RAMÓN BAREA: “EL NACIONAL DE TEATRO FUE UNA FORMA DE PREMIAR UN MODO DE ESTAR EN EL OFICIO”

mayo 29, 2014
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ENTREVISTA REALIZADA POR ROBERTO HERRERO

ctuando. Comprometiéndose con proyectos como el Pabellón nº 6, que se ha convertido en un nuevo espacio de encuentro y exhibición artística en la capital vizcaína. Desde hace unos años Bibao y Madrid son sus ciudades. En la capital de España ha trabajado con el Centro Dramático Nacional y la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Fue el protagonista de uno de los éxitos de la última temporada con la obra de Valle Inclán ‘Montenegro (comedias bárbaras)’. Ha sido entre otros muchos personajes el Próspero de Shakespeare y el Max Estrella, de Valle. Ha trabajado en más de cien películas y no hace ascos a un cortometraje cuando se lo proponen. A los 65 años dice que no piensa en jubilarse, “y menos ahora que empieza lo mejor”, dice al tiempo que se prepara para mostrar su nueva criatura, las ‘Confesiones’ de San Agustín, bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente. En noviembre recibió el Premio Nacional de Teatro como reconocimiento a toda su carrera. Una trayectoria que pocos saben que comenzó cuando con 17 años le echaron por ateo de la parroquia donde hacía teatro.
Recuerdo que lo primero que me dijo tras el Premio Nacional es que no sabía por qué se lo habían dado. ¿Ya ha resuelto la duda?
Me alegró mucho, pero me extrañó. Me imagino que el jurado algún criterio siguió para acabar en un candidato como yo, que no soy para nada una figura de moda ni el más visible de los actores. Creo que fue una forma de premiar a un modo de estar en el oficio. Es verdad que no he parado de trabajar desde joven, y esa puede ser mi gracia principal, que he sobrevivido y me he metido en jaleos progresivos. Pero eso no quita para que el premio me cause sorpresa, por esa sensación de que es el otro el que se lo merece o en el que se fijan más. Ese complejo de invisibilidad.
¿Nota que ese gran reconocimiento le ha cambiado algo en escena?
Lo bueno y lo malo es que todo pasa muy rápido. Mi nieta decía que me había tocado un premio, y es verdad que estas cosas tienen algo de lotería. Fue bonito descubrir a la gente que se alegraba conmigo, pero respecto al estatus profesional no noto diferencia. Sí en aquel momento, porque era justo el estreno de ‘Montenegro’ en el CDN y hubo una euforia en la compañía y de hecho se unieron la noticia del estreno y la del premio. Pero luego las aguas han vuelto a su cauce, y ya casi ni me acuerdo si me lo dieron o no.
¿Cómo es Ramón Barea con sus personajes? ¿Hay pelea, negociación, imposición?
Dejo que me contagien. Cuando me dirigen es como más cómodo estoy, porque no llevo ideas preconcebidas. Sigo un lento proceso. Me entero de la obra, de lo que pasa y luego empiezo a fijarme en el personaje y más tarde entro en las frases. Soy incapaz de aprender un texto desde el principio. Sólo, cerca ya del final de los ensayos, hago ese esfuerzo. Con el personaje trato de dejar el margen más grande que pueda para los contactos con la dirección, porque si te haces demasiadas ideas te llevas desengaños o estás cerrado en una forma de hacerlo. No me importa ser un poco tonto al principio, preguntar, ser un lector intenso del texto, pero no voy con las soluciones del personaje. Luego, cuando veo las pautas de dirección, reacciono muy rápido y ya trato de hacer propuestas. Me viene muy bien dejarme dirigir, porque siempre me sacan de mi sitio y me empujan en una dirección que no había previsto y eso me agrada.
Hay una obra que no ha hecho mucho ruido, que ha representado en diversos momentos, que me parece significó algo especial en su vida profesional. Me refiero al monólogo ‘Sobre los perjuicios que causa el tabaco’, de Chéjov.
Tienes razón. Y de hecho fue la primera vez que hacía un monólogo; no me lo había planteado, siempre pensaba en el grupo. Entonces había dirigido más que actuado, y para muchos fue una sorpresa verme en esa obra. Hay otros personajes que me han marcado, como el Max Estrella de ‘Luces de bohemia’, el Quijote o el Próspero de ‘La tempestad’. Significa colocarme en un sitio que no había imaginado. No me planteaba qué tenía que hacer para interpretar a Max Estrella. Supongo que es una mezcla de azar y de circunstancias, empiezas a pertenecer a una generación, los actores jóvenes te ceden el sitio y te dicen eso de que les gusta actuar con actores mayores, no dicen veteranos jajaja. Yo no soy mitómano, pero tengo una gran admiración por los actores mayores que he ido viendo y me daba una gran alegría trabajar con ellos. Y ahora me veo al otro lado.
¿Fue una persona feliz e inconsciente cuando a mediados de los años setenta deja su trabajo de auxiliar en el juzgado y decide dedicarse sólo al teatro?
Cundió el pánico familiar y todos los mensajes eran negativos. Tenía a mi madre perfectamente avergonzada y mintiendo delante de la familia, diciendo que yo había pedido una excedencia. Realmente me escapé del trabajo y de la familia. En aquel momento tenía la sensación de que estaba armando una gorda y que todos tenían razón. Los primeros años, mi hermano bromeaba con que los actores vascos vivíamos de nuestras mujeres, que eran las que realmente trabajaban. Y algo de razón tenía. Fue una aventura en la que estuvimos respaldados, no éramos unos hippies radicales.
