TRANSFORMACIÓN EN EL MERCADO DE TRABAJO

febrero 16, 2017
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PEDRO LUIS USTARROZ MOLERES

 

  1. Introducción

 

Mes a mes, con la publicación de los datos del movimiento laboral registrado en los Servicios Públicos de Empleo y la Seguridad Social, y, trimestre a trimestre, con ocasión de la publicación de la Encuesta de Población Activa, la “EPA” del INE y, la encuesta de Población en Relación con la Actividad, la “PRA” del EUSTAT referida a la CAE, asistimos a un sinfín de noticias, comentarios y análisis en los medios de comunicación realizados por los agentes sociales, los partidos políticos y distintas instancias gubernamentales, tanto a nivel central como autonómico, así como por instituciones, entidades y expertos especializados en la materia del mercado de trabajo.

Con carácter general, la práctica totalidad de los mismos, se ciñe a constatar lo sucedido en el último mes y a dar cuenta de las variaciones respecto al mes anterior o en el último año, tanto por sectores de actividad como por  colectivos de personas. Cuando se aventuran buscando explicaciones de los resultados, a lo sumo despegan la mirada de los datos, para argumentar la probable incidencia de la “estacionalidad” en los mismos, según el momento del que se esté hablando y la actividad a la que se esté refiriendo. Poco más que esto solemos encontrar, para dar cuenta de lo que viene acaeciendo en semejante y peculiar mercado.

No voy a desdeñar el interés que tiene semejante observación puntual y en detalle, pues los efectos concretos, positivos y negativos, en dicho mercado, se materializan, al fin y a la postre, en las personas. No obstante, una parte importante de los comentarios y análisis están impelidos por lo más inmediato y noticiable de los datos, teniendo, además, una presencia y difusión masivas en los medios de comunicación de todo tipo. Por añadidura, asistimos reiteradamente a una suerte de ritual en el cual, en función de cómo vengan los datos del mes o el trimestre, los distintos protagonistas antes aludidos van a repetir hasta la saciedad los mismos argumentos expuestos en ocasiones anteriores y con similar representación, es decir, celebrando o criticando los resultados, tratando de capitalizarlos o, en caso contrario, atribuyendo la responsabilidad a los terceros contrarios.

Particularmente, suelen ser bastante tediosas las conclusiones y promesas en torno a la creación de empleo realizadas desde las respectivas instancias de los Ejecutivos Central o Autonómico. Y, si considero oportuno aludirlas de manera singular, es porque al poder político le corresponde la labor de proponer y desarrollar las estrategias a medio y largo plazo y conducir a buen puerto el proyecto colectivo. Al mismo nivel habrá que poner, también,  las declaraciones que efectúan los propios Agentes Sociales representativos, Patronal y Sindicatos, protagonistas y responsables indiscutibles en lo que atañe, precisamente, al mercado de trabajo y su evolución.

El caso es que, entre tan reiterada profusión de datos, noticias, análisis, comentarios y declaraciones, al final, parece hacerse realidad el proverbio “Los árboles no dejan ver el bosque”, pues pasan inadvertidas, sin apenas prestarles atención, la propia lógica de funcionamiento del mercado de trabajo y las fuerzas de fondo que empujan, con un carácter determinante, los cambios que se vienen produciendo, cuyas consecuencias observamos con semejante detalle y puntualidad.

Inmersos como estamos en la economía capitalista de mercado con alcance a nivel planetario, la realidad a la que venimos asistiendo desde la aparición del trabajo asalariado y el propio mercado de trabajo hasta hoy, como digo, sin prestarle la debida atención, es la de una demanda sistemáticamente decreciente de trabajo humano, pues éste viene siendo sustituido en cada momento por la incorporación de distintos avances tecnológicos que tienen incidencia directa en las labores a realizar por las personas y, consecuentemente, en la organización de los procesos productivos y la organización del trabajo. En ese sentido, los cambios acaecidos desde los comienzos de la industrialización, desde los inicios del pasado siglo XX hasta hoy, permiten identificar distintos modelos de producción y sus paradigmas de mercado de trabajo acordes con las circunstancias económicas y sociales y el nivel de desarrollo de la actividad productiva y el comercio en cada momento.

