PERIODISMO Y DELIBERACIÓN DEMOCRÁTICA EN TIEMPOS DE FACEBOOK

abril 4, 2019

BORJA BARRAGUÉ

En diciembre de 2014, la presidenta de la Universidad de Smith -una Universidad femenina y de izquierdas-, Kathleen Mc.Cartney, se disculpó con las estudiantes y el claustro de profesores por el “daño”(hurt) causado por una ponente que, en una mesa redonda, había empleado la palabra nigger. La que había cometido la ofensa era Wendy Kaminer, una activista por la libertad de expresión, que había sostenido que le parecía un error emplear el eufemismo n-word, cuando los profesores enseñan la historia de Estados Unidos o explican Las aventuras de Huckleberry Finn. Lo hizo al tiempo que describía la obvia diferencia que existe entre mencionar una palabra en el contexto de un debate académico sobre el uso del lenguaje y emplearla como un epíteto (racista). La mesa redonda fue bien, y el público disfrutó del debate, pero, a la salida, Kaminer empezó a ser acusada de racista y el Huffington Post le acusó de haber cometido “un acto explícito de violencia racial”. En medio del revuelo que se generó, la Asociación de Estudiantes de la Universidad emitió un comunicado en el que declaraba que “si Smith es insegura para una estudiante, es insegura para todas las estudiantes”.
¿Insegura? En el ámbito anglosajón la expresión “espacio seguro”(safe-space) designa un espacio autónomo, típicamente universitario, aunque no sólo, creado por individuos o grupos que se sienten amenazados o marginados para poder conversar de forma abierta y segura sobre sus experiencias de marginación. Lo que denota la expresión “espacio seguro” es que en él no se tolera el discurso de odio, el acoso, ni la violencia. Pero, ¿cómo puede ser que alguien no distinga entre un discurso racista de un discurso acerca del discurso racista?
Hoy, cuando los estudiantes de las universidades anglosajonas hablan de amenazas para su “seguridad” y reclaman “espacios seguros”se están refiriendo a la amenaza que supone el empleo de algunas palabras o discursos y demandan seguridad frente a los daños emocionales provocados por esas palabras o discursos. No demandan seguridad frente a la violencia o las agresiones físicas, sino ante la posibilidad de discutir sobre las violaciones. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que la Universidad, un lugar donde los estudiantes deberían aprender a ejercer su juicio crítico y entrenar su capacidad de argumentar, se haya convertido en un espacio donde se veta la mera posibilidad de discutir temas como el aborto, la violación o el discurso racista o de odio?
Según la visión tradicional, la multiplicación de la oferta informativa favorecida por Internet ha supuesto un aumento de la pluralidad de los medios de comunicación. Con medios más plurales, continúa el argumento, lo esperable es un incremento de la deliberación. Y más deliberación implica, ceteris paribus, una mejor democracia.
El problema con este enfoque que podríamos llamar “de sentido común” acerca de la relación entre medios de comunicación, pluralidad y democracia es que los estudios empíricos nos dicen que redes sociales como Facebook, donde la gente no sólo interactúa con amigos y conocidos, sino que se informa, actúan como auténticas cámaras de eco donde opiniones escasamente plurales se refuerzan las unas a las otras. El mundo virtual de Internet ofrece a los ciudadanos la posibilidad de filtrar la información que consumen hasta el punto de que pueden evitar, de una forma que resulta imposible en el mundo real cuando vamos a un bar, una reunión familiar o simplemente cogemos un taxi, opiniones incómodas o divergentes que sin embargo son fundamentales para una democracia mínimamente deliberativa. Este artículo sostiene que Internet ha contribuido a crear guetos político-informativos que lejos de favorecer la deliberación democrática están perjudicándola.
El argumento se desarrolla en tres fases. La primera sección describe algunos de los principales cambios provocados por Internet y las redes sociales en el debate público. El segundo apartado analiza cómo se relacionan esos cambios con el aumento de la polarización política que han experimentado algunas democracias liberales como Estados Unidos, por ejemplo. La tercera sección ofrece algunas conclusiones tentativas.

