LA DECEPCIÓN DEMOCRÁTICA

febrero 17, 2016

DANIEL INNERARITY

Conviene que nos vayamos haciendo a la idea: la política es fundamentalmente un apren.dizaje de la decepción (Innerarity 2002). La democracia es un sistema político que genera decepción, especialmente cuando se hace bien. Cuando la democracia funciona bien, se con.vierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna. A diferencia de los sistemas políticos en los que se reprime la disidencia, se silencia la alternativa o se ocultan los errores, un sistema donde hay libertad política tiene como resultado un combate democrático en virtud del cual el espacio público se llena de cosas negativas –unos critican a otros, los escándalos se magnifican, la protesta se organiza; nadie alaba al adversario, la honradez no es noticia, la gente tiende a hacer valer sus intereses lo más ruidosamente que puede– y es conveniente que saquemos de todo las ello conclusiones correctas.

Pensemos en dos de las más comunes fuen.tes de desafecto ciudadano hacia nuestros re.presentantes: la corrupción y el desacuerdo. El menos avisado puede tener una impresión demasiado negativa y caer en el típico error de percepción que genera la corrupción descu.bierta o el desacuerdo institucionalizado propio del antagonismo democrático. La corrupción es siempre intolerable, por supuesto, y la incapacidad para generar grandes acuerdos está en el origen de muchas de nuestras torpezas colectivas, pero deberíamos ser sinceros y reconocer que buena parte de nuestro malestar con la política corresponde a una nostalgia inadvertida por la comodidad en que se vive donde lo malo no es sabido y se reprimen los desacuerdos. La antropología política nos enseña que hay un sentimiento atávico, nunca plenamente superado, de añoranza hacia formas de organización social en las que reine una plácida ignorancia y los políticos, como reza la queja habitual, no estén todo el día discutiendo.

Hay otra fuente de decepción democrática que tiene que ver con nuestra incompetencia práctica a la hora de resolver los problemas y tomar las mejores decisiones. La política es una actividad que gira en torno a la negociación, el compromiso y la aceptación de lo que los economistas suelen llamar “decisiones sub-opti.males”, que no es sino el precio que hay que pagar por el poder compartido y la soberanía limitada. Todas las decisiones políticas, salvo que uno viva en el delirio de la omnipotencia, sin constricciones ni contrapesos, implican, aun.que sea en una pequeña medida, una cierta forma de claudicación. En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica. Las aspiraciones máximas o los ideales absolutos se rinden o ceden ante la dificultad del asunto y las pretensiones de los otros, con quienes hay que llevar a cabo la partida. No tiene nada de extraño, por ello, que los militantes más fervorosos aseguren que no era eso a lo que aspiraban. Si además tenemos en cuenta que la competición política crea incentivos para que los políticos in.flen las expectativas públicas, un alto grado de decepción resulta inevitable.

Está incapacitado para la política quien no haya aprendido a gestionar el fracaso o el éxito parcial, porque el éxito absoluto no existe. Hace falta al menos saber arreglárselas con el fracaso habitual de no poder sacar adelante completamente lo que se proponía. La política es inseparable de la disposición al compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface completamente las propias aspiraciones. Similarmente los pactos y las alianzas no acreditan el propio poder sino que ponen de manifiesto que necesitamos de otros, que el poder es siempre una realidad compartida. El aprendizaje de la política fortalece la capaci.dad de convivir con ese tipo de frustraciones e invita a respetar los propios límites.

Todo esto provoca un carrusel de promesas, expectativas y frustraciones, de engaños y desengaños, que gira a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Los tiempos de la decepción –lo que tarda el nuevo gobierno en defraudar nuestras expectativas o los carismas en desilusionar, los proyectos en desgastarse, la competencia en debilitarse– parecen haberse acortado dramáticamente. ¿Qué racionalidad podemos introducir en medio de dicha agitación?

