TIEMPO DE RECORDAR

mayo 29, 2014

JAVIER MINA

El cincuentenario de la muerte de Luís Martín-Santos ha sido celebrado bastante tímidamente en la ciudad que le vio hacerse hombre y escritor. El novelista no lo tenía fácil. Resultaría excesivamente socorrido achacarlo a la predilección del ser humano vigente por otras épicas –sí, la otrora ilustre palabra se asocia ahora a balones–, pero basta con analizar una serie de circunstancias para explicarlo con mayor elegancia, es decir, con menos saliva. Para empezar, Martín-Santos nació y murió fuera de San Sebastián, lo que en el galopante deslizamiento socio-político hacia formas de pensar que se alimentan por las raíces, puede ayudarnos a comprender que tampoco su acreditada militancia socialista le sirva de mucho. Hubo unas cuantas décadas en que el apellido Martín-Santos remitía automáticamente a la respetable clínica de la ciudad fundada por el padre del escritor y que, de un tiempo a esta parte, se ha cambiado el nombre por el de un centauro experto en curar. No es menos cierto que haber desparecido prematuramente, tras dejar una sola obra, juega en su contra. Y para agravar más la cosa, Tiempo de silencio ha perdido puestos en la educación obligatoria, al ser excluida de los programas de literatura en el entorno inmediato. Si a todo ello se le une el hecho de que la novela transcurre en Madrid y no contiene referencias a Donostia, podría comprenderse que Luis Martín-Santos titile únicamente en la memoria de algunos, haciendo realmente difícil que la ciudad se muestre cariñosa con él.
Y sin embargo le debe mucho. Tanto en su condición de psiquiatra y oponente a la dictadura franquista, como en la de escritor. Después de haberse doctorado en medicina con una tesis sobre Dilthey y haber ganado oposiciones, primero a director del psiquiátrico de Ciudad Real y, luego, al del recién creado psiquiátrico de San Sebastián, Martín-Santos tomará posesión de la plaza donostiarra en 1951. De su paso por la institución, así como por su consulta privada, quedará un reguero de gratitud, pues los enfermos a los que trató se muestran invariablemente reconocidos lo mismo por su profesionalidad que por su trato. Reconocimiento que compartirán sus pares. De los múltiples testimonios recogidos por Pedro Gorrotxategi y José Lozano en las sesudas pero no por eso menos amenas biografías que le han escrito y que subyacen bajo estas líneas, podrían bastar los de Castilla del Pino y Vallejo-Nájera, que lo tienen por un clínico excepcional pero al mismo tiempo de un trato muy cercano al enfermo. Opinión que repiten los propios afectados. Para muestra un botón. “Trataba a todos los enfermos bien. Era cariñoso aunque muy serio. Pero cuando pasaba la consulta era correcto y cariñoso con los enfermos”, asegura una paciente entrevistada por José Lazaro. Pero es que además, Martín-Santos dedicaba su muy escaso tiempo a la investigación teórica, de la que han quedado unos cuantos artículos –varios de ellos inéditos en vida–, siendo su trabajo más destacado el libro Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial, que también sería publicado póstumamente.
A diferencia de los antifranquistas de salón, Luís Martín-Santos fue de los que lucharon activamente contra el Régimen. Y lo pagó con cuatro detenciones, la primera en 1956, cuando todavía no militaba en el PSOE, y las otras tres cuando era no un simple militante sino un dirigente de gran proyección –en 1958 formaba parte de la ejecutiva en el interior con Ramón Rubial–, que abogó por que la dirección política del partido estuviera en el interior, lo que no le granjeó muchas amistades en la cúpula. Tampoco fue un político de despacho. Asistió a reuniones y congresos, ayudó a cruzar la muga a fugitivos y se trajo de Francia propaganda y medios con qué fabricarla. Distribuyó panfletos utilizando a veces métodos muy curiosos, como el de practicar un agujero en el suelo de su flamante Seat 1500 –que era la envidia de sus iguales, los chicos bien donostiarras–, para ir regando la calle de hojas subversivas. Fue encarcelado en Carabanchel en dos ocasiones, la primera en 1958 y la segunda en 1959, siendo en ambos casos su estancia en prisión la misma, cuatro meses. De hecho, saldría en libertad condicional a espera de un juicio que tendría que celebrarse en 1964, unos meses después de su muerte. Como muchos de sus amigos, Luis aprovechaba cada aparición pública alrededor de la cultura para ir un poco más allá, llevando el debate al análisis de la situación política y la falta de libertades. Fueron notables las intervenciones de Martín-Santos, José Ramón Recalde y Enrique Múgica Herzog en las sesiones que organizaba la Asociación Artística de San Sebastián, dirigida por José Luís Munoa, que mereció las iras de una autoridad gubernativa cuya voluntad se cumplió clausurándolas en 1961, tras una sonada intervención de Santiago Aizarna. Si ya es llamativo que hubiera opositores durables y de verdad, no lo es menos que algunos antepusieran el trabajo común –la lucha contra Franco– al capillismo. Por lo menos en las distancias cortas. Así, la cuadrilla de Martín-Santos estaba formada por socialistas, comunistas, felipistas y nacionalistas, que tomaban a diario el vermut y se reunían para cenar. Bien es cierto que el escritor se la jugó al por entonces comunista Enrique Múgica Herzog haciendo que le dejara en tierra el amigo que debía llevarle en su coche a Madrid. El chasqueado supo años después que Martín-Santos habría dicho: “No lleves a Enrique, porque en Madrid nos pone verdes a los socialistas”.