El cuarto poder en la época de la revolución digital

Las democracias liberales han estado siempre condicionadas por los cambios tecnológicos. En el siglo XIX, el abaratamiento del papel de prensa y las mejoras en la imprenta aumentaron enormemente el alcance de los periódicos de los partidos políticos. Muchos defienden que esto debilitó la capacidad de la prensa para fiscalizar la acción de los gobiernos. Más tarde, en el siglo XX, muchos recelaron de la rápida popularización de la radio y la televisión, porque temían que iban a tener el efecto de empobrecer el debate público al encumbrar a candidatos telegénicos, tuvieran o no un discurso mínimamente articulado. A comienzos del siglo XXI, el crecimiento de la prensa online ha traído una nueva ronda de preocupaciones.
Pongamos el caso de Veles. Veles es una ciudad de Macedonia de poco más de 50.000 habitantes, que prácticamente nadie que no fuera macedonio conocía antes de la campaña presidencial de Estados Unidos que enfrentó a Donald Trump y Hillary Clinton. En la últimas semanas de las elecciones, Veles empezó a ser conocida en Estados Unidos a medida que medios como The Guardian o BuzzFeed comenzaron a publicar informaciones que revelaban que una pequeña ciudad macedonia de poco más de 50.000 habitantes tenía registradas como mínimo 100 webs pro-Trump, la mayoría de ellas alimentadas por noticias falsas (fake news). La ingeniera de anuncios automáticos Google AdSense recompensaba generosamente el tráfico generado por esas webs que se dedicaban esencialmente a la desinformación. Pero, ¿cómo una ciudad macedonia de cincuenta y pico mil habitantes termina convirtiéndose en un aliado, quizá fundamental, de la victoria de Trump?
Como cuenta Samanth Subramanian en un artículo de Wired titulado “Inside the Macedonian Fake-News Complex”, Veles es una ciudad donde hay poco que hacer. La ciudad disfrutó de unos años de cierta gloria en la era soviética, cuando una fábrica de cerámica llamada Porcelanka empleaba a unas 4.000 personas. En aquellos años Veles llegó a ser la segunda ciudad más contaminada de toda Yugoslavia.
Pero esos años ya quedaron atrás, y hoy el desempleo roza el 25%. En ese contexto de falta de oportunidades laborales, muchos jóvenes vieron en las webs de información política online una fuente de ingresos extraordinaria. Decimos webs de información política, y no periodismo político online, porque existen importantes diferencias entre ambas cosas. Por una parte, las personas que tienen una web de información política pueden ser periodistas, o no. En el caso de Veles la enorme mayoría de jóvenes que mantenían webs pro-Trump no sólo no eran periodistas especializados en información política, es que ni eran periodistas ni sabían nada de política americana. Por la otra parte, los jóvenes macedonios que, quizá, decantaron las elecciones del lado de Trump mediante la viralización de noticias falsas en redes sociales como Facebook, no elaboraban ellos el contenido, sino que se limitaban a cortar y pegar noticias de otros sitios y subirlas a sus webs.
Alguien nos podrá decir que las noticias falsas han existido toda la vida. Y sí, es verdad, pero, como decíamos antes, el cambio tecnológico impulsado por lo que el economista de la Universidad de Northwestern Robert Gordon ha llamado la cuarta revolución industrial ha multiplicado tanto el alcance como las formas en que podemos extender la tinta de la desinformación. Además de la prensa escrita, antes de la aparición de Internet la única forma de engañar masivamente a la población era como lo hizo Orson Welles: a través de la radio -como en la víspera de Halloween en 1938 con su famoso programa en el que anunció La Guerra de los Mundos- o de la televisión -como en su experimental F for Fake-. Es decir, antes de la era de Internet, sólo aquellos que tenían un altavoz mediático -periodistas y líderes políticos, básicamente-podían intoxicar el debate público con noticias falsas. Internet y las redes sociales han supuesto un cambio radical, porque hoy cualquier usuario de Twitter puede dar un zasca al presidente del Gobierno con un tuit ingenioso que genere miles y miles de retuits en la red. En pocos años, Twitter ha crecido hasta convertirse en un verdadero ágora virtual, donde no es infrecuente que (el Community Manager de) un diputado o primer ministro responda a los ciudadanos cuando éstos le interpelan -sobre todo si piensan que no responder va a tener un coste electoral-.
