LA ABDICACIÓN DE LAS ÉLITES

febrero 24, 2016

AITOR AURREKOETXEA

Todo tipo de gobierno se corrompe

cuando falta a sus principios,

y una vez corrompido,

las mejores leyes se convierten en malas,

y se revuelven contra el mismo estado.

Montesquieu

En tiempos de crisis general, como la que de un tiempo a esta parte están padeciendo las sociedades modernas, resulta habitual que los abanderados de las soluciones drásticas aparezcan con renovados bríos, y, lo que es más inquietante, tengan una cohorte notable de seguidores, que si las circunstancias les son propicias pueden acabar asestando un golpe de consecuencias imprevisibles a algunos de los cimientos nucleares sobre los que se asienta el sistema de garantías del que nos hemos dotado para articular la convivencia entre diferentes y que hemos convenido en denominar democracia representativa.

En estas mismas páginas ya hemos dedica.do algunas reflexiones de calado a lo que son y vienen a significar las tentaciones populistas de diferente signo que, tal y como confirmaron los resultados de las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, se asoman peligrosamente al poder en algunos de los principales países del viejo continente, verbigracia en Francia o el Reino Unido.

Sin embargo, parece necesario advertir que, si bien la simplificación demagógica que los populismos representan con sus opciones reales de llegar al poder no son precisamente tranquilizadoras, los males que aquejan al sistema democrático no se encuentran exclusivamente en las mixtificaciones que las propuestas de tendencia extremista traen aparejadas, sino que, para comprender cómo hemos llegado hasta aquí, convendría en primera instancia realizar un saludable ejercicio de introspección que nos lleve a reconocer que el mayor desa.fuero contra la democracia se encuentra dentro de la misma; y que, precisamente, la falla de algunos de los pivotes esenciales de dicha arquitectura es la que gripa de un modo corrosivo la esencia misma de su funcionamiento.

Esta fractura a la que nos vamos a referir en las próximas líneas es justamente la que hace que el contrato de confianza entre los ciudadanos y las instituciones que los representan se quiebre de un modo perceptible, poniendo en franco peligro todas las conquistas sociales y po.líticas logradas después de tantos lustros de es.fuerzo de muchos, para articular razonablemen.te la siempre frágil convivencia entre diferentes.

Unos logros estos, los conseguidos por el estado del bienestar después de la Segunda Guerra Mundial, que hasta hace bien poco no valorábamos suficientemente, porque creíamos que, por el mero hecho de ser ciudadanos eu.ropeos o occidentales, dichas conquistas esta.ban garantizadas per se y que todos nosotros en tanto que seres privilegiados, ungidos a per.petuidad por los dioses, estábamos destinados a vivir en una suerte de progreso social infinito.

Precisamente, en este sucinto repaso por el particular vía crucis de algunos de los deméri.tos del sistema democrático, queremos señalar como la principal fuente de zozobra del mismo nada más y nada menos que lo que llamaré el olvido de la razón, un olvido esté a todas luces imperdonable que por estos lares se ha produ.cido además de un modo preocupantemente fácil. Es, sin duda, esta inquietante amnesia del elemento racional la falla que mas seriamente nos erosiona, cortocircuitando fatalmente nues.tra capacidad de reacción para sustraernos a esta atmósfera de derrota que nos circunda. Una merma ésta, la de la capacidad de nues.tro análisis, que se antoja fundamental para comprender por qué ni siquiera atinamos en el diagnóstico de lo que nos está sucediendo, para así poder comenzar al menos a poner ca.taplasmas en las heridas que cangrenan, no el sistema democrático en tanto que ente abstrac.to y difuso, sino sobre todo el objetivo loable que siempre lo animó y que no es otro que el de garantizar una vida digna y merecedora de tal nombre a las personas que se cobijan bajo su manto protector.

Algunos de los males a erradicar, para re.cuperar la confianza de que las cosas pueden ser mejores, tal y como venimos comprobando, son perfectamente identificables por todos nosotros de un modo sencillo, tal y como sucede por ejemplo con la desasosegante sensación de corrupción generalizada en la que estamos inmersos. Una práctica ésta la de la corrupción de sesgo clientelar, que todo absolutamente todo lo emponzoña y cuya metástasis imposi.bilita entre otras cosas el debate sereno de las ideas. En este escenario, deliberar y discernir cuáles son las mejores soluciones para poder adecuarnos al vértigo que produce un futuro que a todas luces se presenta incierto y por supuesto complejo, se convierte por culpa de esta dejación de actuar para procurar el bien colectivo, en una tarea inalcanzable que nos abisma y de la que cómodamente preferimos desistir a las primeras de cambio.

Esa corrupción que todo lo lastra y que en los últimos tiempos es percibida por casi todos como si de una enfermedad de carácter irreversible se tratara, va extendiéndose por todos los órganos del sistema, haciendo que sus repre.sentantes, no sólo los políticos elegidos por los ciudadanos, sino también las organizaciones sindicales, los empresarios, la judicatura, la administración… aparezcan a los ojos de una mayoría notable de personas como los princi.pales causantes de los males que nos aquejan, derivándose de todo ello un cuestionamiento de su necesidad real, olvidando que son esas herramientas de funcionamiento, a las que el ciudadano señala y culpabiliza de un modo general, las que permiten cuando las cosas se hacen bien que la democracia con todas sus letras sea la mejor fórmula de gobierno de todas cuantas hemos conocido.

