LA CRISIS DE LAS TECNOLOGíAS DE LA INFORMACIÓN: DE LA UTOPÍA LIBERTARIA AL CAPITALISMO DE LA VIGILANCIA

abril 12, 2019

DIEGO BEAS

En poco menos de 25 años hemos pasado de la utopía tecnológica en la que Silicon Valley era el epicentro de la innovación y el progreso planetario -el faro que orientaba al futuro- a convertirse en el principal habilitador de un complejo sistema que ha convertido las tecnologías de la información en general, e Internet en particular, en una hidra de mil cabezas a medio camino entre el escaparate comercial más invasivo y ubicuo inventado nunca y un sistema de vigilancia individual que de facto atenta contra algunos de los principios democráticos más elementales.
Un sistema que ha volado ya en mil pedazos el espacio de conversación colectiva conocido como esfera pública y que se encuentra en una huida hacia delante, incapaz de mirar críticamente las consecuencias sociales de su desarrollo de las últimas décadas; y, desde hace algunos años, inmerso en un proceso de construcción de gigantescos monopolios infranqueables de datos que compiten en algunos casos, y atentan directamente en otros, con las funciones del Estado. Fenómenos políticos recientes de enorme trascendencia como el Brexit, la elección de Donald Trump o el procés en Cataluña -disímiles políticamente entre sí, pero que comparten elementos clave en su configuración- no se podrían entender sin abordar estas nuevas dinámicas y sus daños colaterales.
La que sigue es una breve explicación de cómo las tecnologías de la información pasaron de la utopía libertaria de finales de los años ochenta y buena parte de los noventa -ese breve periodo de triunfalismo estadounidense post Guerra Fría en el que se declaró el fin de la historia y la tecnología parecía sustituir a las ideologías- a una alianza tácita con el turbo capitalismo y los recortes surgidos de las cenizas de la Gran Recesión. Una alianza inesperada en la que las tecnologías de la información son utilizadas como última baza en una huida hacia adelante del capitalismo más salvaje que intenta blindarse detrás de sistemas informáticos que apartan la “agencia humana” (human agency) y el interés colectivo a través de bálsamos tecnológicos efectistas en forma de conectividad ubicua, gadgets, redes sociales, consumo instantáneo y un largo etcétera…, y que en el fondo no son más que extensiones o nuevas versiones de ese modus operandi neoliberal en el que las pérdidas se socializan y las ganancias se privatizan. O, lo que es lo mismo, un funcionamiento económico que ensancha y normaliza las desigualdades sociales en nombre de la innovación. Sólo que esta vez se hace desde la trinchera del lustre y el prestigio del imparable progreso tecnol—gico propuesto por las grandes tecnológicas californianas.

