UNA HISTORIA DE LAS EMOCIONES OBRERAS EN LA VIZCAYA FINISECULAR La formación de la conciencia de clase y el giro emocional

febrero 24, 2016

SARA HIDALGO GARCÍA1

La emoción como una categoría de análisis ha entrado con fuerza en la historiografía. El ob.jetivo de este trabajo es mostrar un mapeado de este concepto, exponiendo su pertinencia en la historiografía y más concretamente las posibilidades que ofrece para la renovación de los estudios del movimiento obrero, centrándonos para ello en el proceso de formación de la conciencia de clase en Vizcaya, de la mano del socialismo, a finales del XIX.

La emoción, una categoría pertinente para el análisis histórico

La emoción como categoría analítica en ciencias sociales ha sido recuperada de la marginalidad en la que se encontraba debido a la hegemonía del dualismo cartesiano. Así, desde los años noventa, distintas disciplinas como la neurociencia (pionero en este campo ha sido Antonio Damasio), la psicología cognitiva, la antropología (donde destacan los trabajos de Michelle Rosaldo y Catherine Lutz), o la propia historia, la han incorporado como explicación en sus análisis de la experiencia humana. Por supuesto, dependiendo de la disciplina, su uso ha sido diferente. En este trabajo interesa ver cómo ésta actúa políticamente y en qué medida nos sirve para explicar la experiencia humana en el pasado.

La emoción es una aptitud natural del ser humano, y reviste tres dimensiones importantes: cognitiva, evaluativa y performativa2. En primer lugar, la emoción forma parte del proceso cognitivo de la persona, es decir, nuestro conocimiento y relación con el mundo no sólo es racio.nal, sino también emocional. En segundo lugar, incide en la evaluación que continuamente ha.cemos de nuestro entorno, una valoración que interviene hondamente en el proceso de toma de decisiones. Así, en tercer lugar, la emoción nos mueve a la acción, en la cual también inciden los propios objetivos de las personas. En resumen, este concepto es parte fundamental en el proceso de toma de decisiones, un proceso no basado exclusivamente en la racionalidad, sino más bien, en el flujo emocional, tal y como propone desde la sociología Randall Collins3.

Ahora bien, ¿cómo encajar estos conceptos y esta visión en el análisis histórico? Algunos historiadores han proveído a la historiografía de algunas categorías útiles, que expongo aquí muy brevemente y sin tratar de ser exhaustiva. Se parte de la premisa, ya explicada, de que la emoción es elemento fundamental de la experiencia humana y de su proceso de toma de decisiones, moviéndonos a la acción y estando en relación con los objetivos de la persona. El historiador William M. Reddy, proporciona algunos conceptos interesantes en su trabajo The Navigation of Feeling. Él parte de la idea de que la expresión emocional y el poder político están intrínsecamente unidos. De hecho, considera que el segundo estaría apuntalado por el primero. El conjunto de expresiones emocionales, que denomina régimen emocional, constituye el fundamento necesario para la estabili.dad de un régimen político. A partir de ahí, nos muestra cómo cuando un régimen emocional dado no permite libertad emocional (es decir, no posibilita una “navegación” por diferentes objetivos o expresiones emocionales), se produce un sufrimiento emocional (es decir, un conflic.to de objetivos), que puede llevar a los sujetos a buscar nuevas formas de expresión y gestión emocional4. Esta búsqueda entraña el cuestiona.miento y una amenaza al sistema político que descansa en ese régimen emocional. Por ello, en este sufrimiento residiría el motor del cambio político. Esta teoría nos da nuevas claves al ana.lizar procesos como el que se produce en la cuenca del Nervión a finales del XIX, cuando la clase surge como sujeto político cuestionando el sistema liberal.