El factor humano es lo que tiene. Una ciudad de posguerra con las heridas todavía abiertas, no resultaba muy cómoda para quien fuera vástago no sólo de los vencedores sino de un general. Uno que, para más inri y por ser de sanidad, dirigió las depuraciones en el ámbito de la medicina guipuzcoana. Cuando Luís Martín-Santos entró en el colegio de Marianistas fue tratado con circunspección. De ahí que no resulte raro que se juntara con un condiscípulo que compartía su misma condición de hijo de militar, Eduardo Chillida. Le ocurrió lo mismo al acercarse a la pandilla de adolescentes que se reunía para comentar lecturas. Finalmente congenió con ellos y el grupo se soldaría perdurando en el tiempo. Lo que Martín-Santos no vivió tan bien fue su pertenencia a una clase acomodada. No porque no le gustara disponer de un tren de vida holgado, frecuentar determinados ambientes, vestir bien –iba siempre hecho un pincel– o conducir un buen coche, sino porque no congeniaba con los de su clase. Tanto porque le movían a ello sus crecientes convicciones socialistas, como porque les encontraba, por regla general, fatuos, superficiales e ignorantes. Esta relación de amor-odio hacia sus pares alcanza la materialidad más acabada en el menosprecio con que trataba a una institución de las clases altas donostiarras, el Club Náutico. Menosprecio que era correspondido por unos socios de la entidad que veían en él al tipo raro y sabihondo que se creía más que nadie. Como pasara con un amigo por dicha institución un día que se celebraba la gran fiesta de postín y como aquél le dijera que su sitio estaba allí, Martín-Santos le respondió que ni por el forro.
El escritor era hombre de amigos y de familia. Todas las semanas salían a cenar y bailar en plan matrimonios, reservándose la noche de los martes para juntarse con la cuadrilla en la sociedad gastronómica Kañoietan. En esas reuniones se mostraba accesible, ocurrente y brillante. Ahora bien, lo que más le gustaba era fajarse en combates dialécticos con quien resplandeciera tanto como él o más. Fueron proverbiales sus discusiones con Juan Benet cuando vivió en Madrid y que podían ser asimiladas a las peleas de gallos. Leandro, el hermano de Luis ha dicho: “Cuando hablaba con alguien que le parecía inteligente cogía carrerilla y no había quién le parara. Y en esas ocasiones era brillantísimo. Brillantísimo”. Quienes le oyeron en público –entre ellos Jorge Oteiza, cuyo testimonio resulta tanto más válido cuanto que el escritor no era santo de su devoción– destacan que hablaba de un tirón sin recurrir a nota alguna, no escatimando las citas reproducidas de memoria. Todo esto pudo darle una fama de individuo distante y tal vez inasequible. Pero lo cierto es que dicha imagen no se compadecía con la realidad. Aunque es verdad que no le gustaba hacerse el sociable o, mejor dicho, prodigarse entre quienes no conociera, porque era muy avaro de su tiempo. Su hermano explica que también era avaro de su ingenio: “Lo que más le molestaba era la incompetencia, que una persona hablara sin saber de lo que hablaba. Eso le sacaba de quicio”.
Médico psiquiatra, militante político, activista cultural, contertulio –pero de los de verdad, de café–, chico bien reñido con los de su clase, hombre divertido hasta la temeridad, padre y esposo entregado, degustador de la buena vida y de la vida buena, sólo falta presentar al escritor. Pero no estaría de más referir antes una anécdota que muestra hasta donde podía llegar su osadía. Por no decir su mala uva. Con ocasión del funeral por el lehendakari Aguirre, le dijo al energúmeno que, amenazándole con una barra de hierro, quería hacerle cantar el Cara al sol antes de franquearle el paso a la Iglesia del Buen Pastor: “Oye, te veo muy mal. Estás proyectando una agresividad muy sospechosa. Mañana tengo media hora libre a eso de las nueve, pásate por la consulta. No, mejor a las nueve y media”. O que embarcara al cineasta Antton Eceiza en una presentación que tiene mucho de buñolesca. En efecto, al descubrir al siniestro comisario Melitón Manzanas despachando una consumición en determinada terraza de la Avenida de la capital donostiarra, se acercó a él presentándole a su amigo Eceiza como cineasta. Lo que vino después, Eceiza lo recordaba con horror: “Antton, te presento a Melitón Manzanas, esbirro”.