Lo cierto es que esta actitud de enfado e indignación con como se han hecho las cosas es algo perfectamente entendible, en una ciudadanía harta de ver cómo quienes debieran velar por el normal funcionamiento de la res publica se han dedicado de modo no menor al saqueo del dinero de todos, en tiempos donde a las personas honradas se las ha so.metido a un duro esfuerzo de ajuste, que ha traído aparejado no solo una pérdida del poder adquisitivo sino una pauperización efectiva de las clases medias, que entre otras cosas ha provocado también una sensación de tristeza y desazón difícil de catalogar. El caso de las personas que han perdido su hogar o el de los preferentistas que se han quedado sin los ahorros de toda una vida, mientras los altos ejecutivos y demás miembros de los consejos de administración de entidades como Bankia que habían tenido que ser rescatadas con dinero público se gastaban con sus tarjetas black cantidades de dinero injustificables en gastos de representación inmorales y las más de las veces también de pésimo gusto, constituye el epítome de este bochornoso espectáculo que estamos tratando de describir, para saber qué es exactamente lo que ha fallado y poder así poner las bases que nos permitan superar satisfactoriamente esta penosa situación.

La imagen de manifiesta injusticia que todo este desaguisado transmite, aparte de ser moralmente demoledora, hace que debamos ha.cernos al menos una pregunta que a nuestro juicio no sólo es que se antoje pertinente, sino que de su adecuada respuesta dependerá que demos con el arquitrabe apropiado sobre el que apoyarnos, para tratar de restaurar toda esta situación de desafección hacia la política, antes de que cuajen entre nosotros las soluciones que reduzcan la libertad, que, no lo olvidemos, además de un bien preciado, es también un bien delicado, y que tal y como le ocurre a la rosa, que no le basta con ser sembrada para florecer, requiere de continuo cuidado y atención para que finalmente pueda ser disfrutada en todo su esplendor

La pregunta en cuestión que queremos formular, lejos de clamar contra la supresión de las élites apunta en la dirección contraria, a saber: ¿Dónde están y cuál ha sido el comportamiento de las élites en todo este desmoronamiento al que estamos refiriéndonos? Unas élites que, a nuestro juicio y a diferencia de lo que viene predicándose demagógicamente, son absolutamente necesarias y cuya participación cabal y honesta se antoja socialmente determinante, puesto que al fin y a la postre han sido ellas (aunque no solo ellas) las que con su preparación y abnegación, tradicionalmente han posibilitado que la vida en sociedad, tal y como la hemos conocido, funcione con unos mínimos de dignidad y eficiencia.

La respuesta a esta pregunta no es en ab.soluto sencilla, pues, para empezar a entendernos, conviene precisar a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de élites. En este sentido, consideramos que, justamente ahora, y sin más dilación resulta imprescindible una reflexión pausada en torno a esta orillada cuestión, ya que, tal y como hemos señalado, el fracaso en la labor que debieran haber desempeñado dichas élites constituye una de las causas fundamentales del desgobierno que estamos padeciendo. Así pues, trataré de dar algunas claves sobre las causas de lo que denominaré la abdicación de las élites, de cómo y por qué se ha producido esta dejación de responsabilidades, y de las consecuencias demoledoras para el conjunto de la sociedad que este fatal desistimiento trae consigo. Finalmente, trataré lo que estimo ha sido el ocaso crepuscular de lo que conocemos como los intelectuales y para contarlo me centraré primero en analizar un par de excepciones en las que las aportaciones de los intelectuales si que resultaron ser bienhechoras; para posteriormente pasar a examinar otros dos casos, como los anteriores no demasiado lejanos en el tiempo, que por el contrario considero paradigmáticos de el desastre absoluto que para todos supone la renuncia a la sensatez y la responsabilidad de quienes precisamente más talento poseen en una sociedad determinada. Comenzaremos pues por delimitar el campo de juego para pa.sar después a ilustrarlo con los ejemplos pro.metidos.

Algunas de las muchas perversiones que la llamada posmodernidad, salpimentada eso sí con lo peor de las ideologías del siglo XX, nos ha traído es la del vaciado del lenguaje. Así nos hemos ido acostumbrando con asombrosa pasividad a lo que llamaré absurdos deslizamientos semánticos de lo que eran conceptos que hasta hace bien poco todos dábamos por bien atrincherados. De este modo, impuesta ya la odiosa manía de transfigurar aquellos términos que antes remitían a significados concretos, que todo el mundo identificaba de un modo claro y que ahora nos exigen una clarificación terminológica previa para saber de qué estamos hablando, empieza a gestarse gran parte del desastre al que nos estamos refiriendo.

Fundamentalmente hemos querido destacar dos términos que a nuestro entender han sido claramente secuestrados de un modo maniqueo por los adalides de cambiarlo absolutamente todo. Que lo anterior estuviera bien asentado poco importa. Esta ceremonia de la confusión a la que nos invitan una porción nada desdeñable de los autores posmodernos se produce no sólo en el plano teórico, sino que las más de las veces, dicha impostura, también tiene un fastidioso impacto en la vida cotidiana de las personas. Así las cosas resulta imprescindible rescatar algunas de estas palabras de su cautiverio, si queremos identificar adecuadamente algunos conceptos elementales sobre los que debe estar fundamentada la tan cacareada re.generación de la democracia, de la que por cierto todo el mundo habla; eso sí, sin sentirse obligado siquiera a fijar un par de ideas básicas que la posibiliten.