Conciencia de clase y régimen

emocional socialista en Vizcaya

a finales del XIX

Una vez realizada esta breve exposición teórica, veamos su aplicación al análisis histórico. Para ello se prestará atención al proceso de for.mación de la conciencia de clase en la Vizcaya finisecular. Este ha sido uno de los temas estrella de la historiografía. Expuesto de una manera muy general, la conciencia de clase ha sido estudiada como producto de la experiencia de los trabajadores de sus condiciones de vida (tal y como propuso E.P. Thompson), como producto de categorías culturales (ampliamente estudiado por Manuel Pérez Ledesma), o como el resultado de la construcción significativa que de la realidad hacen diferentes categorías discursivas (destacan en este campo Miguel Ángel Cabrera y Jesús de Felipe). En este trabajo daremos una vuelta a estos enfoques, introduciendo el giro emocional.

En el último tercio del XIX, algunas partes de España, entre las que se sitúa la cuenca del Nervión, comienzan un proceso de industrialización y cambio económico. En Vizcaya básicamente girará en torno a la industria siderometalúrgica y a la minería. Al mismo tiempo, una sociedad burguesa se consolida en esta zona, cuya cos.movisión se caracteriza por el conservadurismo político, económico y social. Personajes como Víctor Chávarri, y sagas como las de Martínez de las Rivas, Ybarra o Gandarias encabezarán este colectivo.

El propio proceso industrializador trae consigo cambios sociales de calado, entre los cuales destacan el empobrecimiento de los trabajado.res y un deterioro palpable y brutal en sus condiciones de vida. Se va creando así una gran masa de obreros empobrecidos, los desposeídos, cuyas condiciones de vida contrastan con la riqueza de la burguesía. Los efectos de este proceso de depauperación serán definidos por la burguesía finisecular bajo la genérica deno.minación de la “cuestión social”, mientras que el incipiente movimiento obrero internacional lo llamará “lucha de clases”. Precisamente este último movimiento va alcanzando una gran relevancia política a lo largo de Europa, incluida España, fruto de lo cual, a lo largo de los años ochenta se producen una serie de huelgas generales, algunas lideradas por el Partido Socialista, lo cual exacerba el temor de las autoridades al avance de las ideas que la Internacional obrera ha consagrado. Ahora bien, todos estos cambios, aun siendo significantes, no son la única explicación de por qué los trabajadores en la cuenca del Nervión abrazan el ideario socialista. Para una mejor comprensión del proceso se ha considerado la necesidad de hacer un análisis de la dimensión emocional del mismo.

Así pues, la primera hipótesis de trabajo es que la conciencia de clase que se manifiesta en la Vizcaya finisecular surge como un cuestionamiento y un desacuerdo con el régimen emocional burgués y por tanto con su sistema político. Este cuestionamiento además será canalizado por el partido socialista. ¿Por qué se expresa este desacuerdo? Debido principalmente a la estigmatización con que el régimen burgués define a los trabajadores, los cuales disienten notablemente. Esa resistencia se articula políticamente conformando la clase y el movimiento obrero socialista.

Régimen emocional burgués: miedo y asco

El historiador E.P Thompson ha afirmado que “la noción de clase conlleva la noción de la re.lación histórica5”. Por ello, para una mejor comprensión de por qué surge el movimiento obrero en Vizcaya, se ha de prestar atención a las po.líticas que llevan a cabo las élites burguesas. En efecto, los últimos años del XIX constituyen una etapa dorada para este colectivo, que acumula enormes recursos económicos debido a la ex.plotación de la industria y de la minería, que ejerce un gran poder, ostentando cargos tanto municipales como estatales, y que adquiere una gran preeminencia social. Por tanto, es esta burguesía la que marca las pautas del régimen emocional hegemónico, en el cual los trabaja.dores también se insertan. La definición que de estos últimos hace este régimen es lo que interesa en este análisis. Se van a analizar dos expre.siones que caracterizan al régimen emocional burgués y su relación con el colectivo obrero: el miedo y el asco.

