IDEAS, IDENTIDAD Y SUJETO

enero 24, 2017
1

MATÍAS MÚGICA

 

VV.AA., Molina, Fernando y Pérez, José editores (2015): El peso de la identidad, Marcial Pons Historia, Instituto de Historia Social Valentín de Foronda.

 

Contaba Luis Mitxelena, en una larga entre- vista publicada en forma de libro por Eugenio Ibarzabal, una anécdota sobre Julio de Urquijo. Un amigo de éste, que vivía en San Juan de Luz, le había llamado por teléfono para invitarlo a venir urgentemente a visitarlo, sin querer decirle la causa de la invitación y de las prisas, pero asegurándole que era importante. Don Julio se avino a acudir aquel mismo día y al llegar a su casa, el amigo le cogió del brazo y lo llevó a una ventana: “Corre, corre, que van a empezar a derruir la casa de enfrente; he pensado que no te lo podías perder”.

En efecto, aunque sin duda la credulidad ha sido y es entre nosotros la nota dominante, y uno de los rasgos más acrisolados de nues- tro carácter nacional (que extrañamente no veo reivindicar a nadie), siempre ha existido a su lado una poderosa aunque minoritaria vena de sentido crítico, una selecta sociedad de esprits forts, dispuestos a tocar las narices y a exigir pruebas y demostraciones fehacientes de la co- mestibilidad de las diversas ruedas de molino que los entusiastas, especie siempre abundan- te, les ofrecían para desayunar. No han faltado de estos entre nosotros: Oihenart, Unamuno, Julio de Urquijo y, naturalmente, el citado don

Luis, famoso por su carácter corrosivo, por ci- tar algunos. Estos aplicaron sin misericordia el buldózer del espíritu crítico al derribo de las pamemas y delirios de cada época.

Dentro de esta noble y sufrida tradición, se encuentra el libro que presentamos, nota- ble esfuerzo colectivo por eliminar o adelga- zar el grueso estrato de fango mitológico que el nacionalismo vasco, igual en esto a todos sus congéneres, ha ido depositando año tras año, como el Nilo, sobre la superficie mental del país. ¿De todo él? ¡No! Un pequeño re- ducto de pensamiento crítico resiste, encore et toujours, al invasor. En El peso de la identidad, once historiadores contemporáneos roen pa- ciente y minuciosamente las fachadas de car- tón del Gran Parque Temático Nacional.

En el trabajo que abre el libro, “Navarra, entre madre de Euskalerria y ‘nuestro Ulster’”,

Ángel García-Sanz Marcotegui describe, por un lado, la indiferenciación original del primer nacionalismo vasco y el integrismo católico, indistinción que en Navarra duró más que en Vascongadas y que explica las equívocas y contradictorias reacciones de los nacionalistas pamploneses  ante  el  alzamiento  (Mitxelena, en el mismo libro mencionado, recuerda, por

 

 

 

 

 

ejemplo, que Arturo Campión, sorprendido el

18 de julio en Donostia, preguntaba, al pa- recer, todos los días a su secretario: “¿Ya han llegado los nuestros?” No hace falta aclarar de quién hablaba); y, por otro lado, detalla el trabajoso y precario proceso de implantación del PNV en Navarra, fracaso para el que en- cuentra explicación en la incapacidad del PNV para admitir el hecho evidente e innegable de que una parte importante de Navarra, como decía Julio Caro, ni es vasca ni lo ha sido nun- ca. Ni tiene por qué serlo –añado yo–, si no creemos, como tantos, que ser vasco constituye el punto de fuga de todas las líneas de evolu- ción humana hacia la perfección.

La Ribera, el “Ulster navarro”, como lo llama García-Sanz, tomando la expresión de textos peneuvistas, ha sido la piedra en el zapato del partido y probablemente haya de serlo toda- vía. El análisis tiene un interés especial en este momento en el que la debacle política general ha puesto al PNV, bajo la máscara de Geroa Bai, en el poder. Es quizás pronto para decir- lo pero parece que los viejos vicios, los vie- jos errores, la vieja incapacidad de admitir la realidad en gran parte no vasca de Navarra, siguen intactos.

