ÁTOMOS CONTRA VOLTIOS Y BITS. EL FIN DE LA ERA DEL PETRÓLEO, LAS ENERGÍAS RENOVABLES Y EL NUEVO MODELO ENERGÉTICO

febrero 14, 2017
PG60

XABIER GARMENDIA

Introducción

Posiblemente en las dos próximas décadas veamos transformaciones revolucionarias en el pa- norama energético mundial.

A quienes hemos vivido la mayor parte de nuestra existencia bajo la presión de un pensamiento neomalthusiano opresivo según el cual los recursos en general y los recursos energéticos en particular eran muy escasos y ya deberían estar agotados, se nos hace difícil imaginar un mundo en el que las energías fósiles van a ser abundantes y a precios asequibles durante los próximas años y en el que la eficiencia energética y las energías renovables van a ser las fuentes energéticas del futuro, unas fuentes de energía inagotables por definición.

En este escenario desaparece la última justificación para la energía nuclear, simplemente, no es necesaria. No hay motivo para continuar apoyándonos en una energía que no ha cumplido ninguna de las promesas con las que se instaló entre nosotros: la de proporcionar energía prácticamente ilimitada, barata y segura. Hoy sabemos que esto no es cierto y después de Fukushima sabemos que los costes de todo tipo asociados a un accidente nuclear mayor son inaceptables para cual- quier sociedad y más todavía si llegamos a la conclusión de que si algo no nos va a faltar en el futuro a los seres humanos es precisamente energía.

Hoy en día disponemos ya de tecnologías de aprovechamiento de la energía solar en cual- quiera de sus manifestaciones a precios prácticamente competitivos con los de las energías convencionales –fósiles o nucleares– y en el futuro estas tecnologías de aprovechamiento de las energías renovables –solar fotovoltaica, solar termoeléctrica, eólica, energías marinas, biomasa, geotérmicas de baja y alta entalpía,…– serán más baratas y eficientes todavía debido al desarrollo tecnológico que está ya a la espera en los departamentos de I+D de los institutos gubernamentales, de las universidades y de las empresas. De hecho mientras las energías convencionales y sus tecnologías de aprovechamiento no serán en todo caso más baratas en el futuro, las energías renovables y la eficiencia energética serán cada vez más baratas y en algunos casos además este abaratamiento será exponencial. Esto les otorga una ventaja competitiva que va a ser crucial en la transformación energética que se va a producir en la próximas décadas.

La visión incorporada a la Estrategia Energética de Euskadi para 2020 (3E2020) de petróleo cero para usos energéticos en el año 2050 anuncia el fin de la era del petróleo. Algunos siguen manteniendo que la cesta energética no ha variado desde 1976 y que el mix energético en el 2030 no variará respecto al actual mix energético. Eso por ejemplo no ha sucedido en lugares como el País Vasco y tiene poco que ver con lo sucedido en la mayoría de los países desarrollados. En estos países el petróleo ha sido desterrado de todos los sectores y ha quedado confinado en el sector del transporte donde reina de manera indiscutible. Pero esa fortaleza es solo aparente porque es la expresión de una gran debilidad. Bastaría una alternativa energética para la movilidad más limpia, más funcional y más barata que los combustibles derivados del crudo para que la suprema- cía del petróleo también en el sector del transporte tocase a su fin.

Esa alternativa está ya llamando a la puerta. Es la disrupción tecnológica producida por la movilidad compartida (shared mobility) resultante de tres fuerzas disruptivas: el vehículo eléctrico, autónomo y compartido, que conforman un nuevo artefacto –realmente una computadora con ruedas totalmente diferente al vehículo convencional. Solo desde el punto de vista de su impacto energético su implantación exponencial puede ser letal para la hegemonía del petróleo en el transporte, ya que por cada vehículo disruptivo en el mercado habrá un vehículo que dejará de repostar en las tradicionales gasolineras. El cambio puede ser vertiginoso y posiblemente la visión de un mundo sin petróleo energético en el año 2050 no sea una visión tan utópica o revolucionaria como pudo parecer cuando se formuló en la 3E2020 en el año 2011.

A lo largo del trabajo señalaremos las características del viejo y del nuevo modelo energético. Uno el viejo, basado en las energías fósiles y la nuclear, gobernado de manera centralizada por las grandes corporaciones energéticas del carbón, del petróleo, del gas natural y de la electricidad. Otro el nuevo, donde la primacía de la eficiencia energética y de las energías renovables da paso a múltiples actores de la gestión de la energía, con generación distribuida de electricidad de productores-consumidores (prosumidores), con gestión de la demanda por parte de pequeñas y medianas empresas y de consumidores domésticos, con la presencia de motorizaciones alternativas a las de los combustibles fósiles en el transporte, etc.

Un caso particular lo constituye el sistema eléctrico, donde todo el aparellaje, los equipos y el software para el desarrollo del nuevo modelo energético están ya disponibles en el mercado y solo hace falta que los gobiernos apoyen la transición desde un modelo de generación centralizada, transporte, distribución y comercialización dominado por grandes operadores hacia un modelo de generación más descentralizada, de gestión de la demanda, de generación y consumo libre de energía de origen renovable y la presencia de múltiples actores en el sistema.

Ambos modelos, el viejo y el nuevo modelo energético se presentan en este trabajo como modelos ideales, siendo conscientes de que la realidad siempre va a estar entre los dos extremos. De hecho elementos importantes del nuevo modelo energético ya están presentes en el viejo modelo actualmente dominante y sensu contrario elementos importantes del viejo modelo permanecerán en el nuevo.

Finalmente, la restricción medioambiental aprobada en las cumbres de Kioto y París sobre cambio climático son un imperativo ambiental sin duda poderoso para impulsar la transición energética hacia un mundo basado en la eficiencia energética y en las energías renovables.

Sin embargo, es más que probable que el imperativo ambiental no sea suficiente. Algunos consideran que los compromisos aprobados deberían ser mandatorios y exigibles so pena de duras sanciones a los países firmantes, lo cual es ilusorio en un mundo sin gobernanza global dotado de instrumentos coercitivos que permitan imponer esas sanciones.

Otros consideran que el imperativo moral debería ser la clave que impulsase el cumplimiento de lo pactado y que propiciase una transición energética acelerada que permitiera cumplir con los compromisos de la Cumbre de París. Sin duda son bellos deseos y se deberían apoyar los esfuerzos por convertirlos en realidad.

Pero posiblemente, una vez más, va a ser el imperativo económico el que termine por producir la disrupción energética y tecnológica que permita reducir de forma acelerada las emisiones de gases de efecto invernadero y la transformación de la estructura energética mundial a una cesta energé- tica basada en la eficiencia energética y las energías renovables y el abandono paulatino de las energías fósiles y la nuclear. En un mundo con tecnologías de aprovechamiento eficiente y barato de la energía solar en toda sus manifestaciones, esto es posible. Hay que tener en cuenta que nuestro planeta recibe todos los días energía suficiente como para cubrir casi 20 veces el consumo anual de energía primaria mundial y bastaría con aprovechar menos del 0,02% de la energía que nos llega del sol para cubrir todas las necesidades energéticas actuales de la humanidad.

Las fuentes de energía primaria existentes. Vectores energéticos

P63

En nuestro planeta existen cinco más una fuentes de energía primaria y varios vectores energéticos.

Las fuentes son: carbón, petróleo, gas natural, nuclear, renovables y eficiencia energética (ver figura anterior). De ellas, las cinco primeras son fuentes reales o positivas de energía primaria, mientras que al ahorro y eficiencia energética la podemos considerar como una “fuente virtual de energía” o “fuente negativa de energía” pero que tiene efectos muy reales ya que es capaz de acoplar oferta y demanda de la misma forma que lo hacen las fuentes de energía positivas.

De hecho, la Estrategia para la Unión de la Energía aprobada el 25 de febrero de 2015 por la Comisión Europea establece como su tercera dimensión la “Eficiencia energética como contribución a la moderación de la demanda de energía”. Este documento, al tiempo que recuerda el objetivo indicativo de una mejora de la eficiencia energética a nivel de la UE de al menos el 27% en 2030 y de que este objetivo será revisado en 2020 teniendo en mente, como objetivo a nivel de la UE, el 30% en 2030, establece que es necesario repensar la eficiencia energética y tratarla como una fuente de energía por derecho propio, que representa el valor de la energía ahorrada. La Estrategia prosigue afirmando que “Como parte de la revisión del diseño del mercado, la Comisión asegurará que la eficiencia energética y las respuestas de gestión de la demanda puedan competir en los mismos términos que la capacidad de generación”. De hecho el propio Vicepresidente de la Comisión Maroš Šefčovič, en su intervención de aquella misma fecha ante el pleno del Parlamento Europeo da carta de naturaleza al “principio de eficiencia-primero” para afirmar a continuación que “vamos a hacer operativo este principio y (…) vamos a usarlo cuando se discutan los proyectos de infraestructuras energéticas y cómo vamos a ligarlo con la asignación de fondos a los proyectos de infraestructuras en el futuro y creo que en la vida real este principio se aplicará y que la Comisión será la primera en apoyar su completa implementación”.

Este planteamiento es crucial a la hora de dotar a la eficiencia energética de un sentido econó- mico pleno como fuente de energía primaria de pleno derecho en igualdad de condiciones que las otras cinco fuentes de energía primaria reales o positivas. De hecho cada vez se empieza a hablar más de términos como “negavatios” para referirse a la potencia no instalada pero que interviene en la casación en tiempo real entre la oferta y la demanda eléctricas como señalaremos poste- riormente. O hablando de energía en general, la utilización de términos como “negavatioshora”, “negajulios”, “egacalorías” o “negatep” (nega tonelada equivalente de petróleo) debe empezar a ser de uso corriente si queremos que la eficiencia energética adquiera plena carta de naturaleza como una fuente más de energía primaria, trasladando de verdad y no solo de manera formal, tal y como también afirmaba el Vicepresidente Šefčovič en su intervención, a la realidad el aforismo histórico de que “la energía más limpia y la de menor impacto ambiental es la que no se consume”, aunque no siempre sea la opción más barata.