El problema reside en que estas redes de comunicación que miles de ingenieros e informáticos brillantísimos han estado construyendo durante las dos últimas décadas han sido manipuladas y convertidas en una máquina gigantesca de distorsión y desinfomación. En Twitter, por ejemplo, existen miles de perfiles controlados por robots informáticos (bots o botnets, cuando se trata de redes de robots) que difunden mensajes. En España, el escándalo más reciente se produjo en diciembre de 2017, en plena escalada del “procés”, cuando (supuestamente) 4.883 perfiles automáticos de Twitter gestionados por medios de comunicación financiados directamente por el Kremlin -RT y Sputnik, concretamente- viralizaron tuits favorables a las reivindicaciones del independentismo catalán. Dos sospechosos habituales de intoxicar el debate público, porque, en octubre de 2017, Twitter ya había suspendido la publicidad de estos mismos medios por interferir en el resultado de las elecciones estadounidenses.
La peor noticia es que las noticias falsas tienen consecuencias muy reales. Aunque la intoxicación informativa ha tenido consecuencias muy graves en Estados Unidos, las ha tenido mucho peores en otros sitios. De acuerdo con Marzuki Darusman, director de la misión internacional de investigación de las Naciones Unidas sobre Myanmar, la desinformaci—n difundida a través de Facebook tuvo un “papel determinante” en el genocidio de los Rohingya, llegando a afirmar que “contribuyó sustancialmente a los niveles de hostilidad y disenso políticos”. ¿Por qué? Por dos razones. Primero, porque como ha demostrado un estudio publicado recientemente en Science, las mentiras en la red corren muchísimo más rápido que las noticias veraces. Y corren más, no (sólo) por los bots, sino también por la distribución que los humanos hacemos de la desinformación. Segundo, porque existe evidencia de que quienes consumen información política sobre todo en redes sociales como Facebook tienden a seleccionar noticias que encajan bien con su sistema de creencias (ideología) y a formar grupos polarizados -o sea, cámaras de eco-.

Cámaras de eco y polarización política

En #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media, el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Harvard Cass Sunstein cuenta que, en una conferencia pronunciada en 1995, el experto en tecnología del Massachusetts Institute of Technology (MIT) Nicholas Negroponte profetizó la aparición de lo que llamó el
Daily Me. Con la llegada del Daily Me ya no habría necesidad de confiar en la prensa ni en la radio y podrías prescindir incluso de la televisión. En lugar de todo ello, en el futuro que visionaba Negroponte cada uno podría diseñar un paquete de comunicaciones personalizado, en el que habría seleccionado previamente qué tipo de información quería ver (y cuál no).
Pongamos una serie de ejemplos estilizados que nos ayuden a entender la idea de Negroponte. Imaginemos que a Dani le interesan la Real Sociedad y las carreras de montaña. O pensemos en el caso de Jon, que es muy de izquierdas y quiere leer noticias que coincidan con lo que él piensa acerca del conflicto de Palestina, los carriles bici en el centro de las ciudades o el cambio climático. O incluso en Miren, que es bastante de derechas y quiere leer noticias que encajen con lo que ella piensa acerca de los sindicatos, el aborto y los toros. A cada uno de ellos su Daily Me le proporcionará noticias personalizadas y adaptadas a sus intereses, porque todos ellos tienen el poder de decidir lo que ven (y lo que no) y lo que oyen (y lo que no).
Como dice Sunstein, en muchos ámbitos los humanos desarrollamos la homofilia, es decir, la tendencia a crear lazos y conectar con la gente que se parece a nosotros. Un rasgo que se acentúa cuando las personas no se exponen a opiniones diferentes de la suya. Hoy todavía no se comercializa el Daily Me. Cierto. Pero estamos cada vez más cerca. Mucha gente ya no lee El País, ni El Correo, ni escucha la Ser. Lee Twitter o Facebook y escucha podcasts muy seleccionados. Accede a las noticias no a traves del papel o la web de un periódico, sino de su muro de Facebook o su timeline de Twitter. Pero mientras que la web de El País es igual para todo el mundo, de forma que ahí se encuentran voces de izquierdas, de centro y alguna más bien conservadora, mi muro de Facebook y mi timeline de Twitter no se parecen en nada a los de muchos de mis amigos, sobre todo a los que son más bien de derechas.
Mucha gente parece haberse dado cuenta de esto, sólo recientemente, cuando se despertó, y el tipo que había ganado las elecciones de Estados Unidos era un candidato inverosímil para el 100% de su timeline, o el día que se despertó con el Brexit, cuando el 99% de su timeline consideraba esa opción un desastre, o al desayunarse con la derrota del referéndum por la paz en Colombia. Esto ocurre porque cada uno elegimos a quién seguir y a quién no, en función de nuestros intereses. Dani seguirá a Killian Jornet y Jon a Pepe Múgica y Naomi Klein. Es normal. ¿Por qué alguien iba a elegir seguir temas que le aburren o políticos o intelectuales cuyas posturas le parecen indignantes?