Por lo que se refiere a la literatura, Martín-Santos debutó en 1945 con unas poesías tempranas muy soñadoras y adolescentes, reunidas en un libro –Grana gris– cuya publicación costeó su padre. Una vez remitido el vértigo de la publicación, Luis fue retirando los ejemplares uno a uno de la circulación por hallar el libro poca cosa. Por otra parte, entregaba de cuando en cuando algún artículo y se prodigó en conferencias, hasta que se puso a redactar Tiempo de silencio. No se tienen noticias acerca de la gestación de la novela ni de su vocación literaria en general, pero cabe imaginar que todo se fraguó a través de los contactos en las tertulias Madrid con otros escritores en ciernes, por ejemplo Benet, así como con algunos más consagrados –Miguel Sánchez Mazas– o que empezaban a publicar: Rafael Ferlosio, Carmen Martín Gaite, o Vidal Beneyto. Tampoco es de extrañar que le picara el gusanillo de sondear, por otros medios, un alma humana que ya le había atraído lo suficiente como para mudar la cirugía por la ciencia psiquiátrica. Lo cierto es que para finales de 1960 tenía una novela que presentar al que se convertiría finalmente en el fallido Primer Premio Baroja, cuya admisión de originales finalizaba en noviembre. Las únicas noticias acerca de la redacción de Tiempo de silencio las ha dado Enrique Múgica Herzog, a quien su amigo Luis citaba cada vez que concluía un capítulo para leerlo y comentarlo juntos. Podemos suputar que, de ser cierto lo que aseguraba el escritor respecto a que escribía de un tirón, como un vómito, el empeño hubo de ocuparle varios meses de 1960.
Al hablar de Tiempo de silencio, conviene desdoblarse a fin de poner de manifiesto, por un lado, lo que representó en su día y, por otro, lo que pueda significar para un lector actual. Nada más publicarse, la novela fue recibida por la crítica y los lectores como una obra revolucionaria que llevaba, por fin, la literatura española al siglo XX. Las editoriales extranjeras también la vieron así, apresurándose a contratar traducciones. Pero ya en su día hubo alguna voz disonante. La primera sería la de Mary McCarthy, aunque referida no tanto a una obra que no se sabe si pudo leer, sino a la opinión que le merecieron los escritores españoles reunidos en Madrid el año 1963 en el coloquio del hotel de Suecia sobre el realismo. La escritora norteamericana le escribiría a Hanna Arendt: “Algunos jóvenes eran muy simpáticos, conmovedores y provincianos. Para ellos la literatura moderna se resume en un combate entre el realismo socialista y el nouveau roman”. Martín-Santos tuvo un enfrentamiento dialéctico con la McCarthy acerca del compromiso del escritor, que los asistentes calificaron de deslumbrante. El donostiarra defendió ante ella un realismo que sirviera para dinamitar la realidad y elevarla a un plano nuevo, catártico y renovador. La argumentación dejó un tanto indiferente a la norteamericana, que anteponía la calidad de la obra literaria en sí a las militancias políticas por progresistas que fueran. Y eso que ella era una mujer comprometida.
La segunda voz discordante fue precisamente la de quien era amigo íntimo del escritor, Juan Benet, que calificó Tiempo de Silencio de novela costumbrista. Puede que a Benet se le hubiera ido la mano en la categorización, aunque visto en retrospectiva, tal vez haya algo de eso. No precisamente costumbrismo –Martín-Santos no es Mesonero Romanos–, pero la novela está escrita dentro del canon que había defendido Luis en público, el realismo a machamartillo. Un realismo que afecta principalmente al argumento y la ambientación y que el novelista necesitaba como palanca para el cambio, al mostrar una situación poco deseable. Sólo que no parece que la España de 1960 se compadezca con el lumpen que Martín-Santos retrata, o no como si fuera el elemento más representativo de aquella sociedad. Por otra parte, la corte de los milagros enclavada en las chabolas de Madrid recuerda al Baroja de La Busca y de Los últimos románticos, al par que escenas como las que transcurren en la pensión parecen beber directamente de Galdós. ¿Y acaso las noches de trueno de Pedro y Matías no guardan parangón con las del Max Estrella valleinclanesco? Martín-Santos habría apostado, en consecuencia, por remitirse a la tradición literaria española en una suerte de guiño intertextual que, a veces, se solaza en el pastiche. La pega es que se produce un choque entre la realidad descrita y la forma de retratarla. Así, mientras lo contado parece más propio de un mundo que se iba quedando atrás –el desarrollismo avanzaba imparable por más que pudieran pervivir algunas bolsas decimonónicas–, la forma bebe directamente de las vanguardias del siglo veinte, más en concreto de Joyce.