Internet como utopía libertaria

“Gobiernos del mundo industrial, vosotros, cansados gigantes de carne y acero, vengo del ciberespacio, el nuevo hogar de la mente. En nombre del futuro, os pido en el pasado que nos dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos. No hemos elegido ningún gobierno, ni pretendemos tenerlo, así que me dirijo a vosotros sin más autoridad que aquella con la que la libertad siempre habla.
Declaro el espacio social global que estamos construyendo independiente por naturaleza de las tiranías que estéis buscando imponernos. No tenéis ningún derecho moral a gobernarnos ni poseéis métodos para hacernos cumplir vuestra ley que debamos temer verdaderamente”.
Las palabras son de John Perry Barlow. Y pertenecen a la mÍtica “DeclaraciÓn de independencia del ciberespacio” de 1996. Una suerte de manifiesto generacional surgido de ese sueÑo futurista californiano tan peculiar que se disponía a fusionar las añoranzas y frustraciones políticas de la generación del 68 y la cultura hippie con el boom tecnológico que surgía en la economía de esa franja diminuta conocida como Silicon Valley o la Zona de la Bahía (una pequeña y estrecha franja de pequeños pueblos suburbanos al sur de la bahía de San Francisco en los que se concentran la mayor parte de empresas que han desarrollado buena parte de las tecnologías de la información).
Perry Barlow (fallecido recientemente) buscaba colocar el “ciberespacio” -una terminología tremendamente naíf que contribuyó a crear ese aura de ente apartado de los asuntos sociales- al margen de los estados nacionales, de sus reglas, de su injerencia y de la posibilidad de legislarlo. Una quimera de territorio etéreo en el que supuestamente se podía conseguir la plena libertad, la fraternidad, y lo que Perry Barlow llamaba la “civilización de la mente”. Una especie de ágora el manifiesto, una civilización “más humana y hermosa que la que los gobiernos habían creado hasta entonces”.
Un discurso que hace tan sólo 20 años inspiró a una generación de líderes tecnológicos y dotó a Internet de ese halo de paraíso del conocimiento. Pero que hoy no puede ser más que interpretado en clave de un peligroso alegato que fué incapaz de calcular el fortísimo desarrollo comercial que se le imprimiría a la web, a partir del cambio del milenio, y que cedió toda la iniciativa a los intereses de empresas tecnológicas privadas que se conciben a sí mismas al margen de las reglas del juego democrático (empresas que, a contrario sensu del relato liberal dominante, fueron establecidas con ayudas públicas -Apple, Google, et al.- y que hasta la fecha explotan tecnologías desarrolladas inicialmente en el sector público -el GPS, el cristal líquido de las pantallas táctiles, estándares de comunicación, etc.-. Un discurso de corte libertario que marcó toda una primera etapa del desarrollo de Internet, en la que se pretendió crear una aldea global supranacional, pero que más bien terminó consiguiendo desactivar la dimensión política que tenía un invento que ya comenzaba a afectar la vida de miles de millones de personas.
Con el pinchazo de la burbuja tecnológica a principios de este siglo, las perspectivas empezaron a cambiar de manera importante. Se comenzó a dar paso de esa primera versión de la web centrada en la difusión del conocimiento y el crecimiento de los canales informativos a una mucho más centrada en los aspectos comerciales de la red. Fue entonces, por ejemplo, cuando se comenzaron a configurar los diferentes modelos de seguimiento detallado del comportamiento de los usuarios: cuando los grandes motores de búsqueda descubren el potencial comercial de la personalización de los resultados (Google, Yahoo!, etc.); cuando se comienza a trabajar sobre los sistemas de pago globales que después mutaron en sistemas de vigilancia pormenorizados (PayPal, Palantir); cuando se revela el enorme potencial comercial de cruzar información individual con grandes granjas de datos centralizadas (Amazon); cuando se descubre el potencial para desarrollar plataformas cerradas dentro del caos y desorden de la web abierta para crear así espacios con arquitecturas informáticas expresamente diseñadas para lucrar con el uso individual de los servicios y explotarlos exponencialmente al agregar miles de millones de perfiles (Facebook públicamente y cientos de otras compañías más pequeñas como Acxiom, por ejemplo, en la sombra).
Así, esa primera versión de la web en la que la explosión de los canales de difusión y la democratizaciía informada y participativa se estrelló, al cabo de pocos años, con esa otra dimensión comercial que algorítmicamente favorece la polarización, la controversia y los extremos del discurso político. De ese caldo de cultivo surgiría la cultura de los likes, los seguidores y el principio de la creación de los gigantescos monopolios de datos por los que hoy pasa la vida privada de buena parte de la humanidad. Un titular reciente del Financial Times -nada sospechoso de oponerse a los intereses empresariales de Silicon Valley- lo sintetizaba bien: “Las empresas son la policía de nuestra nueva distopía”.
En una declaración en 2012 a la MIT Technology Review, la revista de innovación y ciencia del MIT, Buzz Aldrin, ingeniero y tripulante del primer viaje a la luna, lo resumió con gracia así: “nos prometieron llegar a Marte, pero en su lugar nos dieron Facebook”. Una buena síntesis y sentencia sobre por qué la tecnología -sobre todo las tecnologías de la información- ha dejado de enfrentarse y de resolver los grandes problemas de la humanidad y en su lugar se ha centrado en crear empresas diseñadas para triunfar en la economía de los “clics” y los “me gusta”.

