TOTALITARISMO Y GUDARISMO

marzo 7, 2016

JESÚS CASQUETE

La sociedad vasco-navarra ha sufrido durante décadas el intento de imposición de un proyecto totalitario por parte del movimiento liderado por ETA. La eliminación o el silenciamiento de quienes no encajaban en el jardín imaginado fueron sus expedientes. Un mecanismo fundamental para la reproducción de la violencia ha sido la glorificación año tras año de los héroes muertos por la “libertad” de Euskal Herria. Los “guda.ris” emergen entonces como la prefiguración del “nuevo hombre” a forjar en la patria soñada. Una vez cerrado el capítulo de la violencia tras la capitulación de ETA y de la incorporación de su movimiento a las instituciones democráticas, ¿se puede seguir hablando de una variante vas.ca del totalitarismo?

En el discurso político y periodístico actual menudean entre sus críticos las referencias al “proyecto o espíritu totalitario” del nacionalismo vasco radical (NVR). En este contexto, el califi.cativo de “totalitario” no resulta del todo novedoso. Antes de la declaración del alto el fuego por parte de ETA en octubre de 2011 era habitual escucharlo en boca de un espectro plural del arco ideológico vasco. Dirigentes del PP, PSE y UPyD han recurrido a él con cierta profusión. No se trata, sin embargo, de una terminología privativa del no-nacionalismo vasco. En una en.trevista publicada en El Diario Vasco en 2008, la entonces Consejera de Transportes y Obras Públicas del PNV, Nuria López de Guereñu, declaró: “La ‘Y’ es una mera excusa para el proyecto totalitario de ETA”. El entonces máximo dirigente jeltzale, Josu Jon Imaz (y si recurro a él, es en tanto que exponente de un nacionalis.mo liberal), aplicaba por las mismas fechas la etiqueta de forma expansiva, ya no restringida a la banda terrorista, sino también a su colchón social y político. Para Imaz, “la principal tarea del nacionalismo institucional” era “la deslegitimación política y social de ETA y su movimiento totalitario” (Europa Press, 1-5-2008).

La rúbrica de totalitarismo cobija una actitud denigratoria. En su ánimo está impugnar de raíz la ideología o movimiento referidos, siquiera porque su misma alusión evoca los genocidios y violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos de la mano de los dos grandes exponentes totalitarios del siglo pasado, el nacionalsocialismo y el estalinismo. Convendría interrogar a los portavoces involucrados sobre la intencionalidad y sentido de la terminología usada, aunque tengo para mí que en un aspecto todos ellos convergen: en mostrarse convencidos de que el recurso (o la amenaza del recurso) al terror choca de raíz con los procedimientos que marca una política democrática para canalizar los distintos proyectos de configuración de la sociedad. En una esfera política democrática digna de tal nombre, las únicas rutas posibles para alcanzar compromisos con el otro son la persuasión y el diálogo, nunca las balas, las bombas, la extorsión o el secuestro. La libertad, según escribió Rosa Luxemburgo, es siempre la libertad de los que piensan de forma diferente. El caso es que en este país hay quien se ha empeñado en segar la vida y libertad de esos que piensan de forma diferente, simplemente porque han sido etiquetados como “enemigos”.

En lo que sigue, intentaré ofrecer algunas claves para dilucidar en qué medida se puede calificar al proyecto del nacionalismo radical como totalitario, más allá del criterio del uso de la violencia. Al referirme al NVR tendré como refe.rente al movimiento articulado alrededor de ETA y conocido como MLNV hasta el cese el fuego por parte de la primera en octubre de 2011. Entiendo que, en lo que afecta a dicho actor, desde entonces vivimos en una fase liminal o, si se quiere, de crisis en el sentido gramsciano: un momento en que lo viejo ha desaparecido de escena y los perfiles de lo nuevo no se acaban de vislumbrar. Lo viejo son las prácticas violentas; lo nuevo es el aprendizaje de una política del compromiso y la transacción, en definitiva, de la democracia. El recurso a la violencia puede desaparecer con relativa rapidez, tal y como hemos tenido ocasión de constatar en las calles del País Vasco y de Navarra; cuando responde a prácticas inveteradas, las actitudes y prácticas sectarias y excluyentes son más difíciles de erradicar, no es algo que se consiga de la noche a la mañana. ¿En qué dirección apuntará el segundo pilar del nacionalismo vasco, la cuarta pata del espectro ideológico vasco, en lo que a sacudirse los tics totalitarios del pasado se refiere? Entiendo que resulta prematuro ofrecer una respuesta, precisamente por hallarnos en una fase liminal de tránsito a un no se sabe muy bien dónde, aunque quiero pensar que si otros antes consiguieron aprender la democracia practicándola (el ejemplo de Euskadiko Ezkerra al respecto resulta paradigmático), ¿por qué iba a ser diferente el NVR?