El resultado es que mis amigos de derechas y yo hemos terminado viviendo en mundos paralelos, comunicativa y poíticamente hablando, creados por los algoritmos que alimentamos mediante nuestros likes. Los primeros en alertar de este riesgo fueron, allá por 1997, dos expertos en tecnología de MIT, y se refirieron a ello como el riesgo de “ciberbalcanización”. En ese trabajo Van Alstyne y Brynjolfsson alertaban de que “la pérdida de valores y experiencias compartidas puede resultar dañina para las sociedades democráticas”11. Hoy es más habitual referirse a esa “ciberbalcanización” como cámaras de eco, donde uno tiene la impresión de estar hablando con un grupo muy diverso y heterogéneo de gente en Twitter, cuando en realidad todo lo que está haciendo es hablar con sus amigos. ¿Por qué deberían importarnos las cámaras de eco? ¿Qué hay de malo en que Dani hable de escalada con sus amigos y Jon de las ideas acerca del cambio climático de Klein con los suyos?
Existen al menos tres problemas. El primero es el riesgo de radicalización. Como ha dejado patente el éxito del grupo terrorista Estado Islámico, que gente con problemas de integración forme comunidades cerradas y altamente radicalizadas puede tener consecuencias desastrosas. Para esta gente, Internet ofrece no sólo un lugar de reunión y sentimiento de ser parte de un grupo para gente que viven a miles de kilómetros los unos de los otros, sino también un altavoz global para difundir su visión radicalizada del mundo -como en esos vídeos propagandísticos que emitieron y que en algunos casos parecían hechos por agencias de publicidad de Hollywood-.
El segundo problema asociado a las cámaras de eco es que generan problemas de gobernabilidad para un país. Pensemos por ejemplo en los desaparecidos del franquismo. Aunque no hay rankings “oficiales” al respecto, muchos expertos afirman que España es uno de los países del mundo con más fosas comunes -según la Plataforma de Víctimas de Desapariciones Forzadas por el Franquismo, España tendría unas 140.000, entre víctimas de la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista. Sólo Camboya tendría más fosas comunes que España-. Tanto el Consejo de Europa como la ONU han reclamado repetidamente a España que investigue tanto los crímenes de Estado durante la dictadura como los desaparecidos. Pues bien, a pesar de que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó la Ley 57/2007 de Memoria Histórica, en los Presupuestos Generales de 2017 y 2018 el gobierno del Partido Popular destinó cero euros a la exhumación de fosas del franquismo. En 2017 Rajoy pareció incluso jactarse de ello en una entrevista. De la misma forma que la polarización bloquea el acuerdo en el debate sobre el control de la venta de armas en Estados Unidos, la polarización poítica ha bloqueado el acuerdo en el debate sobre las fosas del franquismo en España. ¿Pero cuál es exactamente la relación entre Internet, los guetos o cámaras de eco que se forman en Internet y la polarización política? Dicho de otra forma: ¿cómo funciona exactamente la ciberpolarización o polarización online?
Una forma de mejorar nuestra comprensión de esa relación es introduciendo el fenómeno de la polarización grupal.El concepto de polarización grupal alude a algo muy sencillo: después de deliberar, los individuos que han formado parte en la deliberación tienden a radicalizar su posición en la dirección que habían mostrado los miembros del grupo al inicio de la discusión. Imaginemos que en el chat de whatsapp de una parroquia de Bilbao un miembro saca el tema del aborto o del matrimonio homosexual. ¿Qué es lo esperable que ocurra? La evidencia empírica que tenemos sobre el fenómeno de la polarización grupal nos dice que quinientos comentarios después, todos seguirán pensando lo mismo que pensaban antes de la discusión, pero de una forma más radical. ¿Por qué?
