada uno de ellos está milimétricamente trazado en la navegación diaria que realizan: desde noticias que les interesan (incluso aquellas que jamás comentarían en público), pasando por los candidatos a los que visitaban, las reacciones ante los textos leídos, los medios seguidos, los temas de los que se busca información de manera anónima a través de foros… Y todo ello llegó a empresas como Cambridge Analytica y otras afines al candidato republicano, que no dudaron en usarla en campaña electoral para condicionar a la opinión pública canalizando un clima favorable a sus propuestas.
El efecto echo chambers que se crea en las redes, y que puede traducirse al castellano como “cámaras de resonancia”, es un concepto que proviene de la teoría de usos y gratificaciones de las Ciencias Sociales y que resulta necesario conocer en el tema que nos ocupa. Cada persona teje una red de contactos con los que tiene afinidad personal y el intercambio de contenidos sobre la campaña se daba dentro de estos círculos de confianza. Igual que cuando abrimos Youtube aparece una serie de recomendaciones de contenidos basados en nuestros consumos previos que suele interesarnos, la red de Zuckerberg implementó un algoritmo, una serie de códigos informáticos, para que su news feed (alimentador de noticias) se inspirara en nuestra experiencia previa y la de nuestros contactos. De esa forma, los fakes corrían sin ningún filtro entre grupos que tenían afinidad, retroalimentando las creencias y la polarización del espacio público de debate. Los usuarios se metían en estas cámaras de resonancia y no tenían forma de recibir información que cuestionara su sistema de valores (creando la falsa sensación de que “todo el mundo piensa como yo”). Mucho más cómodo, desde luego, pero mucho menos enriquecedor para la opinión pública que sólo es capaz de fortalecer sus puntos de vista y desconocer que existen otros.
La red contaba con editores humanos encargados de valorar estas noticias falsas para que no llegaran a sus usuarios; la tradicional función del gatekeeper, adaptada al entorno de las redes sociales, el periodista que evitaría que “colaran bulos”. Sin embargo, Mark Zuckerberg se vio obligado a prescindir de estos periodistas y sustituirlos por algoritmos por la presión, entre otros, del poderoso Wall Street Journal, que le había acusado, meses antes, de que los editores imprimían un sesgo de izquierdas a la selección de noticias.
Hay, por tanto, abundantes muestras de la vulnerabilidad de los ciudadanos frente a un uso técnicamente instrumentalizado y propagandístico de las redes sociales. Existen las herramientas para diseñar noticias falsas, que distorsionan la realidad, y hacerlas correr por los círculos sociales en los que serán bien acogidas manipulando, con ello, el clima de la opinión pública. Las paparruchas difundidas a través de las redes son, por tanto, herramientas muy efectivas para el control político de la sociedad digital, pero tienen, además, una importante dimensión comercial.

Las noticias falsas son muy rentables para los medios
impostores

Durante la campaña estadounidense se difundió que el auge de Hillary Clinton venía misteriosamente acompañado de varias muertes, entre ellas, las de un agente del FBI que la estaba investigando y un empleado del partido demócrata que iba a declarar contra ella ante un juez. De estas muertes informó el Denver Guardian, un diario que ni existía. También se dijo que el Papa había apoyado la candidatura de Trump. Todo ello resultó ser falso, pero corrió como la pólvora por las redes porque las fakes tienen ese potencial, y no sólo tenía una finalidad política: también comercial.
Se ha demostrado que un grupo de jóvenes de Macedonia creó más de un centenar de páginas con noticias inventadas que perjudicaban a Clinton, porque comprobaron que los bulos se difundían con mayor facilidad entre republicanos y ello, por tanto, le generaba más beneficios en publicidad en Facebook. Los demócratas eran más reticentes a creer las paparruchas. Según declararon posteriormente, no les movía la afinidad política con Trump, sino el beneficio económico que estaban obteniendo.
En España tenemos varios ejemplos de este tipo de seudo medios que se enriquecen con titulares sensacionalistas y ataques desprovistos de cualquier ética periodística, que persiguen, a partes iguales, persuadir a la opinión pública afín y ganar dinero con los clics. Los costes de inventarse textos llamativos son mucho menores que los de investigar y hacer periodismo y la rentabilidad de las fakes news es elevada, pues consiguen muchas visitas. El éxito de estas webs se debe al eco que encuentran en las redes sociales y al negocio de la publicidad automática por Internet. Los anunciantes pagan más por aparecer enáginas con mucho tráfico, sin preocuparse del contenido de éstas, porque ellos contratan con la empresa mediadora -generalmente Google- y no con las webs en sí; de ello se benefician quienes crean este tipo de bulos. Este modelo de negocio ha generado el incentivo perverso de lucrarse con desinformacón.
Recientemente, El País identificaba ocho páginas de contenido sesgado o fakes que se estaban enriqueciendo gracias a la publicidad automática de Google: Periodista Digital, OK Diario, Esdiario, Gaceta, Caso Aislado, La Tribuna de Cartagena, Mediterráneo Digital y Digital Sevilla.Son diferentes entre sí, porque unas publican información propia y otras tan sólo manipulan o inventan directamente hechos.
Alguno de los titulares más comentados de estas webs son: “Tres cosas que tienen en común (Susana) Díaz y Kim Jong-un”, “¿Por qué las feministas son más feas que las mujeres normales?”, “Albert Rivera propone la vuelta del servicio militar obligatorio para ninis” o “Podemos pretende prohibir las procesiones para no ofender a los musulmanes”. La tendenciosidad y la falta de calidad y rigor es evidente. Siendo todos ellos distintos en su tema y estilo, se advierte su viralidad, su capacidad de generar lecturas, ya sea para criticarlos o para convertirse en munición ideológica polarizante. El negocio de las paparruchas es incuestionable y difícilmente controlable, pues, como se demuestra en el artículo citado, se han creado medios que, con muy poco coste, están generando pingües beneficios en publicidad a golpe de clic.