A continuación esbozaré una serie de pau.tas y de rasgos del totalitarismo derivados de la experiencia europea del siglo pasado con el fin de que nos sirvan para fijar la atención en la doctrina y práctica de un actor político concreto, en nuestro caso el NVR. No es mi intención pro.porcionar un esquema cerrado que sirva para identificar de forma inequívoca a actores tota.litarios. Se trata, más bien, de ofrecer algunos indicadores que apunten de forma indiciaria a su presencia. Indicadores que nos inviten a la reflexión. Si la máxima cartesiana sentaba que “pienso, luego existo”, mi ánimo es enriquecerla de acuerdo al principio “dudo, luego pienso” (o su reverso, el “pienso, luego dudo”). Todo esto para decir que lo que ofreceré serán elementos para animar la duda. Nada más, pero tampoco nada menos.

La definición que de “totalitarismo” ofrece el DRAE puede servirnos de pórtico al problema para –adelanto– un primer descarte. Dice así: “Régimen político que ejerce fuerte intervención en todos los órdenes de la vida nacional, concentrando la totalidad de los poderes estatales en manos de un grupo o partido que no permite la actuación de otros partidos”. Nótese el énfasis en la política en sentido estrecho: se habla de régimen político, de poderes estatales, de partidos. Centrémonos, de momento, en que la definición vincula el concepto con un “régimen” ya instituido, pero que excluye la posibilidad de aplicarlo a proyectos instituyentes, es decir, a partidos y/o movimientos políticos que aspiran a articular la sociedad de acuerdo a parámetros que suponen una ruptura con el pasado y que, en este sentido, son revolucionarios.

De este tenor, el movimiento nazi se habría hecho merecedor del calificativo de totalitario tras alcanzar el poder en enero de 1933, pero no antes, en su fase de movimiento sociopo.lítico, cuando libraba una guerra civil latente en las calles de Alemania durante la República de Weimar, en especial contra los comunistas. Cambiando de coordenadas espacio-tempo.rales, el NVR articulado en torno a lo que se dio en llamar el MLNV, con ETA como elemento armado y Herri Batasuna-Batasuna-EuskalHerritarrok-ANV-PCTV-etc. como brazo político, tampoco sería merecedor de la etiqueta, ni siquiera tras su acceso a instancias de poder como son la Diputación de Gipuzkoa o el ayuntamiento de San Sebastián. Una cosa es ocupar las máximas instancias políticas en un sistema democrá.tico a partir de una mayoría electoral traducida en poder ejecutivo, y otra cosa sustancialmente distinta fundar y liderar un régimen que aspire a socavar el pluralismo político. No parece ser el caso del País Vasco, a tenor de los resultados en las últimas elecciones municipales, forales y autonómicas. Por sí sola, la ocupación circuns.tancial de las instituciones no sienta régimen, lo que los anglosajones denominan una Polity. Otra cuestión distinta es si, desde una posición tal, se pueden impulsar políticas, policies, que preparen el camino para una Polity de tonalidad totalitaria.

A mi juicio, cuando de lo que se trata es de apuntar a sus esencias, a su núcleo duro, una lectura “social” del totalitarismo resulta más interesante que su lectura “política”. Desde este punto de vista estaríamos hablando, grosso modo, de un tipo ideal para referirnos a la forma de dominación que lamina la pluralidad intrínseca a toda sociedad moderna por medio del ejercicio discrecional de la violencia o, lo que viene a ser lo mismo en sus consecuencias, de la amena.za perenne, ubicua y plausible de su ejercicio. Ninguna definición más concisa y certera desde este énfasis social que la que nos brindó Stefan Zweig en su libro Castellio contra Calvino: el totalitarismo es el intento de alcanzar la uniformización completa de todo un pueblo en nombre de una idea. Ya fuese la pureza racial aria (caso nazi), o el interés de una clase universal lidera.da por una vanguardia que hablaba, pensaba y actuaba en su nombre (estalinismo), tras el proyecto totalitario se escondió una pasión por la unanimidad. Con carácter previo y necesario al recurso a la violencia, los totalitarios señalan a sus enemigos internos, movilizan el resentimiento y exigen de sus súbditos una conformidad ciega.