A este respecto, conviene precisar que, entre las distintas acepciones de la noción “trabajo”, obviando el debate existente en el seno de la Economía Política y la Sociología, se descubre un relativo consenso sobre una doble definición: la primera, de connotación antropológica, entiende el trabajo como una característica propia de la condición humana, la acción de aplicar la inteligencia y la fuerza del hombre sobre la naturaleza a fin de hacerla útil para cubrir sus necesidades; la segunda añade a la primera el que dicha acción del hombre sobre la naturaleza se produce, inevitablemente, inmersa en unas condiciones sociales, económicas y políticas determinadas.

Es en esta segunda definición donde logramos situar correctamente la actividad de trabajo a la que nos hemos de referir, pues la misma recoge la doble relación del “hombre con la naturaleza” y del “hombre con el hombre”, ambas subsumidas en el concepto de “trabajo asalariado”. A su vez, asociados a este último, vemos aparecer los de “fuerza de trabajo” y también la “unidad de tiempo”, entendida ésta “como referente central de evaluación de la productividad de ese acoplamiento entre trabajo y trabajador1.

Siguiendo la secuencia de los aludidos modelos de producción y sus características principales, es desde donde habrá oportunidad de coger perspectiva y advertir cómo operan las fuerzas de fondo que determinan los resultados que, mes a mes, observamos con puntualidad

  1. Del Fordismo al Taylorismo digital

Históricamente, el trabajo asalariado y el mercado de trabajo aparecen íntimamente ligados al proceso de industrialización. Con Gran Bretaña a la cabeza, la industria textil y del algodón fueron las que abrieron paso a una segunda fase, donde la siderurgia y los ferrocarriles fueron los protagonistas. Posteriormente, en la Europa del continente y, más tarde, en EEUU con su industria del automóvil, y en Japón y Rusia, tiene lugar la mayor transformación a nivel socioeconómico, tecnológico y cultural de la historia de la humanidad hasta entonces. Hay que subrayar la confluencia de fenómenos pues, si es indiscutible el protagonismo de la técnica, con la “máquina de vapor” y la “electricidad” como principales exponentes, no fueron menos decisivos los cambios a nivel jurídico en relación con la propiedad, así como la liberalización del comercio y la apertura a la competencia entre los países.

Desde entonces a hoy, el funcionamiento del mercado de trabajo, en particular, la demanda de trabajo de las personas, viene siendo resultado de un continuo proceso de ajuste selectivo cuyo elemento  determinante y decisivo es la productividad2.

2.1. El Fordismo

Convencionalmente  se entiende que abarca desde la primera década del siglo XX hasta la década de los 70.

Incorporando las enseñanzas del Taylorismo3, paradigma del modelo de organización industrial productivista basado en la división del trabajo, el “Fordismo” transformó el modelo de producción capitalista mediante el método de organización científica del trabajo(OCT) y la incorporación de los avances técnicos de la cadena de montaje y la cinta transportadora, automatizando así el pro- ceso productivo con el objetivo de aumentar el crecimiento en base al aumento de la productividad.

Hasta entonces, los “artesanos de oficio” eran los depositarios del “saber hacer”, por lo cual residía en ellos una relativa capacidad de funcionar con autonomía, pudiendo regular ellos mismos el proceso de trabajo y decidir los tiempos de realización de las distintas labores. Desde la concepción racional –la OCT–, era preciso, desproveer de esa autonomía que hacía improductivos a los trabajadores y, para ello, el Taylorismo estableció, como premisa fundamental, la separación de las funciones de planificación de las tareas, de las de ejecución de las mismas (división del trabajo). Paralelamente, se desmenuzaron los procesos de trabajo hasta el más mínimo detalle. Así, la planificación de lo que había que hacer quedaba fuera del alcance de quienes tendrían que ejecutar las tareas, los obreros, y los propios trabajos quedaban totalmente desprovistos de requerimientos de cualificación lo que, a su vez, permitía incorporar masivamente trabajadores sin necesidad de especial preparación. Como señala Benjamín Coriat4, en torno a 1915, en la industria del automóvil de EEUU, las operaciones que hasta entonces realizaba un único trabajador, eran ahora distri- buidas y realizadas por 29. Y, consecuentemente, desde el punto de vista de los requerimientos de cualificación, una década más tarde, en 1926, con las cadenas de montaje a pleno rendimiento, la formación de las plantillas de obreros fordistas, requería los siguientes tiempos:

