NO ES LA DEMOGRAFÍA

febrero 2, 2017
demografia

JUAN ANTONIO FERNÁNDEZ CORDÓN

La demografía ha sido tradicionalmente utilizada como vehículo de miedos sobre el futuro. Primero, los agoreros advirtieron contra el exceso de población, comparando su crecimiento a la explosión de una bomba. Hoy, sin embargo, todos los países del mundo han iniciado una transición demográfica que, a medio y largo plazo, reduce considerablemente el crecimiento de la población mundial, como lo ponen de manifiesto las últimas proyecciones demográficas de Naciones Unidas. Pero ahora, cuando desaparece el miedo al desbordamiento, surge el temor a la decadencia. Nos quieren convencer de que el futuro va a encoger y, en particular, de que, porque habrá más viejos y menos jóvenes, mañana viviremos peor. La demografía se ha convertido en una de las principales justificaciones de las políticas regresivas que favorecen el enriquecimiento de los más ricos a costa de una mayor desigualdad, mediante el debilitamiento y posible destrucción de los sistemas públicos de protección social. Domina hoy la idea de que el envejecimiento de la población es una especie de catástrofe natural que obliga a tomar medidas para que no se lo lleve todo por delante. De manera que, por ejemplo, “garantizar las pensiones futuras” se ha convertido en sinónimo de “recortar las pensiones”. Esta perversión del lenguaje da buena cuenta del éxito de unos planteamientos que, a falta de un discurso alternativo, la izquierda sindical y política tiende a adoptar, quedando atrapada en una lógica que, como mucho, conduce a intentar suavizar unos recortes considerados inevitables, cuando no a impulsarlos. No hay duda de que los cambios demográficos han sido de gran calado y no se trata de negar sus efectos. Vivimos más años, en promedio casi cincuenta años más que en 1900. Las familias tienen menos hijos, sobre todo porque ya casi ninguno muere en la infancia y se ha producido una reorientación de la movilidad geográfica de las personas, de la que España se ha beneficiado como tierra de acogida de inmigrantes. Pero estos cambios no pueden ser aislados del conjunto de transformaciones económicas y sociales que los países desarrollados han experimentado. El futuro es, en buena parte, la culminación de un largo proceso que ha contribuido a prepararnos para afrontar sus propias consecuencias. Es cierto que los cambios demográficos exigen medi- das de adaptación, pero es absolutamente rechazable el automatismo entre los cambios que se avecinan y la necesidad de limitar la protección social de los dependientes. La solidaridad entre generaciones sigue siendo la condición de la continuidad social, aunque sus formas hayan evolucionado con el tiempo. De la familia, más o menos extensa, como forma dominante, hemos pasado a un sistema más complejo en el que intervienen también el estado y, en menor medida, el mercado. Sin embargo, el  análisis económico dominante y la práctica capitalista, ignoran ampliamente las exigencias de sostenibilidad del sistema. Los costes que aseguran la continuidad, tanto de la reproducción de las personas y de las estructuras sociales como de nuestro entorno físico y nuestros recursos naturales, no suelen ser tenidos en cuenta, o no suficientemente.

La muy extendida creencia de que nuestro sistema social está amenazado por la evolución demográfica, se basa en proyecciones de la población a cuarenta o cincuenta años vista, que desvelan un creciente envejecimiento demográfico. El aumento del número de personas mayores de 65 años y de su peso en la población total se presenta como la nueva “bomba demográfica”, dotada del potencial de acabar con los sistemas de protección social, la Sanidad y, en general, casi todos los servicios públicos.

Este diagnóstico, de apariencia simple, ha calado en la opinión pública y justifica muchos de los recortes del gasto público, sin que se considere necesario analizar y explicar con detalle los efectos concretos de los cambios en la estructura por edades.

Las adaptaciones son necesarias. No se trata de negar los cambios demográficos y su importan- cia. Por el contrario, si hay algo que merece ser destacado en la evolución social de España en las

últimas décadas, es el cambio demográfico, no porque se trate de una singularidad sino, al revés, por su generalidad, lo profundo de sus raíces y la amplitud de sus consecuencias. Algunos de sus aspectos más visibles, cómo la baja fecundidad o el envejecimiento de la población, son conocidos y son objeto de atención social y política, pero escapa a la percepción pública hasta qué punto los cambios demográficos están imbricados en el proceso de modernización y en particular como están ligados a la profunda transformación que ha experimentado una institución tan esencial como la familia y al enorme cambio en el papel social de las mujeres. Sólo tomando el envejecimiento de la población como una dimensión más de este proceso de cambios que han traído la modernidad y la prosperidad, seremos capaces de poner en marcha las políticas que exige la adaptación de nuestra sociedad a un nuevo modelo reproductivo, eficiente y liberador. Situar el cambio demográfi- co en un contexto más amplio ayuda a definir reformas que no refuercen las desigualdades, porque estas terminarían afectando en profundidad a la cohesión social.