Los destinatarios de la estigmatización so.cial cambian de una instancia de totalitarismo a otra, pero la estructura del pensamiento y proceder perduran. En el caso soviético bajo Stalin los enemigos eran etiquetados de forma eufemística como “elementos sociales extraños”, o simplemente como “burgueses”; en el nazi como judíos y marxistas o, también, como judeo-bolcheviques. ¿Y en el caso del nacionalismo vaso? Para Sabino Arana España y los “españoles” eran la quintaesencia del mal. Tam.bién luego de ETA, aunque con una diferencia sustancial: el fundador del nacionalismo vasco jamás impulsó el aniquilamiento físico del español (recordemos su consejo de responder con un “Nik eztakit erderaz” al español que pidiese auxilio mientras se ahogaba en la ría), paso que sí dio ETA, bien que a partir del método muestral, apuntando a individuos no tanto por ser quienes eran, sino por lo que representaban (miembros de las fuerzas de seguridad, militares, jueces, políticos de partidos no nacionalistas,…). El asesinato de personas por condensar la idea de España (la “kaña a España”) es razón sufi.ciente para tildar a sus ejecutores y acólitos de totalitarios. Claro que, en el nuevo escenario abierto tras el cese terrorista por parte de ETA, el asesinato ha sido desterrado del repertorio de formas de acción del NVR. La cuestión que se abre en el nuevo escenario es: si el terror en forma de terrorismo en una esfera pública democrática es razón suficiente para hablar de totalitarismo, ¿lo es también necesaria? O dicho de otra forma: ¿es posible un totalitarismo sin despliegue del terror, sin asesinatos? Para responder a esta pregunta conviene distinguir los medios de los fines. El recurso a la violencia como modo de intervención política ha desaparecido, pero ¿hay fines que aspiren a la unanimidad social a través de fines pacíficos?; ¿hay policies que allanen el camino?

El totalitarismo recela de la pluralidad social porque descansa en una concepción antropológica que contempla al individuo como pieza predefinida de una comunidad más allá de su voluntad. Si destaco esta dimensión es porque detrás de cada intento de configurar un orden social y político figura siempre una visión de la naturaleza humana. En el trasfondo de la visión totalitaria de la vida política y social –como, por lo demás, en toda ideología– se encuentra una concepción concreta del individuo que Rousseau ya dejó sentada en El contrato social: “Quien se atreve con la empresa de instituir un pueblo debe sentirse en condiciones de cambiar, por así decir, la naturaleza humana; de transformar cada individuo, que por sí mismo es un todo perfecto y solitario, en parte de un todo mayor, del que ese individuo recibe en cierta forma su vida y su ser” (Libro II, Cap. VII).

Respetar la pluralidad intrínseca a todo or.den social moderno sería tanto como reconocer al individuo el margen para decidir el rumbo de su vida, su definición de lo que constituye una vida digna de ser vivida. La libertad individual queda anulada en aras de un ajuste decidido de forma heterónoma por instancias de autoridad que hacen valer su visión del orden social y de la vida buena mediante el recurso a la violencia o, ya lo hemos hecho constar, la amenaza caprichosa, discrecional e ilegítima de su recurso. El individuo como sujeto de elecciones múltiples y continuas choca con los requerimientos de una visión predeterminada e ingenieril del orden social. El respeto y salvaguarda de la autonomía individual es algo a lo que los totalitarismos no están dispuestos, si no es obviando el núcleo duro de su proyecto liberticida.