En este contexto y libres ya de todo complejo propondremos, por un lado, la vindicación del papel que en la prosperidad de una sociedad abierta deben de jugar las élites, de lo que éstas deben ser y representar para que toda la estructura sobre la que se asienta nuestro bienestar funcione razonablemente; y por otra parte, defenderemos también la inexcusable recuperación de la otrora noble tarea de dedicarse a las cosas de gobierno, para, ante su injusto linchamiento, tratar de prestigiar su práctica. Una actividad ésta, la de ejercer el poder, que tal y como hemos comprobado por activa y por pasiva, está incomprensiblemente sujeta a un mar de pueriles descalificaciones, muchas de ellas meramente ideológicas, en el peor sentido de la acepción, que han impedido e impiden que la genuina faz de servicio a los demás, que antaño se reconocía con más o menos consenso sobre esta actividad, aflore precisamente en nuestros días de un modo directamente proporcional al que representa su necesidad.

Naturalmente, a este desprestigio al que estamos haciendo referencia han contribuido con denodado empeño las nefastas e infamantes prácticas de algunos de quienes se han dedicado desde puestos de responsabilidad a la cosa pública, para empañar, esperemos que no definitivamente, esa digna dedicación de servicio al prójimo a la que nos estamos refiriendo. Esa renuncia de las élites a cumplir de un modo menesteroso con el buen gobierno es precisamente lo que aquí queremos denunciar con el ánimo de ayudar con nuestra modesta aportación a revertir esta incomoda y peligrosa situación.

Las élites: algunas teorías pertinentes

Si atendemos a su etimología el término élite proviene de la palabra francesa élite que a su vez lo recoge del latín eligire, cuyo significado original puede ser traducido como elegir o también como seleccionar.

En nuestra cada vez más deteriorada cultura política, debido a esos deslizamientos perniciosos del lenguaje que señalábamos anteriormente, tendemos a identificar a la élite de un modo negativo, cuyo significado aparece casi siempre asociado más bien a un grupo de individuos que por razones diversas (económicas, de cuna…) goza de un status superior y de privilegio con respecto a otras personas que componen esa misma sociedad. Bien, como es evidente, el concepto de élite que nosotros defendemos nada tiene que ver con esta idea de casta de favorecidos que se aprovecha del lugar que ocupa en la sociedad para dedicarse al lucro y al oropel. Por contra, la idea de élite que queremos reivindicar para aggiornarla adecuadamente a nuestro tiempo está vinculada desde su nacimiento en la Antigüedad a la vocación de prestar servicio público y estaba representada a la sazón por una serie de individuos, que eran a su vez reconocidos por sus conciudadanos como los mejores de entre todos ellos para tan ingrata y complicada cuestión. Esta élite a la que queremos recordar debía, no lo olvidemos, hacer gala de una vida basada en la virtud y el conocimiento, o si se prefiere la sabiduría, que es como en realidad llamaban a la excelencia los viejos maestros. Esa élite comprometida con la ciudad-estado la conformaban mutatis mutandi en la Grecia de Pericles y en la Roma republicana, lo más granado del pensamiento y la cultura de sus respectivos períodos.

Ya en la Edad Moderna fue, una vez más en Francia durante el siglo XVIII y vinculado a las ideas de la Ilustración, donde el significado de élite ocupó de un modo decisivo ese lugar central, que por mor de su buen saber y entender merecían los mejores de entre los iguales y cuyo preciosísimo legado de entrega y de.dicación, como parecería del todo inteligente, debiéramos en nuestros días tratar de recuperar. Un sentido éste de vindicación de la élite, ligado en el caso francés a los ideales republi.canos, que fundamentalmente nos propone un concepto valioso de pacto, a través del cual se simboliza la demanda general de un contrato con la ciudadanía, mediante el cual, tácitamen.te, se establece la pauta a respetar por todos: de que quienes ejercen el poder deben ser ex.clusivamente escogidos en la mejor tradición aristotélica, por sus virtudes y sus méritos, y no por su origen familiar o de peculio.

En los últimos 25 años, y dejando al margen lo ocurrido con las élites políticas y sus renuncias en los regímenes totalitarios, hemos visto que tras el colapso del bloque soviético, cuya caída se produjo no sólo por ser en lo económico un gigante con pies de barro, como se decía entonces, sino principalmente porque su matriz era incompatible con la libertad, se ha recuperado al menos en una parte de la academia la necesidad de estudiar la temática de la centralidad de las élites en el devenir de los acontecimientos de todo tiempo para poder extraer algunas lecciones útiles. De este modo, repasando la bibliografía sobre la cuestión nos encontramos con las aportaciones de una serie de autores que, a este respecto, han reflexionado en el pasado sobre el rol que las élites deben de desempeñar para que las sociedades sean prósperas. De un modo particular, todos estos autores tratan a su vez de arrojar alguna luz en torno a algunas de las características comunes que concurren para que se produzca en diferentes circunstancias el fracaso de las viejas élites y con ellas de la vieja política, que requerirá pos-fiesta la firma de nuevos contratos sociales acordes a los tiempos y a las nuevas necesidades de la ciudadanía.