El “miedo de clase” se dirige esencialmente hacia tres objetos: el incipiente internacionalismo en el cual se inserta el socialismo vizcaíno, las huelgas como un método de lucha y de reivindicación y la potencial revolución que puede surgir. La burguesía considera que el internacionalismo inocula odio en los obreros contra ella, y así, por ejemplo, Concepción Arenal en su famosa “Cartas a un obrero” expone que, “[la Internacional] predica el odio6”, y el liberal Nilo Fabra, afirma, “el odio profundo que se había apoderado de las masas proletarias contra las clases pudientes7”. Diferentes acontecimientos, como la huelga de tipógrafos de Madrid en 1880 y diversas acciones de protesta y reivin.dicación bajo la bandera internacionalista no vendrían más que a confirmar esa idea entre la burguesía, la cual se convence de que hay que atajar ese ambiente de potencial revolución. Un potencial peligro que se vuelve más agudo, si cabe, debido al consagrado liderazgo de algunos socialistas, como Pablo Iglesias o Facundo Perezagua en Vizcaya, cuya retórica y carisma atraen a numerosos trabajadores.

Una de las primeras acciones políticas que responden a este miedo es la constitución de la Comisión de Reformas Sociales, un órgano gubernamental que emana desde la burguesía más reformista para conocer la situación de las clases desfavorecidas del país y poder hacer así un diagnóstico social. Su decreto fundacional no deja lugar a dudas de que la paz so.cial es una de las prioridades: “no era posible prolongar esta situación sin menoscabo de la paz pública. Numerosos síntomas revelan que las clases obreras sienten el vivo estímulo de las necesidades que importa remediar, o aliviar cuando menos, a la vez que siente el capital inquietudes justificadas por hondas y continuas perturbaciones8”.

Este miedo cala hondamente entre una bur.guesía que teme que la gran masa acabe arrollándola y la arroje del poder político, tal como proclama El Manifiesto Comunista. El temor de estas élites vizcaínas al obrero, y especialmen.te al minero, se muestra hondamente en cada manifestación, como ocurre con la del 1º de mayo de 1890, cuando la prensa saca a relucir las leyendas más oscuras y los estereotipos más sombríos de este colectivo: “según me aseguran en esta villa y aún en otras poblaciones, los áni.mos se muestran intranquilos con motivo de la anunciada manifestación obrera, y parece que algunos han llegado a creer que ese día los ma.nifestantes lo van a echar todo por la tremenda, y se van a comer a los niños crudos9”.

Junto al miedo hay otra expresión emocional con que el régimen burgués define al obrero, el asco. Esta emoción se proyecta en general sobre el estado del cuerpo obrero, y en las fuentes apa.rece de un modo más velado. El colectivo médico, cuyo poder social y ascendiente en la definición de la cuestión social es más que palpable estos años, será uno de los que más claramente expresen esta emoción, debido en parte a que es el grupo que tiene un contacto más directo con los cuerpos degradados de los obreros.

La epidemia de cólera que asola Vizcaya en 1885 es una buena oportunidad para analizar las actuaciones políticas de este régimen emocio.nal burgués para con el colectivo obrero, que es el que más sufre los rigores de este brote. El asco estará muy presente durante este acontecimiento. Así expresa este médico su rechazo a entrar en una casa de un barrio obrero, “a un médico del distrito, persona de un estómago privilegiado, le oí decir hace pocos días que hay habitaciones en donde no se puede penetrar, por los olores fétidos y nauseabundos que despiden, debidos a la suciedad y aglomeración de gentes que en ellas habitan10”. Algunos reputados médicos e higienistas no hacen más que apuntalar y dar crédito a esta visión. Es el caso del tratado que el higienista Santero, Catedrático de Higiene de la Facultad de Medicina de Madrid, publica con ocasión precisamente de esta epidemia. En él describe al enfermo que no se lava como repugnante y no duda en recomendar su aislamiento “estos deben estar completamente separados de los otros enfermos, a fin de que no puedan (…) causar asco su miserable aspecto11”.