El totalitarismo ofrece tanto un diagnóstico del orden social presente (siempre leído en claves agónicas y de degeneración) como una ruta para arribar al orden social soñado, a la utopía racial y/o social vehiculada por el movimiento o régimen en cuestión. Los perfiles que delimitan el perímetro del fenómeno totalitario de que conviene dejar constancia en lo que aquí nos interesa, los órdenes social y antropológico, se cifran en los siguientes aspectos:

1) El totalitarismo descansa en una visión organicista de la sociedad, visión que dicta que cada individuo presta su servicio a un todo al que está subordinado, desempeñando funciones de valor asimétrico según adscripción de etnia, género, clase social o afección y grado de compromiso con el ideario pregonado por el movimiento o régimen en cuestión. Hitler fijó este extremo de forma meridianamente clara en Mein Kampf: “Igual que a los pueblos, tengo que valorar de forma diferente a los individuos dentro de una misma comunidad nacional. La observación de que un pueblo no es igual que otro se transfiere a los individuos dentro de una comunidad nacional”. Dichos individuos ocupan rangos diferentes según pautas jerárquicas sujetas al principio de “igual naturaleza pero distinto valor” (caso de las mujeres). Como quiera que sea, el gradiente de los servicios prestados a la nación comprende desde la colaboración material puntual en forma de donativo, por ejemplo, hasta, en su extremo más excelso, el sacrificio de la propia vida, siempre guiado por la obediencia ciega. Es decir, que “el interés general prevalece sobre el interés individual”, tal y como recoge el Programa del NSDAP de 1920 en su punto 24; o también aquella máxima igual de querida a los nazis según la cual “Tú no eres nada, tu pueblo lo es todo”. Goebbels, responsable de la lucha por la calle en Berlín y luego ministro para la Propaganda e Ilustración del Pueblo, condensó esta idea en su definición de socialismo: “La prevalencia del concepto de pueblo sobre el concepto de individuo”. La determinación de en qué consiste ese interés general corresponde al líder carismático de turno, objeto con frecuencia de culto cuasi-religioso por quintaesenciar los principios mismos del régimen totalitario (recuérdese el documental hagiográfico del nazismo El triunfo de la voluntad, de Leni.Riefenstahl, donde el secretario de Hitler, Rudolf Hess, grita que “Hitler es Alemania, y Alemania es Hitler”). Él es quien se erige en intérprete úni.co del destino de la comunidad. Su suerte se asimila a la suerte de la comunidad, porque él (puesto que siempre se trata de un varón), y sólo él, decide el rumbo a seguir.

El NVR, como ideología ultranacionalista que es, ha elevado al centro de su cosmovisión y de su práctica el culto a los gudaris caídos en el nombre de Euskal Herria, en tanto que exponen.tes de sus mejores miembros. De ahí que hable de su “gudarismo”, esto es, de la práctica de un actor sociopolítico que, en aras de la construc.ción de una Euskal Herria soñada, rinde culto al mártir caído por su inapreciable valor integrador y mimético. Al reverenciarles públicamente se da cuerpo a una cadena histórica inquebrantable desde tiempos ancestrales en la lucha por la“libertad” de Euskal Herria. Claro que la sensación de continuidad y de teleología que transmite la metáfora de la cadena puede ser un mito que tape otras realidades, no ya de la historia, sino de la microhistoria de muchas familias, en las que de padres requetés salieron vástagos etarras. Su generosidad a la hora de seguir fielmente el dictum clásico de patriae totus et ubique les convierte en acreedores del reconocimiento de sus seguidores y, más todavía, les hace dignos de ser imitados. No ya porque sacrificaron sus vidas en aras de la comunidad, algo que en.cuentra sentido en la tradición republicana, sino porque fueron capaces de arrebatársela a otros. Su disposición sacrificial les convierte en el faro de la comunidad nacional soñada, ese modelo organicista de sociedad en el que, como predicaban y practicaban los nazis, el individuo se diluye y se pone al servicio del conjunto, según pautas decididas por instancias ajenas a él. Así se entiende que los gudaris figuren en el epicentro del calendario conmemorativo del NVR, algo que resulta mucho más que un elemento anecdótico de sus prácticas. Se trata de una catego.ría-probeta en la que se condensan su ideario e imaginario. Se recuerda a los “gudaris de ayer y de hoy” de forma agregada, como son los casos del Bizkargi Eguna cada 3 de mayo o domingo siguiente, o el Albertia Eguna, normalmente el primer domingo de julio. Los aniversarios de la muerte de gudaris con un valor especial para la comunidad son asimismo oportunidades para reivindicar su ejemplo: son los casos del Gudari Eguna cada 27 de septiembre, fecha de los fusilamientos de Otaegi y, sobre todo, de Txiki; del 20 de noviembre, aniversario de los asesinatos de Santi Brouard en 1984 y de Josu Muguruza cinco años más tarde; o del 21 de diciembre, aniversario del asesinato de Argala en 1978. Los discursos de homenaje pronun.ciados año tras año por destacados dirigentes del NVR con motivo de esas conmemoraciones tenían como objeto dotar de sentido al sacrificio individual y enmarcarlo en una cadena épica de lucha ancestral por sacudirse el yugo español. La sangre derramada por Euskal Herria figura, pues, en el corazón del tiempo sagrado del jin.goísmo abertzale. Por eso resulta clave para el ultranacionalismo, como sugería un artículo de opinión aparecido en naiz.info (“Zer abestuko ote dute biharko ikastoletan?”, acceso 7 de abril de 2014) mencionando al dirigente de ETA Eustakio Mendizabal “Txikia” y al jefe de gudaris durante la Guerra Civil Cándido Saseta, que los niños en las ikastolas canten sus nombres.