Así, en casi todos los momentos de deca.dencia de un modelo social y productivo determinado, aparece de manera indefectible un agotamiento y derrota de la inteligencia que lo había sostenido hasta entonces, que exigirá un esfuerzo de reforma suficientemente potente como para atender la nueva demanda sin, y esto es importante, destruir todo lo bueno que sin duda había también en la estructura anterior. Nosotros buceando en algunas de estas estimulantes teorías, trataremos de encontrar elementos que nos permitan identificar un mínimo común denominador, para, primero, precisar un poco mas qué entendemos por élite y, segundo, analizar cómo y por qué se produce el fenómeno de agotamiento y caída de di.chas élites.

Gaetano Mosca, en sus conocidas aportaciones sobre la cuestión, planteó que en realidad la élite no sería más que una clase política perfectamente organizada, cuyo acceso al poder se produce siempre de un modo burocrático y “normalizado”. Conviene detenerse sucintamente en esta enjundiosa reflexión, puesto que tras su interpretación de parte se encierra lo que a nuestro juicio es el mal principal que aqueja al concepto sobre el tema que manejan los partidos políticos. Organizaciones que en nuestro entorno se han convertido en endogámicos artefactos de fabricación de cuadros cuyos miembros ocupan el poder, sin por ejemplo haber tenido nunca ninguna relación de carácter laboral fuera de la producida dentro del aparato del propio partido. Este proceder, que a derecha e izquierda habilitan los mismos modos de estar en política, se compadece mal con las prácticas democráticas que los partidos pregonan, y lo único que consiguen es trasmitir a la ciudadanía la sensación de que únicamente buscan su perpetuación como estructuras esclerotizadas de poder sistémico, convertidas para mayor escarnio en genealogías de naturaleza casi intocable. Naturalmente, este proceder, a nuestro juicio profundamente deshonesto, que se produce de puertas para adentro sería la primera cuestión a subsanar, para verdaderamente convertir en estructuras democráticas las caducas arquitecturas burocráticas de unos partidos políticos que actúan de un modo poco transparente cuando de su casa se trata y paradójicamente de puertas hacia fuera son los máximos voceros de las bondades que asisten al procedimiento democrático.

Esta inadecuación entre praxis interna poco democrática y defensa externa de la democracia con mayúsculas es a nuestro entender una de las deficiencias máximas de los partidos que postulan la defensa del modelo democrático, en el que sin duda creen, aunque eso si son incapaces de aplicarse el cuento cuando de organizar democráticamente su propio funcionamiento se trata. En esto, como en todo, parece sensato no generalizar, pero mucho nos tememos que estas prácticas, como mínimo opacas, laminan la credibilidad, no ya sólo de los partidos políticos, sino que minan lastimosa.mente también la propia salud del sistema democrático, que precisamente, además de en la libertad de prensa y la separación de poderes, está basado muy notablemente en la existencia de esos partidos que periódicamente concurren a las elecciones para representar al mayor número posible de ciudadanos.

Lamentablemente, las organizaciones políticas no buscan a los mejores para ocupar los cargos de responsabilidad, sino que buscan entre los suyos a lo más fieles al aparato, que son justamente los que mantienen con su apoyo incondicional y entusiasta a la bien engrasada estructura de la organización, hasta que llegue el día feliz para ellos en que se vean recompensados por los servicios prestados. El partido entendido ya no como intelectual orgánico, sino como vivero de mediocres que lo utilizan de trampolín para su promoción individual. En fin, un tipo de sujeto militante éste que todo el mundo es capaz de identificar, puesto que abunda en todos los partidos, y del que por cierto con razón se sospecha que fuera de la política tendría muy difícil hacer carrera en la vida, precisamente por carecer de oficio y profesión conocida.

Otra de las aportaciones que nos parece interesante traer aquí a colación es la que con respecto a la cuestión de la función a desempeñar por la élite introdujo en el debate político del primer tercio del siglo pasado el también italiano Vilfredo Pareto, quien al confeccionar una suerte de taxonomía de las élites distinguió básicamente dos tipos de gobernantes, un primero que estaría formado por la categoría de los zorros y otro compuesto por lo que definirá como el grupo de los leones. En esta especie de fábula para explicar el funcionamiento de lo político, Pareto nos dibuja un diaporama donde los zorros serían los individuos técnicamente mejor preparados de la sociedad y por tanto conformarían una suerte de élite funcional completamente necesaria y en principio virtuosa, y donde los leones serían por el contrario aquellos individuos representantes del viejo poder hereditario, cuyo carácter es eminentemente conservador, pero que también serían socialmente necesarios, puesto que acumulan una experiencia de la que los jóvenes tecnócratas en absoluto disponen. El equilibrio entre ambos tipos de élite la de los zorros y la de los leones sería para Pareto una garantía de éxito a la hora de ejercer el poder de manera armoniosa.

