ENTREVISTA A JOAQUIN ALMUNIA

enero 24, 2017

2POR FELIPE JUARISTI

Joaquín Almunia nació en Bilbao el 17 de junio de 1948. Estudió Derecho y Ciencias Económicas en la Universidad Comercial de Deusto. Completó estudios de posgrado en la Escuela Práctica de Estudios Superiores en París y el progra- ma de “Senior Managers in Government” en la Universidad de Harvard.

Diputado en las Cortes Generales por el PSOE. Fue dos veces ministro durante la presidencia de Felipe González: de

1982 a 1986 de Trabajo y Seguridad Social, y de 1986 a 1991 de Adminis- traciones Públicas.

En el año 2000 fue candidato a la presidencia en las Elecciones Generales. Obtuvo el 34,1% de votos y 125 dipu- tados.

Ha sido comisario de economía de la

Unión Europea desde el 26 de abril de

2004 hasta el 10 de febrero de 2010.

Por encargo del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, aceptó el cargo de una vicepresidencia, junto a la cartera de Competencia. Se mantuvo en dicho cargo hasta el

31 de octubre de 2014.

 

¿Hacia dónde camina la Unión Europea? Lo pregunta por- que la situación actual parece preocupante y confusa: el re- feréndum en el Reino Unido, el auge de los populismos, la desafección de la ciudadanía europea con el proyecto de la Unión:

 

La Unión Europea se encuentra en un momento difícil, porque los go- biernos, que son los que siguen teniendo la mayor capacidad de decisión para dar los pasos adelante que necesita el proceso de inte- gración, no se atreven a darlos en muchas ocasiones. Se ha avanzado durante la crisis, dotando a la UE de instrumentos de los que carecía para afrontar situaciones como las que hemos conocido en los últimos años. Se está avanzando con dificultades; por ejemplo, para afrontar la crisis de los refugiados. Cuesta mucho, hay resistencias, hay mucha presión en cada uno de los países por parte de fuerzas populistas, euroescépticas, que intentan convencer a la opinión pública de que sería mejor dar marcha atrás, volver al viejo esquema del estado-na- ción. Ahora bien, analizando los desafíos que tenemos que enfrentar, la salida de la crisis económica, la recuperación de un modelo social digno de tal nombre y asegurar nuestra seguridad colectiva, además de contribuir a la solución de los serios problemas que tenemos al otro lado de nuestras fronteras, se puede afirmar que las soluciones euro- peas son creíbles. Son difíciles de poner en marcha, pero son creíbles. La alternativa, una solución puramente nacional, en lo económico, en lo social o en lo político, no tiene viabilidad. El siglo XXI es el siglo de la globalización. Se nos plantean oportunidades y también, riesgos, pero, en todo caso, no podemos ignorar ni los aspectos positivos ni los negativos, porque van a seguir estando ahí. Es imposible pensar que vayamos a volver al siglo XIX, cuando el estado-nación era la única forma de poder que existía.

 

 

¿Dónde ha quedado el proyecto social europeo? ¿Corre pe- ligro el estado de bienestar?

 

No creo que haya problemas insalvables de sostenibilidad del esta- do de bienestar. Algunos problemas han surgido con la crisis; otros estaban ahí desde antes. Necesita ser reformado y adaptado, pero seguirá estando ahí. El envejecimiento de la población plantea un reto difícil a los sistemas de seguridad social, en particular a los sistemas de pensiones, pero, a pesar de las duras medidas que se han tenido que adoptar a lo largo de la crisis en muchos países, no se puede afirmar que el estado de bienestar haya desaparecido, ni muchísimo menos.

 

 

 

 

En Europa seguimos gozando, pese a todo, de unos niveles de protec- ción social y de provisión de servicios públicos que son los mejores del mundo. Se han producido recortes, más en unos países que en otros, dependiendo del color político de los gobiernos, de cómo han afronta- do los diferentes gobiernos la crisis, en función de las prioridades que se hayan establecido a la hora de exigir sacrificios. Han aumentado las desigualdades. Pero Europa sigue siendo el espacio que tiene mayor protección social en el mundo. La Unión Europea representa el 7% del total de la población mundial y sin embargo tiene la mitad del gasto social del planeta. El resto de los países, tanto los que aún están en vías de desarrollo como también otros países avanzados, nos tienen envidia, cuando ven nuestros niveles de protección y cohesión social, lo cual no quiere decir que vivamos en el mejor de los mundos. Ha habido, mejor dicho, hay problemas serios. Sabemos que en un estado de bienestar las políticas sociales deben estar a la altura de las necesidades que hay que atender, y para ello no podemos basarnos en economías frágiles, con una enorme acumulación de deuda, sino en políticas económicas rigurosas y eficaces que garanticen la sostenibilidad del crecimiento. El crecimiento sobre bases sólidas es una condición necesaria para man- tener y  adaptar las políticas sociales del estado de bienestar.