El gudari es la encarnación del “nuevo hom.bre” soñado por el NVR, un ser acomodado a su condición de pieza de un engranaje más elevado que ha renunciado a un proyecto de vida autónomo, vale decir, derivado de su propia concepción de la felicidad. Por eso los creyen.tes en su causa impulsan una imitatio heroica; para llenar el país de sujetos satisfechos de su servicio a la noble causa de la patria soñada. Contemplado de forma retrospectiva, el culto a los gudaris caídos ha resultado un factor funda.mental en la reproducción de la subcomunidad violenta alrededor de ETA, el líder carismático del NVR. (No me resisto a constatar la falta de alguna aproximación a su estudio desde esta perspectiva, altamente sugerente y al estilo de otras interpretaciones del nacionalsocialismo, por ejemplo, y del Führerprinzip o principio del liderazgo). Su exaltación alimenta la espiral de violencia, como vio el escritor y crítico social alemán Kurt Tucholsky cuando, por pluma de uno de sus pseudónimos, y en una época de inflación épica protagonizada por los nazis, escribió en 1932 que “toda glorificación de un hombre caído en una guerra se traduce en tres muertos en la guerra siguiente”. En algo similar estaba pensando su compatriota Bertolt Brecht cuando en uno de sus dramas puso en boca de Galileo aquello de “pobre del país que necesita héroes”.

Pero abundemos un poco más en el tema del calendario del NVR, de su tiempo sagrado. Otro bloque de festividades (o de contrafestividades, en la medida que responden a una contraprogramación) está ligado a fechas de significado especial para los enemigos ancestrales del pueblo vasco, España en primera instancia y, después, también Francia. En 2014, en las paredes de la UPV/EHU en Leioa, aparecieron unos carteles firmados por Ikasle Abertzaleak que rezaban: Ikasleok jai arrotzei intsumisioa. Nada que no haya aparecido ya en repetidas ocasiones en las agendas publicadas por la misma organización. Las fechas que se detallaban en el cartel eran: el 12 de octubre, Día de la Hispanidad y festividad de la Guardia Civil; el 25 de octubre, día del Estatuto de Gernika; el 11 de noviembre, Día del Armisticio; el 6 de Diciembre, aniversario de la aprobación de la Constitución española; el 14 de julio, Día de la Bastilla y el 25 de julio, patrón de España. En el marco de la religión política del ultranacio.nalismo, se trata de escenificar “celebraciones purificadoras” para resarcir la profanación que representa celebrar en suelo vascofestividades de los enemigos ancestrales.

2) El ser humano, imperfecto y sujeto como está a una pulsión transgresora por salirse del dibujo social que anhelan los totalitarismos, también es susceptible de ser reconducido y ajusta.do al patrón totalitario. Frente al hecho del pluralismo intrínseco a toda sociedad democrática, los totalitarismos anhelan una comunidad, de base racial (en el caso alemán, la Volksgemeinschaft o “comunidad nacional”) o de clase (en el caso soviético), una gran familia en todo caso en la que todos sus integrantes (eso sí, y el matiz no es precisamente menor: una vez trazado el perímetro del “dentro/fuera”) puedan considerarse hermanos entre sí.