A este escogido elenco de teóricos sobre el tema hemos querido agregar también a José Ortega y Gasset y la teoría sobre las élites que éste puso en circulación. El filósofo madrileño en una de sus obras principales La rebelión de las masas nos advierte sobre lo que a su juicio sucede en las sociedades complejas, donde los individuos no se dividen ya en clases sociales, sino que la división se produce mas bien entre lo que el denominará clases de hombre. De este modo, Ortega contrapone de manera rotunda el hombre masa a la élite que él considera que no es otra cosa que una especie de minoría selecta a preservar. A nuestro juicio, el enfoque de Ortega peca de elitismo arcaico y, por tanto, no podemos suscribir al completo el concepto de excelencia que él maneja, pero sí conviene reparar en esta idea que recorre toda su obra y que todavía hoy nos asombra por la clarividencia que muestra a la hora de describir lo que el pensador español denomina hombre masa. En esta descripción pesimista y nostálgica de hace casi un siglo, Ortega se nos presenta como un avezado observador de la modernidad que nos anticipa de un modo preclaro algunos de los rasgos definitorios sobre los que toma asiento la banalización de lo político que resulta perfectamente aplicable a lo que sucede en la actualidad.

Así, este autor entiende que una de las características que definen al hombre masa es su falta de interés y curiosidad por cuanto lo rodea. Generalmente, este tipo de individuo cree saber lo suficiente y por tanto no se esfuerza en formarse adecuadamente. El hombre masa sería, en este sentido, un sujeto cuyo rasgo principal es su proceder primario, que según Ortega queda evidenciado por la libre expresión del deseo que este individuo manifiesta en todo momento. Otro de los rasgos primordiales que definen a este hombre masa es el de estar caracterizado por una radical ingratitud: sólo se preocupa de su bienestar particular, desentendiéndose de lo público. Por tanto, según esta tesis, estaríamos ante un individuo que se comporta como un niño mimado que se considera eximido de responsabilidad alguna con respecto a lo que sucede a su alrededor. Este sujeto, que evidentemente es un sujeto no concernido y por tanto no moral, también creemos nosotros (y aunque esta cuestión merece un monográfico que lo trate con la importancia que el asunto merece), es responsable de que las élites que gobiernan sean mediocres y no excelentes. Tal y como señalaba T. W. Adorno, mucho se habla de la desfachatez de los gobernantes y pocas veces lo hacemos de la inmadurez de los gobernados. Entiendo que decir esto sea políticamente incorrecto, pero ya es hora también de señalar desacomplejadamente este aspecto para entender en su conjunto la baja calidad de nuestra democracia. Si las élites no son virtuosas (ahora se las denomina élites extractivas) aquellos que no hacen lo suficiente por sustituirlas y revertir la situación son cómplices también del estado de deterioro al que puede llegar una sociedad democrática en la que la participación y el control sean inexistentes. La ciudadanía que cree que cumple cuando delega con su voto en sus representantes se queda sólo a mitad del camino a recorrer, pues debe como poco exigir el rendimiento de cuentas a las élites por el lugar que ocupan y la trascendental labor que desempeñan. Esta asignatura, siempre pendiente, se debe afrontar más temprano que tarde para que de una vez por todas asumamos que los mandatarios, en una democracia auténtica, deben estar bajo el escrutinio maduro y verificable de quienes han confiado en ellos colocándolos en dicha responsabilidad.

Aquí no vale parapetarse para justificar la propia inacción en aquello tan extendido de que un ciudadano solo no es nada. En demo.cracia, un ciudadano que verdaderamente sea consciente y por tanto funcione como un sujeto autónomo debe saber buscar, y, si no existen, reclamar los resortes necesarios para activar los controles democráticos que conviertan el ejercicio del poder, recordando a Hobbes, en una actividad ejemplar. Practicar algún tipo de asociacionismo y combatir la apatía son dos elementos importantes para luchar primero con.tra las injusticias y luego contra la irresponsabi.lidad, dos males estos que muy principalmente hacen que nuestras democracias lo sean de baja intensidad. Interesarse e involucrarse en la vida pública, no sólo no repercute negativa.mente en la vida privada, como estúpidamente creen muchos de nuestros conciudadanos, sino que al contrario la posibilita en grado pleno.

Citaré también de soslayo por razones de espacio a dos autores polémicos, uno de los antiguos como es Jean Bodin (Bodino), cuya teoría de la necesidad de un estado fuerte conformado por élites valerosas formulada en el siglo XVII merece una atención especial que permita extraer conclusiones críticas sobre la configuración de ese estado respetado y eficaz al que aspira; y otro autor, éste de los moder.nos, Wright Mills, donde aplicado al caso nor.teamericano defiende la convergencia sectorial de al menos tres tipos de élites: económica, política y militar, para en su caso mantener la preeminencia de USA como primera potencia mundial que garantice la democracia en el ma.yor número de países posible.

La claudicación de la inteligencia

Hasta ahora, cuando hemos hecho men.ción al fracaso de las élites, sólo hemos hecho referencia a las élites de carácter político y, en menor medida, a las élites vinculadas al mundo financiero, pero efectivamente a nadie se le escapa que cuando hablamos de élites, hay un grupo que debe estar incluido por derecho pro.pio en esa definición y cuya claudicación es de entre las que tratamos en este trabajo la más inaceptable de todas. Nos estamos refiriendo a los intelectuales, cuya voz en la actualidad o no existe o cuando existe está completamente minusvalorada.