En el segundo trabajo, “Los símbolos del País Vasco, ¿con cuáles nos quedamos?” Félix Luen- go Teixidor analiza la labor de creación de sím- bolos “vascos” por parte del nacionalismo, en un doble movimiento: por un lado, creándolos ex novo como símbolos nacionalistas y tratando luego de extenderlos a toda la población, con la esperanza de que su carga ideológica se insufle subliminalmente en las conciencias. Ve- mos, así, cómo la bandera y el himno del PNV son hoy bandera e himno oficiales de la CAV, y cómo el mismo nombre inventado por Arana para su proyecto ha acabado por ser el de la

Comunidad autónoma. Dentro de este examen de las pacotillas creadas por Arana con vistas a su difusión colonizadora de cerebros, echo en falta, sin embargo, una mención de la ono- mástica personal nacionalista, que es, en mi opinión una de las operaciones de marketing simbólico más ingeniosas y más logradas del movimiento. Como todo el mundo sabe –per- dón, como ya casi nadie sabe– la onomástica que hoy pasa por vasca es en su mayor parte un invento, salido entero, nombre tras nombre, mediante  diversos  procedimientos  delirantes, de la cabeza del padre de la Idea. Como toda pacotilla, ha tenido gran aceptación.

El segundo método de simbolización que analiza el trabajo es la selección, en el patri- monio común de los vascos, de determinados elementos para desviarlos de su sentido ori- ginal y ponerlos al servicio del Proyecto; una estrategia que podríamos llamar de parasita- ción simbólica y que probablemente sea, aun- que francamente deshonesta, muchísimo más eficaz que la otra a efectos de la insuflación del Espíritu. El caso más flagrante, estudiado por Luengo, es el de la reflotación reciente de Euskal Herria para sustituir en la cruzada a Eus- kadi, nombre echado a perder por su acep- tación general. Perdóneseme aquí un excurso: merece la pena observar que la manipulación batasuna del término Euskal Herria (a la que veo apuntarse con creciente entusiasmo al PNV y aledaños) no es la primera que ha sufrido el nombre. En su uso en castellano, como observa con razón García-Sanz en el trabajo anterior, Euskal Herria es un término de rancia tradición carlista, que lo utilizaba insuflándole su peculiar companaje ideológico-religioso, inexistente en el uso tradicional. Ya antes del latrocinio bata- sunil, Euskal Herria había sufrido una primera operación cerebral a manos de la otra gran

 

Ideas, identidad y sujeto

 

 

 

 

ideología totalitaria y reaccionaria que hemos sufrido los vascos de los últimos siglos: el inte- grismo carlista.

En cuanto al uso tradicional vasco del tér- mino, ya que al cabo es un término tradicio- nal, aprovecho para hacer una observación que creo de interés: en las primeras documen- taciones del nombre en los siglos XVI y XVII, básicamente en Leizarraga y Axular, el nombre aparece escrito siempre en minúscula. Esto es hoy más fácilmente comprobable ya que los facsímiles de las ediciones originales pueden verse en varios sitios (por ejemplo en klasikoak. armiarma.eus); antes era difícil de saber, ya que algunos editores modernos de los textos (no así, por ejemplo, Villasante, que respeta el texto original) han cambiado esta minúscula a mayúscula, quizás creyéndola una errata o falta. Pero no lo es. Ambos textos están muy cui- dadamente editados, y en ellos los topónimos, los nombres propios de lugar, que se citan a porrillo, aparecen siempre sin excepción con mayúscula. Y nuestro nombre, en cambio, siem- pre con minúscula. Es decir que lo escribían así porque no lo consideraban un topónimo, sino un sintagma común, una mera expresión descriptiva, que debería traducirse por algo como “la zona de habla vasca” o “donde se habla euskera”, expresiones que tampoco en castellano se le ocurriría a nadie escribir en ma- yúsculas. Los editores modernos, pues, yerran o ponen de su cosecha. Me parece un detalle interesante en la historia de la evolución y ma- nipulación semántica del término.