En la cosmovisión totalitaria, el ser humano es dúctil como la cera, y sus dictadores los encargados de la misión histórica de la forja del hombre nuevo. No es casualidad, pues, que los principales líderes totalitarios se contemplaran a sí mismos como artistas comisionados por el destino para labrar al nuevo hombre. Mussolini quedó marcado por la figura de su padre, herrero de profesión, de quien extrajo una inclinación: “El martillo y el fuego me hicieron adquirir pasión por la materia que uno dobla con su voluntad”. Las analogías entre el estadista y el artista que aspira a “dominar a la multitud” son algo más que un recurso retórico del Duce. En 1917 escribió: “El pueblo italiano es ahora el yacimiento de un mineral precioso. Aún es posible una obra de arte. Necesita de un gobierno. Un hombre. Un hombre capaz de combinar el delicado toque del artista con el puño de hierro del guerrero”. En la inauguración de una expo.sición en 1922 dijo “hablar como artista entre los artistas, pues la política trabaja sobre todo el más difícil y el más duro de los materiales, el hombre”. Para entonces ya se había hecho acreedor entre sus correligionarios del título de “escultor de la nación italiana”, al tiempo que se presentaba a sí mismo como su creación más excelsa (también en el físico; recuérdense si no sus fotos con el torso desnudo, luego emuladas por Putin). Tuvo un destello de lucidez, bien que parcial, en 1943, al borde de su fatal final, al reconocer el fracaso de su empeño y atribuirlo a la baja calidad de la materia prima con la que estaba trabajando, italianos indignos de “su” Italia: “Aquí es donde se hace evidente que los defectos hereditarios de la raza no eran solubles en 20 años”. Claro que la responsabilidad del fracaso recaía en exclusiva sobre las espaldas de sus súbditos: “Miguel Ángel necesitaba már.mol para hacer estatuas. Si hubiese dispuesto únicamente de arcilla, no habría pasado de ser un alfarero”. No se le ocurrió cuestionar sus axiomas por intentar trabajar la arcilla como si fuera mármol…

Veamos desde este punto de vista el caso del nacionalsocialismo. Es de sobra conocido que el Führer albergó aspiraciones artísticas, de pintor; aproximadamente la mitad de los integrantes de su primer gobierno estuvieron asimismo relacionados de un modo u otro con las artes. Sin embargo, fue Goebbels el líder nazi que más trazas dejó de las analogías entre la misión del líder totalitario y la labor del artista. En su novela publicada en 1929, Michael, el protagonista homónimo y trasunto del propio Goebbels se expresó en los siguientes términos: “El hombre de Estado también es un artista. Para él, el pueblo no es otra cosa que la piedra para el escultor… El sentido más profundo de la política verdadera ha consistido siempre en hacer de la masa un pueblo, y del pueblo un Estado”.

La fe en la maleabilidad de la naturaleza hu.mana también ha caracterizado al NVR. Baste recordar a este respecto las referencias a la “for.ja de la nueva Euskal Herria”, estadio imposible de alcanzar si no es forjando a sus elementos integrantes, los individuos. El dirigente etarra Peixoto concretó la idea al apuntar el capital a invertir en su construcción: “se necesita tiempo y sangre para hacer un pueblo”. Un pueblo en.tendido como una gran familia extensa, de una “comunidad nacional”. La idea de la gran fami.lia abertzale la ilustró de forma magnífica otra histórica dirigente ultraabertzale, Itziar Aizpurua, cuando declaró en una entrevista: “Tomamos la decisión de no tener hijos; no los necesitábamos porque este pueblo ya tiene muchos; todos ha.brían de ser nuestros descendientes”.

3) El totalitarismo contempla al Estado como el agente principal para perpetrar su proyecto de configurar una nueva sociedad. El imperativo de la neutralidad estatal, una de las señas de identidad del liberalismo político desde Locke, recomienda, siempre en aras de la libertad, alejarse de todo anhelo de hacer de sus súbditos mejores ciudadanos dictándoles los patrones de pensamiento y conducta a observar; encorsetán.dolos, en definitiva.