Lo cierto es que este silencio y también este silenciamiento de los intelectuales sobre las co.sas que afectan a la vida pública no siempre fue así, hubo un tiempo en que su voz no sólo se encontraba en el centro del tablero político, sino que en ocasiones incluso podríamos decir que su influencia estuvo claramente sobreesti.mada. El ejemplo más palmario de esto último viene representado por lo que hasta no hace mucho conocíamos como el intelectual compro.metido, del que no debemos olvidar, Platón fue su antecedente más notorio. El filosofo griego, con su propuesta de una República ideal don.de todos los asuntos humanos quedaran perfec.tamente tasados, dejó el listón de la influencia de un pensador en los asuntos públicos en un lugar muy elevado para sus sucesores.

El intelectual comprometido, como su propio apellido indica, se dedicaba, repito hasta hace muy poco tiempo, a “entrometerse” en todos los asuntos y muy particularmente a inmiscuirse en política, entendida ésta en tanto que metáfora bélica como la genuina trinchera donde se antoja menester despachar todo lo concerniente a la disposición humana de organizar la sociedad.

Eran a diferencia de los actuales, unos tiempos donde el intelectual tuvo un poder efectivo que en ocasiones fue ejercido de manera sensata y positiva, es decir acorde a lo que se espera de alguien a quien los demás respetan precisa.mente porque su virtud principal es la de guiarse exclusivamente por el uso de la razón, para explicar el porqué de las cosas. En esta suerte de paideia, lo conclusivo vendría marcado por el esfuerzo del intelectual por marcar generalmente de un modo pedagógico pautas morales de comportamiento para sus conciudadanos. Naturalmente, esta auctoritas estaría basada no solo en el reconocimiento de su capacidad intelectiva si no también en el conocimiento de las costumbres de la sociedad en la que el propio intelectual esta inserto, lo que finalmente le permitiría troquelar la formación colectiva para dotarla de criterio, tal y como bellamente sugería Plotino cuando refiriéndose a la cultura nos invitaba a plantar una efigie en el alma.

Ahora bien, que los intelectuales se hayan involucrado en política desde el principio no significa necesariamente que su implicación en las cosas de la polis haya sido siempre positiva. No obstante, antes de referirnos a un par de autores que simbolizan el fatalmente equívoco proceder de los intelectuales con respecto al compromiso, permítaseme citar al menos a otros dos pensadores que titánicamente actuaron siempre de un modo libre y limpio, aunque en ocasiones ello les costase la enemistad del gremio. Uno de estos autores que queremos y debemos recordar no es otro que Raymond Aron, durante largo tiempo vituperado por la progresía, quien empero tuvo a bien recordar a sus coetáneos que el homo democraticus es algo más que el yo liberal y que los hombres de conocimiento no pueden desde un punto de vista moral dedicarse al goce de los asuntos privados, que diría Benjamín Constant, estando pendientes tantos asuntos públicos que reclaman su implicación. Aron, paladín de la ejemplaridad pública y del que por cierto poco o nada parecen haber aprendido los mandatarios que en los últimos años han gobernado Francia, tuvo un contacto con la política, en el cual lejos de adentrarse por el sendero del la aventura incierta y actuando contra el espíritu general de su época, defendió el estado de derecho y las libertades de todos por encima de cualquier otra consideración ideológica, algo que en sí mismo compendia a nuestro juicio la virtud máxima que debe poseer el intelectual que se compromete con su tiempo de un modo honesto y desprejuiciado.

Otro ejemplo también de mediados del siglo pasado de la implicación virtuosa del intelectual en política lo constituye el caso de Hannah Arendt, cuya contribución primero al escarbar en los orígenes del totalitarismo y después con su incomprendida para los suyos intervención en el caso del criminal nazi A. Eichmann, aportó nociones tan beneficiosas para la civilización como el concepto no siempre bien entendido de lo que es y supone para la condición humana la banalización del mal.

Estos dos autores constituyen sin duda en el atormentado siglo XX el más honorable ejemplo de la participación en política de los intelectuales, que atendiendo a lo mejor de la tradición del compromiso, entendieron que éste no esta.ba vinculado a una ideología o en el caso de Arendt a una fidelidad inquebrantable con su raza, sino que pensando por sí mismos e inclu.so en ocasiones contra ellos mismos, nos mostraron que el genuino compromiso al que se debe el talento es el compromiso para con la verdad. Desde luego, no es este un compromi.so vinculado a una verdad revelada, sino más bien a una verdad que apoyada en el principio de realidad tiene como insobornable compa.ñero de viaje a la razón moral que ayuda a intentar desvelar la primera.

Desafortunadamente, tanto Arendt como Aron representan una minoría en un mundo el de los intelectuales comprometidos que actua.ron acorde con el atributo que mejor debiera definir su sabia condición, la prudencia. En este sentido, podemos colocar a estos dos filósofos en una línea de pensadores que si todavía esta permitido decirlo, tiene a I.Kant, F. Hegel y K. Marx como espejos en los que reflejarse para entender lo que ha sido una venerable tradi.ción de buenas cabezas que siempre defendieron, compartamos sus ideas o las refutemos, un uso ilustrado de la facultad de pensar en la que queremos reconocernos.