Creo que lo mejor es partir de una constata.ción muy liberadora: la política es una actividad limitada, mediocre y frustrante porque así es la vida, limitada, mediocre y frustrante, lo que no nos impide, en ambos casos, tratar de hacerlas mejores. Y en segundo lugar, nuestras mejores aspiraciones no deberían ser incompatibles con la conciencia de la dificultad y los límites de gobernar en el siglo XXI. Lo que hacen los políticos es demasiado conocido y demasiado poco entendido. La sociedad comprende poco los condicionamientos en medio de los cuales han de moverse las complejidades de la vida pública. Esto no ha de entenderse como una dis.culpa, sino todo lo contrario: es el elemento de objetividad que nos permite agudizar nuestras críticas impidiendo que campen desaforadas en el espacio de la imposibilidad.

Recordar tales cosas en medio de esa des.bandada que llamamos desafección política, cuando están saliendo a la luz múltiples casos de corrupción y la política se muestra incompetente para resolver nuestros principales problemas, puede parecer una provocación. Si quien me lee tiene un poco de paciencia tal vez termine acordando conmigo en tres tesis: que la política no está a la altura de lo que podemos esperar de ella, que no es inevitablemente desastrosa y que tampoco deberíamos hacernos demasiadas ilusiones a este respecto. Y es que las quejas por lo primero (por su incompeten.cia) se debilitan cuando uno da a entender que acepta lo segundo (que la política no tiene remedio) y cuando traslucen una expectativa desmesurada acerca de la política. De este modo no pretendo disculpar a nadie sino permitir una crítica más certera, porque nada deja más ilesa a la política realmente existente que unas expec.tativas desmesuradas por parte de quien no ha entendido su lógica, sus limitaciones y lo que razonablemente podemos exigirle.

Ahora que todo está lleno de propuestas de regeneración democrática, no viene nada mal que analicemos con menos histeria el contexto en el que se produce nuestra decepción política, para estar en condiciones de valorarla en su justa medida y no cometer el error de sacar consecuencias equivocadas. Deberíamos ser capaces de apuntar hacia un horizonte normativo que nos permita ser críticos sin abandonarnos có.modamente a lo ilusorio, que amplíe lo posible frente a los administradores del realismo, pero que tampoco olvide las limitaciones de nuestra condición política.

Una de las razones por las cuales la democracia promueve inevitablemente la decepción tiene que ver con el mismo juego de la competición política. Años de aprendizaje colectivo nos han llevado a instalar procedimientos para controlar al poder y esos mismos mecanismos de control tienden a transmitir una desconfian.za excesiva y una visión fundamentalmente negativa de la política; la democracia es un sistema político que posibilita la alternancia y que por eso mismo promueve la crítica, es decir, favorece un discurso político habitualmente caracterizado por la negatividad. Por supuesto que nuestros sistemas políticos no están cumpliendo las expectativas que podemos dirigirles razonablemente, pero existe también una per.cepción demasiado negativa de la política que bien podría explicarse por ese “blame game” en que se han convertido nuestras democracias (Hood 2010). La competición política, esencial en una democracia, se desarrolla en medio de discursos de tono fundamentalmente negativo: de críticas, inculpaciones, quejas, disgustos, acusaciones… No podría ser de otra manera, si queremos que la democracia siga siendo un combate abierto y donde la crítica esté especialmente protegida, pero los menos avisados podrían obtener de todo ello una percepción equivocada.

Gobernar es una actividad que se desarrolla en entornos de baja confianza y alta crítica, en donde el éxito suele ser escasamente reconoci.do, mientras que el fracaso es amplificado por un gran número de actores que tienen algo que ganar adoptando una actitud cínica. Las tensiones internas del sistema democrático tienden a crear un “blameworld”, un mundo de quejas y acusaciones, en el que se transmite la impresión de que el gobierno falla siempre y los políticos no son gente de fiar. En este contexto parece inevitable la tendencia a percibir todas las cuestiones políticas en términos de conflicto y oportunismo (Jacobs / Shapiro 2000). Si a esto le añadimos que los problemas son especialmente complejos y muy limitada nuestra capacidad colectiva de intervenir en ellos, el resultado es un juego que no puede ser sino fuente de con.tinua decepción y frustración. Todo este juego es beneficioso para la vida democrática, potencialmente dañino si se lleva por delante otros mecanismos que deben intervenir en él, como la cooperación o la confianza, y en cualquier caso engañoso acerca de la verdadera naturaleza de la política. Con esto no quiero decir que la política no deba ser criticada, todo lo contrario, sino que cierto estilo de hacerlo magnifica sus fracasos y transmite una imagen demasiado negativa de ella.