Luengo concluye que el nacionalismo ha sido incapaz de crear una simbología o un imaginario común aceptable para todos los vascos. Este fracaso es consecuencia, en mi opinión, de la incapacidad de aceptar la di- versidad de los vascos, como en el caso antes

mencionado de Navarra. Mientras los naciona- listas sigan creyendo que –en palabras públicas y literales de Xabier Arzalluz– “los nacionalistas somos los vascos de verdad”, y es evidente que lo siguen creyendo, no serán capaces de crear unos símbolos comunes aceptables, ya que a los vascos no-de-verdad nos irritan y molestan sus baratijas y sus horteradas, y todavía más su deshonestidad: las burdas e ilegítimas ma- nipulaciones que hacen de nuestro patrimonio común.

En el tercer trabajo del libro, “El síndrome de Jerusalén”, Joseba Louzao trata, cómo no, de la religiosidad como elemento esencial del devenir vasco y también, cómo no, de la utiliza- ción partidista e ideológica de ese sentimiento para fines menos santos que los declarados. Realiza un completo repaso a las diversas far- sas historicistas de base religiosa que han co- rrido por el país: desde su colonización por Túbal, pasando por su monoteísmo prehistórico (sostenido hasta por gente de la solvencia de Barandiarán), y la sacralización del mundo ru- ral vasco y su elemento aislante, el euskera, por parte del integrismo y sus derivados políticos posteriores. El análisis llega hasta los últimos años del siglo XX, cuando el explosivo cóctel de fe religiosa y militancia política cocinado en los años 60 acaba por provocar la debacle de lo religioso, o, quizás, su trasvase de sacra- lidad a la política.

Esta contribución de Joseba Louzao, junto con las de Fernando Molina, por un lado, y Raúl López y José Antonio Pérez, por otro, que versan sobre la historia más reciente de los vascos (“El conflicto vasco”. “Relatos de Historia, memoria y nación”; “La memoria histórica del franquismo y la Transición. Un eterno presente”) muestran que la selección de los periodos que se utilizan para definir esta historia ha estado sujeta a cri-

 

 

 

 

 

terios de memoria e identidad, tomando la na- ción como referente de sentido, editor interpre- tando los hechos del pasado según esquemas inducidos por estos referentes importantes en el presente. El trabajo de Raúl López y José Anto- nio Pérez sobre la Guerra Civil, el franquismo y la transición muestra una acuciante penuria de hechos en la historiografía vasca. No sabemos nada por ejemplo, del franquismo sociológico que en el País Vasco, como en el resto de Espa-

ña, sostuvo la dictadura durante cuarenta años, ni sabemos tampoco demasiado de la intrahis- toria de la violencia terrorista, de las heridas personales y las mutilaciones afectivas de las víctimas secundarias, ni de la estructura de la conspicua complicidad con el terror prevalente en muchos medios del país.

También el trabajo de Pedro Berriochoa (“De la vida rural vasca. Caseríos, caseros y cuentos”) denuncia algo parecido: el abando- no de grandes tramos de historia social, en su caso el del mundo rural vasco, a especialistas de otros campos, como antropólogos, etc.

El pasado de los vascos está sometido a un conocimiento condicionado y selectivo aún

en el mismo nivel de los hechos, no ya solo en el de las interpretaciones. Y esta escasez proviene sin duda de unos criterios demasiado “patrióticos” a la hora de seleccionar lo que es interesante y lo que no. La historia, a diferencia de sus sucedáneos adulterados, tan abundan- tes, proporciona, como dicen los editores en la introducción, “demasiadas dudas y dema- siadas pocas certezas para las necesidades patrióticas del presente.”

La aplicación del canon “nacional(ista)” actual al pasado lleva a retratar, por ejemplo, todo el pasado de los vascos como un inaca- bable relato de victimización colectiva, y en consecuencia, como denuncian Luis Castells y Antonio Rivera en su contribución (“Las víc- timas. Del victimismo construido a las víctimas reales”), a que esta imagen doliente y martirial, falsa, consiga diluir y neutralizar a las víctimas del gran trauma colectivo del presente, que ha sido el terrorismo nacionalista, en el siempre sufriente marco del pueblo vasco-víctima, relato perverso impulsado sin cesar, y con éxito, por los perpetradores y sus cómplices.

 



Post a new comment