Por desgracia, existe otra vía de entender el compromiso netamente ligada a la ideología, y habría que decir que también a la bilis identitaria que por descontado ha tenido un predicamento mayor que del que disfrutaron Arendt y Aron. Esta es una línea de pensamiento completamente diferente a la anterior y que en la modernidad y justamente como reacción a ésta arranca con autores como J. G. Herder y F. Nietzsche y tiene como corolario a otros dos filósofos que personifican mejor que ningún otro este nefasto proceder en lo público, de un modo irracionalista el primero y de un modo claramente insensato el segundo. Nos estamos refiriendo a los escandalosos casos de vinculación con la política que Martin Heidegger y Jean Paul Sartre representan, éste último por cierto icono del intelectual comprometido que sigue siendo visto entre nosotros con respecto a su compromiso político, si no con simpatía sí al menos con una benevolencia que a nuestro juicio en absoluto merece.

En estos dos autores se advierte, mejor que en ningún otro, cómo la desaparición del elemento crítico, cuando se presta a dar soporte intelectual a delirios irracionalistas, se convierte en el germen que posibilita que otros más simples que ellos los utilicen para arrancar primero las libertades y, aunque se enfaden los sartrianos de estricta observancia, en ocasiones también la dignidad y la vida humana. Pero será mejor que vayamos por partes.

Heidegger, en otro tiempo mi venerado maestro, se convierte cuando se implica en política no en el ontólogo de la facticidad que nos recuerda que el olvido del ser es lo que nos impide una vida auténtica, sino lamentablemente en la coartada de renombre intelectual que el nacionalsocialismo necesita para explicar con éxito su abominable propuesta de supremacía racial. Con este proceder, Heidegger, cuya militancia en el Partido de Hitler también hay que decirlo, sólo se extendió durante un año (de 1933 a 1934), renunció de raíz a buscar respuesta cabal y civilizada al vértigo de existir.

La apoteosis de esta inaceptable renuncia a la razón se produce de un modo irreversible cuando el pensador alemán introduce el prin.cipio del Führer en la Filosofía. Un perverso recurso no meramente retórico, mediante el cual quedaba tajantemente desterrada toda crítica a lo que el canciller alemán dijese o hiciese, pues su actuación no sólo quedaba eximida de rendir cuentas ante los hombres, sino que las decisiones que el nuevo Mesías adoptase, cualesquiera que éstas fuesen, estarían nada menos que guarnecidas por el mágico manto de la infalibilidad.

De este modo, Heidegger se carga de gol.pe y plumazo todo aquello que es y constitu.ye el núcleo duro de la actividad filosófica, a saber, actuar siempre sobre lo planteado de modo que sea la razón la que nos guíe a la hora de establecer conclusiones solventes. Triste final para sin duda el pensador más brillante de su tiempo, quien después de pasados los años y teniendo la posibilidad de hacerlo, nunca se desdijo de lo que había dicho con respecto a estas y otras cuestiones relativas al período en el que puso su pluma y su inteligencia al servi.cio del Tercer Reich.

El caso de Sartre es también un caso delicado y mi osadía al igual que en el caso de Heidegger para despacharlo en unas pocas líneas bien merece al menos algún que otro reproche. No obstante, y sin menoscabo de que se reconozca que hay elementos que deben ser analizados de un modo más detallado, debemos insistir en que lo fundamental es que tanto el escritor francés como Heidegger, cuando de política se trataba, renunciaron con pasmosa facilidad a lo razonable y, más allá, renunciaron de modo incomprensible incluso al sentido común, para precisamente comprometer su valioso talento en aventuras de carácter totalitario y finalmente criminal.

Sartre, a diferencia de Heidegger, consigue además salir bien parado de su apuesta por defender los delirantes proyectos políticos que a lo largo de toda su vida defendió y lo que es más grave alentó vivamente. Así se evade sin problema alguno de su apuesta por el comunismo soviético, rechazando el estalinismo en fecha muy tardía, finales de los años 50, y de un modo poco crítico no ya con Stalin y el gulag, sino con lo que había sido su enconada defensa personal de la URSS, mientras otros tiempo atrás, su amigo André Gide fue el primero, le habían advertido sobre lo que se hacía en la patria de los trabajadores, como pomposamente llamaban a la Unión Soviética los comunistas del mundo entero.

Desde luego, la historia no acaba ahí, porque lo cierto es que el caso del tipo de intelectual comprometido que representa el autor de El ser y la nada no tiene desperdicio. Así, des.pués de su renuncia al sistema soviético, Sartre pasa a defender el maoísmo y, puestos a delirar, también a todos los grupúsculos de extrema izquierda que en la Francia de los años sesenta eran legión y de los cuales lo mas dulce que podemos decir de ellos es que todos venían con la propuesta de su angelical paraíso terrenal bajo el brazo. Sartre, en su suma y sigue, abanderó también la defensa del tercermundismo violento y antieuropeo, cuyo mayor despropósito sin duda lo constituye la redacción del prólogo de Los condenados de la tierra de F. Fanon, donde, además de decir todo tipo de barbaridades, se permite hacer una redentora llamada a los desposeídos de la tierra para que por lo menos maten a un occidental.