 

Porcentaje de trabajadores % Tiempo requerido para su formación
43% Menos de un día
36% Una semana
6% De una semana a un mes
14% De un mes a un año
1% De un año a seis años

 

 

Aplicado de manera pionera por Ford (de ahí el nombre de fordismo) en sus fábricas de automóvil de EEUU, en la fabricación del coche “Modelo T”, semejante automatización trajo como consecuencia un incremento considerable de la productividad, un incremento exponencial de los volúmenes de producción, a la vez que un notable abaratamiento en el precio de venta del coche en cuestión. Y ello, con una incorporación masiva de trabajadores a las cadenas de montaje. De hecho, puede afirmarse que el crecimiento económico experimentado por EEUU a lo largo del SXX pasado no puede explicarse sin el fordismo y su directa influencia en la incipiente industria del automóvil y, por extensión, en el resto de industrias Los siguientes datos, de producción de FORD, dan cuenta de ello.

 

AÑO Horas necesarias para producir 1 coche Modelo T Número de coches producidos Precio en del coche $
1908 14 horas 50.000 825
1916(Se introduce la cadena de montaje)  

1hora 30 minutos

 

500.000

 

360

1927 10 minutos 15.000.000 225

 

Elaboración a partir de información extraída de Wikipedia.

Hay que situarse en las condiciones económicas y sociales de EEUU en los inicios del pasado siglo XX, donde todo estaba por hacer y semejante capacidad de producción masiva requería a su vez una capacidad de consumo también en masa. Lo que se conoce como “circulo virtuoso” de la regulación fordista, a saber, productividad>consumo>inversión>crecimiento, requería garantizar un crecimiento regular del poder adquisitivo de los salarios.

El cuadro que sigue, resume los elementos principales que caracterizan el modelo de producción fordista.

FORDISMO

Desde inicios del S XX hasta finales de la década de los 60

  • Fundamentado en los principios de la Organización Científica del Trabajo, OCT de Taylor, fue aplicado por H. Ford en sus fábricas de automóvil a primeros del SXX. Tiene como carac- terísticas principales:

– la división del trabajo entre “dirección” y “obreros

– la subdivisión de las tareas hasta lo más simple

– la remuneración según el rendimiento.

  • Se trata de un sistema de producción en serie, rígido y bajo una estructura organizativa jerarquizada y centralizada, concentrando en las fábricas grandes cantidades de trabajadores.
  • El producto es estandarizado, para producir grandes series destinadas a un consumo de masas.
  • Los puestos de trabajo son resultado de una detallada y progresiva división y parcelación de las tareas a ejecutar.
  • La ejecución estaba especificada de antemano convirtiendo el trabajo de los obreros en algo meramente mecánico.
  • Desaparece el artesano de oficio, depositario del “saber hacer” con autonomía y control sobre el trabajo, los tiempos de realización y de la calidad del resultado (el “oficio”)
  • Aparece el obrero cualificación y sin poder negociador sobre su trabajo (sus tareas son simples) La subdivisión y fragmentación de las tareas no requiere apenas cualificación alguna.
  • Se monopoliza el conocimiento, hay interés en que no trascienda para seguir manteniendo el modelo (pero esto se rompe con la sociedad de la información)
  • La finalidad del modelo: aumentar productividad, es decir, conseguir más producción a nivel masivo por menos coste
  • Para dar salida a la gran capacidad de producción, era preciso masificar el consumo dando capacidad de compra a los propios asalariados, para lo cual había que incrementar los salarios al tiempo que los incrementos de productividad permitían bajos precios. Este es un aspecto principal de la aplicación que hizo H.FORD de los principios del Taylorismo.