El modo en que las autoridades encaran la epidemia nos vuelve a mostrar cómo operan estas emociones entre las élites del momento y las decisiones que toman. Así, para atajar la propagación de la enfermedad, las autoridades crean, valiéndose del ejército, un cordón sanitario que separa poblaciones y colectivos, y que no permite la entrada ni la salida de personas a las zonas acordonadas. No es casualidad que el área que queda aislada por el cordón pertenezca a los poblados mineros e industriales, con mayoría de población obrera: “la línea de inspección acordada por todas las autoridades para evitar la propagación de la epidemia que reina en algunos pueblos del Oeste de Vizcaya ocupará un perímetro de 45 kilómetros des.de el extremo del río Cadagua a Somorrostro, pasando por Santurce, Las Carreras, Pucheta, Las Cortes, Regato, Santa Agueda, Castrejana, Burceña y Luchana12”. Esta actuación ya gene.ra una primera resistencia por parte del mundo obrero, todavía no articulada en torno al movimiento socialista, pero que nos muestra que la definición a través de la repugnancia y la peligrosidad no satisface a este colectivo. Así, las quejas de los municipios aislados o las fugas de obreros y obreras de la zona acordonada no solamente revelan la lógica huida humana de la posibilidad de muerte, sino también el rechazo a unas actuaciones políticas que les marca muy negativamente.

La resistencia obrera a la estigmatización y la propuesta socialista

Como se ha dicho, en la última década del XIX, los trabajadores vizcaínos viven en este régimen emocional, que los define colectivamente como peligrosos y asquerosos. Esta normatividad, a tenor de las prácticas que desarrollan, es claramente insatisfactoria para éstos, al no corresponderse con cómo ellos viven su expe.riencia, y más bien consideran que los denigra y los presenta casi como inhumanos. Por tanto podemos decir, al hilo de algunas prácticas reportadas por la prensa, que se produce una “disconformidad emocional”, la cual es también un cuestionamiento al vigente régimen político burgués. Considero que en esta disconformidad, que toma forma en torno a la propuesta socialista, se constituye la clase como sujeto político. Entiendo que la lucha entre burguesía y obreros y entre sistema liberal y sistema socialista deja de ser una mera lucha de programas y de ideas para convertirse también en una pugna por la gestión y expresión emocional.

Uno de los primeros acontecimientos que nos muestra la articulación política de clase de esta disconformidad serán los sucesos de mayo de 1890, la manifestación obrera y la posterior gran huelga minera. Ambos acontecimientos van a ser conducidos por el partido socialista, que se convierte así en el partido hegemónico del movimiento obrero en esta región durante la siguiente década. En mayo de ese año se celebra por primera vez en el mundo el Día del Trabajo. La delegación socialista de Bilbao se une a esta festividad, mostrando por vez primera su poder y su gran apoyo popular. Las demandas principales de la manifestación, que se desarrolla de un modo absolutamente pacífico, son, además de las ocho horas de trabajo, el fin del sistema de barracones y cantinas obligatorias que pervive en las minas.

Este sistema hace que los mineros tengan que hospedarse y proveerse de víveres en los establecimientos que su patrón designa, descontando de su sueldo el gasto realizado. Esto no solamente supone un endeudamiento constante del trabajador con el patrón, sino que además las condiciones higiénicas, tanto de los barracones como de la comida con que les proveen, son pésimas. Por ello, será ésta una de las principales deman.das del día del Trabajo, “contra lo que sí están irritados [los mineros] es contra la existencia de esos cuarteles donde se les obliga a proveerse en condiciones muy desfavorables, tanto por la calidad de los artículos como por el precio de los mismos. También se lamentan amargamente de que se vean precisados a dormir en barracas de malísimas condiciones, donde muchas veces yacen amontonados numerosos obreros con grave perjuicio para su salud y su vida13”.