 

 

¿Hay alternativas a las políticas del bienestar?

 

En primer lugar me gustaría que nos detuviésemos un minuto en pensar qué entendemos por políticas de austeridad. España es un país que ha alcanzado unos niveles de endeudamiento que no son sostenibles a medio y largo plazo. A corto plazo, sí, porque los tipos de interés están muy bajos. A lo largo de la crisis, nuestro nivel de endeudamiento públi- co ha crecido mucho más que en otros países. España, en su conjunto, teniendo en cuenta deuda pública y privada, tiene un nivel de endeuda- miento respecto del exterior elevadísimo, equivalente a cerca del 100% del PIB. Nos han prestado mucho dinero y nuestros acreedores quieren cobrar lo prestado. Y no son españoles. Ese dinero viene del exterior, y cuando un país no ha puesto en marcha mecanismos de control de sus niveles de su endeudamiento, necesita pararse y retomar una senda más equilibrada de crecimiento, una senda más racional para refinanciar sus necesidades y poder invertir. Al principio de la crisis, sobre todo al principio de la crisis de la deuda pública, entre el año 2010 y 2012, las propuestas y las exigencias que se formularon desde la zona euro para los países que no tenían acceso a la financiación en los mercados y necesitaban apoyo financiero, se pasaron en la dosis de austeridad.

 

Eso hay que reconocerlo. Pero desde 2012 hasta hoy, las cosas han cambiado mucho. Grecia, que sufre unos problemas extraordinariamen- te difíciles de resolver, es un caso muy especial. Pero en el año 2016, o en 2015, no se puede decir que en España 2estemos sometidos a una política de austeridad, cuando tenemos el déficit mayor de la Unión Europea y crece la demanda interna. Lo que sí es verdad es que las políticas que ha llevado a cabo el Gobierno del Partido Popular, el Gobierno de Rajoy, han producido un reparto de los sacrificios y de las responsabilidades para afrontar la crisis extraordinariamente injusto. No hay más que ver los recortes que se han producido en Educación, en Sanidad o la situación en la que se encuentra el Sistema de Pensiones. Eso no es un dictado de Bruselas, ni muchísimo menos. Estamos ha- blando de decisiones políticas injustas, de una jerarquía de prioridades totalmente equivocada y de una gran irresponsabilidad. Todo ello en base a decisiones cuya responsabilidad no puede endosarse a la UE, sino al gobierno español.

 

 

¿Cree usted entonces que la socialdemocracia haría las co- sas de manera diferente a como lo hacen los liberales o po- pulares?

 

El Gobierno de Zapatero no hacía los mismos recortes que hace el Gobierno de Rajoy. Y otros gobiernos socialdemócratas de Europa, incluso los gobiernos socialistas o socialdemócratas en determinadas autonomías, han decidido un reparto de sacrificios muy diferente al que ha querido imponer el Partido Popular. Eso de echar la culpa a Europa, por las decisiones políticas equivocadas a nivel nacional, me parece que no es de recibo. Hay que salir al paso cada vez que se intenta trasladar responsabilidades a otros de las malas políticas que se llevan a cabo aquí.

 

 

¿Defiende Europa los intereses de Europa? En el País Vasco vivimos la crisis del acero, el asunto Arcelor, en manos de una multinacional, cuyo futuro, al menos en la planta de Zu- marraga, es bastante desolador. Las razones que se arguyen es la imposibilidad de competir con el acero chino o ruso.

 

Hay sectores industriales y sectores productivos que no pueden mante- nerse indefinidamente, si dejan de ser competitivos. Ha pasado a lo largo de los años y de las décadas con la agricultura; ha pasado con el sector de la construcción, en particular con el sector vivienda que estaba sumido en una burbuja que era insostenible; y hay sectores de industrias básicas como el acero que necesitan plantearse cómo garantizarse un futuro en un entorno como el actual. Lo cierto es que arrastran una situa- ción de pérdidas de competitividad acumuladas a lo largo de los años, porque hay otros países, otros productores, que son más competitivos. Por supuesto, hay que exigir la aplicación de las  reglas de comercio internacional y hay que examinar, en el caso del acero chino, si sus ven- tajas competitivas las consiguen a base del dumping, a base de vender por debajo de costes. Pero si son realmente competitivos, porque produ- cen mejor y más barato que nosotros, y respetan las reglas del comercio internacional, lo que tenemos que hacer es preguntarnos qué medidas, qué inversiones y qué estrategias hay que poner en marcha para ser más competitivos que los demás. Esa es la historia de la economía. El progreso económico no se consigue aferrándose a una foto fija, produ- ciendo siempre lo mismo y en las mismas condiciones que en el pasado.

 

 

¿Usted no vería bien que hubiera una política de aranceles para agravar los productos que vienen de fuera de la Unión Europea?