Como es bien sabido, el combate democráti.co se desarrolla cada vez más en el espacio de los medios de comunicación, que contribuyen tanto a hacerlo posible como a exagerar alguno de sus defectos, especialmente este potencial ci.nismo que tiene a promover un régimen basado en la negatividad. Los medios de comunicación, en un momento en el que la ciudadanía tiene necesidad de información para hacerse una idea de lo que pasa y tomar las decisiones apropiadas, están distorsionando la visión de lo político de un modo que genera cinismo y desesperación. Los medios alimentan el desencanto y la desconfianza, en la medida en que enfatizan las crisis y conflictos en vez de explicar la normalidad democrática. La gente se sorprendería de saber, por ejemplo, que la mayor parte de las votaciones en nuestros parlamentos se deciden por unanimidad o que la relación habitual entre los representantes es de confianza y cordialidad, salvo cuando ha de escenificarse un momento de confrontación a la vista del público. Al mismo tiempo, es frecuente que concedan más atención a los detalles triviales de las personas que a los asuntos políticos centrales y que estos no sean expuestos en su complejidad. Tiene más morbo el escándalo de las tarjetas opacas que explicar la irresponsable gestión que condujo al rescate de ciertas instituciones financieras. Esta preferencia por lo sensacional se explica porque el hecho de que la política es generalmente un tema aburrido, lo que plantea un desafío a los medios a la hora de hacerla interesante para la gente sin trivializarla.

Además de su función observadora y crítica, tan necesaria, los medios amplifican el des.acuerdo y los escándalos, simplifican los asuntos en clave de confrontación, personificando hasta la caricatura responsabilidades complejas o cediendo al encanto de las teorías de la conspiración, mientras se presentan a sí mismos, conscientemente o no, como luchadores heroicos que protegen al público desamparado frente a los malvados políticos. Todo esto tiñe a la política con un alto grado de negativismo. ¿Nos sigue extrañando que la gente odie la política, si su opinión sólo se nutre de tales in.formaciones?

El escenario político está descrito por dis.tinciones binarias –héroes y villanos, triunfos y desastres, inocentes y culpables, dominadores y dominados–, justo en un momento en el que hay muchas zonas grises y otras opciones acerca de las cuales apenas hay debate. En el lenguaje coloquial, “politizar” implica tensionar en un es.pacio binario, pero es justo lo contrario; en el sentido más noble del término, politizar quiere decir discutir en torno a las diversas opciones, hacer inteligible la complejidad de los asuntos, buscar alternativas… Un espacio político binario es, en el fondo, un espacio despolitizado. Lo que ocurre es que las organizaciones de la protesta, tan esenciales como son para el buen funciona.miento de la democracia, en la medida en la que se apoyan en los medios de comunicación tienden a ofrecer una idea demasiado simplista de las cuestiones políticas. Las prioridades de la movilización exigen mensajes simples para las cuestiones complejas. La política es necesaria, precisamente cuando los conflictos no estable.cen frentes nítidos y las soluciones no son obvias.

No nos haríamos una idea de lo que está pasando en este momento tan convulso de la política, si no prestáramos atención al papel de los medios de comunicación. Es el típico caso en el que, pese al dicho tradicional, conviene mirar al dedo, además de al cielo. No es posible que si la política, como aseguramos, lo está haciendo tan mal, los medios de comunicación y sus consumidores lo estén haciendo todo bien. El triángulo formado por unos políticos sobrepasados por las circunstancias, unos medios que dan a sus lectores carnaza para el entretenimiento y unos ciudadanos convertidos en espectadores pasivos es fatal para la vida democrática.