Context collapse
(o la atrofia de la conversación pública)

Para entender el alcance de la crisis de la prensa, sólo hace falta mirar las últimas estadísticas de la Interactive Advertising Bureau, agencia independiente encargada de desarrollar estándares para contabilizar la publicidad en Internet. Según la agencia, en 2016 el 99% del incremento de la publicidad digital lo acapararon sólo dos empresas. Facebook y Google. Es decir, de los cientos de miles de portales de periódicos, revistas, semanales, digitales, prensa local y prensa especializada alrededor del mundo, dos empresas consiguieron concentrar todo el crecimiento, con la excepción de esas migas residuales con las que tuvieron que conformarse los que en stricto sensu pueden ser llamados medios de comunicación. Es decir, los medios que informan, a cambio ya sea de exposición publicitaria o de suscripciones; empresas periodísticas (en su doble acepción) que, por medio de una plantilla de profesionales, se dedican a investigar e informar sobre la actualidad.
A la aguda crisis de recursos se suma otra dimensión del problema que se enmarca en lo que se ha llamado la “economía de la atención”. En resumidas cuentas, hablamos del paso en décadas recientes de la escasez a la sobreabundancia de información. De cómo se selecciona, edita, empaqueta y difunde todo ese torrente continuo de información y cómo se establece una dialéctica con el público que la consume. El paso también de lo que Jürgen Habermas conceptualizó como “esfera pública” a principios de los años sesenta (comunidad de “personas privadas reunidas como un público que articula las necesidades sociales con el estado”) y lo que hoy la académica estadounidense Danah Boyd llama “networked publics” (públicos en red, en plural, que se configuran espontáneamente en Internet y hacen múltiples interpretaciones tribales o de grupo sobre la misma realidad o acontecimiento).
El paso de un modelo a otro ha tenido múltiples consecuencias para la conversación pública. Por razones de espacio me centro sólo brevemente en la idea de lo que algunos sociólogos llaman “colapso del contexto”. Es decir, el cambio de modalidad en la percepción de los públicos. Pasamos de esa “esfera pública” en singular a esos “públicos en red”, en plural, que colapsan los significados y aplanan tanto los símbolos del discurso como las jerarquías de la información. Convirtiendo así la conversación pública en silos verticales independientes en los que una misma realidad o acontecimiento puede tener múltiples versiones y en la que lejos de complementarse y retroalimentarse se atomizan y encierran sobre sí mismas. En términos informativos, estamos frente a los que los angloparlantes llaman una “race to the bottom” (degradación de estándares) en la que a pesar de contar con más información y fuentes que nunca, la calidad del debate público decae.
Para el filósofo de la universidad de Connecticut Michael Patrick Lynch, estamos frente a una crisis epistemológica de primer orden que amenaza la posibilidad de realizar relatos e interpretaciones colectivas comunes. En este nuevo ecosistema mediático, Lynch establece una relación inversamente proporcional entre la cantidad de información emitida y la capacidad para establecer objetivamente unos hechos (facts), aceptados por la mayoría, que sirvan como punto de partida para la discusión pública. Una condición, sobra decir, esencial para el mantenimiento de cualquier sistema democrático que gestione adecuadamente su pluralidad.
La crisis de los medios, en conclusión, es amplia, es profunda y está compuesta por esa doble condición de falta de recursos provocada por el cambio tecnológico aunada a un cambio dramático en la estructura de la conversación pública y la forma en la que se establecen los hechos y las jerarquías. Nos dirigimos, en suma, a un modelo de esfera y conversación pública dominada y sostenida por las infraestructuras y las reglas de intereses privados. Y nada refleja mejor ese cambio que Facebook.

Facebook (o legislar lo que no se comprende)

