RAFA AGUIRRE SEMBLANZA

julio 20, 2016

VÍCTOR URRUTIA ABAIGAR

Con motivo de la entrega del premio Mario Onaindia por la defensa de la libertad y de la democracia y en memoria de su vida, habéis pensado en mí para glosar la persona de Rafael Aguirre, Rafa, para los amigos, y os lo agradezco.

Valoro vuestra certera elección para el premio, y agradezco, repito, este honor de redactar y exponer esta laudatio, permitidme el término académico, sobre alguien que es más que un académico o investigador, más que un fino crítico social y publicista, como se dice ahora. Rafa es una persona comprometida con su tiempo, con los principios e ideas que alientan la esperanza y que sabe acariciar con sus palabras la piel endurecida por el dolor de la gente más débil y de las víctimas que sufren la falta de libertad.

Rafa es todo eso, que es mucho, y es más. Es, sobre todo amigo de sus amigos, entre los que me encuentro, y gozo de esa amistad que ha ido madurando con el paso de los años.

En estos breves minutos que se me han con- cedido trataré de glosar de forma resumida lo que considero las líneas maestras de nuestro homenajeado, su contexto sociocultural y su trayectoria. Es decir, aquellos elementos significativos que nos hacen calificarle como un “referente intelectual”, no sólo de los que estamos aquí, sino del país que nos ha tocado vivir.

Hijo de un tiempo de crisis y de esperanza

Hace medio siglo, tras los difíciles años de la postguerra civil, en plena dictadura, un joven preteólogo, ávido de conocimiento y de experiencia, pudo participar y seguir en directo, desde Roma, la gran aventura de la esperanza que fue el Concilio Vaticano II. Hijo de aquellos momentos, de una crisis social y política –el franquismo– leer expresiones, alguna tan conocida como la que cito a continuación, le debió llenar de ilusión:

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”.

A partir de ese acontecimiento, hizo suya la esperanza y el compromiso de llevar a la práctica el mensaje de cambio evangélico, la buena nueva conciliar.

Tuvo la oportunidad de experimentar, en su estancia en Roma, un contexto motivador y cosmopolita, la actividad política de una sociedad democrática, con los grandes debates entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano (PCI) y, sobre todo, los debates conciliares. El distanciamiento físico de la grisura de la España franquista forjó en él, ante los problemas sociales y políticos, una actitud profundamente conciliar, abierta al diálogo entre cultura y fe, entre política y compromiso, entre justicia y cristianismo.

Fueron siete años decisivos para su orienta- ción académica y científica y para su experien- cia vital como ciudadano, en el sentido profundo que esa palabra encierra en la vida social y política.

Al igual que otros coetáneos y amigos de él, como Ignacio Ellacuría, Rafa tuvo en esta experiencia humana e intelectual la posibili- dad (y la responsabilidad) de crear un puente entre lo viejo y lo nuevo, no sólo en el ámbito teológico sino también en el político. Puente que facilitó y sigue facilitando el tránsito de otras generaciones a los paradigmas que hacen comprensibles el valor de la cultura religiosa en una sociedad laica. Y, también, el sentido de la fe cristiana en la conquista de la dignidad humana. En otras palabras, hizo y sigue haciendo creíble la contribución del mensaje evangélico a la creación de una sociedad más justa, más libre, más igualitaria y más solidaria.

La viña de la política

Sobre ese humus cosmopolita, cultural y eclesial, Rafa Aguirre fue haciendo crecer sus convicciones en la viña de la política. Y en co- herencia con ellas, fue tomando partido en los difíciles años de la lucha clandestina contra el régimen franquista.

Aquel profesor que conocí en mi último curso de los estudios de Sociología, en 1973, cuando simultaneé algunas asignaturas de Teología, entre otras la suya de Evangelios Sinópticos, era ya un adelantado, un referente en el ámbito de la reflexión política, junto con otro sacerdote y profesor de Ciencia Política, Rafael Belda.

En los complejos años de la Transición y de la joven democracia, fue tomando partido en la arena pública en los medios de comunica- ción ante los temas de actualidad en los que la Iglesia tenía alguna responsabilidad. Lo hizo primero, bajo la firma “Colectivo Biharko” del que formábamos parte, además de Rafa, Patxi Loidi, los profesores de la Universidad de Deusto Txema Mardones, yo mismo y, ocasionalmente, Alfredo Tamayo. El 21 de enero 1979, en un artículo de opinión en El País titulado “La prueba de la Iglesia vascadecía, decíamos lo siguiente:

“Como ciudadanos creemos que no se puede negar a la Iglesia, como a cualquier otro grupo social, el derecho a la palabra pública. Como cristianos consideraríamos inaceptable reducir la fe cristiana al culto y al interior de las conciencias. Pero también como cristianos nos parece preocupante que el baremo para las intervenciones de los organismos eclesiásticos, con frecuencia, parezcan ser los intereses institucionales y no la gravedad de los problemas a la luz de los valores evangélicos”.

En este contexto surgió la primera denuncia pública a la Jerarquía eclesiástica vasca contra el lenguaje retórico, moralista y abstracto y por su silencio sobre los crímenes de ETA. Fue el prólogo de la gran aportación de Rafa a la causa de la libertad en nuestro país, un adelanto de su lucha, en tiempos de oscuridad, como diría Hanna Arendt, por la causa de la moral cívica y la ética política. En aquellas fechas

Rafa Aguirre. Semblanza

sostenía la necesidad de “una ética política en nombre de la construcción humana y eficaz de la historia. No basta decir «no hay que matar, porque toda vida humana es sagrada»: es ne-cesario afirmar que «estas acciones armadas concretas son totalmente condenables», porque nos llevan al caos histórico y a la involución social”…“En el País Vasco prolifera el fanatismo y el miedo, y la Iglesia –no sólo sus represen- tantes oficiales– sino todo el cuerpo social, no ha promovido, al menos suficientemente, la lu- cidez y la responsabilidad cívica”.