De las proyecciones demográficas

Las proyecciones demográficas cuantifican supuestos de evolución futura de los componentes de la dinámica poblacional, mortalidad, fecundidad y movimientos migratorios, como paso previo a la estimación de las poblaciones futuras, desglosadas generalmente por sexo y edad. Sirven, entre otras cosas, para tomar medidas que tienen efectos inmediatos, muy negativos para ciertas categorías de población, sobre la base de lo que ocurrirá en los próximos cincuenta años. ¿Ofrecen estas proyecciones una base suficientemente robusta y coherente? Examinamos en las páginas siguientes resultados recientes que aconsejan, en nuestra opinión, la mayor prudencia. Por otra parte, los dos principales, y prácticamente únicos, indicadores utilizados para evaluar el envejecimiento y la carga futura de la dependencia son el porcentaje de personas mayores en la población y la llamada ratio de dependencia, que resulta de dividir el número de personas mayores (65 años o más) por el número de personas en edad de trabajar (el grupo de 15-64 años). Se trata de indicadores exclusivamente demográficos, y hay que preguntarse si son los más adecuados para medir la evo- lución de la carga de la dependencia, que también se verá afectada por la evolución del empleo y otros factores. Anticipar la evolución de los indicadores exige, en todo caso, como paso previo, elaborar proyecciones de población y puede demandar, para algunos de ellos, proyecciones de la evolución futura del mercado de trabajo.

Proyectar la población consiste en combinar proyecciones, generalmente independientes, de los tres componentes de la dinámica demográfica: la fecundidad, la mortalidad y las migracio- nes. En la práctica se obtienen para cada año del periodo de proyección tasas específicas por sexo y edad para los componentes, salvo la inmigración, en la que se estiman números absolutos de inmigrantes. Estos parámetros se aplican de forma iterativa a una población desglosada por sexo y edad, para obtener la del año siguiente. Es un método sencillo, cuya dificultad estriba en estimar la evolución futura de cada componente. Aunque se han ensayado métodos sofisticados, la inmensa mayoría de los órganos oficiales de estadística en el mundo ha optado por la utiliza- ción de modelos elementales, basados sobre todo en la extrapolación de tendencias pasadas, sin ninguna conexión explícita con la evolución de la economía y en particular del mercado de trabajo. Todas las proyecciones realizadas recientemente en los países de nuestro entorno, así como en el nuestro, anticipan un aumento del peso de los mayores y una disminución de la po- blación en edad de trabajar, que se traduce por un aumento del indicador muy impropiamente conocido como ratio de dependencia, definido anteriormente. Esta coincidencia no alcanza, sin embargo, a la magnitud del cambio esperado. Los dos principales organismos que publican proyecciones de la población española, el INE y EUROSTAT, difunden estimaciones dispares. EU- ROSTAT estimaba en 2013 que habrá en España en 2064 29% de personas de 65 o más años. Un año después, la proyección del INE prevé para ese mismo horizonte y grupo de edad un38,7%. El máximo al que llega EUROSTAT en su variante de mayor envejecimiento es de 31,7% en 2060, muy inferior al dato del INE. Esta diferencia considerable entre dos proyecciones rea- lizadas casi al mismo tiempo merecería ser explicada.