Escenarios de futuro: sin regulación y educación la
batalla está perdida

Las redes sociales nos facilitan la vida pero, al mismo tiempo, nos hacen vulnerables. La tecnología, que había venido a enriquecer el ágora pública de debate, que debía servir para empoderarnos políticamente y darnos voz, ha reducido al ciudadano al papel de consumidor que puede ser pastoreado por empresas que buscan obtener réditos políticos o económicos, a partir de los datos que volcamos en la web. La nueva política de protección de datos que entró en vigor el 25 de mayo de 2018 -por la que recibimos un aluvión de mails de páginas pidiendo permiso para poder seguir contactando con nosotros- es un primer paso, a todas luces insuficiente, para controlar el uso que hacen las compañías privadas de nuestro rastro digital.
Y el problema puede agudizarse aún más, si se confirman las numerosas informaciones que apuntan a que son los propios estados, especialmente Rusia, quienes financian estas tecnologías para desestabilizar las relaciones geopolíticas. El diario The Guardian, entre otros, publicaba que investigadores de la Universidad de Edimburgo habían identificado más de cuatrocientas cuentas en redes sociales operadas por la agencia de inteligencia rusa, creadas expresamente para influir en el Brexit. La BBC se hacía eco de informes científicos internacionales que apuntaban en el mismo sentido a propósito del referéndum catalán del 1 de octubre.
Voces críticas y relevantes del sector de las telecomunicaciones se han manifestado recientemente sobre la importancia de que las empresas desarrollen productos y servicios propios de la economía digital, pero que se den las garantías para que la sociedad pueda usarlos con confianza. El propio Mark Zuckerberg pidió perdón en la Eurocámara y en el Senado estadounidense porque no habían hecho lo suficiente para evitar que las herramientas que habían creado provocaran daño ya fuera con noticias falsas, permitiendo la interferencia extranjera en elecciones o por el mal uso de los datos privados de los usuarios.
La Comisión Europea ha difundido, en marzo de 2018, una encuesta sobre desinformación realizada a 26.000 ciudadanos, y más del 83% ha respondido que las fake news son un peligro para la democracia. Además, la mitad de los consultados cree que verificar los hechos, después de que se publique la noticia falsa es un parche sin efecto real. A pesar de ello, la Comisión, organismo comunitario con potestad para proponer legislación en este ámbito, ha renunciado a sugerir leyes contra las fake news porque aún no lo ve necesario.
En España, a finales de 2017, la ministra de Defensa, María Dolores Cospedal, anunció que propondría en el Congreso la creación de un grupo de trabajo integrado por diputados y responsables de los medios de comunicación para abordar la “guerra de la información” y las fake news. Actualmente, a mediados de 2018, la comisión no ha comenzado sus trabajos.
Regular la economía de mercado nunca fue fácil y, menos aún, en el entorno digital que carece de fronteras. Pero parece claro que el problema de las noticias falsas o de la utilización de los usuarios de redes sociales con finalidad persuasiva sin control necesita de legislación para las empresas del sector tecnológico, voluntad política y formación de los ciudadanos. Esto último es lo que se denomina actualmente alfabetización mediática: dotar a la población de las habilidades y conocimientos básicos para poder defenderse frente a la desinformación. Es una premisa básica para las sociedades avanzadas. Desde la escuela se debe formar sobre cómo diferenciar la información de los fakes, pues hay aspectos básicos que podrían hacerlo tan sencillo y cotidiano, como ya se ha convertido, por ejemplo, mirar el etiquetado de los productos que comemos. Además de ello, se debe favorecer el consumo de medios informativos de referencia, pues el periodismo es un pilar de la democracia que hace a las sociedades más libres y empoderadas.
A su vez, en segundo lugar, los gobiernos tienen que regular el uso que se hace de nuestros datos en las redes sociales y garantizar la privacidad de los mismos. La Comisión Europea no puede abstraerse de su función, por difícil que parezca actualmente. Por último, cabe exigir a las empresas que gestionan la publicidad en las redes controles para no favorecer los sitios que propagan bulos premiándolas con ingresos por los clics. Los distribuidores de la publicidad web, como Facebook o Google, no pueden parapetarse detrás de las leyes de mercado para amparar medios que llegan a inventar noticias xenófobas, machistas, homófobas…
La regulación de la tecnología, dotar de unas reglas de juego a un sector acostumbrado a marcarlas, pensando en proteger a la ciudadanía es, sin duda, una tarea ardua porque requiere de la colaboración de la política de muchos estados y las empresas multinacionales. Pero de ello dependerán el clima de las relaciones internacionales y los escenarios políticos en los próximos años.



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