2.2. El Toyotismo

Ya a finales de los años 60, la racionalidad del modelo de producción fordista en cadena mostraba síntomas de agotamiento, viendo muchas empresas amenazados sus niveles de producción e incluso la calidad, porque los productos a realizar eran cada vez más complejos, al tener que ir incorporando nuevas características y complicarse las operaciones a realizar, con el fin de dar satisfacción a una demanda de consumo que se mostraba diversificada, más selectiva y no tan propensa al producto estándar. Ya no era tan cierto que cuanto más racional fuera la producción (simplificación al máximo de las tareas en la cadena y rigidez de los tiempos) el producto iba a ser más barato, pues empezaban a cobrar relevancia disfunciones que afectaban a la propia fuerza de trabajo como el absentismo por enfermedad y la dificultad de encontrar trabajadores con el nivel de preparación profesional que ahora se requería y que ya no era tan simple como en los primeros años del fordismo. Los avances tecnológicos, para su aprovechamiento más productivo, requerían una preparación profesional más compleja y completa de los trabajadores.

Para percibir la incidencia y extensión de la crisis que se avecinaba del modelo fordista de producción, conviene recordar los tres exponentes fundamentales de la producción en los que venía basándose la sociedad de consumo en masa: a saber el automóvil, la vivienda y los electrodomésticos, teniendo detrás, como soporte, la siderurgia y la industria química.

Pero, sin duda, fue la denominada “crisis del petróleo” de los años 1973-1974 la que precipitó la crisis definitiva del modelo de producción fordista vigente hasta entonces, tanto en Europa como en EEUU. La OPEP, de manera repentina, ejerciendo su poder de negociación con la energía, estableció una subida del precio del crudo que alcanzó niveles del 400%, obligando a todos los países consumidores, los países industrializados dependientes de la importación de esa fuente de energía, a duras restricciones al consumo de petróleo y sus derivados, provocando un aumento vertiginoso del precio de los productos industriales. El necesario incremento de los salarios para poder asegurar el mantenimiento de los acostumbrados niveles de consumo en masa, desencadenó una escalada, que parecía imparable, de la inflación, lo que evidenció la quiebra definitiva del “círculo virtuoso” fordista.

Así pues, la crisis del petróleo y sus consecuencias en el gasto público, en el endeudamiento y en las políticas frente al desempleo, trajo también como consecuencia la toma en consideración de que los recursos disponibles ya no eran ilimitados. Al menos, se demostraba limitado su acceso, cuando esta circunstancia nunca se había considerado como premisa del crecimiento en la anterior etapa de desarrollo de la industrialización.

Desde la óptica de la organización y realización del trabajo, en el Toyotismo hay una suerte de retorno a considerar “las capacidades” de los trabajadores, definiendo los puestos de traba- jo como polivalentes, pudiendo llegar a intervenir no sólo en tareas de mera ejecución, sino en las de reparación y control de calidad e incluso en la programación del trabajo. El agotamiento del potencial técnico del modelo anterior se manifestaba en que las tasas de aumento de la productividad venían siendo reiteradamente decrecientes y las cada vez mayores exigencias sociales de los trabajadores cuestionaban la conformidad y disciplina requeridas en la cadena de trabajo.

En definitiva, se trataba de hacer frente a una crisis estructural del modelo de producción anterior que, ahora, venía a achacar las decrecientes tasas de productividad, entre otras, a la eliminación de la iniciativa y la capacidad de los propios trabajadores, lo cual, en opinión de los propios patrones, hacía “necesario modificar las condiciones psicológicas y técnicas del trabajo” 5.Esta posición patronal vino a confluir con las ansias que venían manifestando los propios trabajadores en sus luchas contra “la cadena de montaje” y por recuperar el “saber hacer” de los oficios y la capacidad de control sobre las condiciones de trabajo.

De alguna manera, se viene a concluir que son las rigideces que proyectaba el modelo fordista en el funcionamiento de la economía tras la II Guerra Mundial las causantes de la crisis. Por ello, la alternativa que ahora se presenta, como si se tratase de una panacea que todo lo va a solucionar, va a ser la “flexibilidad”.