Examinando la serie de proyecciones producidas por el mismo organismo a lo largo del tiempo, constatamos que las estimaciones para un año futuro concreto también varían considera- blemente entre sí. La población total proyectada para un horizonte tan cercano como 2025 fue de 49,9 millones en 2001, rebajada hasta 44,7 millones en la proyección de 2012. La última proyección disponible, la de 2014, la estima en 45,8 millones. También se observan diferencias en la proporción de mayores: en 2009, el INE proyectaba un 31,9% de personas de 65 años o más para 2050 y, cinco años más tarde, en 2014, la proporción alcanzaba 37,3%. La razón de estas diferencias en la población total y en la estructura por edades, hay que buscarla en los escenarios proyectados para la fecundidad, la mortalidad y las migraciones. En general, las diferencias provienen de la dificultad para estimar los flujos migratorios futuros, que pueden variar fuertemente de un año a otro, como hemos podido comprobar en la historia demográfica reciente de España. Pero existen igualmente diferencias importantes de fecundidad o de mortalidad entre proyecciones muy próximas, algo más sorprendente. Lo más llamativo en las proyecciones recientes del INE es el tratamiento de la fecundidad. En 2009, este organismo proyectaba un incremento importante del número medio de hijos por mujer (de 1,32 en 2014 a 1,59 en 2025 y 1,71 en torno a 2050) y, en consonancia con esta senda, una edad media al nacimiento ligeramente descendente. En 2014, el INE proyecta un descenso de la fecundidad, a partir de niveles que ya están entre los más bajos del mundo, hasta 1,25 en 2025 y 1,23 en torno a 2050. Tal vez lo más sorprendente de este cambio de criterio es que no se explica en absoluto. La ausencia de historia en las proyecciones que se realizan periódicamente, muy extendida entre los organismos oficiales de estadística, plantea interrogantes. Podemos preguntarnos si existen razones, y cuáles son esas razones, para que, en cinco años, cambie tan drásticamente la perspectiva sobre la fecundidad, pasando de un moderado optimismo a un pesimismo acusado. Las explicaciones metodológicas publicadas no aclaran esta cuestión y queda la duda de si estamos ante el resultado de un cambio en el método de proyectar las tasas o si, por motivos que no se conocen, se ha decidido basar la proyección únicamente en la extrapolación de los pocos años anteriores en los que la fecundidad venía bajando.

Hasta hace muy poco, la mortalidad era la parte más segura de la proyección y la que pre- sentaba menos dificultades para el demógrafo. Las cosas están cambiando y la proyección de la esperanza de vida se ha vuelto a la vez más complicada y más importante para la calidad de la estimación de la población. En primer lugar, hemos llegado a una elevada concentración de las ganancias de esperanza de vida en las edades altas, más allá de los 65 años. Según las tablas más recientes, el 93,9% de las nacidas y el 90,2% de los nacidos sobreviven a los 65 años, con buena parte de las muertes concentradas en los primeros meses y primeros días de vida. En estas condiciones, los progresos son lentos antes de los 65, beneficiando sobre todo a las edades altas. Estas representan entre el 20 y el 25% de todos los años vividos; si la esperanza de vida a los 65 aumenta de un año, la de 0 años aumentará de aproximadamente 0,25 años. Llegados a estos niveles, muchos demógrafos esperan una ralentización del ritmo de crecimiento de la esperanza de vida, que no se ha producido todavía. Por otra parte, la creencia en un acercamiento de las expectativas de vida de hombres y mujeres, que no se observa claramente tampoco, lleva a sobreestimar las ganancias de los hombres. Buena parte de la literatura actual sobre mortalidad está orientada a su impacto en las edades altas o muy altas y a las formas de proyectar su evolución, lo que debería mejorar la elaboración de las proyecciones que realizan los órganos oficiales.

La comparación de las proyecciones de 2009 y de 2014 del INE muestra que la esperanza de vida proyectada más recientemente ha aumentado considerablemente con relación a cinco años antes. En 2009, se postula para los hombres un crecimiento moderado de la esperanza de vida al nacer: a partir de 78,0 años en 2009, 80,9 en 2025 y 84,3 en torno a 2050. En 2014, de 80,0 años se pasa a 83,0 en 2025 y a 88,6 en 2050, cuatro años más que en la proyección de

  1. La misma tendencia aparece en el caso de las mujeres. En 2009, el crecimiento proyectado es moderado: de 84,4 años 2009 a 86,9 en 2025 y 89,9 en torno a 2050. Cinco años des- pués, se pasa de los 83 años iniciales a 87,9 años en 2025 y 92,4 en 2050. Debido al creciente retraso de la mortalidad hacia las edades altas, las ganancias de longevidad benefician sobre todo a los mayores de 65 años. Así la proyección de la esperanza de vida a los 65 años reproduce la tendencia ya observada entre las proyecciones de 2009 y 2014, en un grado todavía mayor. Para hombres, se postula en 2009 un crecimiento moderado de la esperanza de vida a 65 años: a partir de 17,8 años en 2009; se alcanza 19,6 en 2025 y 21,9 en torno a 2050. En 2014, de 19 años se pasa a 21,0 en 2025 y a 25,4 en 2050, 3,5 años más que en la proyección de
  2. La misma tendencia aparece en el caso de las mujeres: en 2009, el crecimiento proyectado es moderado: de 21,8 años inicialmente a 23,7 en 2025 y 26,2 en torno a 2050. Cinco años después, se pasa de los 23,0 años iniciales a 24,9 años en 2025 y a 29,0 en 2050. De una proyección a otra, la esperanza de vida de los que llegan a la jubilación ha pasado de un creci- miento previsto entre 2014 y 2050, de 0,45% anual a 0,65% anual, en el caso de las mujeres, y de 0,52% a 0,81%, en el caso de los hombres. En el escenario más reciente, la esperanza de vida de los hombres crece más que la de las mujeres, cuando se preveía lo contrario en la proyección de 2009.