 

El proteccionismo, como estrategia de política económica, ha fracasa- do cada vez que se ha intentado, y no lo ha hecho en perjuicio exclu- sive de un empresario, sino sobre todo en perjuicio del empleo, de los ciudadanos y de los contribuyentes que tienen que financiar errores y socializar pérdidas. Como he dicho antes, si hay un país cuyos empre- sarios o cuyos sectores productivos no respetan las reglas de comercio internacional e incurren en dumping, o utilizan subsidios ilegales, hay que salir al paso acudiendo a la Organización Mundial del Comercio. Pero, si nos ganan en buena lid, hay que preguntarse cómo podemos recuperar competitividad y abrir la puerta a sectores de actividad con mucho más futuro. Esa es la mejor forma de progresar.

 

 

¿Puede haber una Europa de dos velocidades, el sur contra el norte?

 

De hecho, vivimos en una Europa de dos velocidades, pero no en función de quién está al norte y quién al sur, sino en función de qué países participan, o, mejor dicho, participamos, como es el caso de España, en todas y cada una de las políticas con las cuales avanza la integración europea: el euro, Schengen, los acuerdos en política de inmigración, justicia, asuntos de interior, política exterior, etc. En todas esas áreas hay estados que han decidido apearse de alguno de esos procesos de integración. El caso más claro es el Reino Unido. Está en la segunda velocidad. Nosotros estamos en la primera. Otra cosa es que, perteneciendo a la primera división, haya países a los que les cueste más seguir el ritmo, porque no son tan competitivos como para benefi- ciarse sin apoyos, sin políticas de cohesión, sin todos los beneficios que supone la política de integración en el mercado interior o en la moneda única. España no es la economía más fuerte de toda la Unión Europea ni de la Unión Económica y Monetaria. Desde que ingresamos hace treinta años en la Unión europea, hemos recibido millones de euros que nos han ayudado a mejorar nuestros equipamientos e infraestructuras. Debemos estar agradecidos por ello a los países europeos que han sido generosos con nosotros. Otra cosa es preguntarnos si hemos utilizado de la mejor manera posible el apoyo que hemos tenido y todavía te- nemos. Mirándolo ahora desde perspectiva, yo creo que hubiésemos sido más eficientes si hubiésemos dedicado más dinero de los fondos de cohesión a la educación y quizá menos a algunas infraestructuras o equipamientos que no tienen un grado de utilización como el que nos hubiese gustado.

 

 

¿Usted que ha sido Secretario General del PSOE, cómo ve la situación de España y, sobre todo, cómo ve el futuro del PSOE?

 

El PSOE en España, y otros muchos partidos socialdemócratas en la Unión Europea, están en una situación delicada. La socialdemocracia tiene que modernizarse, tiene que adaptar su proyecto político y sus estrategias a una sociedad que es muy diferente a la que existía a co- mienzos del siglo pasado; o por hablar del caso de España, a la que existía en el inicio de la transición democrática. Los intereses de clase no pesan tanto en la orientación del voto como en el pasado, la estructura de la sociedad es más plural y heterogénea, es más difícil agregar los intereses de los electores para conseguir un respaldo mayoritario. Hay que ofrecer políticas y generar expectativas que no son las que tradicio- nalmente podían servir en el origen de la socialdemocracia. Y, a veces, damos la impresión a los electores de que la socialdemocracia siente nostalgia de lo viejo y no sabe cómo representar lo nuevo. Tenemos que hacer una reflexión profunda sobre qué es lo que nos pide la sociedad de hoy, cuáles son las políticas que se deben llevar a cabo en el siglo XXI, para mejorar sus cuotas de igualdad, reducir desigualdades, ata- car privilegios, abrir puertas al dinamismo de una sociedad para que ello no beneficie sólo a unos pocos, que disponen de recursos propios y buscan su propio beneficio, sino que los resultados del crecimiento se distribuyan mejor, aunque no puedan basarse en las mismas políti- cas o estrategias que hace cincuenta años. Yo creo que ese esfuerzo de renovación del proyecto y de las estrategias socialdemócratas, de la forma de traducir nuestros valores en resultados concretos en base a las políticas específicas que proponemos, no ha dado todavía los resultados que debiera. Tenemos que ser menos conservadores y más ambiciosos de cara al futuro, y asumir los cambios que eso implica. No se trata de cambiar nuestros valores ni de marginar nuestros principios, porque unos y otros son los mismos que existían hace cien años y que dieron origen a los actuales partidos socialdemócratas. Pero la forma de hacer realidad esos principios a través de la política ha cambiado y va a seguir cambiando a gran velocidad porque vivimos una época de transformaciones generadas por la tecnología, de nuevas pautas socia- les y culturales, y de nuevas formas de ejercer la ciudadanía. Y todos esos cambios se producen a mucha mayor velocidad que nunca antes en la historia reciente de la socialdemocracia.

 

 



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