Buscando la justificación en las innovaciones tecnológicas desarrolladas en las tres décadas anteriores y el más reciente desarrollo de las NTIC con su directa incidencia en los procesos y en la organización del trabajo, el discurso neoliberal de la flexibilidad, no sólo se plantea a nivel de los procesos técnicos de trabajo (“especialización flexible”), sino, que proyecta su implantación en las relaciones laborales y en la manera de retribuir la contribución de las personas.

La innovación técnica, más allá de las propias máquinas y herramientas, trae consigo pautas de organización que empiezan a cuestionar cuál ha de ser el papel y la utilidad del trabajador en relación con la propia máquina. Ésta y su funcionalidad tecnológica cobran un protagonismo central indiscutible, haciendo que las unidades de producción se organicen alrededor de ella, mientras la cantidad y utilidad de la fuerza de trabajo se cuestionan en cuanto a su necesidad.

Se inicia así toda una ofensiva a favor de la “desregulación”, con efectos precarizadores de las condiciones de trabajo de los trabajadores, a la que también contribuyó el hecho de la progresiva incorporación de la mujer al trabajo, particularmente en las funciones de servicios de las empresas industriales y en las distintas actividades del creciente sector terciario.

El cuadro que sigue resume las principales características del modelo:

TOYOTISMO

Desde la década de los 70 hasta inicios del actual S XXI

 

  • Su premisa es la ausencia de incidencias y trastornos relevantes en el proceso de producción y distribución, el llamado “método de los 5 ceros”: cero error; cero averías; cero demora; cero papel (burocracia); cero existencias en stock y depósito
  • La organización de la producción se basa en la sociedad informacional y el uso de tecnologías integradoras, las NTIC.
  • El modelo de fábrica tiende a ser de tamaño pequeño y el sistema de producción es flexible, efectivo y versátil.
  • Se basa en la innovación, en la gestión del trabajo y en los mecanismos de control interno de las empresa
  • Su principio es la diversidad de producción debido a las nuevas exigencias del consumo.

Como hay que dar satisfacción a diversos gustos, la producción es de tipo múltiple y en pequeñas cantidades, no grandes series estándar.

  • Es la demanda de pedidos a la fábrica la que desencadena la producción y se produce lo necesario: “just in time”
  • Para ello, el operario ha de ser poli funcional, polivalente, lo cual, a su vez, permite reducir plantillas.
  • No se basan en altos salarios, estimulan la oferta (capacidad de ofrecer diversidad de opcio- nes, novedades, precios…) no tanto la demanda mediante incremento el poder adquisitivo

2.3. El Taylorismo digital

Para seguir manteniendo en funcionamiento el modelo de crecimiento económico, cuyos síntomas de agotamiento se consolidaron en los años 70 y 80, el mecanismo al que se recurrió fue el de inundar de crédito los “bolsillos” de las empresas y de las personas y familias, en los años 90 y, sobre todo, del 2000 hasta 2007. A más liquidez > más crecimiento > más capacidad de endeudamiento > más crecimiento… El sistema financiero llega a tomar vida propia separada de la economía real6, desarrollando una función primordialmente especulativa más que de aportar capital para hacer cosas (productos, servicios) en la economía real.

Pero la capacidad de endeudamiento, empezando por los Estados que se habían endeudado largamente, se agota y el círculo estalla, con lo cual aparecen, al mismo tiempo, un exceso de ca- pacidad de producir (sobreproducción) con una drástica disminución de la capacidad de consumir (subconsumo) y unos niveles de endeudamiento exagerados, a todos los niveles.

Lo que crece sin parar es la desigualdad de acceso a la riqueza y a los recursos entre la población trabajadora y las elites, sin olvidar el ensanchamiento de esa brecha entre los distintos países con niveles diferentes de desarrollo.

Si algún factor hay que identificar como determinante sobresaliente de esta nueva situación es, sin duda, la globalización. Pero hay que situar, al mismo nivel, la importancia que tiene un fenómeno que empieza a evidenciarse a partir de los años 80/90: aunque haya crecimiento en mayor o menor grado, sin embargo, las necesidades del factor trabajo siempre se presentan decrecientes. Es decir, en contra de lo experimentado en etapas anteriores del desarrollo, ahora parece confirmarse, particularmente en las actividades industriales, que la necesidad del factor trabajo empieza a tener poco que ver con la producción obtenida.