En lo que se refiere a las migraciones, las diferencias son algo menos llamativas y más explica- bles, por la tradicional dificultad para anticipar los flujos migratorios. El saldo migratorio previsto para el período 2014-2025 ha pasado de ser positivo (80 mil) en 2009 a negativo (-12,4 mil) en

  1. Para el período siguiente de la proyección, 2025-2064, el saldo migratorio pasa de 326,4 mil en 2009 a 273,2 mil en 2014.

Como se ve, las proyecciones realizadas por un mismo organismo pueden variar considerable- mente en un breve espacio de tiempo (cinco años). También se observan diferencias apreciables entre las proyecciones realizadas por EUROSTAT en 2013 y las publicadas por el INE en 2014, casi al mismo tiempo. La fecundidad que proyecta el INE para 2063 (1,23) es muy inferior a la del escenario principal de EUROSTAT (1,56) para el mismo año, y sólo equivalente a la variante de baja fecundidad (1,24). La esperanza de vida es, por el contrario, muy superior en la proyección del INE, tanto al nacimiento como a los 65 años. Según el INE, a los 65 años podría alcanzar, en 2063, 30,8 años en las mujeres y 27,4 en los hombres, desde los actuales 23 y 19 años. EU- ROSTAT anticipa, en su variante principal, 26,6 años para las mujeres (4 años menos que el INE) y 23,1 para los hombres (más de cuatro años por debajo del INE). Incluso en la variante llamada “de alta esperanza de vida”, la longevidad proyectada queda por debajo del escenario único del INE. Los datos anteriores quedan recogidos en el cuadro 1.

 

Cuadro 1.Comparación de dos proyecciones del INE, 2009 y 2014

 

 

 

tabla1

Algunos resultados de la proyección de la población más reciente del INE (2014) parecen desmedidos, si se comparan con los publicados por EUROSTAT casi al mismo tiempo y por los elaborados por el propio INE, cinco años antes. El ejemplo más significativo, por las consecuencias que puede tener a la hora de debatir de la oportunidad y de la magnitud de algunas reformas, es la llamada “ratio de dependencia” que, para el INE, alcanzará 74,7% en 2064, cuando el dato correspondiente de EUROSTAT es de 49% en su escenario principal y sólo se aproxima al del INE, aunque todavía algo por debajo, en su variante de máximo envejecimiento. Este indicador es muy sensible a las variaciones de la fecundidad y la mortalidad y, en realidad, amplifica el impacto del envejecimiento, sin que esté clara su utilidad para el seguimiento de la carga de la dependencia, como se verá más adelante. La diferencia entre las estimaciones de los dos organismos oficiales de estadística pone de manifiesto que los cambios introducidos por el INE en su proyección de 2014, en relación con la de 2009, van todos en el sentido de un aumento del envejecimiento previsto, en lo que se aleja de EUROSTAT. Se desconocen los motivos que han llevado a este resultado, puesto que la metodología publicada por el INE no recoge ninguna comparación con sus proyecciones anteriores, o con las recién terminadas de EUROSTAT, que justifique las nuevas hipótesis. En 2014, la proyección de las tasas de fecundidad y de mortalidad se ha basado en ajustes matemáticos que extrapolan tendencias anteriores, cuya aplicación no resulta muy convincente en las condiciones actuales de estos dos componentes de la dinámica demográfica. Por otra parte, el INE presenta un único escenario, mientras que EUROSTAT publica, además de un escenario llamado principal, cuatro variantes con diferentes hipótesis sobre la evolución futura de la fecundidad, la mortalidad y las migraciones. De esta manera, intenta mitigar la conocida dificultad de anticipar comportamientos y factores que aparecen hoy como más volátiles que en el pasado. El papel actual de las proyecciones demográficas para justificar, apoyar y cuantificar reformas con consecuencias inmediatas negativas para amplias capas de la población, exige una gran prudencia en su uso y una gran transparencia en su elaboración, dos condiciones que, en nuestra opinión, no se dan en estos momentos.