Pensemos en el caso concreto de la corrupción, que es uno de los motivos que están en la base de la desafección política y en torno al cual puede haber un error de percepción. En cualquier democracia asentada hay multitud de representantes políticos que realizan honradamente su trabajo, pero sólo es noticia la corrupción de algunos. La sensación que nos queda es que la política es sinónimo de corrupción y no advertimos que el escándalo es noticia cuando lo normal es que las cosas se hagan moderadamente bien. Ocurre lo mismo que con los errores médicos: nunca se habla en los medios de comunicación de las operaciones bien hechas sino de las fallidas y de ahí a sacar la impresión de que los médicos lo hacen mal no hay más que un paso. Gracias a los medios de comunica.ción, el poder se ha hecho más vulnerable a la crítica, pero su lenguaje crispado y el mensaje de fondo que así transmiten ha extendido una mentalidad antipolítica. Una cosa es desvelar la mentira, ridiculizar la arrogancia y dar cauce a las voces diferentes; pero esa insistencia en lo negativo tiende a ocultar otras dimensiones de la política tan importantes como, por ejemplo, el valor de los acuerdos o la normalidad poco espectacular de los comportamientos honrados. No deberían preocuparnos tanto los casos de corrupción como la ordinaria debilidad de la política y, sobre todo, que la focalización en lo primero nos impida advertir lo segundo.

La corrupción es intolerable, por supuesto, y además del hecho en sí, tiene dos derivadas que solemos pasar por alto y que tienen graves consecuencias políticas: que muchas veces no miramos donde hay que mirar y que sacamos consecuencias equivocadas y contribuimos a estropear aún más nuestra maltrecha cultura política. En primer lugar, prestamos más atención al detalle morboso que al fracaso político que implica, a la anécdota escandalizante que a las malas decisiones políticas. Y en segundo lugar, solemos sacar una impresión negativa del hecho de que se descubra un caso de corrupción y apenas nos fijamos en el hecho de que tenemos un sistema político, judicial, policial y comunicativo en el que es posible descubrir la corrupción, sin caer en la cuenta de que la peor corrupción es la que no se ve y lo peor que nos podría pasar es que no se viera.

Cuando conocemos una nueva noticia de corrupción es inevitable que nuestro primer sen.timiento sea negativo; nos pone frente a hechos injustificables y nos recuerda el mal que causó alguien que mereció nuestra confianza como representante popular; porque casi siempre la justicia llega tarde y no es completa, como ha ocurrido en toda la historia de la humanidad; pero también porque nos hace pensar que hay otros que no lo pagarán nunca, y esa sospecha dispara la tentación de generalizar.

Aunque esto que voy a proponer ahora su.ponga navegar contra la corriente de los sentimientos de indignación desatados, me permito sugerir que pongamos en juego algunas emociones positivas precisamente en esos momentos. Ya sé que suena inaudito, pero deberíamos alegrarnos cuando se persigue o castiga a los culpables y medir con un poco más de generosidad la autoestima que nos debemos como sociedades democráticas.

Cuando en una sociedad se castiga a quien lo merece, hay motivos para sentirse satisfechos. No seamos injustos con las instituciones cuyo trabajo ha hecho posible que salgan a la luz los casos de corrupción. Siempre habrá quien prefiera recordarnos, precisamente en días como estos, que eso no tendría que haber sucedido, que la justicia debería ser automática y absoluta la reparación de los males causados. Pero, sobre todo, no seamos injustos con nosotros mismos, con nuestra vigilancia crítica, con el aprendizaje que como sociedad hemos llevado a cabo. Si no fuera porque hemos vigilado el comportamiento de nuestros representantes, si no fuera porque hemos dosificado democráticamente la confianza que se merecen, los corruptos no sabrían que, además del castigo penal, pueden contar con nuestro más completo desprecio.

El escepticismo hacia la política puede representar una enorme oportunidad, un requerimiento para que la política reflexione acerca de sus obligaciones y recupere la estimación pública. Para ello es necesario que todos revisemos nuestras expectativas en relación con ella y examinemos si en ocasiones no estamos esperando de la política lo que no puede proporcionar o exigiéndole cosas contradictorias. Y es que to.davía no hemos conseguido equilibrar estas tres cosas que componen la vida democrática: lo que prometen los políticos, lo que demanda el público y lo que el poder político puede propor.cionar. Quisiera finalizar con una breve reflexión acerca de cómo debemos gestionar nuestras expectativas públicas. ¿Cómo conseguimos mantener una razonable actitud hacia la política, una exigencia que no sea desmesurada y un escepticismo moderado que no acabe siendo cinismo corrosivo? Lo que probablemente nos está pasando es que, al mismo tiempo, la po.lítica está proporcionando menos de lo que la ciudadanía tiene el derecho a exigir y la gente está esperando demasiado de la política.