El marco categorial totalitario rechaza de plano esta idea asociada a la modernidad política en la tradición ilustrada. Por cuanto intenta reconfigurar al ser humano, adaptarlo a su modelo soñado y, en definitiva, mejorarlo, cabe calificar su proyecto de perfeccionista. Optar por este tipo de militancia equivale a negar el conflicto intrínseco a todo orden social, conflicto que resulta potencialmente creativo cuando viene canalizado a través de cauces democráticos. En este sentido, y de forma paradójica con la sacralización del Estado en tanto que agente para la reconfiguración del orden social, esta.mos ante una corriente ideológica que abriga una vocación antipolítica. Si el liberalismo moderno, en una de sus versiones más acabadas e influyentes, aboga por el “pluralismo entrecruzado” (John Rawls) para articular la diversidad y la convivencia en sociedades complejas, los movimientos y regímenes totalitarios aspiran a un unitarismo sin concesiones, anulando por to.dos los medios a su alcance y eliminando físicamente a todos aquellos que desentonen en su jardín imaginado, jardín de marchamo racial, social y/o ideológico (o simultáneamente varios de estos criterios de inclusión, que en su simetría son siempre indefectiblemente de exclusión).

Seguramente, la prueba más contundente y dramática de la enemiga de los totalitarismos al colorido social es que sobre regímenes de esa naturaleza, con perfiles y naturaleza diversos, re.caiga la responsabilidad de los grandes genocidios del siglo pasado. Teorizando y, sobre todo, practicando (es decir, primando la acción sobre la reflexión) una política del “todo o nada”, la mentalidad totalitaria se muestra refractaria a cualquier intento de compromiso con un “otro” contemplado, no ya como un adversario al que persuadir mediante apelaciones discursivas en debates que tienen lugar en una esfera pública, libre y abierta, sino como un enemigo al que someter por la fuerza o, directamente, erradicar. Todos ellos, líderes y movimientos que les siguen, se niegan, pues, a cualquier amago de entrecruzamiento de visiones diferentes del bien, a su diálogo, en suma, a su fertilización mutua. La homogeneidad de visiones del orden social es su horizonte; los compromisos con quienes piensan de forma diferente son claudicaciones en su consecución, prueba de la debilidad de convicciones. De forma consecuente con su vi.sión desdeñosa del pluralismo, la virtud de la tolerancia, de la confrontación dialógica o actitudinal con el diferente, en todo caso respetuosa, resulta extraña a la mentalidad totalitaria. Para ellos, la intolerancia respecto al disenso y la pluralidad de puntos de vista es la ruta para alcanzar la unidad de voluntad y de acción, pretendiendo así trascender el faccionalismo propio de la política liberal-democrática. Nada más lejos del ánimo totalitario que el de conciliar la pluralidad. Hitler, por ejemplo, sostuvo al respecto de qué tipo de relación sostener (o mejor: no entablar jamás) con la quintaesencia del enemigo: “Con los judíos no hay pacto po.sible; es cuestión de ellos o nosotros”. Ese todo soñado puede venir enmarcado en términos de clase, patria, raza, Estado o Volk; expedientes que, dicho sea de paso, no tienen por qué excluirse mutuamente. Corresponde a la investigación específica sobre cada experimento totalitario calibrar la presencia de uno o varios de esos marcadores. Por aplicar estas consideraciones al caso que nos ocupa, ahora en forma de pregunta como pórtico de la duda: ¿está dispuesto el NVR a alcanzar compromisos con el otro?; si es así, ¿en qué ámbitos y con quién?;¿y bajo qué condiciones?

Para concluir: el proyecto totalitario pivota sobre la transformación de la naturaleza huma.na y sobre la forja de un nuevo hombre (en senti.do genérico, incluyendo pues a la mujer) acorde con un proyecto social armónico. El gudari que ha derramado su sangre por la Euskal Herria soñada es el mejor exponente de ese nuevo hombre que habrá de poblar el país en construcción, en forja. Constituye una categoría-probeta que condensa todos los atributos deseables de las nuevas piezas del orden soñado: generosidad a prueba de bombas, valor, sacrificio, camaradería… Por eso conviene promocionar su memoria y expandir su ejemplo a través de diferentes ru.tas: calendario, lugares de memoria, callejero, cancionero, pero también la educación formal. Tal vez no podamos sostener (la duda comple.mentaria al racionalismo cartesiano) que una so.brepresencia mejor o peor modulada del gudari en las prácticas y discursos del NVR sea una prueba inequívoca de su naturaleza totalitaria, pero sí que será en todo caso motivo de alerta. Tal y como ha sido el caso, por lo demás, hasta octubre de 2011.

Conferencia ofrecida en la

Mario Onaindia Fundazioa

Zarautz, 11 de abril de 2014

 



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