De los indicadores de dependencia

Tanto las personas mayores que ya no trabajan, como los niños que todavía no lo hacen, dependen, para su consumo, de lo que producen contemporáneamente los adultos. Cualquiera que sea la modalidad que legitime su derecho al consumo, lazos familiares, derechos civiles garantizados por el Estado, posesión de activos o disfrute de créditos, las personas que no producen a través del trabajo dependen de los ocupados en la producción. La dependencia no afecta sólo a los mayores y a los niños, también a los adultos que, por el motivo que sea, no tienen empleo. Hablamos aquí, de una dependencia social y económica, no psicológica. Una persona con activos suficientes para permitirse no trabajar no se sentirá “dependiente”, como, en principio, no se considerará así la esposa (o el esposo) que se ocupe exclusivamente del hogar y de los hijos. Los mecanismos y la percepción de la dependencia pueden variar mucho, pero, en todos los casos, una parte de lo producido será destinado a personas que no han participado directamente en el sistema productivo.

El trabajo está muy ligado a la edad y, hasta no hace mucho, al sexo. A los menores se les prohíbe trabajar antes de los 16 años actualmente y a los mayores se les obliga, en muchos casos, a jubilarse a los 65 años. Ambos extremos de la vida laboral son fluctuantes, los jóvenes suelen continuar sus estudios más allá de la edad obligatoria, en algunos casos hasta casi los treinta en la Universidad, y los mayores se jubilan en promedio algo antes de los 65, aunque algunos lo hacen más tarde todavía. Existe por tanto una cierta coincidencia entre los grupos de edad y la situación de activo, por lo que es habitual hablar del grupo de 15-64 años como población en edad de trabajar y del grupo de 65 o más años como el de jubilados, y medir la dependencia por el número medio de mayores de 65 por persona en edad de trabajar, llamado simplemente ratio de dependencia.

La primera impropiedad de lenguaje es que esa ratio no abarca toda la dependencia, ni siquiera la expresada en términos exclusivamente demográficos, puesto que no incluye a los menores de dieciséis años, que también son dependientes. A la que podríamos llamar “ratio demográfica de dependencia de mayores” o RDDM, correspondiente a lo que ahora se llama simplemente ratio de dependencia, hay que añadir una “ratio demográfica de dependencia de niños” o RDDN, donde figurarían como dependientes los menos de 16 años, y una ratio demográfica de dependencia total (RDDT) como suma de las dos anteriores. A lo largo del tiempo, se produce una cierta compensación entre los dos tipos de dependencia cuya carga recae sobre las personas en edad de trabajar. Ha dominado el efecto de disminución de la carga de jóvenes entre 1971 y nuestros días y será preponderante el aumento de la carga de personas mayores a partir de ahora. La previsión más fiable es que la carga de jóvenes se mantendrá casi constante en el futuro. Así se podría aparentemente justificar el hecho de que la atención se centre en la evo- lución futura de la carga de mayores y que prácticamente todos los que tratan de las consecuencias de la evolución demográfica llamen ratio de dependencia a la de mayores exclusivamente. Sin embargo, se comete de esa manera un importante error de perspectiva que vamos a ilustrar utilizando las proyecciones realizadas por el INE en 2009. Según esta estimación, mientras la carga de los jóvenes habrá disminuido un 40% entre 1971 y 2050 (de 0,48 a 0,29), la carga de mayores habrá aumentado un 280% (de 0,16 a 0,61) y la carga total habrá subido un 40% (de 0,64 a 0,90). En el período de proyección (2009-2049) se prevé un aumento de 26% de la carga de jóvenes, de 149% de la de mayores y de 82% de la carga total. Tanto en el pasado, tomando 1971-2009, como hacia el futuro, retener únicamente la carga de mayores sobrestima considerablemente el aumento relativo de la carga demográfica que, incuestionablemente, está formada a la vez por jóvenes que todavía no pueden trabajar y por mayores que ya no trabajan. Tener en cuenta la desigual evolución en el futuro de estas dos categorías de poblaciones dependientes exigiría plantear los efectos demográficos en un marco más amplio que el de los simples ajustes del sistema de prestaciones a los mayores.

La ratio de dependencia demográfica (entendida exclusivamente como la de mayores), o su inverso la ratio de sostenimiento, es un indicador sobre cuya evolución proyectada se apoyan to- dos los debates relativos al futuro del Estado del Bienestar y, en particular, al equilibrio financiero futuro del sistema de pensiones. Por ello es necesario analizar su pertinencia y su adecuación a los objetivos perseguidos.