Si algo queda demostrado en la historia es que el desarrollo y aplicación de la tecnología a la actividad económica es un proceso imparable y sin vuelta atrás. Pero, desde los años 80, con la robotización en la industria, con las nuevas pautas organizativas del trabajo y las NTIC se da un salto cualitativo: empieza a comprobarse que ya no van en paralelo el crecimiento del PIB y la demanda de trabajo.

En las primeras etapas de la industrialización, con el incipiente desarrollo tecnológico, era la propia tecnificación la que provocaba aumento de la demanda de trabajo. La producción en cadena (Taylorismo-Fordismo) propiciaba además la concentración de plantillas muy numerosas de trabajadores en enormes instalaciones fabriles que albergaban, desde el aprovisionamiento de materiales, la manufactura y la expedición, más los servicios administrativos de la empresa. En esas etapas, el trabajo manual era sustituido por trabajo más cualificado, no había problema de escasez de materiales y tampoco existía la globalización como ahora la entendemos.

Sin embargo, desde los años 80,se viene dando un divorcio entre crecimiento de PIB y deman- da de trabajo.

El desarrollo tecnológico y sus acelerados avances, por lo que se refiere a la incidencia en la organización de la producción y los servicios, están profundizando, cada día más, en la “producción flexible” haciendo posible: obtener la producción donde interese (las infraestructuras se “adelgazan” y”deslocalizan” convenientemente), producir cuando interesa y con la sincronización (timing) que convenga,producir con menos necesidad de factor trabajo (empresas, plantillas de menor tamaño), hacer un mercado de trabajo mucho más selectivo, si cabe.

La directa consecuencia de esta progresiva e imparable aplicación de los avances tecnológicos es que empiezan a producirse incrementos en las tasas de paro que adquieren carácter estructural, como “excedente de población activa”. El problema lo va a sufrir principalmente las nuevas generaciones de jóvenes que, teniendo una cualificación más elevada, se topan con una demanda de trabajo incapaz de absorber semejante población.

Al respecto, las tasas de paro en Suecia y Finlandia, a marzo 2016 y las de España de abril

2016 son reveladoras: en Suecia, si la tasa de paro general es de 7,2%, la de los jóvenes menores de 25 años alcanza al 19,3 %, o sea, 12.4 puntos porcentuales de más; en Finlandia con un 9,3% de tasa de paro general, la de los jóvenes menores de 25 años asciende a 21,9%, o sea, 12,6 puntos porcentuales de más; en España cuya tasa de paro es de 21,0%, la de los menores alcanza a la friolera del 46,5%, es decir, 25,5 puntos porcentuales de más7.

Es en este contexto donde aparece el concepto “Taylorismo digital”8  para hacer referencia a que lo que hasta ahora parecía reservado para ser ejecutado por el trabajo de las personas (por el factor trabajo), lo intelectual, lo creativo, los procesos de toma de decisión, es decir, lo que parecía imposible de ser automatizado, acaba siendo codificado, digitalizado, informatizado.

El siguiente cuadro resume las principales características de este nuevo paradigma del modelo de producción y su incidencia en el trabajo.

TAYLORISMO DIGITAL

El término aparece en 2011 en el libro de Philip Brown y…

“La subasta global: las promesas incumplidas de la educación, el trabajo, y los ingresos

  • Se refiere a la organización global (en el mundo) del “Trabajo del conocimiento” propio de la revolución informática o tercera revolución industrial.
  • Con el término “taylorismo” se quiere indicar que este nuevo trabajo está sometido a un pro- ceso de organización científica similar al que sufrieron los artesanos con el Taylorismo al inicio de la primera revolución industrial.
  • Las funciones y tareas que hasta poco se consideraban no mecanizables (de carácter creativo e intelectual) propias de las clases medias, y muchos profesionales, van teniendo el mismo destino que las de los artesanos en su día: son codificadas, se digitalizan, se someten a pro- gramas automáticos con protocolos de decisión informatizados mecanizados.
  • Pero, además debido a que las conexiones informatizadas están globalizadas (internet, tele- mática, telefonía móvil) es fácil la deslocalización y movilidad técnica de los procesos.
  • Los empleos, por eso son fáciles de exportar, cambiar y sustituir.
  • Este taylorismo lo van a sufrir más los países desarrollados que es donde día a día están au- mentando las tareas susceptibles de ser informatizadas (en los países en desarrollo están las tareas de poco valor pagadas con bajos salarios.