En las cuatro décadas que van desde el posfranquismo a la actualidad, puede conside- rársele como a “uno de los pocos intelectuales que ha situado el núcleo del problema de la sociedad y la política vasca en el contexto pre- ciso: el ético”.

Su obra El túnel vasco: democracia, iglesia y terrorismo publicada en 1998, da prueba de ello así como sus reflexiones en la prensa escrita y en la radio, ininterrumpidas desde 1979 a nuestros días.

Rafa hizo frente al “mal consentido”, denunció hechos, actitudes, gestos e ideas liberticidas o excluyentes no cuestionadas por ecle- siásticos y bienpensantes; rompió capas de silencio que se han ido acumulando en la vida pública en estos años y no calló por conveniencia, por miedo, por pereza, o por complicidad. Tampoco calló por temor a no parecer políticamente correcto o por no parecer buen vasco o patriota.

Sus artículos siguen publicándose de manera regular y son ejemplo de un pensamiento pegado a la realidad social y política que apunta a las causas complejas, a la raíz de los problemas y, sobre todo, abren interrogantes y suscitan interés. No sólo en el campo restringido de nuestro país sino también en otros ámbitos de los que él es un auténtico experto: Oriente Medio, el conflicto palestino-israelí o el mundo árabe, resultado de su conocimiento directo de personas y de situaciones que vivió en sus años de investigación en Jerusalén.

Los laicos que, desde nuestra fe cristiana, hemos asumido compromisos políticos, debemos agradecer su posición como teólogo bi- blista, como fuente de inspiración y de sentido en esos compromisos y también su posición política frente al nacionalismo etnicista, a la “teología del pueblo” y, en definitiva, a la religión de sustitución, los nacionalismos románticos contemporáneos.

El arado de la investigación

Dejo para el final su labor teológica y sus trabajos más sólidos: su línea de investigación sobre los orígenes del cristianismo. Su forma- ción teológica en Teología y Biblia en Roma, en la Universidad Gregoriana y posteriormente en el Pontificio Instituto Bíblico marcó su carrera como docente y como investigador. Forjado en un ambiente de libertad teológica que le permitió vivir de primera mano los debates de los grandes pensadores del Concilio, tales como Rahner, Küng, Congar, Schilebeeck o el más conocido ahora, Ratzinger, su especialización se afianzó en Jerusalén, en los inicios de los años setenta, en L’École Biblique et Arqueologique. Por otra parte, su residencia en el Instituto Bíblico y Arqueológico Español le permitió conocer y trabar amistad con otros estudiosos españoles con los que pudo intercambiar experiencias no sólo humanas sino también científicas acerca de la investigación bíblica.

Fue un pionero en la aplicación de las metodologías de las ciencias humanas y sociales a la exégesis y a la construcción de los contextos que explican los escritos bíblicos. Comparte, además, su metodología con la de otros grupos de investigadores internacionales dándola a conocer en España y en el mundo de habla hispana. El más famoso de sus trabajos fue Del movimiento de Jesús a la Iglesia primitiva. Ensayo de exégesis sociológica del cristianismo primitivo, publicado en 1987 del que hay varias reediciones y traducciones a diferentes idiomas. Su producción ha sido constante y ha tenido una amplia difusión y reconocimiento tanto nacional como internacional. El y su equipo registran una cuantiosa publicación en libros, capítulos de libros y artículos en revistas científicas y de divulgación teológico-bíblica. La publicación que mejor recoge este quehacer coral, coherente y maduro es Así empezó el cristianismo, de 2010, obra de referencia obligada para investigadores e interesados en los orígenes del cristianismo.

Podemos decir que su arado científico ha penetrado con fuerza en la tierra de los estudios bíblicos, que se ha abierto al debate inter- nacional de su complejo y polémico campo y que ha conseguido ese dificilísimo objetivo de todo investigador: formar y forjar un equipo de personas que potencien y continúen una línea de trabajo.

Ha creado escuela y es un maestro con autoridad que no ha rechazado, cuando tocaba, asumir las tareas de gestión, como la de Decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto o la docencia que ha ejercido con brillantez durante 35 años o la divulgación de sus trabajos en foros múltiples (parro- quias, universidades, centros de investigación o cursos especializados para obispos –eso si, no españoles–). Ha sido profesor invitado en varias facultades universitarias en Roma, París y América Latina (donde convivió, en la UCA, con Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino).

Un sabio entre nosotros

Tenemos, pues, a un sabio entre nosotros. Alguien que ha sabido combinar y equilibrar a lo largo de su vida: compromiso solidario, inteligencia, constancia en la búsqueda del conocimiento y humanidad en el trato con las personas que le rodean. Y ha hecho de la humildad y de la reflexión crítica, actitudes permanentes de su trayectoria científica.

Como han dicho sus colaboradores y amigos de él: “Es fiel a ese espíritu de frontera, que consiste en construir una coherencia prácti- ca entre la implicación en los ámbitos civiles y los principios cristianos. Y siempre tratando de hacer relevante socialmente el mensaje de la fe y el Evangelio en un lenguaje apropiado y crítico, consciente de la necesidad de las mediaciones históricas necesarias para lograrlo”.

Gracias a todos por vuestra escucha, a la familia, amigos y a la Fundación por haber valorado la figura de Rafa como un referente de la libertad, especialmente en nuestro país, y a ti Rafa, por tu amistad.

NOTA: Texto leído el 17 de octubre de

2015, en Zarautz, durante la entrega del Premio Mario Onaindia a Rafael Aguirre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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