Por lo tanto, como analizaremos posteriormente, en el futuro más o menos inmediato, las energías renovables van a tener que competir con unas energías fósiles abundantes y a precios asequibles solamente constreñidas por la restricción ambiental amplia; con una energía nuclear de fisión que, en el mejor de los casos, no va a pasar en principio de su actual participación en el mix energético, por lo menos en los países de la OCDE; y con la eficiencia energética de la cual deben continuar siendo unas aliadas estratégicas que se refuercen mutuamente.

Por otra parte, son varios los vectores energéticos que complementan a las energías primarias como formas de aprovechar estas de manera más cómoda, más útil, más versátil o más eficiente que la utilización directa de las fuentes de energía primaria. Los vectores energéticos se caracterizan porque son formas de energía que no se encuentran de forma libre o directamente aprovechable en la naturaleza y porque su tasa de retorno energético (TRE) es menor que uno. En puridad podríamos decir que todas aquellas manifestaciones de la energía cuya TRE sea menor que uno son vectores energéticos mientras que las que tienen una TRE mayor que uno serían fuentes de energía. Recordar a este respecto que la tasa de retorno energético (TRE) se define como la ratio que se usa habitualmente para medir la cantidad de energía aprovechable obtenida de un determinado recurso energético en relación con la cantidad de energía empleada para obtener dicho recurso energético.

El principal vector energético es la electricidad, pero en el futuro otros vectores energéticos quizás adquieran también un gran protagonismo, por ejemplo el hidrógeno y quién sabe si el aire comprimido.

De un mundo de energía escasa y cara a un mundo de energía inagotable y asequible

Vivimos un momento líquido en el mundo de la energía a nivel global. Un momento de gran efervescencia que va más allá de la alta volatilidad de los precios del petróleo y del desplome del precio del crudo desde los 115 $/barril de Brent del 19 de junio de 2014 hasta los poco más de 28 $/barril del 18 de enero de 2016.

En el sistema energético mundial se vienen produciendo desde hace años cambios muy impor- tantes que están configurando el mundo de le energía para las próximas décadas. Varias son las razones que van, entre otras, desde las posiciones defensivas de los consumidores –caídas de de- manda de crudo por la crisis, la sustitución de petróleo por otros combustibles, nuevas exploraciones de hidrocarburos, acceso rentable a yacimientos remotos, etc.– ante unas políticas de precios car- telizadas, hasta la aparición en escena del gas natural licuado (GNL), pasando por la destrucción de demanda causada por las políticas de eficiencia y ahorro energético, por la presencia creciente de renovables, por la sobrecapacidad de muchas infraestructuras energéticas que tiende a abaratar precios, por la batalla entre productores por la cuota de mercado a cualquier precio y sobre todo por la irrupción en Estados Unidos de los llamados hidrocarburos no convencionales, ya sea el petróleo de formaciones compactas (tihgt oil) o el gas de pizarra (shale gas), que han incrementado la oferta de hidrocarburos a nivel mundial por la liberación de demanda producida por el aumento del autoabastecimiento norteamericano.

Tanto es así, que el efecto combinado de varios de estos factores ha generado durante los dos

últimos años un exceso de oferta, que continúa a la fecha (mayo 2015), en el mercado mundial de crudo. Coloquialmente podemos afirmar que sobra petróleo en el mercado y que se ha producido un doble efecto, de desplazamiento histórico de la demanda de crudo hacia otros combustibles, principalmente hacia el gas natural y el carbón y de aplanamiento paulatino del precio del gas natural a nivel mundial por la presencia de nuevos gasoductos de gran capacidad, los buques metaneros a los ya se conoce como “gasoductos flotantes” de GNL, que están originando un pro- ceso que conecta a precios muy competitivos una oferta creciente con las redes de consumidores en distintas partes del mundo, transformando lo que hasta ahora había sido una yuxtaposición de mercados regionales en un mercado global.

Lo más llamativo de todo este proceso es que lejos de ser un fenómeno coyuntural un buen número de analistas lo considera un fenómeno estructural, lo que no excluye nuevas subidas, incluso bruscas, de precios en la medida en que se produzcan incrementos siquiera leves de la demanda de petróleo combinados con el cierre de explotaciones, de recursos convencionales y no convencio- nales, no rentables a los precios actuales. Todo ello sin contar con hipotéticos recortes en la oferta de crudo por parte de los principales países productores del cartel de la OPEP que podrían acelerar la escalada de los precios del petróleo.

En cualquier caso y como analizaremos posteriormente, todo indica que nos encaminamos hacia unas décadas de abundancia de petróleo y de abundancia de los otros recursos energéticos fósiles (gas natural y carbón) y desde luego de recursos energéticos renovables, inagotables por definición.

Es decir, estamos pasando de un mundo en el que la visión sobre el futuro de la disponibilidad de energía era restrictiva, cuando no catastrofista, un mundo en el que a la escasez de recursos energéticos se añadía la restricción medioambiental que suponía el cambio climático, a un mundo en el que los hidrocarburos y el carbón son muy abundantes y en el que la única restricción que queda por ahora es la restricción medioambiental ligada, no sólo al posible cambio climático, sino también a la destrucción de los ecosistemas, a la pérdida de biodiversidad y al efecto de las emisiones contaminantes y el ruido en los entornos urbanos. Pero un mundo, en todo caso, en el que han desaparecido de golpe la primacía de las visiones catastrofistas que aventuraban incluso un colapso de especie para mediados de este siglo, coincidiendo con el declino de la producción de petróleo derivada del pico del petróleo que de hecho, para estas visiones, ya se habría producido hace más de una década en la versión más pesimista o estaría a punto de producirse en la más optimista.

Las razones que han avalado esta visión pesimista del futuro energético de la humanidad y por tanto del futuro de la propia humanidad han estado basadas en una concepción estática de la so- ciedad, en la que se desconfía de la capacidad de innovación del ser humano y de la capacidad de autorregulación de las sociedades humanas organizadas, incluidas las sociedades democráti- cas, o se desconfía de la capacidad de responder de manera positiva a la retroalimentación que indefectiblemente se produce entre el ser humano y el medio y en todo caso se desconfía de la capacidad de autocorrección de la forma en que la humanidad interactúa con ese mismo medio. En definitiva una visión neomalthusiana y por tanto pesimista del devenir de la humanidad, un mundo estático y sin capacidad de respuesta, un mundo sin capacidad de mejora.

El fin de la era del petróleo y de los combustibles fósiles

En esta visión pesimista del futuro ha tenido gran influencia una concepción estática de la economía de los recursos, en la que se ha ignorado deliberadamente el papel fundamental de los precios en la toma de decisiones y en la que se ha obviado el efecto sustitución entre distintos recursos en función del precio relativo de los mismos y en la que en definitiva no se ha atendido a la distinción, esencial en cualquier caso, entre recurso, reserva y materia prima.

En el sector energético, como en cualquier otro sector económico, a medida que aumentan los precios del petróleo o del gas natural comienzan a ser rentables la explotación de otras reservas conocidas, la exploración de recursos más difícilmente accesibles y la transformación en reservas explotables de nuevos recursos cuya explotación no hubiese sido rentable a precios del crudo por debajo de los 50, 80, 100, 150 ó 250 dólares el barril. A cada umbral de precios corresponde la aparición de nuevos recursos convertibles en reservas potencialmente explotables lo que eleva de manera considerable las reservas potencialmente disponibles y finalmente la disponibilidad de crudo. En definitiva, la línea que separa los recursos y las reservas depende de los precios y de la tecnología, en un proceso dinámico e interactivo, de manera que a medida que suben los precios o mejora la tecnología los recursos se convierten en reservas comerciales y al revés, cuando bajan los precios, las reservas se pueden transformar en recursos económicamente inviables.

A quienes han venido planteando que el pico del petróleo de las reservas convencionales ya se habría producido y que esto anunciaba el fin de la era del petróleo abundante y barato, se les han opuesto quienes consideran que la distinción entre hidrocarburos convencionales y no conven- cionales es puramente formal y que la artificiosidad de esta distinción se concreta en la sencilla formulación según la cual “todo lo que va al depósito es convencional”.

Además, la distinción entre convencional y no convencional no es binaria ya que existen muchos grados de “no convencionalidad”.

Si hacemos un somero repaso por la evolución histórica de la explotación del petróleo, nos encontramos con constantes avances tecnológicos, que dibujan un continuo entre el recurso convencional y el no convencional, y que dieron como resultado el paso de la perforación en tierra a la perforación en lagos, para posteriormente abordar la perforación en aguas marinas, primero poco profundas, después en aguas profundas y finalmente en aguas ultra profundas. Posteriormente, siguiendo la evolución al alza del precio del barril, se aborda la explotación de las arenas bituminosas, la extracción del petróleo de formaciones compactas pizarrosas mediante técnicas de estimulación hidráulica, para terminar con los líquidos del gas natural, los denominados “condensados del gas”, capturados a la salida del pozo y que constituyen hoy en día la fuente más importante de petróleo no convencional gracias al crecimiento de la producción de gas natural en todo el mundo y sin que tenga que utilizarse para nada en su obtención la técnica de estimulación hidráulica, más conocida como fracking.