La primera observación es que la relación entre el número real de dependientes y el de los que efectivamente contribuyen al mantenimiento de los sistemas de protección social no sigue necesa- riamente la evolución de esta ratio, exclusivamente demográfica, que únicamente pone en relación números de personas en grupos de edades. En el grupo de 15-64 años, no todas las personas se encuentran efectivamente ocupadas, y por tanto con capacidad contributiva neta. Algunas siguen en el sistema educativo, otras están en el paro y otras figuran como inactivas (fuera del mercado de trabajo) por razones diversas: parados desanimados, amas de casa, pensionistas o jubilados anti- cipadamente y las hoy escasas que no desean trabajar y se lo pueden permitir. La tasa de ocupa- ción global (porcentaje de las personas en edad de trabajar que ocupa efectivamente un empleo) varía también en función de la demanda de trabajo (el número de puestos de trabajo disponibles) condicionada a su vez por la situación de la economía. Por todas estas razones, la proporción de ocupados en el seno de la población en edad de trabajar es variable en el tiempo y en el espacio. Si se quiere medir la evolución de la dependencia efectiva, relación entre no ocupados y ocupados, será necesario proyectar esta relación en el futuro, lo que obliga a apoyarse también en proyecciones del empleo.

En las últimas décadas, la tendencia en los países desarrollados ha sido de ligera disminución del empleo de los hombres y de incremento del de la de mujeres, ya  muy elevado en algunos países, con resultado de aumento de la proporción de ocupados en la población. En el futuro el empleo dependerá de la demanda de trabajo que generen las empresas, puesto que no existen impedimentos de carácter demográfico para que la oferta no responda a la demanda. La disminu- ción de la población en edad de trabajar no representa un obstáculo al crecimiento económico, ni siquiera si la tasa de empleo alcanzara un máximo (una hipótesis lejana en la España actual), puesto que existe la posibilidad de que lleguen inmigrantes, si el sistema productivo es capaz de generar una demanda de trabajo que permita el crecimiento. Por esta razón, las proyecciones demográficas no pueden seguir tratando la demografía como variable exógena a la economía. La población futura puede variar en función de la evolución del mercado de trabajo, gracias a la inmigración, y la relación entre ocupados y no ocupados, verdadera medida de la dependencia, dependerá también de la proporción de ocupados en la población.

En unos trabajos recientes hemos propuesto un modelo de proyección de la población que integra la evolución prevista del mercado de trabajo, en función de hipótesis sobre el crecimiento futuro del PIB y la evolución de la productividad (Fernández Cordón y Planelles, 2014). Los resulta- dos muestran que las proyecciones realizadas por Eurostat en 2010 para los países miembros no eran, en muchos casos, compatibles con los escenarios económicos de la OCDE, que proyectan el empleo a largo plazo. En algunos países, como Alemania, el escenario OCDE combinado con la proyección de población EUROSTAT, supondrían unas tasas de empleo tan elevadas que resultan inverosímiles, llegando a situaciones en las que la demanda de trabajo supera toda la población en edad de trabajar. Considerando poco probable que la falta de trabajadores impida el creci- miento económico, porque se podrá contar durante mucho tiempo todavía con una inmigración tan abundante como sea necesaria, hay que concluir que las proyecciones de EUROSTAT subestiman el número de inmigrantes futuros y, por tanto, también la población futura en edad de trabajar, incluso si la tasa de empleo aumenta sensiblemente. De ello se deriva que las ratios de dependencia, tanto puramente demográficas como las que introducen la ocupación (dependientes por persona ocupa- da) están siendo actualmente sobreestimadas.

La transición demográfica no sólo ha consistido en una disminución de la fecundidad y un alargamiento de la vida, provocando un aumento de la población de mayores, sino que ha mejorado la capacidad productiva, al eliminar muertes inútiles de niños y personas jóvenes, tanto en cantidad (más años de actividad por nacido) como en calidad, al permitir el alargamiento de los estudios y de la vida activa que permite rentabilizar la formación de los individuos. Menos muertes de niños y jóvenes significa también una disminución de la fecundidad mínima necesaria para la continuidad demográfica, el llamado nivel de reemplazo de las generaciones (de cinco hijos por mujer a principios del siglo XX a dos actualmente). Un cambio que ha contribuido, junto a otros, a que las mujeres hayan podido acceder a los estudios y entrar y permanecer en el mercado de trabajo, aumentando de esta manera considerablemente la capacidad productiva de la población. El envejecimiento demográfico, fruto de la transición, genera en cierto modo su propio antídoto. Aumenta la población dependiente de mayores, pero a la vez aumenta la población capaz de producir y disminuye el número de menores y de mujeres dependientes.