Estas reivindicaciones constituyen además una muestra de la disconformidad obrera para con ese régimen emocional burgués que los ca.tegoriza como asquerosos, sucios y enfermos. De hecho, de estas peticiones se deduce que los obreros, en general, se preocupan por el estado de salud y por la limpieza de su cuerpo. La nueva forma de expresar su experiencia no hará sino reforzarse a los pocos días, cuando estalla la huelga minera.

La llamada gran huelga minera comienza el 13 de mayo por el despido de cinco trabajado.res de las minas que se habían destacado du.rante la manifestación. “decíase (sic) que los que iniciaron la huelga fueron algunos trabajadores que habían sido despedidos de las canteras por haber formado parte en la manifestación obre.ra del día 4 del corriente14”. Pero el despido como tal no es la explicación exclusiva de por qué estalla la huelga, sino que hay que tener en cuenta las emociones que este hecho genera. En este sentido, el flujo emocional que se había originado durante la festividad del 1º de mayo, la nueva confianza de los obreros como colectivo y la férrea solidaridad que se cimienta resultan elementos fundamentales que llevan a tomar la decisión de convocar la huelga. Una huelga a través de la cual la clase obrera se presenta como un sujeto político que introduce sus reivin.dicaciones en la agenda política del momento, además de consagrar al partido socialista como un partido de masas.

Las reivindicaciones siguen siendo las mis.mas que las de la manifestación “[el minero] se queja de dos cosas principalmente, (…) de esos nauseabundos cuarteles, de esos tristes falansterios, en que, como condición para admitirlos al trabajo, muchos contratistas les obligan a hospedarse (…), y de esa obligación, también irritante, que se les impone de ir a comprar los artículos más necesarios a un establecimiento determinado, dándoles género malo y cobran.do carísimo15”. Se les añaden además las diez horas de trabajo en las minas y la readmisión de los despedidos16.

Si hemos visto que la huelga se caracteriza por una resistencia a la estigmatización del obre.ro por el estado degradado de su cuerpo, también será una oposición a su definición como peligroso. Los socialistas, conductores de la huelga, se encargan en todo momento de mantener el orden, apelando constantemente a la “cordura y sensatez” del elemento obrero, y afirmando que “iremos pacíficamente17”. Así por ejemplo, Facundo Perezagua, líder de los socialistas, al ser detenido el día 16 de mayo, en el camino hacia la comisaría, lanza una soflama a los obreros que allí se congregan llamando a la calma “lejos de excitar a los obreros a la resistencia ni a que ejercieran coacción de ningún género, se había esforzado en aconsejarles que practicaran su derecho respetando el de los demás, y que sus deseos y sus actos se habían encaminado a que por ningún concepto se turbase la tranquilidad18”. Podemos decir que el pacifismo, la cordura y la sensatez son expresiones y formas de gestión emocional fundamentales para el socialismo, que sabe que su legitimidad política pivota sobre estos elementos. De hecho, la violencia fue escasa tanto durante los actos del 4 de mayo como durante la huelga, tal y como ha de reconocer la prensa: “reconozcamos en el obrero los grados de sensatez y cordura necesarios para no cometer actos reprensibles19”.

El conflicto dura más de diez días, durante los cuales los huelguistas, que se cuentan por miles, se muestran unidos y con un objetivo claro y común: la conquista de las mejoras en sus condiciones de vida. Finalmente, la intervención del general Loma, un militar liberal que había luchado en la Tercera Guerra Carlista, a favor de los mineros conduce a la resolución del conflicto. Tras sucesi.vas reuniones con patronal y trabajadores, Loma dicta su famoso bando, que pone fin a la huelga y consigue mejoras para los mineros: libertad de alojamiento, libertad para elegir el lugar donde surtirse de comida, y las diez horas de trabajo20. Con esta huelga no solamente el partido socialista se convierte en un partido de masas, sino que también consagra su régimen emocional, el cual es aceptado por una gran parte del colectivo obrero. La clase y el movimiento obrero quedan así inaugurados en Vizcaya.