¿No ha tenido nunca la intención de dejarlo?
No. Una vez que lo decidí, creo que ya era una cuestión de amor propio. Yo he liado ésta y tengo que seguir. Y hasta ahora. He tenido ramalazos de pensar qué hacía trabajando en esto, pero no sé qué demonios de composición química tiene mi cerebro que me hace enseguida buscar un nivel de riesgo, muchas veces innecesario. No me acomodo demasiado a las cosas.
¿Cómo era aquel Bilbao de los años 70?
Aparte de más oscuro, estaba lleno de obreros y de luchas sociales. La ciudad se dividía entre los obreros, los empresarios y los estudiantes. Era una sociedad efervescente. Ese contagio con tener veintipocos años y pensar que había que hacer un teatro de barrio, cambiar el mundo y que aquello era una revolución.
¿El teatro entonces era para usted y sus compañeros sobre todo una manera de hacer política?
Claramente. El mecanismo principal que nos movía era el pensamiento de que la sociedad se podía cambiar y que el arte era un modo de hacerlo. En Cómicos de la Legua lo teníamos claro. Éramos un grupo que se va fuera del centro de la ciudad, donde está el teatro para la burguesía, al extrarradio, donde están las clases populares. La declaración de principios es que aquello era más que teatro, era una militancia, pensar que el arte estaba implicado directamente en los conflictos sociales.
¿Cuáles han sido los momentos claves en su vida profesional?
Siempre tienen que ver con el inicio o el cierre de un proyecto. Poner en marcha Cómicos de la Legua en 1968 y tomar luego la decisión de dedicarme al teatro con gente de ideas parecidas marca mi vida. Bueno, hay un momento anterior. No sé si es antes el huevo o la gallina. Empecé a hacer teatro con Cómicos porque me echaron de la parroquia, donde había empezado a hacerlo con 15 años. Me echan porque no voy a misa y no podía ser que siguiera en la junta directiva del club de jóvenes. El cura intercedió por mí, pero aquello no me lo perdonaron nunca. Tampoco que hiciera un recital con poemas de Miguel Hernández. Yo tenía 17 años, y mi hermano, que era universitario, me propuso ir a Elche a visitar a Josefina Manresa, la viuda del poeta. Y nos fuimos en el 600. Estamos con ella, nos deja fotos dedicadas de Miguel. Hice un montaje de diapositivas en la parroquia y todo el mundo dio por hecho que tenía que ver con las Juventudes Comunistas y no se creían que fuera algo que se nos ocurrió a nosotros, y que la viuda, a la que supongo que le haría gracia ver a dos chavales que querían hablar con ella, nos dejara esas fotografías.
Digamos que su Premio Nacional de Teatro nació en aquel momento.
Seguramente esa tontería, la expulsión de la parroquia, fue la que me otorgó ya una especie de marginación familiar, porque no podía contarlo en casa ni decir que me habían largado por ateo. Ese fue el empujón que me dijo allá te las arregles y decidí que quería seguir haciendo teatro y siendo ateo. El golpe fue muy fuerte, porque es echar a un adolescente de un entorno que me había alimentado, hasta que empecé a tener dudas y la sensación de que me la estaban metiendo con este tinglado de Dios que me contaban. Esa crisis tiene mucho que ver con que desemboque en ese otro mundo del grupo, con el que compartes ideas e inquietudes. Eso era Cómicos de la Legua, que lo monto con gente que se viene también del club juvenil y que a su vez se convertirá en otro momento especial de mi vida, cuando en 1980 decidimos cerrarlo, porque la gente clave del grupo ya estaba cada uno por su lado. Y de allí salieron dos compañías, Maskarada y Karraka, que es en la que yo seguí.
¿Qué significan los fracasos en su carrera?
Algo muy habitual. Convivo con la sensación de haber fracasado realmente en ocasiones y con cosas que se convierten o te las convierten en fracasos por un palo de la crítica o porque no consigues que tenga presencia algo en lo que crees mucho. Estar más acostumbrado a los fracasos que a los éxitos me ha ayudado a marcar una distancia. Ves que es tan relativo contentar a muchos que prefiero estar más tranquilo conmigo y con los compañeros, y si sale, bien, y si no, no sale.
¿Qué en el teatro se trabaja principalmente para el público no es de alguna manera una mentira?
Es tramposo, es ambiguo. Hay quien habla del público mayoritario, de un negocio, de una obra que llegue a la mayoría. El público es entonces algo cuantitativo, no cualitativo. Yo creo que, cuando se piensa en el público, estás haciéndolo en algo que te gusta a ti y que quieres compartir. Yo nunca he sabido crear un producto. Han sido corazonadas, intuiciones, ganas de hacer algo. Aunque quizás no hacíamos un producto comercial porque no sabíamos.
¿Y qué papel tiene el dinero en su trabajo?
Estoy en edad de jubilación, aunque no tengo intención de parar ni mucho menos. He cumplido los 65 años y he terminado de pagar hace unos meses el que es mi primer piso. Un coche con no sé cuántos kilómetros y ese piso en Bilbao la Vieja son mis posesiones materiales. He convivido mucho tiempo con la precariedad, pero nunca me he parado a que me llamarán para un trabajo. Siempre he promovido cosas. Si ahora me dicen que no me van a llamar nunca de ningún teatro o productora de cine me da igual. Sé que me voy a mover y voy a generar actividad. No tengo representante, así que no me echan la bronca cuando acepto un personaje secundario después de hacer un protagonista.

The Breakdown

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