Visiones alternativas de la dependencia futura

La confusión entre población en edad de trabajar y ocupados tiene una doble consecuencia. Por una parte, no explicita que la carga de los mayores recae actualmente sobre los ocupados, una población menor que la que tiene edad de trabajar, que podría eventualmente crecer en el futuro, mientras que las proyecciones demográficas apuntan todas a una disminución de la población de

16-64. Por otra parte, se olvida también que una fracción de las personas que tienen edad de trabajar depende económicamente de los que están efectivamente ocupados. Para suplir estas insuficiencias resulta necesario asociar estrechamente la estimación de la población con el mercado de trabajo y su evolución prevista.

En una proyección de la población apoyada en una proyección de la demanda de trabajo, elaborada de forma independiente sobre la base de factores económicos, el ajuste entre la oferta de trabajo (número de ocupados) y la demanda, se obtiene mediante dos mecanismos. En primer lugar, una subida de la proporción de ocupados, a la que se puede asignar un máximo basado, por ejemplo, en los datos de otros países o en objetivos marcados por planes como, por ejemplo, la Estrategia 2020 de la Unión Europea. En segundo lugar, el aumento del número de inmigrantes. Este último mecanismo conduce a ligar, en alguna medida, el número de población a la situación del mercado de trabajo. Además, por el hecho de que este tipo de inmigración es siempre más joven que la población de acogida, afecta también positivamente a los equilibrios entre grupos de edad y, en particular, hace que disminuya la llamada ratio de dependencia. El aumento de la proporción de ocupados no altera ni el total ni la composición por edades de la población ni, por consiguiente, la citada ratio de dependencia, puramente demográfica. Sin embargo, tiene un claro efecto positivo sobre la carga de la dependencia porque, por una parte, aumenta el número de ocupados y por tanto la capacidad contributiva y, por otra parte, dismi- nuye el número de adultos que previamente no estaban ocupados, lo que reduce la carga de la dependencia. Para medir estos efectos y proyectar su evolución futura, es necesario introducir otros indicadores que hagan intervenir tanto la carga como la capacidad contributiva efectivas. Hay que insistir en la necesidad de que aumente la proporción de ocupados y no simplemente el empleo. Paradójicamente, la disminución futura de la población en edad de trabajar va a favorecer este aumento, para un mismo nivel de empleo. Es una muestra más de que el envejecimiento no tiene sólo efectos negativos.

Lo más adecuado es basar el análisis en una ratio que ponga en relación todos los dependientes (incluyendo a los dependientes en edad de trabajar) con los ocupados. Esta ratio, que llamamos ratio de dependencia con relación a los ocupados (RDO) presenta, en el numerador, a todos los dependientes (niños menores de 16 años + no ocupados de 16-64 años + personas de 65+ años) y en el denominador a los ocupados1.

Su evolución va a depender en parte de la estructura demográfica pero también del empleo que se genera en el mercado de trabajo. En este marco se pueden elaborar escenarios que cuantifiquen los indicadores de dependencia futuros en función de hipótesis sobre la evolución económica, el empleo y la productividad, sobre la posibilidad de aumentar la población activa, teniendo en cuen- ta las necesidades de la conciliación, sobre la capacidad de acoger inmigrantes y otros factores cuya evolución van a determinar la carga de la dependencia futura. La idea actual de que la demo- grafía es una fuerza exógena que impone un imperativo rígido a nuestra capacidad de mantener los sistemas de protección social es una falacia.

En el trabajo propio antes citado, se combinan algunos supuestos demográficos y algunos supuestos económicos para analizar la evolución del indicador de la carga sobre los ocupados (RDO). En el período reciente la carga de la dependencia ha disminuido considerablemente, de 2,3 dependientes por ocupado en 1981 a 1,2-1,4 en 2009, evolución entrecortada por momentos de crisis del empleo (en 1984-86, 1993-94 y 2008-2009) en las que se producen picos correspon- dientes a la disminución de ocupados y el consecuente aumento de los dependientes. Partiendo de la proyección del INE de 2009 y admitiendo un fuerte crecimiento del empleo la ratio muestra una tendencia descendente en el futuro. Incluso manteniendo constantes las tasas de empleo por sexo y edad de 2009, la evolución de la estructura por edades de la población provocará un aumento del número de dependientes por ocupado que alcanzaría 2,2 en 2048, un valor todavía algo por debajo del que tenía en 1981. Habida cuenta de que las tasas de empleo de 2009 estaban ya afectadas por la crisis y por debajo de las observadas en la mayoría de los países de la Unión Europea, y que además la población en edad de trabajar va a disminuir, es previsible que estas tasas aumenten en los próximos años, lo que repercutiría en la ratio de dependientes por ocupado, cuyo incremento futuro sería siempre proporcionalmente menor que el aumento previsto de la ratio de dependencia demográfica.