Conclusión

A lo largo del análisis la emoción se ha revelado como una categoría analítica pertinente y útil para el análisis histórico, dando nuevas y renovadas claves para una mejor comprensión del pasado y más concretamente de los procesos de cambio político. Así pues, deberíamos comenzar a concebir las adscripciones políticas no como una construcción racional, sino también emocional. Lo que mueve políticamente a la persona no es tanto un determinado ideario, como las emociones que esa idea genera. Por ello, la emoción se convierte en un elemento central del cambio político.

Es el caso de la conciencia de clase, no configurada exclusivamente en el acercamiento obrero a las máximas y al discurso socialista, sino más bien en la dimensión emocional que ese programa reviste. Por ello se ha considerado que la clase se forma en la disconformidad emocional que una parte importante del colectivo obrero siente hacia el régimen emocional burgués, fundamento de este último sistema político, que los estigmatiza hondamente, categorizándolos como un colectivo asqueroso y peligroso. Esta resistencia se articula políticamente en torno al socialismo, que se convierte en un partido de masas y conductor del movimiento obrero hasta el cambio de siglo, cuestionando el sistema político burgués.

 

NOTAS:

1 La base teórica y empírica de este artículo pertenece al extenso trabajo de tesis doctoral, “La formación emocional de la clase obrera en Vizcaya, 1890-1916”, el cual he desarrollado desde el 2010 hasta el presente año. Primero, en la Universidad del País Vasco, y posteriormente en la Universidad de Santiago de Compostela. El fundamento teórico, el giro emocional, ha sido ampliamente profundizado en el año 2012 en una estancia realizada en la universidad de Duke (North Carolina, USA), bajo la supervisión del Profesor William M. Reddy.

2 Ben-Ze´Ev, A. (2000): The subtlety of emotions. Cambridge: MIT Press, pp. 52-67.

3 R. Collins (2001): “Social movements and the focus of emotional attention”. En: Passionate politics. Emo.tions and Social Movements. Chicago: University of Chicago Press, p. 27.

4 W. M. Reddy (2001): The Navigation of Feeling. A framework for the History of Emotions. New York: Cambridge University Press, pp. 128-129.

5 E. P. Thompson ( 2012) (1963): La formación de la clase obrera en Inglaterra. Madrid: Capitan Swing, p. 27.

6 C. Arenal (1880): La cuestión social. Cartas a un obrero. Bilbao: Imprenta y Encuadernación de la Edi.torial Bilbaína, p. 230.

7 N. M. Fabra (1892): El problema social. Madrid: Librería de Fernando Fe, p. 125.

8 Real Decreto por el que se crea la Comisión de Reformas Sociales. Gaceta de Madrid 10-12-1883.

9 El Noticiero Bilbaíno 2-5-1890.

10 El Noticiero Bilbaíno 4-4-1889.

11 F. J. Santero (1885): Elementos de higiene pública y privada. Madrid: El Cosmo, p. 447.

12 El Noticiero Bilbaíno 31-10-1885.

13 El Noticiero Bilbaíno 6-5-1890.

14 En El Socialista 23-05-1890 se describe este acto como “la injusticia cometida por Mac-Leman”.

15 La Libertad 16-5-1890.

16 El Noticiero Bilbaíno 17-5-1890; El Guipuzcoano 18 -5-1890.

17 El Noticiero Bilbaíno 15-5-1890.

18 La Libertad 17-5-1890 y El Guipuzcoano 17-5-1890.

19 El Noticiero Bilbaíno 2-5-1890.

20 Citado en R. Ruzafa ( 2006): Artesanos (1854) y mineros (1890). Dos fases de la protesta obrera en el País Vasco. España: Asociación de Historia Social, p. 123.



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