Una de los episodios más recientes en este cambio de paradigma vino en forma de la confesión de un joven informático con cargo de conciencia que contó al diario británico The Guardian cómo su empresa, Cambridge Analytica, utilizó decenas de millones de perfiles de Facebook para desarrollar complejos algoritmos que fueron clave en la campaña del “Leave” en el referéndum en Reino Unido y en la campaña presidencial de Donald Trump en Estados Unidos. Dos procesos, en los que la derecha de ambos países compartía el interés por subvertir la conversación pública y generar un ambiente de alto voltaje emocional en el que se dejara de hablar de la sustancia de las políticas públicas que estaban en juego y se centrara en simplificaciones binarias. Dos casos en los que se utilizaron las tecnologías de la información como base de una estrategia de desinformación y confusión de la opinión pública que podría presagiar la nueva estructura en la que empresas tipo Facebook utilicen su arsenal de datos para micro analizar y manipular a los “públicos en red” de los que habla Boyd (esa manipulación puede ser directa e intencionada o, también, un subproducto o daño colateral de otro fin -comercial, por ejemplo- que termina repercutiendo no intencionadamente a través de la arquitectura de los algoritmos diseñados para otros fines).
En el caso del procés en Cataluña, un fenómeno similar tuvo lugar (Artur Mas al día siguiente de la victoria de Trump en un vídeo difundido a través de redes sociales pensado para arengar a los afines al independentismo: “parecía imposible que Trump ganara, pero ha ganado. Y digo eso porque a ojos de muchos, aquello que a veces parece imposible, incluso en contra de mucha parte de la opinión publicada y de todo tipo de opiniones, acaba resultando posible […]. Apliquémonoslo también desde una óptica catalana para reafirmar nuestra voluntad y nuestro objetivo ante estos meses decisivos que tendremos por delante”). Sólo que en este caso, agitado por un nacionalismo transversal que no consiguió llevarse el gato al agua con la celebración de un referéndum que buscaba simplificar un tema tremendamente complejo y multidimensional en una cuestión que se pudiera zanjar con un “sí” o un “no” (en febrero de este año la Tweede Kamer, la cámara baja del parlamento de los Países Bajos votó a favor de la muy sensata decisión de restringir de manera importante el uso de referéndums consultivos como arma arrojadiza al servicio de los gobiernos de turno). Y, aunque no se consiguió forzar el pretendido referéndum, sí se ha conseguido prolongar el procés hasta límites insospechados, a través de la partición de la sociedad catalana en dos campos mediáticos e ideológicos que responden a hechos y realidades distintas (el punto en común con el Brexit y el delirio Trumpista en Estados Unidos).
El clímax del caso Facebook y Cambridge Analytica llegó en marzo pasado con la comparecencia de Mark Zuckerberg, consejero delegado de Facebook, ante el Senado estadounidense. La comparecencia sirvió sobre todo para dejar en evidencia la alarmante brecha de conocimiento que existe entre los legisladores encargados de interrogar y obtener información relevante para el interés público y la realidad de una empresa tecnológica que hoy día, de facto, funciona como el intermediario más importante entre los medios de información y la ciudadanía.
Intervención tras intervención y pregunta tras pregunta, fue quedando en evidencia la falta de competencias técnicas por parte de los legisladores. En aspectos tan elementales como la complejidad de la privacidad en el mundo digital; en la dimensión legal de los oscuros algoritmos que son la base del modelo de negocio y modus operandi de estas empresas; o en las implicaciones del llamado “network effect” o, lo que es lo mismo, el “efecto manada” que se produce en la adopción y uso de estándares tecnológicos que concentran como nunca el poder en pocas manos y crean de facto gigantescos monopolios desregulados virtualmente imposibles de romper desde las reglas del mercado. Pasamos de la adulada desintermediación informativa de hace algunos lustros a una hiper mediación de unas cuantas empresas que realizan esta función a escala planetaria.
Los legisladores estadounidenses también mostraron una enorme brecha de comprensión en aspectos básicos de la nueva realidad económica en la que operan y desde la que empresas digitales reescriben las reglas del contrato social (pensar en Uber, Deliveroo, Amazon, etc. en relación a derechos laborales; en Airbnb en relación a la gentrifricación urbana y el derecho a la vivienda; y en Tiversa, Acxiom y muchas otras empresas en relación a la comercialización de datos e información privada de individuos que se convierten en mercancía y moneda de cambio al servicio de las empresas).
La comparecencia puso en evidencia también el grave problema que tenemos a este lado del Atlántico. No olvidemos que Zuckerberg se negó a comparecer ante el Parlamento Británico después del escándalo de Cambridge Analytica y las informaciones falsas distribuidas masivamente en el contexto de la campaña a favor del Brexit. Compareció finalmente a regañadientes ante el Parlamento Europeo en mayo en una sesión intrascendente de corta duración que sirvió más para hacer un lavado de cara que para llamar a cuentas a la empresa californiana. En Europa, al margen de contadas excepciones -la comisaria europea de competencia Margrethe Vestager o el europarlamentario alemán Jan Philipp Albrecht, por ejemplo- nos encontramos ante parlamentos nacionales en los que se ignora la naturaleza de estos cambios y se carece del conocimiento técnico para hacer frente al reto transnacional que supone. Una din‡ámica, por cierto, de la que no escapan buena parte de los medios de comunicación, que siguen deslumbrados por el lustre y efectismo de Silicon Valley antes que por la deriva de las tecnologías de la información y sus daños colaterales.