Uno de los mejores libros de filosofía política es la defensa de la política que escribió Bernard Crick (1962) y en el que se sostenía que la política es una actividad que tiene que ser protegida tanto contra quienes la quieren pervertir como frente a quienes tienen expectativas desmesuradas hacia ella. Puede que estemos exigiendo al sistema político demasiado o demasiado poco, esperando que nos haga felices o dando por supuesto que no tiene remedio. Ambas expecta.tivas son políticamente improductivas y nos instalan en la melancolía o el cinismo.

Buena parte del descontento con la política se explica por una serie de malentendidos acerca de su naturaleza. Hay críticas certeras hacia el modo como se lleva a cabo la política y otras cuya radicalidad procede de que no tiene la menor experiencia personal de lo que la política implica. Mucha gente tiene un resentimiento hacia la política, a la que descalifica globalmente como un asunto sucio, porque no ha tenido la experiencia directa de tener que “mancharse las manos” teniendo que tomar alguna decisión política en medio de un complejo entramado de intereses y valores en conflicto. Debemos desconfiar especialmente de quien prometa una solución simple para problemas complejos. Quien no haya entendido de qué va la política puede albergar expectativas exageradas e incluso desmesuradas. Pretender la felicidad a través de la política es tan absurdo como esperar consuelo de nuestro banquero, hacer negocios con la familia o pretender la amistad de los compañeros de partido. A esos sitios se va a otra cosa. Cada ámbito tiene sus reglas y su lógica, de acuerdo con las cuales deberíamos formular nuestras expectativas.

La democracia decepciona siempre, como he asegurado, pero esta decepción puede mantenerse en un nivel aceptable según hayamos configurado nuestras expectativas. El hecho de que no hayamos conseguido este punto de equilibrio explica el modo tan simple como se ha establecido el campo de batalla en nuestras democracias. El paisaje político se ha polariza.do en torno al pelotón de los cínicos tecnócratas y el de los ilusos populistas; los primeros se sirven de la complejidad de las decisiones políticas para minusvalorar las obligaciones de legitimación, mientras que los segundos suelen desconocer que la política es una actividad que se lleva a cabo en medio de una gran cantidad de condicionantes; unos parecen recomendar que limitemos al máximo nuestras expectativas y otros que las despleguemos sin ninguna limitación. Este es hoy, a mi juicio, un eje de identificación ideológica más explicativo actualmente que el de derechas e izquierdas. Equilibrar razonablemente estos dos aspectos es la síntesis política en torno a la cual van a girar de ahora en adelante nuestros debates.

Me gustaría contribuir con estas reflexiones a que entendiéramos mejor la política porque creo que sólo así podemos juzgarla con toda la severidad que sea conveniente. No pretendo disculpar a nadie, ni a los representantes ni a los representados, sino calibrar bien cuáles son las obligaciones de unos y de otros, qué podemos unos y otros hacer para mejorar nuestros sistemas políticos.

No comparto el pesimismo dominante en relación con la política, y no porque escaseen las razones de crítica sino precisamente por todo lo contrario: porque sólo un horizonte de optimismo abierto, que crea en la posibilidad de lo mejor, nos permite ser todo lo suficientemente crítico como para impugnar con razón la mediocridad de nuestros sistemas políticos. Optimismo y crítica son dos actitudes que se llevan muy bien, mientras que el pesimismo suele preferir la compañía del cinismo o de la melancolía.

BIBLIOGRAFÍA:

Bernard Crick (1962): In defence of politics. Chicago University Press.

Chistopher Hood (2010): The Blame Game: Spin, Bureacracy and Self-Preservation in Government. Princeton University Press.

Daniel Innerarity (2002): La transformación de la política. Barcelona: Península.

Lawrence Jacobs / Robert Shapiro (2000): Politician don’t Pander: Political Manipulation and the Loss of Democratic Responsiveness. Chicago: University Press.

 



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