Resumen:

– Digitalización de procesos de decisión. (Lo que parecía no mecanizable, lo creativo, intelectual que hacían las clases medias)

– Deslocalización y competencia salarial mundial. (La informática facilita la movilidad técnica de los procesos, exportación de los empleos, fácil cambio y sustitución. Afectará más a los desarrollados donde cada día hay más tarea informatizable)

– Reducción de trabajo y deslocalización (varios procesos unidos: reducción de trabajo por la informatización y digitalización de procesos junto a la deslocalización y abaratamiento del trabajo.

– Acentúa la eficiencia productiva (mayor productividad) y contribuye al cada vez más carácter residual de la mano de obra ya sea cualificada o no cualificada. Si ésta segunda se ha reducido históricamente por los procesos de mecanización (en la agricultura y la fábrica) la cualificada se estaría reduciendo por el aumento de la oferta, como por la globalización

  1. Y por delante ¿qué?

Tras haber sobrevolado las tres etapas de desarrollo para percibir con un poco de perspectiva las corrientes de fondo y las tendencias de transformación en el modelo de producción y su inciden- cia en el mercado de trabajo, llegados aquí, surgen interrogantes para el próximo futuro.

Frente a las propagandísticas promesas a las que nos tienen acostumbrados los representantes políticos y los representantes empresariales en torno a la creación de empleo y la superación de la crisis, cabe preguntarse qué alcance va a tener en los próximos lustros“el desempleo estructural” o, dicho de otro modo, “el excedente de población activa”. Si en tiempos pasados, hablar de pleno empleo era compatible con unas tasas de paro que podían alcanzar hasta el 5% de la población activa (paro friccional) ¿será posible alcanzar a futuro el pleno empleo en términos equivalentes? Hay quienes lo descartan, augurando que el excedente estructural de población activa se situará en torno al 15% y no se logrará bajar de ahí.

Si se admite la tesis de que la tecnología se va a seguir desarrollando e implantando de manera imparable, comprobando que cada día es más sofisticada en cuanto las funciones y tareas sobre las que puede actuar, siendo, a la vez,más fácil de usar y también más barata de conseguir, parece innegable que, globalmente, va a ir disminuyendo, como hasta ahora, la necesidad de trabajo realizado por las personas e incrementando exponencialmente la productividad derivada de esa disminución del factor trabajo9. La cuestión a plantear, enton- ces, ¿cómo han de distribuirse las ganancias en productividad así originadas? ¿por qué las han de capitalizar en exclusiva los propietarios, los empleadores?

Flexiseguridad. Las primeras referencias las encontramos en 1997 en el Libro verde sobre cooperación para una organización del trabajo, planteando la necesidad de un “correcto equilibrio entre flexibilidad y seguridad en el empleo. Se puso muy en boga en 2006/07 a raíz de una Comunicación de la Comisión de junio de 2007 sobre los principios de flexiseguridad. La pretensión: “adaptar la legislación laboral para promover la flexibilidad y seguridad en el empleo y reducir la segmentación del mercado de trabajo”. Más  allá de lo manifestado, se advierte que el acento está puesto en la “flexibilidad”  cuya necesidad no se discute. El acompañamiento de “seguridad”, más que responder a lo que indica el término por sí mismo, parece aludir a tratamiento paliativo de unas inevitables consecuencias que hay que asumir.