Otro tanto ha sucedido con el gas natural que pasó de convertirse en un invitado incómodo y casi siempre no deseado asociado a la explotación del petróleo a explotarse en los yacimientos denominados convencionales con perforaciones verticales, para posteriormente, a medida que avanzaba la tecnología pasar a explotarse los conocidos como yacimientos no convencionales con utilización de diferentes técnicas de estimulación del yacimiento hasta llegar a la estimulación hidráulica o fracking con o sin perforación horizontal. Entre los tipos de yacimientos no convencionales se encuentran el denominado tight gas o gas adsorbido en arenas compactas, el shale gas –gas de pizarra o gas de esquisto–, el coal bed methane –CBM o metano en capas de carbón– y finalmente los hidratos de metano o gas atrapado en capas de hielo a presión con recursos inmensos actualmente no convertibles en reservas comerciales al no existir técnicas rentables para su recuperación.

Todo esto pone de manifiesto varias cuestiones que convendría resaltar:

En primer lugar, que los recursos de hidrocarburos, tanto líquidos como gaseosos, son muy abundantes.

En segundo lugar, que esto pone fin a las teorías del pico del petróleo y a las predicciones catastróficas sobre un previsible colapso de especie para mediados de este siglo debido al agotamiento del petróleo y al encarecimiento del mismo lo que implicaría el fin de la energía abundante y barata en cualquiera de sus formas.

En tercer lugar, que los recursos de hidrocarburos no convencionales explotables mediante la técnica de la fractura hidráulica y la perforación horizontal van a actuar como volante de inercia regulador del precio del petróleo cartelizado por la OPEP, ya que en cuanto los precios sobrepasen determinados umbrales los pozos no convencionales ya perforados pueden volver a producir con bas- tante rapidez y casi con la misma rapidez se pueden perforar y poner en explotación nuevos pozos.

En cuarto lugar, que en los países occidentales el petróleo lleva décadas perdiendo posiciones relativas en el mix de energías primarias y que nos encontramos en la senda de que se cumpla la pro- fecía del jeque Yamani, ministro saudí del petróleo entre 1962 y 1986, que aventuró que “lo mismo que la edad de piedra no se acabó por falta de piedras la era del petróleo no se acabará por falta de petróleo”, en un reconocimiento explícito de que sin duda se acabará en el momento en que pueda ser sustituido por energías alternativas menos contaminantes. Cuando en 1973 la OPEP provoca la primera crisis del petróleo nadie se podía imaginar que estaríamos donde estamos en materia ener- gética y que un mundo sin petróleo fuese algo no solo utópico sino posible y a no muy largo plazo.

En quinto lugar, que la escasez de recursos energéticos fósiles y unos precios elevados de los mismos no parece que vayan a ser una restricción de la ecuación energética del futuro, ni del inme- diato ni del menos cercano, y que la restricción medioambiental en sentido amplio –cambio climá- tico, destrucción de ecosistemas, pérdida de biodiversidad, calidad del aire de nuestras ciudades y objetivos de salud pública– es la única restricción que puede limitar el uso incontrolado de estos recursos en las próximas décadas.

Por último, que el desarrollo de las energías renovables va a encontrar en la restricción medioambiental un aliado poderoso, pero que su penetración masiva en el mercado solo se va a lograr si son capaces de competir en igualdad de condiciones, en términos económicos, con los recursos energéticos fósiles. Es decir el desarrollo de las energías renovables, al ritmo que una transición energética acelerada exigiría, además de apoyarse en el imperativo ambiental que limita a las energías convencionales y en el imperativo moral que señala a las energías fósiles derivado de las amenazas asociadas al cambio climático, deberá atender al imperativo económico que les obliga a ser competitivas, sin subvenciones, con las energías fósiles y nuclear. Este es el marco en el que se van a tener que desenvolver las energías renovables de ahora en adelante.

En este contexto adquiere pleno significado la actuación de Arabia Saudí en el actual momento energético. Siendo el primer productor de petróleo a nivel mundial y el principal actor del cartel de la OPEP, no ha recortado la producción para disminuir la oferta y permitir que los precios del crudo se recuperen. Justo al contrario, sostiene la producción con el objetivo sin duda de mantener unos precios lo suficientemente bajos como para conseguir un cuádruple objetivo estratégico: acabar con, o por lo menos limitar, la producción de los denominados hidrocarburos no convencionales, probar los umbrales de rentabilidad de los diferentes yacimientos no convencionales actualmente en explotación y comprobar el grado de resiliencia del sistema de producción de hidrocarburos no convencionales en Estados Unidos, aumentar su cuota de mercado entre los países exportadores de crudo, dentro y fuera de la OPEP, acabar con el incentivo que un petróleo por encima de los 100 dólares el barril supone para la implementación de políticas de ahorro y eficiencia energética, medidas que se han demostrado como un potente destructor de demanda y por lo tanto contrarias a los intereses de los países exportadores de petróleo, acabar con la amenaza que para los combustibles derivados del petróleo supone la irrupción de los combustibles alternativos en el transporte. La aprobación en octubre de 2014 de la Directiva relativa a la implantación de una infraestructura para los combustibles alternativos supone algo más que una amenaza hipotética a la actual hegemonía del uso de los combustibles derivados del petróleo en el sector del transporte a nivel mundial.

En fin, todas estas consideraciones apuntan al mantenimiento durante los próximos años de un precio del petróleo alejado de los techos de 125 dólares de la primavera de 2011 o de los 146 dólares por barril del 3 de julio de 2008. Este es un escenario de referencia, un escenario posible de ocurrencia relativamente probable, con el que previsiblemente van a tener que contar las reno- vables para desarrollarse durante los próximos años.

¿De dónde surge entonces la visión de que nos encontramos quizás en los albores del fin de la era del petróleo energético si el horizonte parece ser el de un mundo con disponibilidad de petróleo y de los otros recursos fósiles en cuantía abundante y a precios asequibles durante las próximas décadas?.

Eso opina desde el sector, por ejemplo, el Presidente de Repsol, que considera que en los próximos años el mix energético a nivel mundial no cambiará mucho, como tampoco lo ha hecho desde 1976, porque el consumo crecerá conforme aumente la clase media (El País, 28 de abril de 2016). Es decir que el futuro de la energía en el mundo será una prolongación del pasado, siendo el Business As Usual (BAU) la normalidad energética del futuro.

Sin embargo, no es cierto que las cosas no hayan cambiado en lo relativo al mix energético desde hace años. En los países de la OCDE el mix energético ha variado sustancialmente en las últimas décadas hasta el punto de que en la mayoría de ellos el petróleo y sus combustibles derivados han quedado confinados al sector del transporte, como se muestra en la apartado 6 de este trabajo en lo que respecta a la evolución del mix energético en el País Vasco. Pero esa gran fortaleza en el sector del transporte es al mismo tiempo la causa de su extrema debilidad.

La aparición de diferentes soluciones de movilidad, alternativas al vehículo privado con motori- zaciones convencionales que utilizan combustibles derivados del petróleo, como el vehículo a gas natural (comprimido-GNC/GNV o licuado-GNL), la utilización de los biocombustibles, el desa- rrollo de la “witricidad” para el transporte eléctrico urbano público y privado recargado de modo inalámbrico, el vehículo eléctrico híbrido convencional, el vehículo eléctrico híbrido de autonomía extendida (range extender), el vehículo eléctrico híbrido enchufable, el vehículo eléctrico puro, el vehículo eléctrico de pila de combustible de hidrógeno (ver figura siguiente) e incluso el vehículo de aire comprimido, supone restar cada vez más presencia a la utilización de los derivados del petróleo en el sector del transporte. Todas estas realidades permiten dar credibilidad a la aparente radicalidad de la visión formulada en la Estrategia Energética de Euskadi 3E2020 de petróleo cero para usos energéticos en el año 2050. Un mundo sin petróleo como combustible no solo es un mundo teóricamente imaginable sino que es un mundo posible y mucho más cerca técnicamente de lo que mucha gente se cree.

Al mismo tiempo la aprobación de la Directiva 2014/94/UE relativa a la implantación de una infraestructura para los combustibles alternativos, dota de credibilidad técnica, de objetivos realistas y de seguridad jurídica a la visión incorporada en su día respecto al futuro del petróleo en la Estrategia 3E2020.

El convencimiento de que hay que “dejar de depender del petróleo” es algo que se viene incu- bando desde hace décadas en una Europa muy dependiente de las importaciones de crudo, que a la mayoría de los países les han producido y les siguen produciendo muchos quebraderos de ca- beza en términos tanto de impacto negativo en la balanza comercial, como de control de la oferta y por tanto de los precios en función de los intereses de los países de la OPEP o de inestabilidad geoestratégica y riesgo de garantía de suministro en demasiadas ocasiones.

El Libro blanco de 28 de marzo de 2011 de la Comisión titulado “Hoja de ruta hacia un espacio único europeo de transporte: por una política de transporte competitiva y sostenible” apunta todas las claves por las que Europa debería ir desvinculándose de la dependencia del petróleo. Y así, junto a las ya mencionadas, estarían el temor a una hipotética escasez, la inestabilidad política de los suministradores, la necesidad de descarbonizar el transporte y disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero para luchar contra la amenaza del cambio climático, la exigencia de evitar fuentes de ruido y contaminación atmosférica en nuestros entornos urbanos, la necesidad de reducir los costes de congestión y los desequilibrios de accesibilidad, la constatación de la ausencia de sostenibilidad de un sector dependiente en más de un 90% de los combustibles derivados del petróleo, factores todos ellos que han abonado el convencimiento recogido en el Libro Blanco de que “el reto es romper la dependencia del sistema de transportes respecto del petróleo”. Para todo ello, en este documento se propugna, entre otras muchas medidas, que la “eliminación progresiva de los vehículos de «propulsión convencional» en el entorno urbano es una contribución fundamental a una reducción significativa de la dependencia del petróleo, las emisiones de gases de efecto invernadero, la contaminación atmosférica local y la contaminación acústica” o que la contribución para la reducción de la intensidad de carbono pasa por la “introducción de sistemas de propulsión y combustibles alternativos en las grandes flotas de autobuses urbanos, taxis y camio- netas de reparto”.