Y es que nuestro hombre se muestra inase.quible al desaliento hasta cuando se posiciona del lado acertado. Así sucede por ejemplo con la guerra de Argelia y su apoyo a las justas demandas de independencia de la colonia, Sartre yerra de nuevo porque su adhesión al FLN argelino se traduce especialmente en incitar a sus militantes a sembrar de bombas la metrópoli, y consumen de este modo la venganza histórica de los humildes para con los poderosos. Por supuesto, al autor de La nausea llevar el dolor de siglos de dominación e injusticia al corazón de la capital gala le parece un acto de desagravio revolucionario completamente justificado. En fin, podríamos seguir porque el posicionamiento o más bien los posicionamientos inmorales de Sartre en su ditirambo ideológico dan para bastante más, pero lo cierto es que nos parece que este ramillete de ejemplos son mas que suficientes para ilustrar lo que es la renuncia de, en su caso, un intelectual de prestigio, a guiarse por la razón y el sentido común en las cosas serias de la política.

Las consecuencias de este proceder insensato, precisamente en nombre de la responsabilidad histórica para con los oprimidos, resultaron ser tan calamitosas, que en el caso de Sartre siempre le perseguirán como una maldición que acompañará de un modo oprobioso a su extraordinario talento como escritor. Quien mejor define el éxito que las magnéticas y alocadas ideas políticas de Sartre tuvieron entre la juventud europea de las décadas de los años 60 y 70 es el escritor Bernard- Henri Levy, quien haciendo balance critico de su generación se pregunta “¿por qué preferimos equivocarnos con Sartre que acertar con Aron?”, un modo sin duda brillante de referirse a la fascinación por lo insensato de una porción de las élites que ejemplifica a la perfección el desamparo que provoca comprobar cómo también los más preparados, en vez de conducirse en política con prudencia y moderación, en ocasiones sucumben con fervoroso entusiasmo al encanto de la barbarie.

Para finalizar, y a modo de resumen, parece preceptivo recordar que la abdicación de las élites indefectiblemente avoca junto con otros factores a una situación de crisis sistémica que genera orfandad e incertidumbre en la ciudadanía. En ocasiones y muy al contrario de lo que alegremente se sostiene no es necesario aportar nada nuevo, ya que la imaginación tan importante, para por ejemplo el arte y la literatura, no es imprescindible en política. Innovar puede estar muy bien, si lo que se propone no es una mera ocurrencia o un simple experimento de laboratorio, pero lo cierto es que en política hay que ser extremadamente cautos a la hora de hacer planteamientos que sean validos para una gran mayoría. Hay que señalar también que, si finalmente se entiende que la mudanza es necesaria, ésta debe estar precisamente en manos de los más cuerdos que, como norma general, son justamente, además de los más honestos, aquellos que no aceptan las simplificaciones como respuesta valida a los problemas complejos. Valorar lo obvio que no es otra cosa que conducirse con sentido común ante las cosas es siempre un buen punto de partida para no perder el oremus. A las élites, aunque repito no solo a ellas, les corresponde de un modo principal alejarnos de este preocupante ascenso de la insignificancia que abiertamente se está produciendo en nuestras sociedades.

Una insignificancia ésta, a la que nos referiremos de un modo mas detallado en otro momento, que fundamentalmente se traduce en el desplome y disolución de algunos valores que hasta hace bien poco habíamos convenido en apreciar como seguros y convenientes.

Así, una de las causas que acelera el reinado de esta mediocridad triunfante que estamos padeciendo es justamente que las élites han dejado de cumplir su trascendental función de modo eficaz y pedagógico. Naturalmente, el hecho de que los ciudadanos no estén formados en el criterio y la costumbre de deliberar en libertad, para, en última instancia, saber escoger bien contribuye sobremanera a que la impostura referida se expanda como la pólvora. Ya no es tiempo de sofistas que se llenan la boca con palabras grandilocuentes para engañar a una mayoría relevante de personas. La inteligencia implica un plus de responsabilidad cívica que las nuevas élites, que inevitablemente van a sustituir a las anteriores, debieran recordar permanentemente. En cualquier caso, parece honesto reconocer que todos estamos sin brújula y que las certidumbres del pasado ya no existen para nadie, pero también es completamente necesario trasladar la idea de que, si sabemos remar en la misma dirección, todavía podemos detener la hemorragia que nos desangra para salvar todo lo bueno que los que nos precedieron construyeron y al mismo tiempo saber desprendernos de aquello que no funciona por que nos parece injusto o porque simplemente se ha quedado obsoleto.

Cabe decir finalmente que todo este des.ideratum aquí expuesto no es más que una llamada a recuperar la cordura y las buenas prácticas de quienes nos gobiernan. Soy consciente de que esto sólo será posible si verdaderamente educamos a la ciudadanía en los principios de autonomía y responsabilidad, hasta la fecha por todos maltratados. Lo cierto es, que nos pongamos como nos pongamos, ese es el único camino hacia la virtud que conocemos. La tarea es inmensa, pero el esfuerzo sin duda merece la pena y a ella, por descontado, está convocada la élite del mérito y de la inteligencia, sin cuyo imprescindible concurso todas estas bellas palabras que aquí nos atrevemos a balbucear torpemente caerán una vez más en el olvido.



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