Surveillance capitalism

Llegados a este punto el resto del panorama se termina de dibujar con lo que los académicos estadounidenses John Bellamy Foster y Robert W. McChesney denominaron en 2014 “surveillance capitalism” (capitalismo de la vigilancia). Sus orígenes se remontan al complejo entramado de intereses empresariales que desde finales de la Segunda Guerra Mundial lleva intentando convertir la economía estadounidense en una “economía de guerra” permanente a través de la exaltación del consumo por medio de la conversión de ciudadanos (con derechos políticos) a consumidores (en los que se sustituye la politización por los “derechos” y la “libertad” del consumidor). Este entramado empresarial -que incluye desde el lobby de las armas de fuego hasta las farmacéuticas pasando por el mundo de la publicidad en Madison Avenue- ha desarrollado a lo largo de los años incontables estrategias -mediáticas, psicológicas, financieras, etc.- para generar esta confusión de roles y cimentar la base del crecimiento económico estadounidense en una necesidad permanente de incrementar el consumo a costa de lo que sea (“el marketing se erigió [a principios de los años cincuenta] como una industria para combatir el ahorro y en favor del consumo”) .
Las posibilidades que ofrecen las tecnologías de la información en este respecto son virtualmente infinitas. Las herramientas desarrolladas por Silicon Valley en las últimas dos décadas casan perfectamente con esa necesidad de alimentar permanentemente el apetito financiero del capitalismo más salvaje que exige que la rueda siga girando (de ahí precisamente las valuaciones bursátiles estratosféricas de empresas como Google, Facebook o Apple; o la compra por cifras ridículamente elevadas de empresas como YouTube, WhatsApp, Instagram, entre muchas más). Bellamy Foster y McChesney documentan exhaustivamente el vínculo entre la industria del consumo surgida de la posición geopolíticamente dominante, en la que se situó Estados Unidos al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y las nuevas empresas tecnológicas de Silicon Valley. El resultado de esa unión es el “capitalismo de la vigilancia”. Un sistema omnisciente todavía en ciernes en sus primeras fases de prueba y error que aúna la voracidad financiera del capitalismo con las más sofisticadas e intrusivas herramientas informáticas de seguimiento y consumo desarrolladas a lo largo de las últimas décadas. Sistemas de control y seguimiento algorítmico tremendamente complejos que colocan los intereses de las empresas digitales por encima de todo. Del Estado, del ordenamiento jurídico, de las obligaciones fiscales, de las regulaciones locales y de un largo etcétera de instancias -de la prensa, por supuesto-que constituyen la esencia de la convivencia democrática y el mantenimiento de los intereses públicos.
La pregunta de fondo realmente es hasta qué punto y en qué términos estamos dispuestos a que intereses privados invadan y colonicen el espacio público y atenten contra derechos individuales en nombre del progreso tecnológico. Esa es realmente la cuestión. Porque, al margen del lustre y efectismo -de las en muchos casos formidables nuevas tecnologías -hay una decisión política de fondo que tomar sobre sus límites y regulaciones. ¿Dónde queremos como sociedades establecer esas fronteras?
Una aguda observación del también nada sospechoso (de interferir con los intereses del capitalismo) y ya nonagenario Henry Kissinger podría aportarnos alguna pista. En un artículo reciente para el mensual estadounidense The Atlantic Monthly sobre el impacto de la inteligencia artificial decía: “La Ilustración empezó con observaciones filosóficas que se propagaron por medio de una nueva tecnología. En nuestro caso nos encontramos ante la situación inversa. Hemos desarrollado una nueva tecnología dominante que se encuentra a la búsqueda de una filosofía que la guíe”.
Pues ahí nos encontramos: a la búsqueda, todavía, de cómo mejor utilizar estas nuevas capacidades técnicas para ponerlas al servicio del interés público.



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