Esta misma determinación de la Unión de acabar con la dependencia del petróleo está presente en la Directiva 2014/94/UE, relativa a la implantación de una infraestructura para los combustibles alternativos, cuando desde el artículo 1 plantea la necesidad de establecer “un marco común de medidas para la implantación de una infraestructura para los combustibles alternativos en la Unión a fin de minimizar la dependencia de los transportes respecto del petróleo y mitigar el impacto medioambiental del transporte”.

El nuevo entorno del mercado del petróleo aleja el fantasma de la escasez pero no elimina ninguno del resto de riesgos mencionados, por lo que es previsible que no se produzca ninguna modificación de las políticas derivadas del convencimiento de que Europa debe ir desvinculándose de la dependencia del petróleo. Las incógnitas estarían, en todo caso, en el ritmo y la intensidad con que Europa vaya a implementar el conjunto de actuaciones que permitan hacer realidad esta decisión, no en el cuestionamiento de la decisión misma que impregna ya la totalidad de las políticas europeas tanto en materia energética en general como del sector del transporte en particular.

A este respecto, un dato anecdótico, pero suficientemente expresivo, son las radicales reformas de su estructura económica y fiscal que recientemente ha anunciado Arabia Saudí, con la creación entre otras medidas del mayor fondo soberano de inversión del mundo, con una dotación de 1,75 billones de euros, para afrontar la era “post-petróleo” (El País, 25 de abril de 2016). Bajo el plan “Saudi Vision 2030” que recoge todo estas reformas y su calendario de realización con entrada en vigor inmediata, el país buscaría poder “vivir sin petróleo en 2020” (elEconomista.es, 25 de abril de 2016), refiriéndose evidentemente a que los ingresos fiscales del país dejen de depender en un 80% de las rentas del petróleo. En cualquier caso, pase lo que pase en la realidad y el ritmo al que estas transformaciones se produzcan, es evidente que la reflexión sobre la posibilidad de un mundo sin petróleo energético está sobre la mesa.

Pero va a ser finalmente el imperativo económico, ayudado sin duda por el imperativo ambiental y el imperativo moral, el que quizás vaya a revolucionar el panorama energético mundial. Como se analiza en el apartado 8 posterior, la combinación de energías renovables en general y de energía solar fotovoltaica en particular, con el almacenamiento de energía eléctrica en baterías, la masificación del coche eléctrico, la irrupción y generalización de los vehículos de conducción autó- noma y la movilidad compartida (shared mobility) es la alternativa que se está incubando en Silicon Valley que “hará obsoletos al petróleo, gas natural, carbón, energía nuclear, empresas eléctricas y vehículos convencionales para 2030” (Tony Seba, 2014).

El fin de la energía nuclear

La energía nuclear es hija de una percepción energética de un mundo de recursos energéticos fósiles escasos y caros en los que los “átomos para la paz”, que nunca han estado totalmente desligados de los átomos para la guerra, proporcionarían un futuro de energía prácticamente ilimitada, segura y barata.

Sin embargo la energía nuclear no ha sido capaz de cumplir estas promesas y no ha podido, por lo tanto, hacer frente a la oposición no solo de sectores antinucleares clásicos sino a nuevos opositores a esta forma de aprovechamiento energético.

No lo ha hecho respecto a la ilimitada disponibilidad del recurso primario representado por el uranio natural ni a la utilización del plutonio residual, que se genera en los reactores convencionales de fisión, en los reactores supergeneradores de plutonio que en principio generarían más combustible (plutonio) del que gastarían. La aventura del reactor Superfénix francés hasta el presente ha sido un fiasco tecnológico y económico y un riesgo inasumible hasta para el propio sector nuclear.

Tampoco lo ha sido respecto a su precio. La energía nuclear de fisión sigue sin internalizar la totalidad de los costes derivados del ciclo nuclear relativos a la disposición segura de los residuos radiactivos de alta actividad (ni hablamos de la desactivación radiactiva definitiva de estos residuos) o a la descontaminación y al desmantelamiento de estas instalaciones.

Pero donde la falta de cumplimiento de las expectativas ha sido clamorosa es en lo relativo a la seguridad, que afecta tanto al riesgo radiactivo, ambiental y de salud pública, como al riesgo económico derivado de la incapacidad del sector de asumir los costes asociados a la eventualidad de tener que hacer frente a los daños producidos por un accidente mayor.

Los tres grandes accidentes nucleares de la historia –Tree Mile Island, Chernóbil y Fukushima– han mostrado que el riesgo de accidente mayor no solo existe sino que su probabilidad de ocurrencia es muchísimo más grande que la calculada por el sector nuclear. El riesgo normalmente se calcula multiplicando la probabilidad de ocurrencia de un suceso por las consecuencias que origina. Un evento de baja probabilidad puede ser de alto riesgo si las consecuencias son devastadoras. Y las catástrofes nucleares señaladas demuestran que sus efectos son devastadores y que el riesgo asociado a un accidente nuclear es del todo punto inaceptable por las graves consecuencias para las poblaciones circundantes en términos ambientales, sociales y de salud pública.

Respecto al impacto económico de un accidente mayor los datos disponibles hablan de cifras inimaginables. Mientras que en Three Mile Island se calculó un coste con un impacto directo de 900 millones de dólares de la época (1979) y en Chernóbil se carece de datos totales más allá de los costes del actual sarcófago, en Fukushima las cifras alcanzan hasta el momento los 170.000 millones de euros (El País Semanal, 1 de mayo de 2016) eso sin contar las futuras indemnizaciones, por cánceres y otros problemas de salud sobrevenidos, ni el desmantelamiento y descontaminación de los seis reactores de la central de Daiichi vulgarmente conocida como Fukushima. Sumando todos estos costes, informes de instituciones independientes como el Japan Center for Economic Research (diciembre 2011) elevan la cifra hasta entre 520 mil millones y 650 mil millones de dólares. A título comparativo simplemente recordar que Iberdrola, propietaria del 50% de la Central Nuclear de Garoña (Burgos) de tecnología similar a las plantas de Fukushima, valía en bolsa 37.685 millones de € al término del primer trimestre de 2016 (Web de Iberdrola).

Es evidente que ninguna empresa, por muy grande que sea, puede hacer frente a estos costes y que al final será el estado japonés quien termine asumiendo la totalidad de la factura. Y ello porque ninguna aseguradora va nunca a asegurar el riesgo asociado a un accidente mayor de una central nuclear. Los intentos de obligar a las operadoras nucleares a asegurar ese riesgo hacen inviable la energía nuclear al multiplicar por entre 20 y 40 veces el coste del kwh producido por cualquiera de las formas convencionales o renovables de generar energía eléctrica. Es claro que la internalización de los costes derivados del aseguramiento de un accidente mayor sacarían del mercado a la energía nuclear. Estamos así frente al típico riesgo moral, ya conocido en la crisis financiera que nos asuela, por el que las empresas explotadoras privatizan los beneficios mientras socializarían las pérdidas originadas en este caso por un grave accidente como los señalados.

Todo ello sin contar con la posibilidad real que se barajó tras la catástrofe de tener que evacuar una megalópolis como Tokio y la imposibilidad material de llevarla a cabo. Como reflexiona en la actualidad Naoto Kan, primer ministro de Japón en el momento del accidente de Fukushima, la pregunta no es si un accidente como aquel podría repetirse, la cuestión es solamente saber cuándo y dónde sucederá (El País Semanal, 1 de mayo de 2016).

Hoy en día se están construyendo nuevas centrales nucleares, salvo excepciones que confirman la regla, en países no democráticos como China. Se hace difícil imaginar un renacer de la industria nuclear en países democráticos con opiniones públicas poderosas como los países de la OCDE. El horizonte más probable, a salvo de saltos tecnológicos que solventasen los problemas históricos de la vigente tecnología nuclear de fisión, parece o el cierre paulatino de las diferentes centrales al finalizar las respectivas licencias de explotación o el cierre anticipado de las mismas por decisión política de los gobiernos como en Alemania, que el 30 de mayo de 2011, ante una opinión pública impactada por la impotencia de un país desarrollado como Japón para hacer frente al desastre de Fukushima Daiichi, anunció el cierre inmediato de 8 de sus 17 centrales para el 6 de agosto de 2011 y el cierre paulatino de las 9 restantes hasta el 31 de diciembre de 2022.

En un mundo con un horizonte energético de fuentes de energía fósiles abundantes y a precios asequibles durante las próximas décadas y de energías renovables inagotables por definición y cada vez más baratas, el último argumento a favor de la energía nuclear se desvanece. La energía nuclear de fisión ya no sería necesaria y carece de sentido asumir unos riesgos tan elevados sin ninguna necesidad.

La transición energética en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAPV)

Pasamos a continuación a presentar algunas características de la estructura energética del País Vasco, de su evolución en los últimos treinta años y de la visión que para el año 2050 plantea la Estrategia Energética de Euskadi 2020, también conocida como 3E2020. El objetivo de este excurso por la energía en el País Vasco no tiene otra finalidad que tratar de ver las características y diferencias entre el viejo y el nuevo modelo energético en el que sería deseable que se desarrollase la presencia de las energías renovables en el futuro.

 

 

 

P74

En los últimos treinta años el mix energético vasco ha pasado de estar protagonizado en 1982 por el carbón (24%) y el petróleo (62%) con nula presencia del gas natural (0%) y una pequeña presencia de renovables (2%), a estar protagonizado en 2010 por el gas natural (42%) que ocupa la primera posición seguido del petróleo (39%) y de las renovables (7%) ocupando el carbón (3%) un hueco residual (ver figura anterior).