En primer lugar, porque la gente tiende a ser permeable a los argumentos. Tras una deliberación, la mayoría de la gente suele modificar su opinión en el sentido del argumento o argumentos que le parezcan más convincentes. De forma que en un grupo que ya está originalmente inclinado hacia una posición (digamos en contra del aborto y del matrimonio homosexual, por ejemplo), habrá una cantidad desproporcionada de argumentos contrarios a la interrupcián voluntaria del embarazo. A nivel individual, la opinión de los individuos se radicalizará reafirmando su inicial rechazo. Si en cambio tuvieran que emitir una opinión grupal -pensemos en el veredicto de un tribunal popular, por ejemplo-, la decisión no se deslizaría hacia la posición mediana, sino hacia la más extrema.
El segundo es el argumento reputacional y se basa en la presunción de que a los individuos nos preocupa lo que el resto de la gente piensa de nosotros. En las situaciones de grupo, esto significa que la gente virar en la dirección de la opinión dominante. Es importante señalar que este viraje que experimentamos las personas ocurre por el mero hecho de resultar expuestos a las opiniones del grupo. Es decir, sin que sea necesario que se produzca ningún debate, porque de hecho una de las consecuencias de este efecto reputacional es la espiral del silencio en la que quedan atrapados los individuos que sostienen opiniones minoritarias dentro del grupo.
El tercero es el vínculo entre radicalización o polarización y confirmación grupal. Muchos de nosotros tenemos posiciones muy tibias, incertezas incluso, sobre muchas cuestiones. Xabier, por ejemplo, puede tener más dudas que certezas sobre la conveniencia de adoptar el contrato único propuesto por los llamados “100 economistas”. Supongamos además que Xabier empieza a trabajar en BBVA Research, donde su jefe no sólo es un partidario ferviente del contrato único, sino que resulta ser además uno de esos “100 economistas”. Debido al efecto reputacional, la mayoría de los compañeros del Departamento de Xabier son unos convencidos de la necesidad de simplificar al máximo el número de modalidades contractuales en España.Como resultado de su interacción con el resto del Departamento, es probable que Xabier termine radicalizando su postura y pase de las dudas iniciales al convencimiento total acerca de la necesidad de implantar alguna forma de contrato único en España. La postura a la que ha llegado no tiene nada de radical en sí misma, de hecho ha sido la favorecida tradicionalmente por el centro-liberal, pero la interacción grupal ha tenido el efecto de radicalizar o polarizar la opinión de Xabier a ese respecto.
Volviendo a los problemas asociados a la generación de cámaras de eco, el último que vamos a mencionar aquí es que existe evidencia de que incrementan la probabilidad de que nos creamos las noticias falsas. De nuevo, la polarización partidista en los medios no es algo que haya nacido con Facebook. La prensa escrita siempre ha tenido un sesgo ideológico, más o menos camuflado bajo el eufemismo de la línea editorial. En el caso concreto de Espña esto es muy claro. Pero incluso los periódicos que se encuentran en los extremos ideológicos se encuentran con muchas constricciones -de tipo reputacional o social, pero también de carácter legal- que les empujan a decir la verdad cuando se trata de hechos factuales. Por muchos defectos que tengan los medios tradicionales, lo que no tienen es carta blanca para vender periódicos sobre la base de hechos inventados o relatos puramente ficticios. Uno puede acercarse hasta un kiosco y pensar que tal o cual periódico ha ordenado grotescamente la prioridad informativa para evitar hablar de un tema concreto por razones ideológicas -no llevar a su portada un escándalo de corrupción, por ejemplo-, pero es casi impensable que lleve a su portada un hecho que es, directamente, una invención o una mentira.
Internet ha cambiado esto. Como veíamos en el caso de los jóvenes de Veles, la red ha favorecido la aparición de cientos de miles de medios de comunicación alternativos donde el lector haría m‡á que bien en no asumir la veracidad de la información que difunden. Sin las constricciones éticas y legales que operan en el caso de los medios mainstream, el único objetivo de estos medios online alternativos se reduce a que los internautas hagan click -y obtener así el dinero de la publicidad asociada a ese click, like o compartir-. Y si para ello hay que difundir información grotescamente falaz-como que Barack Obama no había nacido en Estados Unidos-, se difunde.