Seguramente eso es lo que vio Juan Benet, que una forma moderna requería una temática moderna. Y no la que tiene que ver con viejas cuestiones de honra. Pues a eso es a lo que se ve confrontado el protagonista de Tiempo de silencio entendiéndolo a medias. Porque sabe que ha de cumplir, ya que ha deshonrado a Dorita, pero ignora que se halla implicado en otra cuestión de honor que pedirá sangre a cambio de sangre. Con la particularidad de que ese universo primitivo, tan español y tan castizo, choca con los nuevos tiempos representados por una ciencia en la que vive inmerso Pedro y que se revela doblemente estéril. Primero, porque no consigue desarrollar los experimentos de la investigación puntera sobre el cáncer que se trae entre manos. Y ahí es donde la ironía roza el sarcasmo, ya que los ratones importados de los Estados Unidos sólo pueden reproducirse en las chabolas de una España tercermundista. En segundo lugar, la ciencia de Pedro se revela impotente a la hora de atajar la hemorragia producida por el aborto clandestino al que es sometida Florita, y eso sin que el médico logre darse cuenta de si está intentando reanimar a una moribunda o a un cadáver. ¿Cabe extraer de eso alguna moraleja? Sin duda, dado que pone en solfa unos modos de vida a superar, sólo que Martín-Santos tal vez hubiera debido encarnarlos en personajes y situaciones menos propios de la España Negra y más cercanos al momento histórico que estaba viviendo.
Pero puede que haya una explicación a su forma de proceder. El escritor era un acérrimo defensor de la dialéctica, como desvela la carta que escribió al crítico Ricardo Doménech comentando el cuento Tauromaquia que acababa de publicar en Triunfo: “Temo no haberme ajustado del todo a los preceptos del realismo social, pero verás un poco en qué sentido quisiera llegar a un realismo dialéctico. Creo que hay que pasar de la simple descripción estática de las enajenaciones, para plantear la real dinámica de las contradicciones in actu”. En Tiempo de silencio, la tensión entre distintas contradicciones resulta más que evidente, pero no parece que se produzca una síntesis que las resuelva. ¿Acaso Pedro, el protagonista, se trasciende superando el choque entre el mundo tradicional y afectivo y el mundo racionalista y de progreso? Desde luego no, o no de una manera favorable para él porque, más que trascenderse, acabará hundido en lo más atávico. De un lado, se abisma en el dolor físico y moral producido por la pérdida de una mujer que tal vez amaba o acabaría amando, pero por la que sentía una innegable atracción física. Y, de otro, acabará recluido en el mundo tradicional de un pueblo castellano, donde se incrustará como médico rural, lejos, pues, de la investigación de punta y de un círculo de amigos irremediablemente urbanos en el que tal vez pudiera gestarse algún cambio.
No cabe duda de que el protagonista vive en un tiempo de silencio que el propio autor califica de castrante. Porque hay mucho silencio. Nadie, ningún personaje de la novela eleva la voz contra el estado de cosas reinante, ni se opone a unas consecuencias injustas, salvo por el expediente del compadreo o amiguismo. Eso es lo que nos hace entender la novela como el primer momento –tesis, o contradicción en la jerga de Martín-Santos– de una trilogía dialéctica cuya segunda entrega –antítesis o totalización– debía titularse, como contraste dinámico, Tiempo de destrucción. Ahora bien, la novela quedó en boceto y el hecho de que fuera publicada sin haberla redactado Luis, nos sirve de bien poco. Entre otras cosas porque no nos permite adivinar hacia dónde quería encaminarla a fin de posibilitar la tercera fase de su proyecto literario, la que consiste en la síntesis superadora o, como él la denominaba, concienciación. Y sólo así, teniendo en cuenta el ciclo completo, podría entenderse que el primer volumen de la trilogía tratara de los dinosaurios solanescos, porque el escritor tenía la perspectiva de que habrían de venir tiempos mejores promovido por gentes hartas de sentirse maltrechas. ¿Habría titulado la tercera novela Tiempo de construcción?



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