El vuelco ha sido espectacular, pasando las energías fósiles más contaminantes y más emisoras de gases de efecto invernadero, el carbón y el petróleo, de representar el 84% del mix energético a representar en términos relativos exactamente la mitad (42%), con la particularidad de que en este camino el uso del petróleo ha quedado prácticamente confinado al sector del transporte (ver figura siguiente) donde reina de manera indiscutible, lo que significa al mismo tiempo que su uso ha sido desterrado del resto de sectores: primario, industrial, edificios (residencial y servicios) y generación de energía eléctrica y que su presencia abrumadora en el sector del transporte empieza a estar amenazada por la emergencia de las motorizaciones alternativas que utilizan combustibles diferentes al gasóleo y la gasolina.

 

 

 

P75

En este contexto adquiere pleno significado la visión a largo plazo de la Estrategia Energética de Euskadi 3E2020 que plantea el objetivo de “petróleo cero para usos energéticos en el año 2050” (ver figura siguiente) como norte al cual orientar las políticas públicas en materia energética en el País Vasco durante las próximas décadas.

En el caso del País Vasco (ver figura siguiente), tanto las exigencias europeas como el conjunto de decisiones energéticas a las que hemos hecho referencia, nos prefiguran una región con un futuro energético a medio plazo, diez o quince años, dominado por tres fuentes de energía primaria –la eficiencia energética, las energías renovables y el gas natural– y dos vectores energéticos –la electricidad y posiblemente el hidrógeno–.

Fuentes de energía primaria

P76 1

Vectores energéticos

Y comienzan a aparecer así las primeras condiciones de contorno del nuevo modelo energético: eficiencia energética y energías renovables con el gas como energía de transición entre el viejo y el nuevo modelo energético, frente al viejo modelo energético basado fundamentalmente en las energías fósiles más contaminantes –carbón y petróleo– y en la energía nuclear de fisión.

Al margen de consideraciones sociopolíticas que no son objeto de este trabajo, el nuevo modelo energético plantea una enmienda a la totalidad al actual status quo energético o al “business as usual” del sector energético con el que históricamente han venido actuando los distintos agentes en el mismo.

Del viejo al nuevo modelo energético

La Tabla 1 posterior recoge una relación comparativa de las diferentes soluciones, actuaciones y propuestas que propugnan y definen el viejo y el nuevo modelo energético en lo relativo tanto a las energías primarias puestas en juego en ambos modelos como a las repercusiones que ambos modelos tienen en la manera como solucionan sus demandas los diferentes sectores económicos consumidores de energía. En cualquier caso, las características especificadas en la tabla para am- bos modelos son propuestas extremas y la realidad se encontraría en algún punto intermedio entre ambos modelos. En la actualidad junto a la primacía abrumadora del viejo modelo energético en nuestras sociedades, existen soluciones y propuestas que son claramente características del nuevo modelo energético y que se manifiestan como realidades embrionarias en algunos casos y no tanto en otras en las que ya estarían plenamente presentes en la realidad energética actual.

 

Tabla 1. Comparativa entre las características del viejo y del nuevo modelo energético

 

SECTOR VIEJO MODELO ENERGÉTICO NUEVO MODELO ENERGÉTICO
Energías primarias principales Carbón Petróleo Gas natural Nuclear Eficiencia energéticaGas natural

Energías renovables

 

Sector Transporte

Petróleo Gas naturalEnergías renovables
ElectricidadHidrógeno

Aire comprimido (?)

Electricidad
 

Sector Edificios

Carbón Petróleo Gas natural Eficiencia energética Energías renovables Gas natural
Electricidad ElectricidadHidrógeno
 

Sector Industrial

Carbón Petróleo Gas natural Eficiencia energética Energías renovables Gas natural
Electricidad ElectricidadHidrógeno
 

 

 

 

 

Sector Eléctrico

Carbón Petróleo NuclearGran hidraúlica Eficiencia energética Energías renovables Gas natural
Generación centralizada 

 

Bombeo

Generación distribuidaAutoconsumo y balance neto (almacenamiento diacrónico en la red eléctrica) Almacenamiento baterías estáticas

Almacenamiento baterías vehículo eléctrico

Almacenamiento de electricidad renovable en forma de hidrógeno

Bombeo

Redes centralizadas Redes inteligentes Redes eléctricas locales Microrredes eléctricas
Gestión de la oferta centralizadaFalsa interrumpibilidad Gestión de la demandaGestión agregada de la demanda (AGREGA DEMANDA/CENTRALES VIRTUALES) Gestión agregada de la oferta distribuida (AGREGA OFERTA)

 

Fuente: Elaboración propia

Empezando por las energías primarias y como ya se ha puesto de manifiesto a lo largo de la presente exposición, mientras que en el viejo modelo la demanda energética se cubre preferentemente con el carbón, el petróleo, el gas natural y la energía nuclear, en el nuevo modelo energético las energías prioritarias son la eficiencia energética, las energías renovables y el gas natural, sin que esto excluya la presencia en ambos modelos extremos de las seis fuentes de energía primaria comentadas anteriormente.

En el sector del transporte, el viejo modelo viene caracterizado por la hegemonía del petróleo a través de sus combustibles derivados que representan más de un noventa por cien de la totalidad de la oferta energética del sector, aunque también se constata la presencia de la electricidad en el transporte por ferrocarril y los biocarburantes añadidos a los combustibles convencionales en el transporte de vehículos por carretera. Esta fortaleza del petróleo en el sector del transporte es la otra cara sin embargo de la débil presencia del petróleo en el resto de sectores –industria, edificios, generación eléctrica– hasta el punto de que podemos afirmar que el uso del petróleo ha sido confinado en la práctica al sector del transporte.

Por el contrario, en el nuevo modelo energético la primacía en el transporte corresponderá al gas natural y a las energías renovables como energías primarias y a vectores energéticos como la electricidad, el hidrógeno y otros posibles vectores energéticos como quizás el aire comprimido. Las consideraciones hechas en el apartado 4 anterior en torno a las motorizaciones alternativas y a los combustibles alternativos definidos en la nueva Directiva de 2014 (la electricidad, el hidrógeno, los biocombustibles, los combustibles sintéticos, el gas natural y el biometano) avalan el escenario de que la hegemonía casi en solitario del petróleo en el sector del transporte está empezando a verse amenazada.

En el sector de los edificios, frente al viejo panorama dominado por el carbón, el petróleo y el gas natural como energías primarias y la electricidad como vector energético, en el nuevo modelo energético la primacía corresponderá a la eficiencia energética, las energías renovables y el gas natural como energías primarias y al hidrógeno que se sumará a la electricidad como nuevo vector energético. De hecho, ya en la actualidad la presencia por ejemplo del petróleo en el sector es prácticamente residual, reducida a obsoletas instalaciones con caldera de gasóleo o a minirredes de gas canalizado alimentadas por propano derivado del petróleo en algunas urbanizaciones o en pequeños núcleos de población más o menos alejados o aislados para los que no es rentable la conexión a los gasoductos de distribución de gas natural. Minirredes que fácilmente podrían reconvertirse a gas natural sin necesidad de grandes inversiones o complejas transformaciones técnicas.

La exigencia de la Directiva 2010/31/UE, relativa a la eficiencia energética de los edificios, de que los nuevos edificios que se construyan a partir del 31 de diciembre de 2020 sean de con- sumo de energía casi nulo, significará un espaldarazo a las técnicas sostenibles de edificación, con especial incidencia en la utilización generalizada de la eficiencia energética como energía primaria preferente.

Además, la también exigencia de que la cantidad casi nula o muy baja de energía requerida por los edificios deba estar cubierta, en muy amplia medida, por energía procedente de fuentes renovables, incluida energía procedente de fuentes renovables producida in situ o en el entorno, supone dar prioridad a que incluso las necesidades energéticas de los nuevos edificios deban ser cubiertas con fuentes de energía renovables y a que además se desarrolle la generación distribuida de electricidad a partir de renovables o la utilización generalizada de energías renovables in situ, tales como la biomasa térmica o la geotermia de baja entalpía.

Todo esto además podrá venir acompañado de la instalación de microrredes inteligentes que potenciarán la generación distribuida de electricidad a partir de energías renovables como la minieólica, la generación eléctrica fotovoltaica para autoconsumo preferentemente con balance neto o las instalaciones de microcogeneración con combustibles alternativos como el hidrógeno.

La situación en el sector industrial es muy similar a la del sector de los edificios. Condenado el petróleo ya en este momento a jugar un papel residual en la satisfacción de las necesidades energéticas del sector, el viejo modelo basado en la utilización del carbón, el petróleo y el gas natural como energías primarias y la electricidad como vector energético, lleva años siendo sustituido por la eficiencia energética y el gas natural a todos lo niveles y por la biomasa térmica y la utilización de otras fuentes de energía renovable que irán cobrando mayor protagonismo en el escenario energético del futuro. Asímismo, no es descartable la irrupción del hidrógeno como vector energé- tico acompañando a la electricidad en algunas instalaciones industriales. La presencia masiva de técnicas de ahorro energético, de contadores y redes inteligentes y de participación creciente de la industria en mecanismos de gestión de la demanda eléctrica, la analizamos más adelante al abordar las repercusiones del nuevo modelo energético en el sector eléctrico.

Finalmente, dónde la irrupción del nuevo modelo también va a significar cambios radicales y muy profundos va a ser en el sector eléctrico y en la forma en que las utilities del sector han venido satisfaciendo la demanda de energía eléctrica de los distintos tipos de consumidores, así como en el modelo de negocio con el que llevan trabajando las operadoras del sector prácticamente desde su fundación. Básicamente el viejo modelo energético se basa en la generación centralizada de electricidad en grandes plantas o centrales alimentadas por carbón, petróleo, nuclear y gran hidráulica, y su distribución y comercialización, cautiva y regulada, en grandes regiones energéticas en las que el operador suministraba electricidad en régimen de monopolio.