Hay que concluir que un análisis simplista basado en una ratio muy imperfecta como la tan citada “ratio de dependencia”, conduce a una visión sesgada del futuro. Vivimos en un mundo com- plejo y las soluciones a los problemas no deben rehuir la complejidad. El primer paso es analizar la realidad con todos sus ingredientes. Puede que otras soluciones sean más difíciles de instrumentar que los recortes que hoy nos proponen como único remedio a todos los males. Pero, teniendo en cuenta, los estragos que estos causan en la vida de las personas y en la cohesión social, es obli- gatorio explorar otras vías.

El futuro de los sistemas de protección social no depende tanto de la demografía como de la distribución de la riqueza, un tema que muchos economistas se niegan a abordar. La financiación de estos sistemas públicos, y en particular de las pensiones, no puede seguir exclusivamente apoya- da sobre los salarios. Primero, porque las tendencias apuntan a un debilitamiento creciente de esa base y segundo porque los cambios estructurales (entre ellos demográficos) exigen un ajuste de la distribución de la riqueza para evitar que se deteriore el nivel de vida relativo de los mayores. Si en el futuro no se produce ese ajuste distributivo, se llegará a la situación anómala de que el nivel de vida de las categorías de edad sea inversamente proporcional a la proporción que cada categoría representa en la población, es decir que, a medida que aumenta su número, los mayores tendrían derecho a menos per cápita y los demás, en proporción decreciente, recibirán más que antes. En el caso de que el PIB per cápita se mantenga constante en el futuro, y se pretenda mantener también constante el porcentaje del PIB que va a los mayores, los no-viejos recibirían más que ahora y los viejos menos, por lo que se deteriorará el nivel de vida relativo de estos últimos y mejorará el del resto, sin que lo justifique ningún crecimiento de la riqueza. Es precisamente la combinación de un menor porcentaje de adultos y de un aumento de la tasa de empleo entre los menores de 65 años y, eventualmente (no necesariamente) de la productividad, la que demanda y permite al mismo tiempo que aumente la parte del gasto que a va a los mayores, sin disminución del nivel de vida del resto (ni de los mayores). Este razonamiento se puede, a fortiori, extender al caso de aumento del PIB per cápita, lo que, sin duda, facilitaría el objetivo de mantener el nivel de vida relativo de las categorías de edad. La mejor manera de conseguir estos objetivos es mediante el sistema fiscal, para que los impuestos financien en parte las prestaciones sociales, de manera que se puedan evitar los recortes, contraproducentes socialmente y hasta económicamente. Reformar nuestro sistema fiscal, para que pueda afrontar esta obligación es una tarea que debería ser considerada prioritaria por todas las fuerzas de progreso.

NOTAS

 

1  Los resultados presentados aquí provienen de (Fernández Cordón y Planelles (2014) y de documentos anteriores más detallados.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Conde-Ruiz, J.I. (2014). ¿Qué será de mi pensión? Cómo hacer sostenible nuestro futuro como jubilados. Madrid: Península.

Etxezarreta, M. (2009). “La tendencia a la privatización: consideración especial de la privatización de las pensiones”. En M. Etxezarreta et al., ¿Qué pensiones, qué futuro? El Estado de bienestar en el siglo XXI (pp

9-80). Barcelona: Icaria.

 

Fernández Cordón, J.A. y Planelles Romero, J. (2014) Integrating labor market in population projections. En Proceedings of the Sixth Eurostat/Unece Work Session on Demographic Projections. Roma: ISTAT (pp 299-

312)

Guillemard, A.M. (2007). “Une nouvelle solidarité entre les âges et les générations dans une société de longévité”. En Paugam S. Repenser la solidarité (pp 355-375). Paris: PUF.

INE (2014). “Proyecciones demográficas. Parámetros de evolución demográfica”. http://www.ine.es/inebaseDYN/propob30278/propob_resultados.htm

Mason A. (2006). “¿Cuál es el dividendo demográfico?”, Finanzas & Desarrollo, Washington, FMI, sep- tiembre: 16-17.

Tobío Soler, C. (2012). “Reciprocity and solidarity in intergenerational relationships: Spain, France and

Norway in comparative perspective”, Papers, 97/4, 849-873.



Post a new comment