Si algo está creciendo, no es tanto el empleo, sino el número de contratos y en estos los temporales y los a tiempo parcial.  Y los alivios que se llegan a apreciar en las tasas de des- empleo, no alcanzan a todos por igual, quedando embalsadas, en el desempleo de larga duración, numerosas personas. Aquí, la cualificación y experiencia que pueden acreditar muchísimos parados de larga duración, no parece que tengan el efecto positivo  a efectos de inserción que se predica generalmente. Este hecho, el paro de larga duración (más de un año) y de muy larga duración (más de dos años) si algo pone en evidencia es el comporta- miento selectivo, cada vez de manera más cruda, de los empleadores y que los criterios de selección de plantillas pueden ir más allá de lo estrictamente profesional.

¿Cómo habría de negociarse y con qué alcance la financiación de la cobertura de esta circunstancia de las personas “paradas de larga duración”? Suele ser frecuente que entre los afectados de los ERE’s de extinción se priorice la presencia de los de más edad. La consecuencia final, es que el señalado comportamiento selectivo del mercado los marcará como parados de larga duración sin posibilidad de retorno al empleo, haciendo prácticamente inútiles las inversiones en ellos de recursos de las Políticas Activas de Empleo.

La garantía de un “salario social”, de una “renta básica” se vislumbra como un objetivo ineludible para dar respuesta a las consecuencias que se derivan de la evolución experimentada en el mercado de trabajo en los países desarrollados.

NOTAS

 

1 Hirata Helena y Zariffian Philippe (2002): “El Concepto de Trabajo” en Diccionario crítico del feminismo. Madrid: Ed. Síntesis.

2  Productividad: rendimiento, eficiencia de la actividad productiva de los hombres expresada por la correlación entre el coste del trabajo (a escala de la sociedad, de una rama, de una empresa o de un solo trabajador) y la cantidad de bienes materiales producidos (establecida en dinero o especie) en una unidad de tiempo”. Diccionario de economía política. Enciclopedia Virtual.

3  Taylorismo: “Se basa en la aplicación de métodos científicos de orientación positivista y mecanicista al estudio de la relación entre el obrero y las técnicas modernas de producción industrial, con el fin de maximizar la eficiencia de la mano de obra, máquinas y herramientas, mediante la división sistemática de las tareas, la organización racional del trabajo en sus secuencias y procesos y el cronometraje de las operaciones, más un sistema de motivación mediante el pago de primas al rendimiento, suprimiendo toda improvisación en la actividad industrial”….”

4 y 5 Coriat Benjamín (1991): El taller y el Cronómetro. Ensayo sobre el Taylorismo, Fordismo y la produc- ción en masa. Madrid: Siglo XXI.

6 Como señala Santiago Niño Becerra (Entrevista en ETB) : “a caballo entre el SXX y el SXXI, años 2000, por cada dólar que se mueve en la economía real se mueven 350 en la economía financiera”

7 Expansión. Datos Macro:

 

SUECIA marzo 2016 TOTAL % HOMBRES % MUJERES %
TASA DE PARO 7.22 7.9 6.5

 

 

 

 

TASA PARO MENORES25 AÑOS 19.3 22.4 16.2
TASA PARO MAYORES 25 5.5 5.9 5.1
FINLANDIA marzo 2016
TASA DE PARO 9.3 9.6 9.0
TASA PARO MENORES25 AÑOS 21.9 24.9 19.3
TASA PARO MAYORES 25 7.6 7.7 7.4
ESPAÑA abril 2016
TASA DE PARO 21.0 19.5 22.8
TASA PARO MENORES25 AÑOS 46.5 45.7 47.5
TASA PARO MAYORES 25 19.3 17.7 21.1

 

 

 

8 El término aparece en 2011 en el libro de Philip Brown y otros… “La subasta global: las promesas incum- plidas de la educación, el trabajo, y los ingresos.

9 En los años 80, fabricar un coche de tipo medio como un “Volkswagen Polo” requería unas 35 horas de trabajo. Hoy, sin embargo, los nuevos modelos, más completos y sofisticados se fabrican en 7 horas. Mañana, aún con más sofisticación, probablemente  se harán en 3 o menos horas. El pasado año 2015, el Grupo Volkswagen entregó al mercado casi diez millones de vehículos (9,93 millones) a pesar de las dificultades por el asunto de los motores diésel.

Ford España, según su presidente José Manuel Machado, prevé fabricar este año 2016 en la factoría de



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