El panorama empezó a cambiar con la aprobación en 1997 de la ley de liberalización del sector eléctrico y aunque el proceso no ha sido perfecto desde el punto de vista de la creación de un mercado eficiente en la asignación de recursos y en la formación de precios, sí es cierto que la nueva ley supuso cambios importantes en el modus operandi de las compañías eléctricas.

De hecho frente a quienes opinan que el proceso liberalizador ha fracasado en lo que debía haber sido su objetivo de suministrar energía eléctrica en cantidad, calidad y precio adecuados y que por tanto hay que olvidarse de los mecanismos de mercado y volver a un proceso de monopolios intervenidos con formación burocrática de precios, considero que el nuevo modelo energético de lo que necesita es de más mercado para propiciar más competencia y por tanto una mejora en los precios satisfechos por los consumidores por la energía consumida y más y mejor regulación de ese mercado para suprimir barreras de entrada y permitir la irrupción de nuevos entrantes en la generación de electricidad fundamentalmente con renovables (cooperativas de producción, iniciativas locales de generación, etc…), de nuevos comercializadores más eficientes, de nuevos consumido- res con conciencia ambiental (cooperativas de consumo de energía verde), de nuevos prosumidores (productores-consumidores) de producción distribuida de electricidad con autoconsumo y balance neto y de nuevos consumidores más empoderados, a través de la información proporcionada por los nuevos contadores inteligentes, que puedan intervenir de manera activa en la gestión de su demanda eléctrica.

En el extremo, el nuevo modelo energético estará más basado en la utilización de eficiencia energética, energías renovables y gas natural como fuentes de energía prioritarias y en un modelo en el que la red eléctrica convencional funcione en gran medida como infraestructura de respaldo en el que cobren mayor protagonismo la generación distribuida de electricidad a partir fundamentalmente de fuentes renovables y la generación de electricidad fotovoltaica con autoconsumo y balance neto. En cuanto al almacenamiento de energía eléctrica como mecanismo de regulación de la oferta de energía eléctrica, junto al almacenamiento clásico mediante centrales de bombeo propio del viejo modelo, en el nuevo modelo cobrarán cada vez más protagonismo el almacenamiento de energía en baterías eléctricas estáticas, la utilización de las baterías de los vehículos eléctricos como almacenamiento distribuido de energía eléctrica o el almacenamiento de excedentes de energía renovable en forma de hidrógeno u otros vectores energéticos que permitan un almacenamiento de energía eléctrica de forma barata, segura y ambientalmente aceptable.

En este sentido es de especial interés lo que vaya a suceder con la generación de electricidad fotovoltaica con autoconsumo y balance neto. La nueva regulación aprobada el 9 de octubre de

2015 mediante el RD 900/2015, conocido como real decreto de autoconsumo, es farragosa y no termina de resolver esta cuestión ya que no permite el balance neto para el autoconsumidor Tipo

1 correspondiente a las pequeñas instalaciones residenciales (los excedentes de generación que no se consuman instantáneamente y se viertan a la red eléctrica no serán remunerados) y penaliza además la energía producida y autoconsumida con el denominado peaje de respaldo.

Ante la situación creada por la prohibición del balance neto a los pequeños autoconsumidores y la implantación de peajes de respaldo arbitrarios y disuasorios hay sectores que proponen impulsar un modelo basado en la producción y consumo en isla, apoyado en el almacenamiento en baterías de los excedentes horarios que se produzcan con el adecuado diseño y dimensionamiento de las instalaciones. La complejidad de manejo de este sistema, añadido a los cuantiosos costes de inver- sión en el momento actual y la previsible pérdida de calidad de suministro, hacen poco aconsejable una adopción masiva de esta alternativa.

Por el contrario, la utilización de la red eléctrica como infraestructura de “almacenamiento diacrónico” o “almacenamiento virtual” de los excedentes de energía eléctrica que produzca la instalación fotovoltaica, con balance neto entre la energía entregada a la red en las horas pico de generación y la consumida en horas de alto consumo y nula producción, es la solución técnicamente más razonable y la que debiera ser desarrollada por una nueva regulación que tenga en cuenta la importancia que desde el punto de vista energético, industrial y de impulso a la actividad económica y a la generación de empleo tendría un desarrollo de esta forma de generación eléctrica distribuida.

Quedaría la cuestión de la nueva figura del peaje de respaldo, sobre la que cabe hacer algunas consideraciones.

Realmente, cuando volcamos energía a la red, esta no se almacena sino que se consume instantáneamente. Lo que ocurre es que al realizar, en un periodo de tiempo determinado, un balance entre la energía entregada y la consumida de la red, la red eléctrica se comporta en la práctica como un almacén de energía en el que depositamos nuestros excedentes y los consumimos en otro momento distinto en función de nuestras necesidades y de nuestra demanda, aunque físicamente, en cada instante, la energía eléctrica producida y entregada a la red y la energía eléctrica consumida son iguales, es decir la oferta y la demanda de energía eléctrica están perfectamente equilibradas y la red físicamente no almacena nada. Y sin embargo el efecto práctico de utilizar la red eléctrica como receptora de los excedentes producidos y no consumidos por una instalación de generación fotovoltaica distribuida y de consumir posteriormente la energía que se necesite y realizar un balance entre la energía entregada y la consumida, es el equivalente a que la red trabaje como un almacén de la energía excedentaria volcada la red. Y todas las operaciones de almacenamiento en cualquier sector o actividad cuestan dinero. La cuestión es saber cuál es ese coste razonable que debieran satisfacer todos los usuarios de la red eléctrica.

La implantación del denominado peaje de respaldo calculado de forma arbitraria ha solivianta- do a potenciales usuarios y al sector de la electricidad fotovoltaica. Y la única solución para des- atascar una situación enfrentada y enconada es objetivar el coste de los servicios proporcionados por la red.

Al margen de la consideración que merezcan los distintos conceptos que hoy en día se encuentran incluidos en la conocida como “tarifa de acceso a la red”, que pueden y deben ser debatidos y que en un futuro alguno o algunos de ellos puedan ser objeto de financiación extratarifaria, estos costes se encuentran perfectamente cuantificados. Y parece claro que deben ser los usuarios del sistema eléctrico quienes paguen estos costes por los servicios que este les presta, tanto de redes como de generación firme que tiene que regular. Estos costes están relacionados con la potencia contratada, con el uso que de la misma se realice por parte del correspondiente usuario y en el futuro, si se aprueba el balance neto, con el coste del servicio de almacenamiento diacrónico en la red de la energía almacenada en el régimen de balance neto. Por lo tanto los costes de la deno- minada tarifa de acceso a la red deberían ser proporcionales a la potencia contratada, al uso que de dicha potencia se realice y a la utilización de la red, en su caso, como almacén de la energía excedentaria en el régimen de balance neto.

Y los tres términos tienen la ventaja de ser términos calculables mediante criterios objetivos.

En el caso de la “potencia contratada” está claro, el pago por este concepto debe ser proporcional a la misma. Y su significado físico también lo está. La contratación de un determinado nivel de potencia demandada determina la necesidad de proveer de manera estadística tanto un determinado nivel de generación firme como de redes de transmisión de electricidad que sean capaces de atender a esa demanda en el momento en que el usuario del sistema lo requiera.

En el caso del uso que el consumidor realice de esa potencia, el mismo se puede medir a través de lo que denominamos “coeficiente de utilización de la potencia contratada” que es el cociente entre la energía realmente consumida y la energía total que el usuario podría haber consumido con la potencia contratada en un determinado periodo de tiempo que puede ser por ejemplo el periodo de facturación. Su significado físico también está claro. Representa el grado de utilización que el usuario realiza del sistema eléctrico en su conjunto. Si el coeficiente es alto indica una utilización eficiente de las infraestructuras de red y del parque de generación y el usuario debería pagar menos por este concepto mientras que si el coeficiente es bajo indica una utilización poco eficiente de las infraestructuras de red y del parque de generación que deberían de permanecer más tiempo ociosas en espera y el usuario debería de pagar más por este concepto. Es decir el pago asociado al coeficiente de utilización de la potencia contratada debería ser inversamente proporcional a su magnitud.

Finalmente el término correspondiente al almacenamiento diacrónico en la red de la energía vertida en el régimen de balance neto lo denominamos “servicio de almacenamiento en la red” y requeriría de un desarrollo específico más complejo, pero en todo caso también perfectamente objetivable.

El desarrollo de esta nueva propuesta de asignación objetiva de los costes de la parte fija de la factura de la electricidad deberá observar unos principios que por obvios deberían ser aceptados por todas las partes concernidas. Así, se debería partir de la consideración de que la energía generada y autoconsumida instantáneamente es a todos los efectos ahorro energético, similar a lo que pudiera representar la sustitución de lámparas convencionales por lámparas de bajo consumo, y sería por tanto una energía ahorrada al sistema o no consumida del sistema por lo que no debería ser objeto de ningún cargo.

Para el resto de la energía generada de manera distribuida en la instalación fotovoltaica y almacenada en la red, se pagaría por el servicio de almacenamiento diacrónico en la misma según el término “servicio de almacenamiento en la red” descrito anteriormente. Habría que tener presente que la cuantía de este término debería tener como objetivo favorecer y no obstaculizar el balance neto por una parte y por otra conseguir que el almacenamiento en la red fuese competitivo con el coste del almacenamiento en baterías de respaldo de una instalación fotovoltaica funcionando en isla. La red proporciona un servicio de mayor calidad de onda, de mayor control del voltaje y fiabilidad del suministro eléctrico, de mayor capacidad de hacer frente a transitorios de arranque de grandes máquinas y electrodomésticos, que las baterías y debería por supuesto proporcionar esos servicios de manera mucho más barata que un almacenamiento electroquímico funcionando en isla. Estos son los límites en los que se debería de mover el cálculo de los servicios de almacenamiento de la energía excedentaria en el régimen de balance neto, proporcionados por la red.