La historia de que Obama no era estadounidense sería hasta graciosa de no ser por lo peligrosas que resultan estas noticias falsas. Un artículo de 2016 publicado en la Columbia Journalism Review afirmaba que “un entramado de medios de derecha, organizados en torno a Breitbart, desarrollaron un sistema de medios propio, distinto y aislado [de los demás], empleando las redes sociales como columna vertebral para transmitir una visión hiper-partidista del mundo”. Que su columna vertebral fueran las redes sociales es algo escasamente sorprendente, teniendo en cuenta que, según un estudio de Pew Research, el 61% de los millennials en Estados Unidos accede a las noticias a través de Facebook, en cuyo trayecto van alimentando algoritmos que proporcionan informaciones cada vez más filtradas y personalizadas. ¿El resultado conjunto de todo ello? Según el estudio de la Columbia Journalism Review, ese conglomerado de medios que pivotaba alrededor de Breitbart no sólo ejerció una influencia notable a la hora de fijar la agenda de los medios más próximos a Trump, sino también la de los medios más mainstream.
La extensión de los medios online tiene una serie de problemas asociados como son la radicalización terrorista, la polarización partidista que dificulta el gobierno de un país y la formación de cámaras de eco donde abunda la intoxicación y la desinformación. Aunque, como hemos visto, unos pocos expertos en tecnología alertaron del riesgo de ciberbalcanización asociado a las nuevas tecnologías de la información ya en 1997, la mayoría enfatizaron que el periodismo online significaba un incremento de las fuentes de información y, por tanto, de la libertad para elegir entre ellas. Según esta visión idealizada de los medios online típica de los entusiastas de las tecnologías (techies) que se propagó durante los años 90 y la primera década de 2000, Internet ponía punto final al “menú cerrado” de los medios tradicionales, permitiéndonos la posibilidad de confeccionarnos menús personalizados.
La libertad, obviamente, es un valor im.portantísimo de las democracias occidentales. Pero requiere ciertas precondiciones para su ejercicio. Para que yo ejerza mi libertad de viajar a Nueva York, antes tengo que tener el dinero para comprarme los billetes. Por eso una de las reivindicaciones tradicionales de la izquierda es dotar a los individuos de una base material (económica) con la que ejercer las libertades (formales) que les reconocen las Constituciones de las democracias occidentales. Pero además de una base material, la libertad requiere también de una base cognitiva. Para que yo ejerza mi libertad de viajar a Mascate, primero tengo que saber de la existencia de Mascate. El ejercicio de la libertad demanda ciertas condiciones que me permitan ampliar mi horizonte -hasta Nueva York, Mascate o más allá2 y saber distinguir entre lo que es verdad y lo que no lo es.
En definitiva, el periodismo online ha aumentado el número de opciones del menú informativo. Cierto. El problema es que lo ha hecho a expensas de aumentar la intoxicacion informativa, las noticias falsas y la polarización partidista. Más no siempre es mejor.

Conclusión

Los medios de comunicación han venido jugando dos papeles esenciales en las democracias liberales: fiscalizar el ejercicio del poder y promover la deliberación. Este artículo ha analizado el impacto que ha tenido la revolución de las nuevas tecnologías de la información en esta segunda dimensión. La visión del optimismo tecnológico predominante hasta hace poco afirmaba que Internet había revolucionado para bien el mundo del periodismo, debido a una secuencia que podríamos resumir así: Internet supone un aumento notable del número de medios de comunicación -que implica un aumento en la pluralidad de los medios – que implica un aumento de la deliberación pública – que implica una mejor democracia. Sin embargo, esta visión es excesivamente optimista por dos razones.
Primero, porque una deliberación de calidad requiere que los participantes sean expuestos a opiniones distintas e incluso incómodas. Cuando la esfera pública estaba mediada por los medios de comunicación tradicionales, los ciudadanos obtenían su información de medios que contenían información generalmente veraz y con cierto grado de pluralidad. Con el periodismo online ya no podemos asumir ninguna de esas dos cosas: ni cierto grado de veracidad ni un mínimo de pluralidad.
Segundo, porque la deliberación democrática exige un cierto grado de experiencias compartidas. Sin estas experiencias comunes, es mucho más difícil que los ciudadanos de una democracia liberal lleguen a consensos mínimos para solucionar sus problemas. En este plano hay dos malas noticias. En cuanto a su origen, el problema es que las cámaras de eco en buena medida las construimos nosotros mismos (inadvertidamente), cuando navegamos por Internet y alimentamos los algoritmos de apps, navegadores y redes sociales. En cuanto a sus efectos, lo grave es que la ciber-balcanización del debate en el ágora virtual de Internet termina trasladándose a los congresos y asambleas del mundo real, dificultando el buen funcionamiento de una democracia.



Post a new comment