Respecto a la red eléctrica, el viejo modelo energético desarrolla una estructura de transporte y distribución adaptada a una generación eléctrica centralizada mientras que el nuevo complementa esa estructura con la instalación de microrredes eléctricas y redes locales eléctricas y la introducción generalizada de la información en la red en lo que se denomina redes inteligentes. Además mientras que la red del viejo modelo es prácticamente de flujo unidireccional de la energía, las redes del nuevo modelo combinan bidireccionalidad en los flujos de energía con información gestionando la totalidad de la oferta, la demanda, el transporte y la distribución de energía eléctrica.

Finalmente, las características físicas de la corriente eléctrica obligan a casar oferta y demanda de manera instantánea, en cada momento. Pero mientras el viejo modelo lo hace gestionando únicamente la oferta –con un complemento de falsa interrumpibilidad, que no ha sido corregido en este aspecto por la reforma de adjudicación mediante subasta, que ha sido históricamente más un mecanismo de subvención encubierta de la factura eléctrica de los grandes consumidores de electricidad que un mecanismo de gestión de la demanda–, el nuevo modelo energético apuesta por una gestión efectiva de la demanda, tanto de los pequeños consumidores a través de los contadores inteligentes como de las pequeñas y medianas empresas industriales que pueden estar interesadas, con los incentivos económicos adecuados, en participar en mecanismos avanzados de gestión de la demanda.

A este respecto es interesante comentar el proyecto piloto de gestión de la demanda que se llevó a cabo la pasada legislatura (2009-2012) en el País Vasco impulsado por la Viceconsejería de Industria y Energía, con participación del Ente Vasco de la Energía (EVE), Red Eléctrica de España (REE), un grupo de industrias medianas consumidoras de electricidad y una consultora de referencia que diseñó las bases del proyecto. El Proyecto al que se denominó “AGREGA DEMANDA” verificó la viabilidad técnica de proceder a desconectar potencia de las empresas consumidoras en bloques de 1 Megavatio (Mw) en aquellos momentos en que el operador del sistema considerase que la posibilidad de equilibrar el incremento de demanda en el nudo de la red al que estaban conecta- das las empresas se podía llevar a cabo, en inmejorables condiciones técnicas, no aumentando la oferta de energía en ese nudo, sino disminuyendo la demanda en el mismo. Se configura así una auténtica política de gestión de la demanda, en la que oferta y la demanda se equilibran en el nudo de red en cuestión aumentando potencia (megavatios) o disminuyendo potencia (negavatios) y apareciendo de hecho unas nuevas infraestructuras que serían los bloques de 1 Mw de potencia dispuestos a ser desconectados de la red a demanda del operador del sistema. Estos bloques agregados en el nudo correspondiente se comportan como una “central negativa o virtual” con potencia flexible a ser desconectada que oferta “negavatios” al sistema, “potencia negativa” que obviamente debe ser convenientemente retribuida.

De manera similar, en el nuevo modelo energético se puede gestionar la oferta de energía generada por potencia instalada de manera distribuida procedente fundamentalmente de fuentes de energía renovable a través de mecanismos de gestión agregada de la oferta. Hace ya algunos años que se han realizado experiencias piloto en regiones alemanas creando lo que denominamos nudos “AGREGA OFERTA”. El esquema consiste en dar a la producción de energía eléctrica descentralizada y a pequeña escala (minihidraúlica, miniparques eólicos, pequeña y mediana cogeneración con gas natural o biomasa, parques fotovoltaicos, pilas de combustible de hidrógeno, calderas de biomasa, etc.) la oportunidad de competir con las grandes utilities, a base de agrupar pequeña generación eléctrica descentralizada y ofertarla de forma agregada en un nudo acordado con el gestor de la red.

El futuro permite pues mucha más flexibilidad tanto en la generación como en el transporte, la distribución y la gestión conjunta de la oferta y la demanda no solo de grandes generadores sino de medianos y hasta de pequeños productores y consumidores.

Átomos contra voltios y bits. Disrupción energética

De las seis fuentes de energía primaria existentes y que se analizaban en el apartado 2 de este trabajo, cuatro están relacionadas con los átomos y dos lo están con los voltios y los bits de información.

En efecto, cuando hablamos de carbón, petróleo, gas natural o uranio, estamos hablando de átomos. Estos recursos energéticos se encuentran en la naturaleza y el proceso para su aprovecha- miento requiere de su extracción, transporte y transformación y finalmente su aprovechamiento en máquinas e instalaciones apropiadas. Y como los átomos son materia, pesan y además reaccionan con otros átomos. Y el manejo de cargas, su logística y su transporte, es una actividad que tiene un coste y en muchos casos no barato. A esto hay que añadirle que a menudo estos átomos corresponden a sustancias sucias o peligrosas cuyo dispersión tras un accidente puede provocar daños en el medio ambiente y entre la población. Un manejo responsable de estos combustibles puede reducir los riesgos pero nunca suprimirlos.

Por el contrario las energías renovables son manifestaciones diversas de la energía solar, radiación solar, que llega a la Tierra y que con carácter general se aprovecha in situ transformándola en energía eléctrica, a excepción de la biomasa de todos los tipos que también son átomos y que su aprovechamiento es similar al de los combustibles fósiles y nuclear. Y la corriente eléctrica no pesa porque lo que se desplaza a velocidad de la luz no son los electrones sino la excitación de los mismos, una perturbación que se mide en voltios y en amperios que son manifestaciones de esa perturbación y que no pesan.

Finalmente la sexta fuente de energía primaria, la eficiencia energética, es por definición una no energía y una no materia, una fuente virtual de energía, una energía que no se consume, un ahorro de energía que permite obtener los mismos efectos físicos y realizar el mismo trabajo útil sin necesidad de utilizar átomos o radiación solar, sin necesidad de “gastar” energía primaria. Y por definición la no materia no pesa, porque la eficiencia energética a todos los efectos son bits de información.

Y el futuro de la energía va a ser una competición entre las energías primarias que pesan –carbón, petróleo, gas natural y uranio u otros combustibles nucleares– y las que no pesan –renovables y eficiencia energética– en alianza con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC´s), que son bits por definición. En estos términos plantea al menos Silicon Valley la batalla por el futuro energético del planeta con consecuencias más allá del sector de la energía. Voltios y bits contra átomos. Y los inversores del mundo digital –Apple, Google, Microsoft, Amazon, etc.– y del vehículo eléctrico –Tesla– tienen claro quien va a ser el ganador.

En un libro esclarecedor, Tony Seba explica por qué ante lo que estamos no es ante una transición energética sino ante una disrupción tecnológica y expone los datos y las razones por las que Silicon Valley considera que la combinación de energía solar fotovoltaica, almacenamiento de energía eléctrica en baterías, vehículo eléctrico, vehículos de conducción autónoma y movilidad compartida (shared mobility) representa un disrupción tecnológica que “hará obsoletos al petróleo, gas natural, carbón, energía nuclear, empresas eléctricas y vehículos convencionales para 2030” (Clean Disruption of Energy and Transportation, 2014), provocando una revolución no solo en los objetos del negocio energético y del transporte sino en los propios modelos de negocio de estos y otros sectores.

Se parte de la consideración de que los paneles solares fotovoltaicos son 153 veces más baratos (2013) de lo que eran en 1970 (los precios bajaron desde 100 $/wp  hasta 0,65 $/wp), mientras que el petróleo es 35 veces más costoso (los precios subieron desde 3,18 $/barril hasta los 110 $/barril). Si combinamos estas cifras comprobaremos que los paneles solares fotovoltaicos han mejorado su relación de costos 5.355 veces con relación al petróleo entre 1970 y 2013. Hoy el petróleo ha bajado y se mueve en el entorno de los 50 $/barril y por tanto esa relación ha disminuido, pero los paneles fotovoltaicos han continuado también bajando de precio. Su precio hasta el presente ha variado de acuerdo con la Ley de Swanson, una ley empírica equivalente a la ley de Moore para la microelectrónica, que observa que el precio de los paneles solares fotovoltaicos cae un 20%, si la producción mundial de paneles duplica sus ventas.

De acuerdo con este análisis, que los inversores de Silicon Valley consideran que se va a mantener en el futuro, mientras que el coste las energías convencionales va a permanecer, en el mejor de los casos, estabilizado en el futuro, los costes de la electricidad solar no van a dejar de descender, llegando en un plazo no muy largo de tiempo a que el kilovatio-hora solar sea más competitivo que el producido a partir de todas las energías convencionales: carbón, petróleo, gas natural y nuclear.

Por otra parte el vehículo eléctrico no va a dejar de abaratar costes y aumentar sus prestaciones en los próximos años y el vehículo de conducción autónoma va a estar plenamente operativo y disponible a precios competitivos para el año 2020 según las estimaciones realizadas por las empresas que más están invirtiendo en su desarrollo.

¿Y que es lo que los hace constituir una amenaza para la industria energética y de automoción?. Pues que los vehículos eléctricos y autónomos son computadoras con ruedas que van a tener su propia ley de crecimiento exponencial similar a la ley de Swanson para los paneles fotovoltaicos.

Y como bien demuestra la experiencia de la fotografía digital que también tiene su propia ley de crecimiento exponencial –según la Ley de Hendy el número de pixeles por dólar se duplica cada 18 meses– un negocio con rendimientos decrecientes o estancados no puede competir contra otro que hace lo mismo pero cuya eficiencia, costes o prestaciones sigue una ley de crecimiento o decrecimiento exponencial. Simplemente está muerto aunque todavía no se haya dado cuenta.

El crecimiento exponencial es el motor de la evolución de la industria solar fotovoltaica y de las del vehículo eléctrico y autónomo. Su penetración actual en el mercado es muy baja, menos del 1% de los mercados respectivos y en el caso del vehículo autónomo el 0%. Sin embargo solo hacen falta siete duplicaciones para copar el 100% del mercado. En Estados Unidos, ambas industrias vie- nen duplicando su volumen cada dos años aproximadamente por lo que de seguir ese ritmo habrán copado el 100% del mercado en menos de 14 años. De ahí la fecha de 2030 que manejan las empresas que están invirtiendo en ambas industrias como fecha para el cambio total de paradigma energético y de movilidad.

Es bien cierto que todas estas estimaciones pueden tener algo de cuento de la lechera y que la resistencia que van a ofrecer las empresas energéticas, en mercados muy regulados en los que históricamente han demostrado una notable capacidad de influencia sobre los reguladores, va a ser ciclópea. Pero no es menos cierto que el precedente histórico de Kodak por ejemplo avala esta visión disruptiva del futuro.

Menos capacidad de condicionar las dinámicas del mercado tiene la industria automovilística. Poco a poco todas las compañías se vienen sumando al mercado de los vehículos eléctricos puros pero no es menos cierto que quien está genéticamente mejor preparada para liderar el cambio disruptivo es la compañía californiana Tesla, fabricante de vehículos eléctricos.

Pero donde la ruptura puede ser explosiva va a ser con la interacción de tres fuerzas disruptivas en la denominada movilidad compartida (shared mobility): el vehículo eléctrico, autónomo y compartido. El vehículo eléctrico y autónomo es una auténtica computadora con ruedas que se conduce sola (disminuye casi a cero los riesgos de accidente y compromete el negocio de los seguros), se dirige sola al punto demandado por el cliente, le lleva a donde este le ordene (amenaza de desaparición de las autoescuelas porque ya no será necesario saber conducir), retorna sola a su base o a recoger a otro cliente y se carga sola (con electricidad, amenazando así de un día para otro a la industria del petróleo y del resto de combustibles fósiles). Una computadora con ruedas de bajo mantenimiento y en todo caso diferente mantenimiento (amenaza para los talleres de reparación del automóvil), un vehículo con nuevos componentes y sistemas en el que una parte importante de los componentes tradicionales va a desaparecer (amenaza y por supuesto también oportunidad para la industria auxiliar del automóvil) y en definitiva un nuevo dispositivo revolucionario que va a suponer al automóvil convencional lo que el vehículo a motor de gasolina supuso para el coche de caballos.

Un artefacto para la movilidad que va a revolucionar el modelo de negocio de la movilidad futura. Ya no será necesario tener un automóvil en propiedad, que en la mayoría de los casos se utiliza menos del 4% del tiempo (1 hora de media al día), ya que lo que se demandará será un ser- vicio de movilidad cuando se necesite (a la hora demandada tendremos al artefacto esperándonos a la puerta de casa). Y la combinación de esta movilidad compartida (shared mobility) en áreas urbanas o metropolitanas con el transporte urbano o interurbano electrificado en su mayoría (auto- bús, tranvía, tren de cercanías,…) y con el transporte intercity de calidad y en gran parte eléctrico (AVE, avión,…), hará innecesaria la compra de un automóvil para uso privativo en un porcentaje muy elevado de usuarios. A nadie se le escapa el impacto que esta nueva manera de organizar la movilidad puede tener en la industria del automóvil hasta el punto de poner en riesgo su propia existencia dado que la futura demanda de vehículos puede caer a cifras inimaginables.

Dos consideraciones adicionales. La primera que en la medida en que un escenario disruptivo como el descrito se convirtiese en realidad el desimpacto ambiental que se produciría sería de tal magnitud que el incremento de sostenibilidad inducido sería de varios órdenes de magnitud (disminución significativa del consumo final de energía, disminución exponencial de las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero, fin de la era del petróleo por el desplazamiento del petróleo y los otros combustibles fósiles para usos energéticos, abandono de la energía nuclear por innecesaria y riesgo elevado, disminución radical del consumo de metales, materias primas y otros recursos como consecuencia de la disminución del número de vehículos fabricados anualmente,…).

La segunda que teniendo en cuenta que todas las energías renovables no dejan de ser sino diferentes manifestaciones energéticas de la energía solar, podríamos encontrarnos ante una reformulación de la vieja ambición nuclear, concretada en el eslogan “todo eléctrico, todo nuclear” de los años 60 y 70 del pasado siglo, en un nuevo paradigma, “todo eléctrico, todo solar”, de un futuro no tan lejano.

Utopía, ficción o cuento de la lechera, el tiempo lo dirá. Es evidente que incluso de funcionar este cambio de paradigma las cosas a nivel mundial irían probablemente a un ritmo más lento, pero si funciona las consecuencias descritas serán inexorables.

Para terminar solo unos pocos datos. Según un reciente informe de Morgan Stanley sobre la inversión en I+D en Apple, el gigante de Cupertino ha gastado más en investigación y desarrollo del vehículo autónomo y servicios relacionados en los últimos tres años (2013-2015) de lo que invirtió en su día en el desarrollo del iPhone, del iPad y del Apple Watch juntos. Y eso que todavía no tiene ningún producto que mostrar fruto de sus esfuerzos.

Más sorprendente todavía, según el informe de Morgan Stanley, es que los casi 5.000 millones de dólares que Apple lleva invertidos superan en 20 veces los esfuerzos de los 14 principales fabricantes de automóviles y en 10 veces los esfuerzos inversores de Tesla en este campo. Las cifras aportadas en otros informes (Proven Paths to Innovation Success, PwC, 2014) difieren de estas, pero sean las que sean está claro que hablamos en todo caso de cifras astronómicas y por parte de muchos actores.

¿Cuál es el premio de esta carrera por la innovación en esta disrupción tecnológica de la movilidad compartida?. De acuerdo con el mismo informe de Morgan Stanley un mercado de 2,6 billones (europeos) de dólares en 2030 de los que Apple espera lograr una cuota del 16% similar a la que ahora tienen sus productos en el mercado de aparatos informáticos y TIC´s. Es decir alrededor de 400.000 millones de dólares que superan con creces los 234.000 millones de dólares que Apple ingresó en el año fiscal 2015 con sus actuales productos y servicios.

Está claro que una vez más va a ser seguramente el imperativo económico quien termine determinando el futuro y echando de paso una mano al imperativo ambiental y al imperativo moral para conseguir el cumplimiento de los Acuerdos de París con relación al cambio climático y lograr así un mundo más sostenible.

Conclusiones

El cambio de paradigma que está llamando a la puerta con el nuevo modelo energético es revolucionario.

En el sector eléctrico todos los elementos tecnológicos (la cacharrería y el manejo de la información, el hardware y el software) que permiten técnicamente el desarrollo del nuevo modelo están ya en el mercado. Falta la voluntad política de impulsarlo. Y en todo caso, bastaría con no obstaculizarlo para que se desarrollase de manera acelerada. Los operadores tradicionales lo saben y quizás estén tratando de retrasarlo y alguno quien sabe si de abortarlo. Se equivocan. Deberían estudiar la manera de adaptar su modelo de negocio a la nueva realidad que está naciendo, no vaya a ser que les pase como a algún otro gigante, en este caso de la fotografía. Las circunstancias no son las mismas, pero las analogías entre lo ocurrido con la fotografía digital por un lado y con el nuevo modelo energético por otro les deberían invitar a la reflexión.

Y los Gobiernos deberían coadyuvar a que el nuevo tiempo se hiciese presente en el sistema eléctrico nacional, de manera ordenada y regulada. Hasta ahora el actual Gobierno surgido de las elecciones generales de 2012 se ha dedicado a legislar para acabar con el déficit de tarifa como si el futuro del sistema eléctrico fuese única y exclusivamente el de solventar un problema financiero. Y se ha conseguido embridar el déficit eléctrico pero sin atender a objetivo alguno de política energética. La resultante ha sido un sistema eléctrico complejo, abigarrado y con resultados contrarios a cualquier planteamiento racional que prime el ahorro, la eficiencia energética, la generación distribuida y las fuentes de energía renovables. Un sistema eléctrico en el que los consumidores más débiles y los inversores independientes en renovables han resultado no solo perjudicados sino perdedores frente a las grandes utilities del sector. La irritación que la nueva regulación del denominado autoconsumo ha producido no debería dar lugar a una reacción de signo contrario que termine generando nuevos destrozos. La generación distribuida fotovoltaica con autoconsumo y balance neto debe ser favorecida por la regulación y la red eléctrica debe utilizarse como almacenamiento diacrónico de los excedentes de energía de la energía eléctrica generada por estas instalaciones fotovoltaicas distribuidas. Y como todo servicio de almacenamiento también el ofrecido por la red eléctrica tiene un coste y debe ser sufragado por todos los actores que lo utilizan. Pero los costes deben ser calculados y asignados a cada usuario de manera objetiva y deben ser proporcionales al uso que se haga de la totalidad del sistema eléctrico a través de la red.

Con relación al petróleo, su uso energético en los países desarrollados se halla confinado en el sector del transporte en donde reina de manera indiscutible. Pero esta fortaleza es también su gran debilidad. Bastaría una alternativa viable, más limpia y más barata para que la inexpugnable fortaleza de los combustibles derivados del petróleo en el sector del transporte se derrumbase como un castillo de naipes. Y esa alternativa está llamando a la puerta en forma de movilidad compartida (shared mobility) resultante de la conjunción de tres fuerzas arrolladoras: el vehículo eléctrico, autó- nomo y compartido. Esta disrupción tecnológica podría acabar con la hegemonía del petróleo en el transporte en un periodo no superior a dos décadas, lo que conllevaría el fin de la era del petróleo. La apuesta de los gigantes de las TIC´s de Silicon Valley así lo ha decidido y la batalla promete resultar apasionante. En todo caso es una batalla en la que, de resultar vencedoras las fuerzas del cambio disruptivo, la mejora del medio ambiente global y de la sostenibilidad del planeta se va a ver extraordinariamente favorecida.



Post a new comment